martes, febrero 27, 2007

NUESTRO HOMBRE COMENTA UN LIBRO

Se trata de "La chiave a stella". Nada menos que de Primo Levi. Ver vídeo en:



http://www.media.rai.it/mpmedia/0,,RaiTre-Pugnodilibri%5E5316,00.html

ELOGIO DE BRUNO TRENTIN


José Luis López Bulla


La historia del sindicalismo europeo está repleta de personajes muy importantes que, en el caso italiano, es muy llamativo. Nombres como los de Osvaldo Gnocchi-Viani, fundador de las Camere del Lavoro, hace ya un siglo o, muy posteriormente, los de Giuseppe Di Vittorio y Luciano Lama están ya en el imaginario histórico de los trabajadores y el pueblo de Italia. En ese elenco hay que encuadrar ya a Bruno Trentin, posiblemente el sindicalista europeo más fascinante de los últimos cincuenta años. Este libro pretende ser una contribución para que el gran público catalán tenga cumplidas referencias del pensamiento de este personaje, que a lo largo de su actividad, ocupó responsabilidades muy diversas, tanto en la vida social italiana como en la europea. Para ello hemos elaborado una antología de lo que, en los últimos tiempos, ha escrito nuestro autor, ahora a punto de cumplir los ochenta años. Ciertamente, es ya una edad provecta, que en el caso de nuestro autor sigue caracterizándose por una gran actividad pública. El primer aviso a nuestros lectores es: no se fíen ustedes cuando Trentin le dice a los jóvenes, en un coloquio aquí publicado, que es un anciano o un vecchio, pues sigue estando en la brecha más directamente relacionada con los problemas de la gente de carne y hueso, muy especialmente de los jóvenes a los que alude constantemente en los trabajos que figuran en esta publicación.


Primero

Bruno Trentin nació en Pavie (Francia) en diciembre de 1926. Sus padres, miembros activos de la lucha antifascista, tuvieron que exiliarse. Volvió clandestinamente a Italia un jovencísimo Trentin a incorporarse a la actividad clandestina en 1941, concretamente a una Brigada partisana --de la que posteriormente sería su comandante-- hasta el momento de la liberación. Nuestro hombre formaba parte, en aquellos entonces, de la organización Giustizia e Libertà, un partido antifascista en el que también militaron su padre, el famoso catedrático Silvio Trentin, su amigo y maestro en las vicisitudes sindicales, Vittorio Foa, y el eminente filósofo del derecho Norberto Bobbio: todos ellos grandes personalidades de la vida política y cultural italiana. De todas formas, no estamos ante un caso único, pues uno de los aspectos más particulares del sindicalismo italiano es la vinculación de sus cuadros dirigentes, a cualquier nivel, con el mundo de la cultura y la estrecha relación de la intelectualidad con los problemas del universo del trabajo. Una de las consecuencias de todo ello es la muy abundante literatura de los sindicalistas italianos que va desde testimonios biográficos y memorialísticos hasta estudios sobre los temas del trabajo contemporáneo y, también, las constantes reflexiones sobre los temas laborales que, desde el mundo de la intelligentzia, se publican en periódicos, revistas y libros especializados. Esta es una tradición que viene, hasta donde yo conozco, de los viejos fundadores del sindicalismo a principios del siglo pasado, especialmente con la figura legendaria de Osvaldo Gnocchi-Viani, hombre de cultura y sindicalista afamado. Bruno Trentin, como se ha dicho anteriormente, sigue ese camino y, en su caso, representa la figura del sindicalista intelectual que elabora sus propuestas (las necesarias para el ahora mismo y las que perfilan un proyecto de largo recorrido) partiendo de la realidad concreta.

En 1949, Trentin es llamado por Giuseppe Di Vittorio para trabajar en el centro de Estudios Económicos de la Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL), cuyo responsable es el ya mencionado Foa. No se olvide que, en ese año, Giuseppe di Vittorio, el máximo dirigente del sindicato, propone el Piano del lavoro (Congreso sindical de Génova) en un país que seguía estando en ruinas, con unos elevados índices de desempleo y un muy considerable atraso en el Mezzogiorno. La propuesta divittoriana, a grandes rasgos, es: un proyecto de desarrollo económico y social para Italia, cuyo objetivo central es el empleo y el crecimiento del Sur, mediante la aportación de una gran masa de capitales públicos y privados y el protagonismo solidario de los trabajadores del Norte. Este proyecto sorprendió a la clase política italiana y desde diversos sectores fue criticada por su “simplismo”, también fue vapuleada por no pocos correligionarios de di Vittorio, Foa y Trentin; en el fondo algunos de ellos se echaron las manos a la cabeza porque consideraban que un sindicato no estaba para eso: un proyecto de tal calibre, afirmaban, era cosa de la política. Pero lo cierto es que el Piano del lavoro dejó una profunda huella indicando algunos de los rasgos más esenciales de la propia CGIL: el sindicalismo no puede delegar en nadie sus propias responsabilidades, ni dimitir de la solidaridad con el Mezzogiorno. Y todavía diría más, ahora de manera un tanto arriesgada: en cierta medida, una parte considerable de la pedagogía del Plan explica los comportamientos renovadores que tuvieron su máxima visibilidad en las movilizaciones del famoso otoño caliente de 1970, que se comentarán más adelante.
Adolfo Pepe uno de los más prestigiosos investigadores de los acontecimientos sindicales italianos, ha señalado que es difícil encontrar un precedente sindical del Piano del lavoro, y apunta la tesis de que tanto Foa como Trentin (los principales científicos que enhebraron el plan) se inspiraron en el New Deal roosveltiano[1]. Diremos, pues, que la entrada de Trentin en la vida sindical fue espectacularmente fecunda. Y para mayor información, su protagonismo en el tan mencionado plan lo hace con sólo veintitrés años. Lo que se dice una joven promesa, que ya indica por dónde irá su biografía. Con toda seguridad el lector, tal vez extrañado, habrá caído en la cuenta del conocimiento pormenorizado del jovencísimo Trentin de la situación norteamericana; pues bien, esta será una constante, también, en la vida y la obra de nuestro autor; en todos sus libros siempre se encontrará una referencia a los sistemas de organización del trabajo en las empresas estadounidenses más representativas; o, por cierto, las reiteradas citas que ofrece de los movimientos sindicales norteamericanos, los Industrial Workers of the World (los muy populares woblies) y de su máximo dirigente, Daniel de Leon: un intelectual venezolano de “buena” familia que, tras estudiar en Europa, marchó a los Estados Unidos y se puso al frente de las reivindicaciones del movimiento de los trabajadores.

En 1958 Trentin pasa a ocupar un puesto en el Secretariado nacional del sindicato. Son años duros para el movimiento organizado de los trabajadores; Di Vittorio ha muerto y la división sindical conoce fuertes asperezas y durísimos desencuentros. Y a pesar de que la CGIL sigue siendo, de largo, la primera organización sindical italiana, está afectada todavía por su clamorosa derrota electoral en la primera factoría del país, la Fiat, en 1956: un desastre sin paliativos que puso de manifiesto las debilidades del sindicato a la hora de entender los cambios que se iban dando en los centros de trabajo y en la condición asalariada. Sin ningún género de dudas, de tamaña derrota electoral el joven Trentin saca toda una serie de conclusiones (unas provisionales, otras definitivas) acerca de la necesidad de que el sindicalismo preste toda la atención a las transformaciones que se están operando en la fábrica y en la economía, en las personas y en el conjunto de la sociedad. El atento conocimiento de la “condición de fábrica” y su constante evolución será su leitmotiv. Las novedades que se operan en el sindicato ayudan en esa dirección, y principalmente son: a) el mensaje del último Di Vittorio señalando que, tras la derrota en Fiat, hay que “volver” a la fábrica y b) la entrada en los órganos dirigentes del sindicato de jóvenes valores como Luciano Lama y Bruno Trentin entre otros. Que nuestro hombre fuera elegido para el grupo dirigente del sindicato tuvo una gran importancia, toda vez que tuvo una posición de gran firmeza (sosteniendo a Di Vittorio, ciertamente) contra la posición de Palmiro Togliatti y del partido comunista italiano, que apoyó sin fisuras la intervención soviética en Hungría; y también la ruptura de lo que, en su día se llamó, la correa de transmisión del partido hacia el sindicato, como enérgicamente también formulara el maestro Di Vittorio sin esperar la celebración del congreso del partido comunista. No serán éstas las únicas asperezas que nuestro autor tendrá con sus compañeros de organización política; tiempo tendremos para comentarlas a su debida hora.

Desde 1962 hasta 1977, cuando han cambiado muchas cosas, ejerce los cargos, primero, de secretario general de la Federación metalúrgica (Fiom) y, después, secretario general de la Federación de los transportes marítimos (Film). Tal vez valga la pena explicar estos “saltos” en los puestos de responsabilidad. En el sindicalismo italiano siempre hubo una preocupación orientada a que nadie se encasillara para siempre en el mismo lugar. Por ejemplo, un sindicalista podía estar durante un cierto tiempo dirigiendo una organización territorial y posteriormente ponerse al frente de una estructura sectorial o federativa. Y digo más, una persona podía estar (como fue el caso de Trentin y de muchísimos más) en tareas de la máxima dirección confederal y, al cabo del tiempo, pasar a otra de rango inferior. Es decir, el escalafón era (y es) algo que no se les pasaba por la cabeza. Hoy se está en Roma y pasado mañana en un lugar de provincias donde se necesita la experiencia de alguien que tiene la cabeza bien amueblada. Por ejemplo, mi amigo Roberto Tonini dejó la secretaría general de la Región del Véneto, en la magnífica Venecia (que era su casa) para dirigir el sindicato de la Construcción del Lazio. Las consecuencias de todo ello parecen evidentes: se trata de interferencias a los problemas de burocratización que tienen todas las organizaciones (especialmente las más importantes), una mayor acumulación de experiencias diferentes y una “cosmovisión” sindical más completa. Que más tarde se completará con la formalización estatutaria de las incompatibilidades entre cargos sindicales y políticos e institucionales en la misma persona y en la fijación de un número limitado de mandatos en los órganos dirigentes. Un servidor ha hecho lo que ha podido para que tan seria experiencia pudiera ser compartida por el sindicalismo de aquí. Lo cierto es que me salí con la mía en el asunto de las incompatibilidades y la limitación de mandatos; pero en la quiebra del escalafonato sindical coseché un fracaso estrepitoso: de un lado, los entorchados y galones no son monopolio de los antiguos brigadieres, y, de otro lado, es casi seguro que yo debí expresarme de manera inconveniente.

Trentin deja el secretariado nacional del sindicato y, como se ha dicho, toma en sus manos la dirección de la potente Fiom. Es decir, un hombre de formación intelectual al frente de los trabajadores metalúrgicos de mono azul que, en aquella época, era el movimiento federativo más amplio en Italia y Europa. Ni que decir tiene que la vicisitud más llamativa del mandato de Trentin en la Fiom está en puertas de 1970: es el muy famoso autumno caldo, del otoño caliente que quedó acuñado definitivamente con ese idiolecto. Se trató de la movilización sindical italiana más importante en muchas generaciones de trabajadores. La primera conclusión (provisional, por supuesto) es que el conjunto asalariado había madurado la orientación del “volver a la fábrica” de mediados de los cincuenta. Y la segunda conclusión es que aquello fue posible por la irrupción en el escenario sindical de una generación de jóvenes trabajadores veinteañeros que vivían de otra manera los cambios tecnológicos y los procesos productivos.
Trentin y el grupo dirigente de la Fiom, se supone, han tomado buena nota de los acontecimientos del Mayo francés del 68 y de los resultados que aquello deparó al sindicalismo de sus amistades vecinas. Tengo la impresión (en todo caso, se trata de mi propia interpretación) de que nuestro autor vio que la experiencia francesa se caracterizó, en buena medida, porque la traducción de sus reivindicaciones a sólo mero salario fue absorbida en un breve espacio de tiempo, hasta el punto que las conquistas económicas se quedaron --hablando en plata-- a la Luna de Valencia; en los cuernos de aquella luna estaba la inflación y bajo tierra se situaban los poderes adquisitivos de los trabajadores franceses. Por ahí no se podía ir. Por otra parte, Bruno Trentin debió captar, en un momento determinado, que los sindicatos franceses parecían seguir algo así como el siguiente lema: caminemos divididos y golpeemos unidos, toda una constante que, aunque no es privativa de los franceses, tiene mucho predicamento en demasiadas latitudes. Ese camino tampoco era conveniente. De manera que era preciso darle muchas vueltas a la cabeza, pero no fundamentalmente en los necesarios gabinetes sino con los trabajadores (camachianamente hablando) de mono azul y bata blanca.
Naturalmente, el proyecto que va tomando cuerpo es el resultado de mucha semilla anterior, de no pocas experiencias vividas en los centros de trabajo. Ahora bien, la originalidad de lo que se va gestando radica (visto con los ojos de hoy) en que dicho proyecto es un encaje de bolillos entre la exigencia de los contenidos a negociar y las formas de organización del movimiento sindical. Es decir, las reivindicaciones y las formas organizativas no son dos variables independientes entre sí: no son dos inquilinos que viven en un común patio de vecinos sino la misma familia que habita en la misma casa. Y lo cierto es que tales o cuales reivindicaciones se ven acompañadas por formas unitarias que, incluso, van más allá de las confederaciones sindicales, es decir, lo que bien pronto empezó a conocerse como los consigli di fabbrica. Tamañas discontinuidades empezaron a poner nerviosos a más de uno, más de dos se encolerizaron, y más de tres hablaron de extremismo: todos ellos, según las categorías que estableció Josep Pla, de “amigos, conocidos y saludados” de Bruno Trentin. O sea, una buena parte de los órganos dirigentes del sindicalismo y un cacho no menos influyente de las direcciones de los partidos políticos de la izquierda. Los dos más notables, Agostino Novella y Giorgio Amendola, el primero había sido el máximo dirigente del sindicato hasta 1962, sucediendo a Di Vittorio; el segundo, el león napolitano del marxismo historicista y pieza clave del partido comunista.
¿Nuevos planteamientos reivindicativos? “Bien”, parecían decir los amigos, conocidos y saludados. ¿Reivindicaciones cualitativas? “Vale, vale”, condescendían con algún enfurruñamiento. Pero, ¿qué es eso de la anarquía de los consejos de fábrica? Ni hablar. El problema estaba, lógicamente, en que parece ser muy complicado eso de ponerle puertas al campo, especialmente si la gente del campo no las quiere. Y, paso a paso, el proyecto tomó espesor, configurándose una cultura unitaria que, desde abajo, influyó lo suyo en las estructuras dirigentes. Los renovadores vencieron elegantemente y, por así decirlo, las medallas se repartieron entre los amigos, conocidos y saludados amén de los que siempre creyeron en la renovación.
No es este el lugar más apropiado para explicar (sería verdaderamente pretencioso por mi parte) la naturaleza de aquel proyecto, ni tampoco de los grandes acontecimientos de aquel otoño caliente. El lector tiene sobradas fuentes de consulta para ello y, especialmente, lo que nuestro autor escribe en este libro y en la bibliografía de nuestro hombre que al final se expondrá. Tan sólo diré, con relación a ello, que tales movimientos fueron de gran importancia para las avanzadillas sindicales de nuestro país (todavía en pleno franquismo) y de lo que, posteriormente, fue Solidarnösc en su lucha contra el totalitarismo neostalinista polaco. En nuestro caso --especialmente en el conjunto del sindicalismo catalán-- la influencia y fuente de inspiración pudo tener algunas consecuencias positivas, concretamente en la mayor sensibilidad hacia el imprescindible gran tema de la unidad de acción. Lo cierto es que hasta las relaciones personales entres los dirigentes sindicales catalanes siempre fueron mejores que en otros lugares españoles: una relación que, pasado el tiempo, mantenemos Luis Fuertes, Paco Giménez y un servidor.
Bruno fue una persona muy respetada en el mundillo sindical de nuestros contornos. Hasta tal punto fue así que, a finales de 1976, se celebró en Madrid un encuentro, organizado por Euroforum, sobre las futuras relaciones laborales en España. Allí hablaron dirigentes empresariales, juristas del Derecho laboral y sindicalistas españoles de CC.OO., Ugt y Uso; el único forastero (consensuado por todos los de la familia sindical) fue nuestro autor. Un servidor que, asume la responsabilidad de la presente antología trentiniana, pensó que también podía publicarse su intervención. No importa que estemos hablando de una conferencia de hace treinta años: su actualidad, si se lee con atención, es bien visible, y me atrevería a decir que sigue siendo útil para las prácticas contractuales de nuestros tiempos. Y tres cuartos de lo mismo podría añadir recomendando otros textos de Trentin que se publicaron, con anterioridad a 1976, en la legendaria editorial catalana Nova Terra. Comoquiera que la vida tiene tantas vueltas, es un detalle simpático que en Nova Terra trabajara, sin percibir remuneración alguna como lo hicieron tantos jóvenes sindicalistas cristianos, el joven Hinojosa; hoy, Rafael Hinojosa, con ciertos años más, es el Presidente del Consell de Treball Econòmic i Social de Catalunya, la institución que edita este libro de Bruno Trentin.

Pasada la etapa federativa, Bruno Trentin retorna al máximo órgano de dirección de la CGIL en 1977: está, pues, un poco más allá de la mitad del camino de la vida, como dejó dicho Dante. Lleva consigo un enorme bagaje de experiencias ampliamente contrastadas, y digamos que está en la madurez. Este es, sin embargo, un momento muy delicado para el sindicalismo italiano y, mucho más, para la CGIL. Los comunistas han alcanzado un importante éxito electoral un par de años antes, la situación económica italiana atraviesa una encrucijada dificultosa y los terrorismos de diversos grupos armados (en particular, las Brigadas Rojas) golpean violentamente a diestro y siniestro. Los dirigentes sindicales tienen, por ejemplo, grandes dificultades para hacerse escuchar en foros como los universitarios. Luciano Lama es agredido violentamente en las puertas de la Universidad de Roma y es salvado in extremis por el servicio de orden que ha organizado el sindicato, algunos de aquellos energúmenos están hoy en partidos del arco parlamentario, tan poco recomendables como lo eran los grupúsculos de la porra de antaño. Así pues, fuerte marejada política y grave situación económica que fuerzan al sindicalismo a un comportamiento que ya nada tiene que ver con el de los primeros años de esa década. Es il grande inverno que ha sucedido al otoño caliente. Luciano Lama propone lo que posteriormente se llamó la estrategia del Eur, el lugar donde se celebró un importante encuentro de dirigentes sindicales.
La estrategia de la CGIL --ya digo, conocida como el giro del Eur-- se basó grosso modo en que el sindicato asumía algunos problemas de gran relevancia, como por ejemplo, hacerse cargo de toda una serie de vínculos que venían impuestos por la dura situación económica con la intención de que se creara empleo mediante el despegue económico. Pero, si no voy errado, las limitaciones y debilidades de aquel giro fueron, entre otras, el oscurecimiento del papel y de los objetivos concretos (por ejemplo, las reivindicaciones) del sindicato. Y, por otra parte, aventuro la hipótesis --ciertamente, con la comodidad y el desparpajo de ver las cosas a toro pasado-- de la desconexión entre la estrategia global y la situación en el centro de trabajo. En resumidas cuentas, se proponía un proyecto general capaz de compatibilizar las macro magnitudes económicas sin referencia alguna con los “micro” problemas (los que afectan directamente a las personas de a pie). Visto desde ahora: estaba cantado que el recorrido fuera desde la indiferencia a la no asunción de lo que el sindicato había planteado. Justamente lo contrario del diseño y de las intenciones del Piano del lavoro. Porque el plan divittoriano, con todas sus imprecisiones y generalidades, sí fue capaz (ciertamente, en otro contexto diferente) de provocar un amplio movimiento de masas en exigencia de empleo industrial, reparto de la tierra y modernización de las estructuras del Sur. No digo que consiguiera sus objetivos, afirmo que se puso en marcha una exigencia colectiva por todo ello. O sea, Di Vittorio fue capaz de darle tangibilidad al proyecto, mientras que Luciano Lama, que tantas similitudes tuvo con su maestro, no pudo ofrecer que la palabra se hiciera carne. También en este caso, es mejor que el lector interesado en estos grandes acontecimientos acuda a la abundante literatura trentiniana y saque sus propias conclusiones[2].

En 1988 nuestro hombre es elegido secretario general de la CGIL, sucediendo a Antonio Pizzinato. No me explayaré en esta parte biográfica porque el lector catalán tiene sobrado material para consultar. Pero sí merece la pena resaltar algo de extraordinaria importancia para la vida de la CGIL: en un momento determinado del mandato de Bruno, ya secretario general, propone la disolución de la llamada componente comunista en el seno del sindicato. Como es sabido, en esta organización existían desde los tiempos fundacionales tres corrientes políticas: los comunistas, los socialistas y una tercera que estaba formada por dirigentes sin partido o de organizaciones menores. La verdad sea dicha: más allá de alguna que otra escaramuza interna, nunca hubo peligro de que aquello se rompiera. La exquisitez y bien hacer de todos los dirigentes de la CGIL y el sentido de la unidad construyeron un acervo de común pertenencia a la casa. También en esto el maestro Di Vittorio dejó clara su enseñanza. Y el mismo Trentin fue una persona querida y respetada por todas las componentes de la CGIL. Parece que estoy viendo a Bruno recibiendo de manos de Ottaviano del Turco, socialista, un magnífico regalo como prenda de amistad de todos sus compañeros de partido durante el congreso del sindicato en Rímini: una pipa (más bien, una cachimba) que había sido propiedad del presidente Sandro Pertini. La señora Pertini se la dio a Ottaviano para que se la entregara al primer espada de la CGIL. Desde luego se trataba de una herencia entrañable; y, dicho sea de paso, nadie fumó en pipa con tanta clase como el presidente Pertini.
Lo cierto es que hacía ya muchos años que las diversas componentes políticas, aunque existían formalmente, pintaban poca cosa. Eran algo así como vestigios de las antiguas tradiciones, dado que las decisiones se tomaban sólo y sólamente en la casa sindical. Hasta tal punto era así que, al igual que antaño se enfrentaron Di Vittorio y Togliatti, Lama y Berlinguer, también Trentin tuvo sus contrastes ásperos con Achille Occhetto. En definitiva, la CGIL era un sujeto social plenamente soberano. Pero comoquiera que seguían existiendo las componentes, nuestro hombre propone (y consigue) la desaparición de la corriente comunista en el interior del sindicato, dejando en evidencia a los responsables de las otras componentes. La operación trentiniana fue más allá del puro formalismo de enterrar lo que había muerto muchos años atrás. Fue una inequívoca señal que indicaba un mensaje al futuro: al sindicato le legitiman los trabajadores con sus comportamientos, y no alguien que está fuera de la casa. El razonamiento venía a ser, si yo lo interpreto adecuadamente, éste: quienes se afilian a la casa sindical lo hacen en virtud de un nexo social y no a través de un vínculo político partidario; el pluralismo ya no es de naturaleza ideológica sino social y cultural. Ni que decir tiene que este planteamiento se venía proponiendo desde hacía algunas décadas, pero la existencia de las componentes lo oscurecía formalmente. Así pues, dicho y hecho: nadie lloró en dicho entierro y la casa se quitó un (veterano) muerto de encima.
En 1994 Bruno Trentin deja la más alta responsabilidad en la CGIL y da paso a Sergio Cofferati. Nuestro hombre, posteriormente, aceptará el encargo de formar parte de la lista de sus amigos, conocidos y saludados para las elecciones europeas.


Segundo

Yo diría que el lector tiene ya un aproximado conocimiento de algunas vicisitudes de la vida de Bruno Trentin. Creo, por tanto, que convendría darle ahora el acompañamiento --por supuesto, con trazos de brocha gorda-- de los elementos teóricos que nuestro autor ha propuesto a lo largo de una fecunda elaboración, expuesta en artículos periodísticos, revistas especializadas, libros y actos de la más variada significación, incluyendo su actividad académica. Esta antología intenta ser representativa del discurso trentiniano. Nuestro hombre se lo merece y también los lectores.
En todo caso, me parece necesario hacer un brevísimo bosquejo de la personalidad intelectual de Bruno Trentin. La primera característica es, sin lugar a dudas, su fortísima independencia intelectual. Hasta tal punto es así que nunca fue considerado por los conocidos y saludados de la (itinerante) familia política en la que está afiliado desde hace cincuenta y cinco años como uno de los suyos o plenamente de los suyos. Salvando todas las distancias que se quiera, recuerda en parte la independencia de pensamiento de Karl Polanyi que nunca se casó ni con los romanos ni con los cartagineses. No se trata, en ambos casos, de una cómoda estética equidistante; es, tal vez, el rechazo de todo tipo de maniqueísmo. Esta forma de ser de ambos resulta más complicada en el caso de nuestro autor porque ha sido siempre un hombre (en plural) de organización. Mientras que Polanyi iba totalmente por libre. La segunda consideración es que, en el caso de nuestro autor, esa independencia de criterios ha sido extremadamente útil al movimiento organizado de los trabajadores. La razón, a mi parecer, es bien sencilla: la línea conductora “reflexiono sobre lo que veo”, “propongo”, “decido con los demás” y posteriormente “verifico los resultados” es (dicho gramscianamente) la praxis de Trentin. De manera que el itinerario de la reflexión-propuesta-decisión-verificación es quien construye la línea de conducta de Bruno Trentin. Y digo que es útil porque todo el recorrido no viene prejuiciado por ningún tipo de consciente apriorismo. No sabría decirlo con precisión, pero intuyo que esa actitud es la que lleva a nuestro autor a insistir con mucha cabezonería en la necesidad de los vínculos y compatibilidades de todo el cuaderno reivindicativo que el sindicalismo pone encima de la mesa a la hora de negociar con su contraparte. Este es un elemento que descuidamos los sindicalistas de mi generación, y es posible que lo hayamos dejado en nuestro abstracto testamento a las nuevas generaciones.
Cuando yo no tenía otra cosa que hacer me ponía a considerar en qué “escuela” de pensamiento podía estar encuadrado Trentin. Confieso que sigo sin saberlo. De manera que, posiblemente, mi pasatiempo sea una forma simpática de pasar el rato. En todo caso, a un marxista ortodoxo le sorprenderá sus amables referencias a figuras como, por ejemplo, Rosa Luxemburgo o Karl Korsch, de los que también toma sus distancias. Por otra parte, los amigos incondicionales de Gramsci puede que encuentren piedra de escándalo que Trentin se distancie del autor de los “Cuadernos de la Cárcel” en torno al americanismo y el taylorismo. Y es que Bruno ofrece las suficientes pistas para pensar que es ante todo un libertario. Lo que ocurre es que esta palabra tiene, en Catalunya y España, unas connotaciones (lo suficientemente conocidas entre nosotros) que podría despistar, si lo mantenemos así, a más de uno. Naturalmente, entiendo por libertario lo definido en su sentido primigenio: la libertad ante todo. Léase, para mayor abundamiento, su ensayo La libertad como apuesta del conflicto social. Así pues, y yendo por lo derecho: Trentin no es encuadrable, al menos en las convenciones académicas al uso. Pero sí diré que es una “esponja”, capaz de absorber las mejoras prácticas y experiencias de todo lo que se ha movido desde la izquierda y el progreso: Marx y los woblies, en los lejanos antaños; los padres fundadores del sindicalismo italiano y Antonio Gramsci; Di Vittorio y Foa; las corrientes de la izquierda minoritaria que “no ha vencido” y los movimientos de trabajadores de ayer y hoy. Atención: cuando hablo del Trentin-esponja no se me pasa por la cabeza que huela a sincretismo ni a mezcla irregular de contenidos. No, la cosa es formalmente más sencilla: la savia capacidad de incorporar aquellas zonas de razón práctica de todo lo que cuenta con un punto de vista fundamentado de cara a la humanización del trabajo, la autonomía de la persona y el universo de los derechos.
Debo aclarar a un hipotético despistado que Trentin es, ante todo y sobre todo, un sindicalista. Es decir, una persona que elabora unas demandas concretas; que se sienta a negociar con la contraparte; que firma unos determinados acuerdos; que organiza y convoca el conflicto social cuando entiende que se han cerrado las puertas a cal y canto, pero que, simultáneamente, es el hombre de las mediaciones. Lo que excluye, por supuesto, la introversión intelectual. Por ejemplo, en algunos de los trabajos que publicamos en este libro, nuestro autor explica que se reúne con los chicos y las chicas para conocer de primera mano los problemas de los pizzeros, los pinchadiscos de las discotecas, los chavales que trabajan en los mcdonalds, los que diseñan los planes informáticos, los estudiantes de los institutos… Es decir, toda la variedad juvenil del Arca de Noé, que están encantados de la vida de encontrarse con uno que les habla sin concesiones ni paternalismos; con alguien que no les explica las batallitas del abuelo Cebolleta de los viejos tiempos. De ese mantillo saca Bruno Trentin sus reflexiones y propuestas. O sea, tres cuartos de lo mismo de cuando, siendo el máximo dirigente de los metalúrgicos, preparaba el convenio colectivo en reuniones y asambleas de trabajadores. De donde podemos presumir que las plataformas contractuales, desde el inicio hasta el final, no eran el resultado de un encuentro entre notables, pongamos por ejemplo entre Pedro y Pablo. La materia a negociar quería ser el resultado de la discusión informada y de un debate que proponía las prioridades y los vínculos entre unas y otras materias. Lo que viene a explicar, en mi opinión, que una cosa es un sindicato de los trabajadores y otra cosa es un sindicato para los trabajadores. O, dicho de un modo menos directo: no es lo mismo un sujeto legitimado por las personas que quien se auto legitima así mismo.
Por último, en estos aspectos, importa añadir que Trentin ha sido siempre un sindicalista que ha hablado con enorme claridad y sin concesiones a la galería, papanatas incluidos. Junto a Luciano Lama salió a la escena, ya en los primeros momentos, atacando con dureza lo que se llamo el terrorismo rojo: el de las Brigadas Rojas y otros grupos. Uno y otro afirmaron que no eran compagni che sbagliano (compañeros equivocados) sino terroristas puros y duros: enemigos declarados de la democracia y las libertades. Lo dijeron mucho antes que tales asesinos mataran a Guido Rossi en Génova o le hicieran la vida imposible a mi amigo Claudio Sabattini, destrozándole la cara y las manos en varias ocasiones.
En otro orden de cosas, nuestro hombre no dio cuartelillo a las expresiones corporativas de algunos sectores asalariados. De ahí su insistencia en el sindicato general, esto es, el sujeto que asume las más variadas demandas y deseos, incluso personales, de los trabajadores. Una expresión clara, como quien da a entender (esta es mi particular interpretación) que, en cierta medida, los descuidos del sindicato podrían estar en la base del nacimiento y extensión de determinados corporativismos y particularismos. Y, por otra parte, atiza sonoros coscorrones a toda una serie de investigadores sociales que, como Rifkin, hicieron su agosto anunciando que había muerto el trabajo asalariado; por no hablar de la literatura apocalíptica à la Forrestier, que tuvo un cierto predicamento en determinados grupos.
Hasta aquí los trazos de brocha gorda sobre la personalidad intelectual de nuestro autor. De modo que ya va siendo hora de entrar en las ideas fuerza que Trentin ha ido condensando a lo largo de toda su vida militante. Creo que esta antología ofrece elementos más que suficientes para que el sosegado lector sepa a qué atenerse. De todas formas, para mi paladar, la obra más acabada es La città del lavoro (Feltrinelli, 1997). Me permito un guiño para quienes siguen en la cofradía de poner etiquetas y desparpajadamente consideran a Trentin como un reformista, en su chocarrera acepción antigua, esto es, como sinónimo de social traidor o cercano al colaboracionismo. Ese viejo león de la izquierda que es Pietro Ingrao, tras leer este libro, afirmó que debería estar en la cabecera de toda la izquierda: la social y la política. Y, como es sabido, el maestro Ingrao ni tuvo ayer ni tiene hogaño pelos en la lengua. Más todavía, el viejo león lo dijo cuando sus relaciones políticas con Trentin ya no se caracterizaban por los acuerdos de otros tiempos. Ahora bien, mientras esperamos que alguna editorial, o alguien con posibles, edite La città del lavoro (atendiendo las sugerencias indirectas del profesor Antonio Baylos, que siempre lo tiene presente en su aparato de citas), sí estamos en condiciones de recordar que, con esta antología, el lector tendrá una idea cabal del corpus teórico de Bruno Trentin. Mientras tanto, es posible que Antonio Baylos y un servidor nos convirtamos en una orden mendicante buscando desesperadamente quien pueda editar el libro del maestro. Estando, pues, a la espera de tamaña epifanía, los rasgos más fuertes del pensamiento de Trentin son los que vienen a continuación.

1.-- El movimiento obrero tradicional (sindicatos y partidos) ha sido cooptado culturalmente por el sistema de organización del trabajo del fordismo-taylorismo, a lo largo de todo el siglo pasado. Es decir, ha sido un sujeto, en los terrenos políticos y sociales, subalterno de un sistema que, desarrollándose en el centro de trabajo, atravesaba la vida social y cultural urbana. Ahora bien, si bien la potente y vertiginosa innovación tecnológica ha enviado al otro mundo el fordismo (que está definitivamente en crisis), el taylorismo sigue vivo y coleando, lógicamente con otro pelaje y colorido. De manera que, por decirlo en palabras llanas, la más famosa “pareja de hecho” del siglo XX (el taylorismo y el fordismo) se ha roto. Sin embargo, los rasgos fundamentales del taylorismo --la rígida división técnica de las tareas y de las funciones, construidas con una extremada parcelación y la no menos rígida división jerárquica del trabajo con el secuestro de saberes y autonomía que hace, abrupta o sutilmente el vértice del management-- están ya en crisis tras los últimos coletazos de la producción en masa y estandarizada. Así pues, los nuevos imperativos (la cualidad del producto y la cualidad del trabajo) exigen un nuevo modo de trabajar, esto es “un trabajo dotado de capacidad polivalente, capaz de expresarse libremente y enriquecer el concreto “saber hacer”, si es que se quiere adaptar a los cambios y a la necesidad de saber “resolver los problemas”. Todo ello, afirma Trentin, se confronta con el dogma taylorista, todavía mayoritario en el management.
Pero, tras la desaparición gradual del fordismo y las potentes inercias del taylorismo se abren algunas interrogantes. Por ejemplo, si se comparte dicha tesis, es lógico que nos preguntemos: ¿las prácticas contractuales, en sus diversos escenarios, entre los agentes sociales y los operadores económicos, responden a esa consideración? ¿es aventurado afirmar que los contenidos negociales son todavía, por lo general y salvadas algunas excepciones, de naturaleza fordista? Más madera: si el taylorismo sigue vivo y coleando, aunque no con los tonos hoscos de ayer ¿podemos entender que es un sistema que se da por sentado por los siglos de los siglos? En caso contrario, ¿es posible --y de qué manera-- superar definitivamente el taylorismo? Y, hablando sin pelos en la lengua: ¿es posible tirar ya a la papelera el historicismo del siglo XX, que ha impregnado la gran mayoría del movimiento de los trabajadores, que consideraba dicho sistema de organización del trabajo como santo, santo, santo?
Desde luego, no se trata de planteamientos academicistas sino de saber en qué etapa se encuentran los cambios tecnológicos, los sistemas organizacionales, las transformaciones en la condición asalariada y, por consiguiente, qué contenidos deben tener, estando así las cosas, los procesos contractuales. En otras palabras, si todo ha cambiado, las demandas no pueden tener (si es que esto es así) una naturaleza fordista. Desde luego, pasar a un nuevo paradigma contractual es un reto inaplazable para todos los que intervienen en los lados diversos de la mesa de negociaciones. Todo un reto, ciertamente. Pero que también afecta al mismísimo corazón del Derecho laboral que, según el maestro Umberto Romagnoli está, por razones diferentes, “en el congelador”: una reflexión que desafía a los operadores jurídicos y particularmente al iuslaboralismo.
Ocurre, no obstante, que no es concebible una renovación del iuslaboralismo si la negociación colectiva (no se olvide que es “fuente de Derecho”) no alimenta a aquel de manera conveniente. De modo que si se desea descongelar el iuslaboralismo, no hay más cera que la de la profunda reforma de los contenidos de la negociación colectiva. Sobre ello no tardaremos en hablar.

2.-- Afirma nuestro autor: tal como están nuestros tiempos es urgente proponer que el contrato de trabajo tenga otro carácter. Aclaremos la terminología, Trentin no está hablando de crear otro tipo de contrato, sino darle al contrato de trabajo otra naturaleza. El razonamiento es de largo respiro: las grandes transformaciones que están en curso, cada vez más vastas y vertiginosas, requieren que el viejo instituto del contrato de trabajo ofrezca, como mínimo, las mismas garantías que tuvo el de antaño, todavía vigente. Porque no es simétrico que si todo ha mudado, el contrato de trabajo siga exactamente igual que en los tiempos del ya fenecido fordismo. Dejaré las cosas aquí, porque pienso que el lector debería acudir para una mejor precisión a la lección magistral que nuestro autor pronunció en la Universidad de Venecia (Ca’ Foscari) con motivo de su nombramiento como Doctor Honoris Causa.
Tengo para mí que esta propuesta (el nuevo carácter del contrato de trabajo) podría ser la madre del cordero cuando se habla de reformas estructurales, dos palabras que se están convirtiendo ya en palabrejas de tan sobadas como están y tan ausentes de contenido real.

3.-- Sin lugar a dudas, la negociación colectiva es la actividad fundamental del sindicalismo confederal. Nuestro autor (de manera insistente) propone que el aspecto central de dicho instituto sea la formación a lo largo de la vida laboral de cada persona. De un lado, se trata de hacer frente a los gigantescos procesos de innovación tecnológica; de otra parte, pone especial énfasis en que se aborden los grandes temas de la flexibilidad, que ya no es un acontecimiento puntual sino “fisiológico”. Trentin argumenta tesoneramente que hay que negociar la flexibilidad para que ésta no se convierta en una patología sino en una fuente que ofrezca oportunidades de autonomía y promoción. De ahí la importancia que concede a la formación no sólo como puntal ineludible de la negociación colectiva sino de todas las políticas de welfare state.
Las reflexiones trentinianas sobre la flexibilidad son especialmente tan necesarias como oportunas, toda vez que mayoritariamente el sindicalismo europeo todavía no acaba de coger ese toro por los cuernos. De ahí que tal debilidad sea aprovechada por las (diversas) contrapartes de una manera unilateral. Así las cosas, un servidor piensa que no es aventurado decir que allí donde se produce un mayor descuido en relación a este asunto (la flexibilidad) el sindicalismo confederal pierde poder de negociación y está en peores condiciones para abordar la formación “a lo largo de todo el arco de la vida laboral”.

4.-- Vale la pena prestar la mayor atención en todo el razonamiento de nuestro hombre a la gran cuestión de los tiempos de trabajo. También en este tema Trentin polemiza sin ningún tipo de concesiones a la galería, sobre todo contra quienes han convertido la semana de 35 horas en pura mitomanía.
Ni que decir tiene que Bruno Trentin es partidario de la reducción de lo que, en la jerga más común, se llama la jornada laboral. Sin embargo, la concepción del autor es más amplia y supone una discontinuidad conceptual: se trata del tiempo de trabajo. Que no es exactamente lo mismo que la tradicional formulación de la jornada laboral. Una aportación (que viene haciendo desde hace ya muchos años) que está estrechamente vinculada al conjunto de las variables de los sistemas de organización del trabajo y a los tiempos de vida o existenciales, esto es, de no-trabajo. Como se ha dicho, nuestro autor es partidario de la reducción de los tiempos de trabajo, pero insiste que es más fundamental el control del tiempo por parte de los trabajadores.
La cosa, en efecto, es de la mayor importancia, máxime en estas épocas de llamativos y poderosos ataques a la reducción de los tiempos de trabajo en cuantiosas empresas alemanas y francesas. Unas amenazas que han cogido al sindicalismo de improviso y que, de momento, se están saldando con notables derrotas del movimiento de los trabajadores. No sólo porque no se avanza sino porque, incluso, se están dando importantes retrocesos; la amenaza es clara: o se aumenta el tiempo de trabajo o deslocalizamos la empresa (o parte de la misma) a otras latitudes. Importante, además, porque nunca como ahora ha habido tanta saturación de trabajo por hora realizada merced a la versatilidad y eficiencia de las nuevas tecnologías. Como alguien acostumbra a decir, el tiempo en el centro de trabajo ya no tiene las porosidades de antaño.
Hablando en plata: el movimiento sindical, a mi juicio, tiene un enorme retraso (otra herencia inconveniente que dejamos los sindicalistas de mi generación) con relación a este tema. De un lado, la literatura contractual sigue formulando unos tiempos de trabajo como si todavía se estuviera en pleno paradigma fordista; de otra parte, sigue invariable en lo esencial frente a la emergencia de las nuevas subjetividades (especialmente, las mujeres y los jóvenes) que tienen una concepción diferente de los tiempos de trabajo. Uno de los más prestigiosos sindicalistas europeos (el español Isidor Boix) llamó la atención hace ciertos años al respecto con motivo de la negociación del convenio colectivo de la empresa Michelin, de Vitoria. Nunca se cansa de explicar que, en los debates previos de aquella negociación, era bien visible que hablaban sobre este tema de manera diversa los trabajadores veteranos y los jóvenes veinteañeros.
Pero también el sindicalismo tiene una asignatura pendiente en este asunto. Trentin, por ejemplo, refiere que siempre hubo un vínculo (más o menos aproximado) entre la exigencia de reducir la jornada laboral y algo: algo que iba cambiando con el paso de los años. En el caso de nuestro país, la cosa es también muy clara: primero estuvo relacionada frente a las larguísimas jornadas laborales; más tarde, los viejos anarcosindicalistas barceloneses de la segunda década del siglo pasado libraron la conocida movilización de los Tres Ochos (ocho horas de trabajo, ocho de tiempo libre y ocho de descanso) que, con sus limitaciones, parecía indicar una primera aproximación entre tiempos de trabajo y tiempos de vida; para, mucho más adelante, buscar intuitivamente lo que se nos antojaba una ecuación virtuosa, el vínculo entre trabajar menos horas para que trabajen más personas, que los cambios tecnológicos pusieron en radical entredicho.
El caso es que --ésta es una suposición personal-- hoy nos encontramos sin saber qué vínculo se propone entre la reducción del tiempo de trabajo y algo: se trata de una limitación que pesa como una losa de mármol sobre las exigencias sindicales. Mientras tanto, las demandas sindicales siguen, por lo general, o ralentizadas o sin proponer las compatibilidades entre tiempo de trabajo y conjunto de las variables de los sistemas de organización del trabajo, o una conducta que sea capaz de aprehender de qué manera quieren vivir los tiempos las diversas tipologías del trabajo asalariado.

5.-- Con los datos que tengo en la mano, puedo decir que Bruno Trentin es el sindicalista que más ha escrito sobre el Estado de bienestar. Y algo más, en todos y cada uno de sus trabajos siempre habrá una referencia pormenorizada a los problemas de (en su sintaxis) el welfare state. Es decir, toda la construcción trentiniana (aunque verse sobre temas monotemáticos, por ejemplo, los contenidos de la negociación colectiva) tiene como telón de fondo el welfare state. De ahí que, también, la obsesionante propuesta de la formación “a lo largo de toda la vida laboral” sea una estrofa recurrente. La razón no es otra que la redefinición de un moderno sistema de protecciones a la luz de lo que es la constante de nuestro autor: estamos en un nuevo paradigma, el gigantesco proceso de mutaciones de las innovaciones tecnológicas que han enviado al otro mundo el fordismo y puesto en crisis el taylorismo.
Y comoquiera que la famosa “pareja de hecho” ya no es lo que era, su notario (el welfare state) está sumamente envejecido y ya no ofrece las tutelas de antaño. El lector hará bien en acudir directamente a la literatura de nuestro autor. Pero sí quiero traer a colación otra “anomalía” de nuestro hombre. Por lo general, los sindicalistas europeos han sido (y todavía mantienen esas composturas) un tanto jacobinos, dicho sea en su versión centralista y centralizante. Es algo así como un código genético que sigue impregnando una buena dosis de las prácticas del Gotha sindical de todas las habitaciones de la casa sindical europea. Trentin se escapa de esa tradición, así en los aspectos de la negociación colectiva como en los planteamientos del Estado de bienestar. Lo que para los sujetos sociales y las organizaciones empresariales catalanas es un soporte en toda la regla.
Nuestro autor nos habla principalmente de un welfare descentralizado, donde las “regiones europeas” y las administraciones locales tengan una parte importante de competencias con sus respectivas dotaciones financieras para llevarlas a la práctica. Hasta donde yo conozco, sólo el sindicalismo confederal catalán ha hecho propuestas similares; y, en el terreno político, quien más se ha aproximado a ello ha sido Raimon Obiols, especialmente en un libro (poco citado por sus parciales) como es Los futuros imperfectos (1987).
Y, como no hay dos sin tres, vale la pena resaltar que el “anómalo” Trentin no se anda con miramientos a la hora de proponer lo que nadie del mundillo sindical europeo ha planteado hasta la presente y que tiene todos los componentes de una sonora provocación, lo que nuestro autor llama favorecer el envejecimiento activo con carácter voluntario, por supuesto. Para los polemistas que sacan las cosas de su contexto debe repetirse que se trata, en efecto, con carácter voluntario. La polémica tesis que se plantea es: en determinados sectores se puede seguir trabajando más allá de la edad, considerada legalmente de jubilación. Y dejemos las cosas así con el ánimo de que el lector acuda a la fuente más autorizada que es el autor.

6.-- El sindicalismo debe organizar nuevas formas de representación, subraya “parenéticamente” nuestro autor. De un lado, las grandes convulsiones tecnológicas y de los sistemas de organización del trabajo y, de otra parte, las nuevas expresiones emergentes del trabajo fuerzan al sujeto social a una autorreforma organizativa que tenga la mayor simetría con el “trabajo que cambia”. Esto es, si la morfología del centro de trabajo es ahora irreconocible para quien no se haya dado una vuelta por ahí en unos cuantos años, es necesario y urgente acomodar las expresiones del movimiento organizado de los trabajadores a tanto ajetreo; si vivimos en un universo caracterizado por la aparición de múltiples desagregaciones laborales y de tan diversas tipologías asalariadas nuevas, no es posible que se siga manteniendo una forma-sindicato, más o menos igual a la que tenía cuando las nieves de antaño.
Trentin sabe no poco de estas cuestiones. Quien estuvo en primera línea (ya lo hemos indicado más arriba) en la auto reforma organizativa del sindicalismo italiano, a principios de los setenta, con la experiencia de los consigli di fabbrica, dispone de la suficiente autoridad para insistir en el tema. Fue aquella una experiencia (no sólo organizativa, evidentemente) que empezó en la organización sindical de los metalúrgicos. En mi opinión cubrió, como mínimo, los siguientes objetivos: 1) acomodó la organización a los cambios en la fábrica, 2) dio una gran amplitud y densidad a la representatividad de la representación en el centro de trabajo, 3) creó una fuente añadida de independencia y autonomía al sindicalismo, 4) democratizó las formas de la representación y 5) fortaleció los vínculos unitarios del movimiento y del propio sindicalismo.
Pues bien, la pregunta es: ¿tras tanto cambio de los últimos tiempos, hay que seguir insistiendo en el mantenimiento de la actual forma-sindicato? El maestro Trentin insiste en la necesidad de la auto reforma. Y lo hace con tanto coraje como en su día lo hiciera nuestro Joan Peiró a pesar de las caras de pomes agres de no pocos de sus compañeros de la legendaria CNT en su famoso Congreso de Sants. En efecto, Peiró tuvo que sudar la gota gorda para que sus compañeros admitieran este razonamiento: ¿qué sentido tiene mantener los sindicatos de oficio cuando la organización del trabajo ha cambiado?, y ¿qué utilidad nos puede deparar si hasta los empresarios se organizan en federaciones de toda la industria de sector? Y sin embargo, lo que al maestro vidriero le parecía de cajón, se retorcía en discusiones inacabables que, en el fondo, manifestaban perezas intelectuales o viejos intereses “de cuerpo”. Finalmente, Peiró acabó saliéndose con la suya.

7.-- La autorregulación de la huelga sale con toda su fuerza en los dos apasionados coloquios con los estudiantes que publicamos en este libro. Al lector poco avisado hay que aclararle que esta autorregulación no significa abandonar el derecho al ejercicio de la huelga; se trata de ver la manera de cómo realizarla en determinadas circunstancias. Esta es una tesis y, sobre todo, una generalizada praxis del sindicalismo confederal italiano que tiene su aplicación especialmente en los servicios públicos de la comunidad. En la elaboración italiana de los diversos modelos autorreguladores del conflicto social han participado conjuntamente sindicalistas y iuslaboralistas mediante una colaboración que no tiene paralelismos con otros países europeos. Eminentes juristas como Umberto Romagnoli y Gino Ghezzi, entre otros, han trabajado codo con codo con lo más granado de las direcciones sindicales, dejando una dogmática jurídica y una serie de propuestas que son, en nuestro caso, suficientemente conocidas por los estudios que han hecho los profesores Rodríguez-Piñero y Baylos Grau, y en el caso catalán por Miquel Falguera y Eduardo Rojo, entre los más perseverantes.
¿De qué se está hablando? Chispa más o menos, de lo siguiente: quien convoca el conflicto, lo gestiona. Ahora bien, no es lo mismo el ejercicio de la huelga en una empresa, digamos, metalúrgica que en una que ofrezca servicios públicos. Esta es la razón: en el primer caso, existen dos sectores en confrontación, los asalariados y la contraparte; en el segundo escenario están los asalariados, la empresa de servicios públicos y los usuarios. En ningún caso se debe renunciar al ejercicio (constitucional) de la huelga. Pero los códigos de conducta de cómo convocar la huelga y de qué manera llevarla a cabo deben ser diferentes. Primero, por el carácter público de la empresa; segundo, porque no se puede dejar tirados en la cuneta a los usuarios; tercero, porque si no se tiene en cuenta ese universo de los usuarios o, peor aún, si se les convierte en una especie de rehenes, se produce una enorme bolsa de hostilidad contra las demandas del movimiento de los trabajadores y contra el mismo sindicato. Por ejemplo, ¿es de sentido común realizar la huelga de transportes cuando centenares de miles de trabajadores se disponen a irse de unas (bien merecidas) vacaciones haciéndoles algo más que la pascua? o ¿es solidario encadenar indiscriminadamente una huelga en la Sanidad? Bruno Trentin responde enérgicamente que la comunidad debe tomar cartas en el asunto cuando se producen esas situaciones, aunque no va más allá de dicha advertencia.
También en el caso de la autorregulación de la huelga, el sindicalismo catalán ha sido el más avanzando en nuestro país. No obstante, tengo la impresión que éste es un guadiana que se mete en tierra y reaparece de vez en cuando sin acabar de perfilar una conducta práctica. Y, en este caso, más vale decir las cosas por su nombre: si no existe una autorregulación de la huelga en Catalunya, las responsabilidades no están en el sindicalismo.
Lo cierto es que quienes se pasan más de media vida exigiendo que el sindicalismo se modernice, se tambalean cuando éste propone algo profundamente renovador. Digamos que la exigencia de modernización es más bien “de boquilla”, de cara a la galería. En el fondo se prefiere un sindicato desfasado porque, de esa manera, se reduce su representatividad y su poder de negociación. Porque, fracasados los intentos (aunque nunca de manera definitiva) de domesticar al sujeto social, es más conveniente que se quede con unos conocimientos, limitados a la regla de tres compuesta. Ir más allá de tan venerable algoritmo produce escalofríos. Voy a lo siguiente: se remolonea ante la propuesta de autorregulación de la huelga porque ello daría un gran protagonismo al sujeto social, una capacidad de establecer amplias alianzas y, sobre todo, una superior legitimidad de las demandas sindicales en su relación con las formas de movilización. Por eso, pienso que es imprescindible que el guadiana vuelva a salir a la superficie, también con el ánimo de poner en un brete a quienes remolonean más de lo conveniente, al tiempo que plantean la vacuidad de unas reformas estructurales que recuerdan el dicho portugués: muita parra e pouca uva.

8.-- El tema de los saberes y conocimientos atraviesa toda la literatura trentiniana. Su ambiente familiar (su padre, Silvio, catedrático; su hermana, Franca, profesora) tuvo que influir enormemente en el carácter de Bruno y en la importancia que siempre ha dado a la cultura. Digamos que este es un aspecto que conecta con las mejores tradiciones del sindicalismo catalán con su potente tejido de bibliotecas y ateneos, por ejemplo.
Es de notar que donde nuestro autor pone el acento con mayor energía es en la necesidad de romper la tendencia a la separación que puede provocar los nuevos aparatos tecnológicos, de ahí su insistencia en romper la brecha digital. Y no seguimos insistiendo en este aspecto, toda vez que hemos hablado largo y tendido de su recurrente discurso sobre la formación a lo largo de todo el arco de la vida laboral. No obstante, es preciso llamar la atención que Trentin coloca el acceso a los saberes y conocimientos en lugar destacado del elenco de nuevos derechos de ciudadanía, dentro y fuera de los centros de trabajo. De manera que no sería inadecuado, en mi opinión, que el sindicalismo estableciera las bases para conseguir lo que podríamos denominar el Estatuto de los saberes con el objetivo siguiente: más saberes y más conocimientos para todos.


Tercero

Esta es la primera vez que Bruno Trentin se traduce al catalán. Esta versión es obra de la joven Albertina Rodríguez Martorell que se crió, metafóricamente hablando, en un “ambiente trentiniano” en lo referente a la relación entre sindicalismo e intelectuales. La responsabilidad de la antología es de un servidor que, en todo caso, ha procurado ofrecer lo que podía ser más útil a los lectores de este libro. Se han introducido dos conferencias que nuestro hombre dio en Madrid: una, en el Euroforum, como se ha dicho anteriormente; otra, en la Escuela de Verano de la Federación metalúrgica de Comisiones Obreras; el resto son intervenciones públicas y ensayos en diferentes publicaciones: a ellas nuestro agradecimiento más cumplido. Nuestros avisados lectores, por otra parte (y mientras otros se deciden a publicar otros libros del maestro) tienen a su disposición --ciertamente, un poco complicado-- este elenco de libros de nuestro autor:

Il sindacato dei consigli (Editori Reuniti)
Lavoro e libertà (Donzelli, 1994)
Il coraggio dell’utopia: la sinistra e il sindicato dopo il taylorismo (Rizzoli, 1994)
La città del lavoro: sinistra e cris del fordismo (Feltrinelli, 1997)
La libertà viene prima (Riuniti, 2004)

________________________________________
[1] Adolfo Pepe: Il Patto di Roma e il sindacalismo confederale (Seminario sobre el Pacto de Roma, del 8 de junio de 2004) Publicado por la Fondazione di Vittorio.
[2] Bruno Trentin, Il coraggio dell’utopia (Rizzoli, 1994)

sábado, febrero 10, 2007

ENTREVISTA RADIOFONICA A BRUNO TRENTIN SOBRE LA REVUELTA DE LOS JOVENES FRANCESES EN LAS BARRIADAS

ESTE ES UN TESTIMONIO CON LA VOZ DE BRUNO TRENTIN, ENTREVISTADO POR RADIO POPOLARE. El ciber radioyente debe clicar y, una vez entrado, pulsar donde indica "Audio".

http://www.radiopopolare.it/trasmissioni/onda-anomala/le-voci-dellonda/bruno-trentin/

Realización técnica a cargo de Asociación de Electricistas Trentinianos de Santa Fe

jueves, febrero 01, 2007

SINDICATO Y SOCIEDAD

Bruno Trentin

(Traducción y Notas: JLLB)


Primero: La prueba de los hechos

Al margen del protocolo, me parece que esta iniciativa es de la mayor importancia por las propuestas que anuncia y, también, por el tipo de debate que pone en movimiento. Por supuesto, la temática ha sido ya afrontada por Antonio Lettieri en el informe introductivo de manera coherente, especialmente con la decisión de disolver la “tercera componente”[1]. De esa manera se indica la voluntad de participar, en el sindicato, con la fuerza de las ideas personales de cada cual, sin el paraguas de las corrientes o componentes. Esta es una forma nueva de barajar las cartas que tanto necesitábamos. Es decir, participando en un sindicato que, con nuevos objetivos y con su programa --y también con su deontología, como decía del Turco-- proclama correctísimamente que los hechos tengan más valor que las palabras. Con este propósito, vale la pena recordar las razones que nos han llevado a disolver, dentro del sindicato, nuestra “componente”, la del partido comunista italiano: ha sido, sobre todo, la exigencia vital de estar en condiciones de repensar una serie de ideas sin esquemas reduccionistas o constrictivos de cualquier naturaleza; una serie de ideas, digo, bajo el impulso de las gigantescas transformaciones que se están operando en estos últimos diez años en Italia y en el mundo. Esto ha sido lo fundamental y no el cambio de la sigla de tal o cual partido político. Se trata, ciertamente, de las grandes transformaciones que a todos nosotros nos han llamado la atención, tanto en nuestros programas como en las interpretaciones de la realidad.
Pienso que todos nosotros, de alguna manera, tenemos la necesidad de volver a poner a prueba nuestra capacidad de mirar a la sociedad, a las culturas que van madurando y a las nuevas demandas. con la idea de construir mayorías y minorías dentro del sindicato: pero ahora en función de los objetivos y no a través de prejuicios ideológicos o procesos de intenciones.
Me parece que la orientación que se ha planteado en el informe inicial ha sido muy estimulante, en el sentido de que se presta a toda una serie de observaciones, aunque sean a contraluz; o se podrían prestar a ello, ya que estamos en el inicio de un debate. Ahora bien, para un servidor, es difícil decir que “estoy totalmente de acuerdo” cuando caigo en la cuenta de que, junto a importantes elementos que comparto, se me suscitan dudas y perplejidades que, probablemente, podremos superarlas andando el tiempo.
Es cierto, estamos de acuerdo en importantes cuestiones. Por ejemplo, en la necesidad de reorientar la negociación colectiva para intervenir en nuevas cuestiones; y también estamos de acuerdo en que Europa sea la nueva dimensión para que la negociación colectiva pueda llevarse a cabo, a menos que queramos sufrir un proceso de balcanización.

Segundo: Más allá de las viejas políticas de rentas

Pero, incluso asumiendo estas dos reflexiones (la reorientación de la negociación colectiva y la nueva dimensión europea), desterrando viejos esquemas y viejas lecturas, no debemos perder de vista el dato de que no podemos volver a caer en el error de las viejas políticas de rentas cuando intervengamos en la negociación colectiva de sector y, sobre todo, en la empresa y en el territorio. Esto es, reduciendo la función del sindicato a ser sólamente una institución salarial, que considera el salario como el mínimo común denominador de nuestro poder contractual y de su negociación colectiva. Lo que comporta, en definitiva, aceptar el salario como moneda de cambio para medir la negociación que, sin embargo, debe asume otros campos, otros temas y elementos de otra naturaleza y alcance.
Una cosa es el salario mínimo contractual; otra cosa es el salario vinculado a la profesionalidad; y otra cosa es el salario ligado a la movilidad en el interior de un centro de trabajo o una empresa. Pero, de igual manera, otra cosa es el salario, relacionado con la reducción del horario de trabajo; y también es diferente su coste a palo seco: el que prescinde de las reducciones salariales, del descenso del horario de trabajo, de la puesta en marcha sistemas de organización de la producción que tienen (como es sabido) aspectos positivos o negativos en el plano social y en los costes. Aunque no siempre coincidan con la contabilidad que se hace sobre la unidad coste de trabajo-productividad. Esto sitúa el gravísimo problema de cómo salvaguardar un espacio de negociación colectiva en expansión, que ya no puede limitarse pura y simplemente a la variable del salario.
Yo no creo en la negociación centralizada (ni menos todavía con carácter anual) de las dinámicas salariales. No creo porque, en mi opinión, tales negociaciones son, en primer lugar, ineficaces. No las ha habido en ningún país del mundo --ni incluso en la Unión Soviética de los peores tiempos-- para corregir los efectos del mercado y del mercado de trabajo. Y, en todo caso, el límite fuerte de este tipo de política de rentas está en que no interviene en absoluto sobre el horario, ni en las condiciones de trabajo, ni en la salud y seguridad. Porque, naturalmente, estas cosas cuestan dinero a las empresas: también una nueva organización del trabajo, más humana, tiene un coste de mantenimiento que es relevante y que, en cierta medida, está socializado, mediante la negociación colectiva o la intervención pública.
Claro ¿cómo hacer que la gestión de determinadas variables --ciertamente, se trata de todo un problema-- no signifique la reducción, el empobrecimiento cualitativo y cuantitativo de la negociación colectiva? ¿Cómo impediremos que un acuerdo o una política fiscal de las rentas --que yo planteo-- no libere a nuestras contrapartes del deber de negociar con el sindicato en unos temas que no son solamente el salario?[2].

Tercero: La negociación europea

Este es un punto esencial de nuestra reflexión, especialmente si queremos valorar los espacios que se refieren a los diversos ámbitos de la negociación.
Muchas de las cuestiones que se han planteado en el informe inicial son del todo válidas en su fondo. Pero observo una primera dificultad-contradicción con el esquema general cuando se habla, correctamente, de poner las bases de una negociación colectiva de ámbito europeo. Esta operación comporta una primera autorreforma extremadamente dolorosa, esto es, la explicitación de qué poderes contractuales pueden transferir, a medio plazo, las organizaciones sindicales nacionales al sindicato europeo. En la Europa de hoy esto es imaginable sólo en el ámbito de sector[3], no en los ramos tradicionales.
Es muy difícil de conseguir un acuerdo de ramo. Tendremos que vencer enormes resistencias psicológicas, políticas y culturales, también aquí en Italia; y quizás en otros sindicatos de Europa. Pero podrá ser, siempre en el caso de un sector como el automóvil, la siderurgia o la química de base.
Se ha planteado el problema del peso que tendrán mañana, en un sistema de negociación colectiva, no los ramos sino los sectores, en tanto que sedes de articulación de algunas cuestiones de los trabajadores subordinados. Así pues, se propone una unificación del mercado de trabajo entre público y privado. Sin embargo, existen todavía disparidades muy fuertes, no sólo convencionales, entre las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores de la sanidad y los del automóvil, los ferroviarios, los químicos de base o la siderurgia. Por eso, pienso que --incluso en la negociación de sector-- debe renovarse la lógica de las normas generales; por ejemplo, los parámetros ligados a la profesionalidad que están por reconstruirse tanto en los centros de trabajo como en el territorio y su relación con el horario de trabajo. O, de igual manera, hay que recuperar todo lo referente a la formación y recualificación del trabajo o lo que incumbe a la definición de los mínimos contractuales.
En definitiva, nosotros trabajamos, en diversos niveles, en la distribución de los recursos y sobre la base de periodos de inversiones. Los tiempos de previsión de las empresas son datos que debemos tener en cuenta: me parecería ilusoria una negociación colectiva que esté al margen de estos tiempos de previsión. Por ejemplo, a otro nivel, la misma Ley de los Presupuestos Generales del Estado (que por razones obvias debe responder anualmente de modo vinculante) se basa siempre en una programación, por lo menos trienal, tanto de los gastos como de los ingresos. Pero lo que, sobre todo, me interesa ver es de qué manera, tras estos reajustes, podemos imaginar un nuevo tipo de negociación de reparto o redistribución (dejo abierto este asunto) que realice de verdad un proceso de unificación --de todo aquello que sea unificable-- en la relación de trabajo, mediante una auténtica política de igualdad.

Cuarto: Negociación general y descentralización

Algunos elementos fundamentales, ligados a la vida de las trabajadoras y trabajadores (las fiestas, la vejez, la defensa ante el coste de la vida, los procedimientos ante el despido y otros) tienen que convertirse en el objeto de una negociación colectiva que contemple un pacto entre las organizaciones de diversos sectores. No obstante, la operación quirúrgica de fondo que debemos tener presente es el papel que, en este proyecto, tiene la negociación colectiva descentralizada: esta es la línea-fuerza que puede motivar una nueva orientación de los diversos aspectos de nuestra nueva manera de negociar[4].
¡Ay de nosotros si redujéramos este problema a la relación salario-productividad! Es decir, a una cuestión de contabilidad nacional, cuando las relaciones entre la dinámica salarial y una serie de factores son innumerables: la profesionalidad y la movilidad, las condiciones de trabajo y, en algunos casos, las mismas condiciones de salud, etcétera. En suma, hay una serie de temas y cuestiones que hasta ahora hemos afrontado de manera esquizofrénica en la empresa. Cuando lo hemos conseguido, ¿cómo ha sido posible tratar de organizar el trabajo de organizar el trabajo, cuando una cuestión de fondo como la política de los horarios ha estado instalada sólo en la negociación nacional? Sin embargo, ésta ha sido incluso una de las divisiones drásticas de las tareas que han existido entre negociación nacional y negociación en la empresa. ¿Cómo ha sido posible, sino mediante martingalas como el ascenso automático de categoría, que son exactamente el equivalente de los incrementos de la prima de antigüedad? Se trata de ficciones; cuanto más tiempo estás en el oficio, eres más profesional o conforme más antiguo eres, eres más profesional: ficciones. ¿Cómo podemos discutir de las adaptaciones profesionales (los ascensos de categoría, por ejemplo) cuando tales adaptaciones están ubicadas solamente en una sede absolutamente abstracta como lo es el convenio nacional de ramo? Así las cosas, el día después de que sea establecida dicha adaptación, estará ya obsoleta en tal o cual empresa. Sobre estas materias (horarios de trabajo, adaptación profesional, la organización del trabajo y su experimentación) debemos conquistar un espacio en la negociación descentralizada, renunciado a ello en los ámbitos de los convenios nacionales.
Por otra parte, está el nudo de la relación entre salario, coste del trabajo e inflación. Nos confrontamos, en ello, con algunas cuestiones muy complejas, sobre todo si no queremos reducir la negociación colectiva a solamente el salario. Mira por donde la intervención de la fiscalidad sobre la desviación entre las rentas de los trabajadores subordinados y una dinámica inflacionaria, me parece el único instrumento apto para establecer medidas de equidad con otros receptores de rentas. Esta es la razón: porque interviniendo en la fiscalidad (o sobre las detracciones fiscales) se puede operar en lo referente a otras tipologías de trabajadores autónomos, empresarios, etcétera, que tienen su propia responsabilidad en la evolución de los precios.
Sin embargo, en lo que respecta a la escala móvil[5] (juro que nunca he dicho que no debía tocarse, aunque en este aspecto valen los hechos y su sustancia, no el nominalismo iconoclasta[6]) es una forma de salario negociado. Se le puede llamar como se quiera --en el fondo es una de las hipótesis de Lettieri, cuando habla de cláusulas de revisión o salvaguarda en los convenios—tendríamos una determinada forma de escala móvil. Podemos hablar de una indexación o de un “zócalo” general de los salarios contractuales, pero quiero subrayar que son cosas diferentes de lo que propone Antonio Lettieri, esto es, el salario garantizado, separado de la negociación colectiva.

Quinto: Los riesgos del salario mínimo garantizado

¡Atención! Este problema puede convertirse, en la historia concreta de las relaciones industriales, en el salario marginal del mercado de trabajo en Italia, y no en una garantía política que el Estado introduce para prescindir de la negociación colectiva. Y si este salario marginal tiene un mínimo de representatividad ¿quién y qué obliga a un empresario en este aspecto?[7]
Justamente, Lettieri hablaba de una adecuación periódica en las dinámicas contractuales, ¿pero quién obliga a dar más a través de la negociación del salario marginal? ¿Y quién puede impedir que la separación (que existe siempre, porque ahí está el mercado) entre este salario garantizado y el salario sea gestionado no mediante la negociación colectiva sino a través de la benevolencia del empresario, privando de esta manera a la negociación colectiva de áreas enteras del mundo del trabajo? Tened en cuenta que nosotros intervenimos en ese mundo negociando la recuperación de los salarios en dos y tres convenios. Además, debemos saber si se puede excluir que, en un proceso de estancamiento con inflación, pueda ser compatible con la estabilidad de los cambios en la Europa que tenemos delante de nosotros y en un país como el nuestro.
Yo no creo que sea del todo incompatible, y podemos esperar movimientos no pequeños en la dinámica de la inflación que coincidan con un relativo mantenimiento de la estabilidad de los cambios, impuesta por la margen estrecha del sistema monetario europeo. Por ese motivo, me pregunto si la negociación colectiva periódica y aproximada (necesariamente aproximada) al coste de la vida en su conjunto, no custodiada por un mínimo de indexación negociada, sea algo bueno para el sindicato y para el resto de las cosas que el sindicato debe gestionar. De ahí que me parezca que la solución de los químicos ha sido una respuesta de gran equilibrio e inteligencia que puede asegurar, en un sistema contractual general, la salvaguarda de un “zócalo” garantizado, ciertamente con el riesgo de la previsión y también con el coste de la previsión.
En otros términos siempre fue de esa manera. En una negociación colectiva siempre hemos asumido (por ejemplo, en un convenio que tenía una aplicación de tres años) determinadas hipótesis de crecimiento de la inflación y otros factores; sobre esta hipótesis, los agentes sociales y económicos --dialogando y confrontándose-- han acometido la tarea de hacer transparente estas previsiones. Lo que me parece, de verdad, una buena cosa.
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[1] Cuando el PCI se transforma en el PDS, Bruno Trentin plantea la disolución dentro del sindicato de la “componente comunista”. Como es sabido, en la Cgil existían tres corrientes: la comunista, la socialista y la “independiente”, que funcionaban sobre la base de, por lo general, un buen funcionamiento entre ellas. Tras la disolución de la componente comunista, los “independientes” hacen lo mismo. A partir de ahí se abre un debate en el sindicato para que, “cada cual con su cabeza”, plantee los grandes temas que afectan al movimiento sindical. Esta intervención de Trentin no se hace en una reunión formal del sindicato, sino en un seminario que tiene como objetivo reorientar la línea de la CGIL. El ponente es Antonio Lettieri. .
[2] Trentin tiene un comportamiento muy particular en este coloquio. Como quiera que él no es el introductor del informe (y también porque el debate está en sus inicios) se limita a proponer interrogantes. Se trata de una metodología “mayéutica” que Trentin utiliza en determinadas ocasiones, especialmente cuando se está en los primeros pasos de una discusión.
[3] Obsérvese la distinción entre sector y ramo. Un sector sería, por ejemplo, el automovilístico; su ramo, como es sabido, es el metalúrgico.
[4] Lo que en esta intervención de Trentin se expone de manera general (“mayéutica”, hemos dicho) irá conociendo nuevas concreciones a lo largo de los trabajos de nuestro autor en el presente libro.
[5] La escala móvil era un garantismo automático salarial de compensación entre lo pactado y la evolución al alza de los precios.
[6] Una de las consignas más seguidas fue “la escala móvil no se toca”. Es decir, que no debía desaparecer. Trentin jura que nunca lo dijo. Se trata de un coscorrón que propina a los dirigentes de su propio partido, el partido comunista italiano.
[7] Es necesario aclarar la terminología. Aquí nadie está hablando de la renta universal (basic income) tal como la entiende Phillipe van Parijs o, entre nosotros, Daniel Raventós.

miércoles, enero 31, 2007

LA FRONTERA DE LOS NUEVOS DERECHOS

Bruno Trentin


Debemos ajustar las cuentas a un debate mezquino que puede acabar oscureciendo los límites que existen entre una estrategia reformadora de la izquierda y una concepción de la política, referida a la gestión de lo existente y, en buena medida, al transformismo. Esta línea está representada por el lugar que se asigna a los derechos en un proyecto vinculante para la izquierda reformadora. Los derechos existentes y su consumada realización ¿son “el fin del camino” sin poner el problema de cómo gestionar el cambio y las transformaciones ineludibles, incidiendo en su recorrido hacia un horizonte de mayor democracia y nuevos derechos? ¿O, sin embargo, se trata de una “mística” engañosa, el signo de una cerrazón conservadora ante la “modernidad”? ¿o, sobre todo, es una parcialidad corporativa que nunca podrá constituir la identidad de la izquierda?
Creo que estas dos orientaciones están presentes, de hecho, en el debate de la izquierda, aún cuando no se proclaman como tales, y se expresan de manera torticera por la degeneración personalista del debate político. Soy de la opinión que lo segundo es más peligro que lo primero: en nombre de la “realpolitik”, corre el peligro finalmente de señalar una separación, una ruptura con una gran tradición libertaria y democrática en la que se ha reconocido fatigosamente una parte de la izquierda occidental (ex comunista, socialista y verde) volviendo de esta manera a las raíces de la socialdemocracia.
Algunos dicen que la identidad de la izquierda no puede residir en los derechos formales sino en el “cambio” real y en la modernidad. De ello se puede deducir que los derechos reivindicatos en el pasado se han convertido en símbolos de la conservación, en cataplasmas de una historia superada o en la señal de una forma corporativa de autodefensa. Para juzgar el fundamento de esta nueva (y viejísima) ideología, es necesario, ante todo, que nos aclaremos sobre la naturaleza del “cambio” o, en otra versión, del carácter de la “modernidad”.
Ahora, tras dos guerras mundiales, los totalitarismos del siglo XX y del Holocausto, se han acabado los tiempos en que la izquierda podía identificar la modernidad y el cambio con un proceso lineal hacia el progreso. La modernidad estaba y está impregnada tanto de progreso posible como de reacción y regresión. Está abierta a salidas radicalmente distintas que dependen de las luchas civiles de los hombres y mujeres de “carne y hueso” y que, todavía, no están “escritos” completamente en el gran libro de la historia. Por estos motivos, las fuerzas de la democracia siempre han querido señalar y condicionar la modernidad y su misma naturaleza con la afirmación de nuevos derechos como metas a conquistar para afrontar los desafíos del cambio. Así fue desde el “Bill of Rigths” a la Carta de Derechos fundamentales de la Unión Europea. Cieertamente, como fotografía de lo existente y sanción de los derechos adquiridos.
No podemos olvidar la gran lección de los siglos XIX y XX cuando el movimiento obrero combatió el autoritarismo y la reacción, descubriendo la dimensión de los derechos o, en palabras de Amartya Sen, de las libertades. Cierto, en aquellos tiempos se impugnaron los derechos como medio para reducir las desigualdades sociales y las formas de explotación y opresión. Sin embargo, aparecen hoy como las únicas y duraderas conquistas del movimiento obrero en su lucha por la igualdad. No esta última, pero los derechos se revelaron como los fines principales de una política reformadora; una prioridad y una condición para contrarrestar las desigualdades sociales y la exclusión civil de millones de seres humanos que le precedieron y la acompaña.
En efecto, este es el legado duradero del progreso que se afirma en las luchas sociales del siglo XX: la libertad de asociación y de huelga, el sufragio universal, el “welfare state”, la paridad entre hombres y mujeres, la democracia parlamentaria: unos derechos que continuamente ha sido puestos en discusión o, a veces, vaciados de contenido. Y por esta razón (en todas las épocas), la afirmación de determinados derechos, como metas que se deben conquistar en todo momento, se acompañan de intentos de utilizar en los hechos la desreglamentación que suscitan tales cambios y las transformaciones sociales para volver atrás y para hacer valer la reacción de las fuerzas conservadoras con el ánimo de imponer una regresión política y cultural.
Esta ha sido, en los últimos años, la postura de los sectores más conservadores de la patronal y la derecha frente a las nuevas contradicciones que suscitan los procesos de transformación de la empresa y del mercado de trabajo, inseparables de la aparición de las nuevas tecnologías de la información. Por ejemplo, la contradicción existente entre un trabajo de gran responsabilidad y un empleo incierto, precario e inseguro, al menos para ún gran número de personas; en la incapacidad de buscar una solución a esta contradicción --mediante el diálogo e imaginando nuevos derechos: la formación permanente y otros-- ha prevalecido, en suma, en una parte del mundo empresarial (sobre todo, en sus corifeos) un reflejo condicionado: volver a las reacciones autoritarias de la década de los cincuenta.
Primera observación: no se debe extraviar la “modernidad” y no hay que confundir las reacciones de las clases dominantes con el reformismo.
Este fue el error que cometieron, hace ya unos diez años, los adversarios del artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores (Statuto dei lavoratori) no cayendo en la cuenta que esta primera conquista del otoño caliente adquiriría un nuevo valor en el marcado laboral de la flexibilidad y la precariedad, y --de manera particular-- en todas las relaciones de trabajo por tiempo determinado. Y poodía (y puede) abrir la vía para tutelar todas las formas “atípicas” de la relación de trabajo que hacen posible el ejercicio de un derecho. Y este es el error (no sé hasta qué punto irresponsable) de los que quieren ofrecer nuevas razones a la división de los trabajadores y a la campaña contra la tutela individual en la confrontacióin del despido (¿por razones económicas o motivos antisindicales) sin justa causa, apoyando un referéndum para extender la obligación del reintegro que sanciona el artículo 18 en una tienda o en la relación de trabajo personalizado.
Segunda observación: ¿los derechos, también los derechos fundamentales, tienen su propia historia? Es cierto, pero esta historia no es lineal. Algunos derechos acaban por olvidarse; o, porque --aunque plenamente ejercidos en tiempos remotos o al revés-- son completamente superados por las transformaciones de la sociedad. Ciertamente, el contrato de trabajo por tiempo indeterminado es uno de éstos, aunque sobreviva formalmente. Sin embargo, otros derechos conservan una dramática actualidad; por ejemplo, la enseñanza obligatoria, la prohibición del trabajo dependiente a los menores, las tutelas de los jóvenes, las mujeres, las minorías étnicas o religiosas; o como otras discriminaciones, por ejemplo, en el tratamiento salarial. Por no hablar de los inmigrados: ¿acaso se ha olvidado la reciente campaña --con sus correspondientes resonancias en una determinada literatura económica-- planteando la disminución salarial para los inmigrantes recién llegados? En definitiva, otros derechos tienen una evolución y un devenir, como por ejemplo, la transformación en el derecho al estudio (à la Condorcet), el que sitúa nuestra Constitución y, ahora, el derecho a la formación permanente (pendiente de ejercer) tal como plantea la Carta de Derechos fundamentales de la Unión Europea.
Está claro que los derechos fundamentales tienen su propia historia y su propia devenir, que señalan siempre una nueva frontera hacia la cual orientar los confines de la “polis”: de la democracia real. Y que, contrariamente, a un cierto juicio de Marx, denunciado el carácter mistificador de los “derechos formales burgueses” al estar en contradicción con las condiciones “reales” de vida, trabajo y poder de las clases subalternas, estos “derechos formales burgueses” demostraron ser la leva principal para superar estas contradicciones, salvaguardando la democraciua y lsd libertades indificuales que, después, el mismo Marx corrige más tarde en otras partes de su investigación.
¿Nuestra oposición a esta guerra preventiva no saca, quizás, su fuerza de convicciones; por ejemplo, de la susencia de una legitimación de las Naciones Unidas? ¿Y no apunta, ahora, a restituir a la ONU una soberanía efectiva (que es condición de su sucesiva reforma) y su función de fuente principal e ineludible del derecho internacional? No es, hoy, el objetivo principal del movimiento por la paz?
Para una fuerza de la izquierda, las nuevas fronteras de los derechos formales son las nuevas fronteras de la democracia. Pero, incluso a la hora de delinear una nueva frontera de los derechos (hoy ante las transformaciones de la sociedad civil la izquierda y el mismísimo movimiento sindical se resienten de límites defensivos y conservadores. Que se expresan, por ejemplo, en la infravaloración o en la afectación con el que afrontan el derecho al conocimiento y al saber, en su lucha contra la fractura social que se dibuja en el mundo entre quienes possen conocimientos y quienes está excluído de ellos.
Existe un retraso del sindicato en la percepción de la centralidad de una propuesta por el control de las formas de organización del trabajo, capaces de valorar los recursos culturales y profesionales y el deseo de aprender de la persona que trabaja; o en el diseño de una reforma del “welfare state” que responda al reto del envejecimiento de la población; un retraso, también, para reconstruir --en el mundo del trabajo y en la sociedad-- toda una solidaridad entre los diversos en torno a la búsqueda de derechos universales donde todos se puedan reconocer y construir nuevas y más amplias alianzassobre la base de objetivos como éstos.
En resumidas cuentas, la cuestión que se dirime es la actitud de los derechos universales (en los planos nacional e internacional) para construir la solidaridad entre diversas tipologías de ciudadanos, en primer lugar, en el universo de los sectores más débiles, superando toda dimensión corporativa y los privilegios de ciertas capas y corporaciones.
La otra cara, pplenamente actual, de los derechos fundamentales es la que empuja a las fuerzas políticas y sociales, que lo reivindican, a perseguir una acción incesante para dotar, rápidamente, a estos derechos de los recursos materiales y umanos necesarios para llevarlos a la práctica, esto es, a su efectivo ejercicio. En ese sentido, afirman no sólo una perspectiva y un futuro posible sino un vínculo con el presente: el de la coherencia, sin desviaciones, en la intervención para realizarlos “qui et ora”. Un vínculo que permite afirmar una transparencia y una eticidad de la acción política, fuera de un lenguaje propio de iniciados, como es el caso del monopolio de algunas capas que se autodefinen como “destinados” al gobierno, ya sea por nacimiento o por oficio.
Traducción José Luis López Bulla, subvencionada por don Rafael Rodríguez Alconchel
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martes, enero 30, 2007

TRABAJAR, ¿PARA QUÉ? OTRO COLOQUIO DE BRUNO TRENTIN CON ESTUDIANTES

(Traducción a cargo de José Luis López Bulla ex allegato de Rafael Rodríguez Alconchel)


Estudiante. Buenos días. En puertas del siglo XXI y habiendo cambiado la relación entre el hombre y el trabajo ¿no cree que no se va a ningún sitio --y, además, es ilusorio-- que se mantenga la misma relación entre el trabajador y el sindicato?

Trentin. Ciertamente. No puede permanecer invariable porque tiende a cambiar profundamente el trabajo; es necesario, así, disponer de más conocimiento para poder expresarse a través del trabajo. Y teniendo cada vez más necesidad de conocimiento, todas las personas se convierten en individuos con problemas diversos, necesidades distintas y capacidades creativas diferentes. Antes, el sindicato organizaba grandes masas de trabajadores intentando representar todo lo que tenían de idéntico. Hoy, el sindicato -si quiere representar de verdad, no sólo a las masas, sino a las personas, cada una con sus propios deseos e identidades- tiene que saber repensarse a sí mismo completamente; debe dar la palabra a todas las figuras diversas que están emergiendo en la sociedad y, sobre todo, a los jóvenes.

Una estudiante. Dispense, profesor. En nuestros días (en el mundo de la globalización donde las grandes empresas sortean con facilidad las huelgas y las protestas) ¿qué deben hacer los sindicatos de todos los sitios para no perder su poder contractual?

Trentin. Claro, es verdad que, en parte, es posible sortear una huelga en las grandes multinacionales ya que pueden trasladar el trabajo de un país a otro. Y también es cierto lo contrario: que la globalización ha comportado el desarrollo de centros autónomos de decisión en cada unidad de producción, investigación y distribución. De manera que no es preciso imaginar la globalización como si fuera una sanguijuela con su cabeza, por ejemplo, en Nueva York. siendo el resto unos tentáculos no inteligentes. Mire, en la más pequeña sucursal de una multinacional hay un centro de investigación, existe un laboratorio, gente que trabaja y piensa, convirtiéndose en insubstituible. De manera que la huelga pesa e incide todavía en ese mecanismo que es la empresa moderna, una empresa que tiene cerebros distribuidos por todo el mundo. Así, pues, si uno de esos cerebros se bloquea, se paraliza todo el resto. Aunque esto no quiere decir que no haya que buscar nuevas formas de coordinación entre los trabajadores y los sindicatos en todas las partes del mundo.

Joven. Oiga, profesor. Hoy se habla mucho de movilidad, como si fuera el recurso para derrotar el desempleo. Pero también es verdad que, por otra parte, la movilidad generará sobre todo precariedad y despidos. Oiga, ¿no cree que los sindicatos deberían oponerse más tenazmente a esta perspectiva con más fuerza que lo que han hecho hasta el momento? ¿Y no piensa que deberían luchar, todavía más, para salvaguardar los derechos adquiridos de los trabajadores de más edad, pues son los que se arriesgan a encontrarse de improviso y sin cobijo alguno?

Trentin. Usted me hace muchas preguntas seguidas… Hay una movilidad que viene inevitablemente de las nuevas tecnologías. La movilidad, en principio, es necesaria porque toda una serie de nuevas tecnologías envejecen en un espacio de tiempo de, a veces, hasta seis meses. Por ejemplo, en el software tenemos innovaciones cada año. Ello quiere decir que con la obsolescencia de las tecnologías, envejecen también las profesiones, las tareas y los cometidos. Es necesario cambiar.
Las nuevas tecnologías, por su propia naturaleza, son extremadamente flexibles y adaptables. Y pueden producir pequeñas y pequeñísimas series para una clientela concreta. Acabada aquella tarea, se cambia y, con ello, a menudo desaparece una fábrica. De modo que se trata de una movilidad de las personas que, en cierta medida, es fisiológica, obligada ante estos cambios tan gigantescos.

El mismo joven. La movilidad es un dato es ciertamente verificable. Sin embargo, yo creo que hasta cierto punto si lo que se quiere es fortalecer un determinado modelo de sociedad neoliberal, donde los despidos se conviertan en moneda corriente ¿no piensa que se deben garantizar también los nuevos puestos de trabajo? ¿y dónde se pueden emplear aquellas personas afectadas por la movilidad?

Trentin. Estos puestos de trabajo pueden encontrarse de dos modos.
El primero, garantizando ciertamente la posibilidad de un desarrollo cada vez mayor, mediante grandes innovaciones frecuentes y sobre todo con la renovación de los productos. Siempre ha sido así a lo largo de la historia de la humanidad. De ahí que sea innecesario pensar que las nuevas tecnologías destruyen el trabajo, como frecuentemente escriben muchos escritores, más de ciencia ficción que de economía. Desde el momento en que se introdujo la turbina eléctrica hasta la invención de los electrodomésticos y sus derivados pasaron cincuenta años, y se ha ido creando empleo.
El segundo modo se relaciona con el conocimiento. Una persona no puede aspirar, hoy, a estar empleada en el mismo puesto de trabajo durante toda su vida. Pero sí puede aspirar en tener una profesionalidad segura. Lo que quiere decir que la profesionalidad cambia continuamente, siendo necesaria una permanente puesta al día de los propios conocimientos. O sea, cambiará de trabajo, pero no de capacidad profesional; no perderá en el mercado laboral, será siempre empleable…

Sigue el mismo estudiante. Sí, comprendo. Pero, sinceramente, me parece que los sindicatos se están acomodando a esa perspectiva. Es decir, no me parece que haya grandes luchas contractuales de los sindicatos contra los empresarios con el ánimo de defender más a los trabajadores que corren el peligro de caer en la movilidad. Vamos a ver, ¿qué están haciendo concretamente los sindicatos para darle una orientación segura a la movilidad, capaz de favorecer a los trabajadores? ¿qué estrategia tienen los sindicatos?

Trentin. Los sindicatos tienen, ciertamente, muchos límites, y en muchas ocasiones llegan con retraso a estas transformaciones. Es algo que no quiero negar en absoluto. Pero el problema de los sindicatos no es, y no puede ser, la resistencia. Resistir y después perder la batalla no puede ser el cometido de los sindicatos ante estos cambios de una naturaleza tan profunda. El problema es el de gobernar este cambio en la dirección más útil para los trabajadores. Por ejemplo, me refiero a negociar el derecho de información en el puesto de trabajo, de manera que un trabajador que cambia de empleo pueda salir de ella con mejores conocimientos y más fuerte en el mercado laboral que cuando entró. Esta es la batalla que es preciso dar.

Otro estudiante. Perdone. Intervengo, especialmente, para apoyar el discurso de éste…, de mi compañero. Le quiero preguntar: aquí tengo el periódico de ayer, Liberazione. Informa de algunas cosas que usted dijo en el seminario sobre “Horario y condiciones de empleo”. Leo lo que dice: “Para Trentin el horario de trabajo corre el riesgo de acabar bajo el control unilateral de la dirección de la empresa”. Así es que ¿cómo es posible que, ante el problema de las 35 horas, el sindicato no se bata verdaderamente? ¿Cree usted posible que se pueda conseguir la semana de 35 horas mediante la negociación? ¿No es mejor buscar también el choque de muro contro muro,[1] y no intentando dar pequeños pasos como hacen ustedes? ¿no es mejor imponerla por ley? Porque todo indica que los sindicatos han renunciado a imponer a los empresarios la ley de las 35 horas.

Trentin. Creo que la idea de imponer una ley (cuando no se consigue imponerla con la lucha y la negociación sindical) es una reacción de debilidad y no de fuerza. Si no consigo conquistar un determinado con el consenso de la gente y recurro a la ley, no es un acto de fuerza.

El estudiante anterior. Pero… ¿con quién entiende usted que se ha de establecer el consenso? ¿Con el consenso de los empresarios? No se dará nunca.

Trentin. No, no, no. Con el consenso de los trabajadores.

El mismo de antes. Pero si se han producido diversas huelgas de los trabajadores en las fábricas, en exigencia de la reducción a las 35 horas...

Trentin. ¿De verdad? Cíteme una porque tengo curiosidad de saberlo.

El estudiante. ¿No hay una manifestación convocada para el 21 de marzo, a nivel nacional?

Trentin. Sí: una manifestación nacional; ya veremos cómo se desarrollará. Pero usted hablaba de huelgas de los trabajadores por las 35 horas. Tiene que citarme una.

El mismo. ¿Ehhh? Estaba hablando de manifestaciones, no de huelgas…

Trentin. Vale. Pero si queremos ser concretos, aquí tenemos un problema. Es preciso hablar del país real, para que podamos ir adelante. Este país real es fruto de una multiplicidad de situaciones. Yo no he dicho que las empresas controlan los horarios, sino que las empresas controlan el tiempo, que es una cosa mucho más complicada. Y, en efecto, el gran problema que advierten todos los trabajadores de las más diversas categorías y profesionalidades es el de gobernar su propio tiempo. No es mediante una receta única como se resuelve este gran problema de libertad. Que no… que no puede ser con una receta única.
Si usted le dice a una persona que trabaja 32 horas o 30 horas (hay casos de éstos, hay no pocos convenios con esta cláusula) las 35 horas serán otra cosa para él. Para esta persona, el problema serán las pausas y descansos frente a un trabajo estresante o tener la posibilidad de tener formación con la reducción de la jornada.

Un joven. Dispense, oiga. Usted ha dicho que la imposición por ley es cosa de débiles. Hay algunos sindicalistas que se vanaglorian de llevar estas luchas que vienen desde 1978… Pero, me parece que solamente con la imposición de una fuerza política se puede llegar… se puede llegar a hablar concretamente de las 35 horas. Vamos a ver, ¿qué han hecho durante veinte años, de verdad, los sindicatos para empezar a hablar concretamente de las 35 horas? Lo comprendo: la imposición por ley será cosa de los débiles, pero hasta un cierto punto es, tal vez, el único modo de imponer eso a los empresarios, Estos sólo piensan en disminuir el coste del trabajo. Y seguramente con las 35 horas el coste del trabajo no disminuirá.

Trentin. No. Pero con las 35 horas --si usted conoce un poco cómo está la reglamentación de las horas extra en Italia--, éstas, las horas extras, cuestan mucho menos que la hora normal de trabajo: un cuarenta por ciento menos. Contrariamente a lo que gritan los empresarios, yo no estoy convencido que sea un gran drama. No es un gran drama para ellos tener una ley que contemple las 35 horas para todos porque, a continuación, pueden obligar a realizar las horas extras sin limitación. Por cierto, las propuestas de ley de 35 horas dejan sin resolver esta cuestión.
Yo estoy en condiciones de decir que el sindicato, en estos últimos años, a pesar de las dificultades (el desempleo no es cosa que ayude a la batalla por la reducción de los horarios) digo, a pesar de las dificultades, hemos conseguido no ya las 35 horas, sino 34, 32, 30… Conozco perfectamente empresas textiles que trabajan 30 horas. Y, ¡oído!: he descubierto que, en algunos sitios con 30 horas semanales, la condición de trabajo ha empeorado.

Estudiante. Digo yo que serán casos límite…

Trentin. ¿Casos límite, dice? El 28 por ciento de la población trabajadora tiene una alta… una altísima profesionalidad. Hay un millón y medio de técnicos jóvenes, trabajadores subordinados con contratos “en misión”. El problema del tiempo se presenta para esta juventud de una manera diferente a la “solución guillotina”. Quiero decir lo siguiente: el problema es reducir el horario efectivo, no el horario legal, consintiendo a la gente que gobierne su propio tiempo.

Una joven. El sistema de producción fordista-taylorista ha caído definitivamente. Quiero preguntarle si el nuevo modo de producir se reoganizará en base a las nuevas exigencias del mercado ¿O será sin una posterior formación de esquemas?

Trentin. Un momento… Podemos hablar de la crisis del modelo fordista porque, de manera particular, las nuevas tecnologías de la informática han puesto en crisis la producción en masa estandarizada y repetitiva. Pero yo sería más prudente con relación al taylorismo ya que, en todos los países, las direcciones de las empresas se resisten a abandonar el sistema jerárquico y opresivo de la organización del trabajo. Estamos, por lo que se ve, en una fase abierta que no tiene un nuevo modelo. Estamos, sí, ante unas tentativas: unas veces con fuerzas innovadoras y, en otras ocasiones, con vueltas al pasado. El problema del sindicato y de los trabajadores es el de moverse en esa dirección con sus propias propuestas.

La misma joven. Pero… ustedes cree que, a pesar de la actividad sindical, en este modo de producir seguirá existiendo una jerarquía…

Trentin. Siempre habrá una jerarquía mínima… Cuando trabajan juntas tres o cuatro personas, siempre hay una división de los objetivos y de las tareas. El problema es que esta división no sea siempre fija; que no mantenga al de arriba siempre arriba y al de abajo siempre abajo, manteniendo siempre en el mismo sitio al que gobierna y al gobernado. Más todavía, todos deben tener la posibilidad de participar en las decisiones. Ese es el gran objetivo que se propone en todas las luchas sindicales de estos años, tanto en Europa como en otros lugares del mundo. Y se están dando los primeros pasos.
Creo que, en todas las industrias modernas, el número de los niveles jerárquicos ha disminuido, aunque todavía son pocos los casos donde exista el trabajo en grupo, donde se permita que todos expresen sus capacidades creativas.

Otra chica. Oiga, dispense. ¿Cuál puede ser la tutela sindical para aquellos trabajadores que hacen su cometido en red? Porque allí no hay unidad de espacio y de tiempo y trabajan a distancia. A ver, ¿cómo puede existir la tutela sindical, cómo se puede controlar esta unidad espacio-tiempo que va un tanto a uñas de caballo?

Trentin. Bueno, hay diversas formas de trabajo en red. Por ejemplo, el teletrabajo. El sindicato tiene que acercarse a todas estas realidades fragmentadas, representando los intereses de la gente. Y no sólo con objetivos del pasado, porque si se planteara las 35 horas para todos o aumentos de salario iguales para todos (como si todos tuvieran las mismas condiciones, o sea, la situación de hace treinta años) probablemente nos equivocaríamos. Pero existen problemas idénticos: problemas de libertad, de derechos, de igualdad de oportunidades, de gobierno del tiempo, de autonomía en las decisiones… El sindicato tendrá que representar a la nueva clase trabajadora con relación a estos problemas. Nadie movería un dedo en este país si yo dijera las mismas cosas que expresaba hace treinta años cuando dirigía a los metalúrgicos, es decir, cuando planteaba un aumento de cien mil liras iguales para todos.

Estudiante. Oiga, ¿en este momento qué línea económica sigue su sindicato?

Trentin. ¿Qué quiere decir con eso de “línea económica”?

El mismo estudiante. Me refiero a la línea que quiere imponer el gobierno…

Trentin. El sindicato debe representar o intentar representar al mundo del trabajo. El sindicato no representa al gobierno, ni a ninguna autoridad, no es una ramificación del gobierno. La línea de política económica del sindicato es lo que vengo explicando: nuevas ocasiones de trabajo que no sean precarias y no descualificadas, no provisionales y siempre basadas en la posibilidad de aumentar el conocimiento y la profesionalidad. Este es el futuro del trabajo.
El futuro del trabajo es ser, cada vez más, una mercancía insustituible. Hoy la competencia a escala mundial no se desarrolla esencialmente sobre los capitales o sobre los inventos porque todo ello circula con la velocidad del ordenador a través de internet. Lo único que permanece menos móvil, relativamente menos móvil, son las personas: las personas que piensan y que pueden resolver problemas. La competencia se desarrollará, cada vez más, con el mayor número de cerebros en los puestos de trabajo resolviendo problemas, siendo capaces de no repetir continuamente la misma carrocería; no insistiendo en el error y en el defecto anteriores… Porque hoy se exige al trabajador que responda justamente a una función; que haga una pieza y, al mismo tiempo, que sepa corregirla, verificar, ver cómo funciona y si se adapta a otra pieza o no se adapta. Antes, estas cosas eran auténticas obras maestras, y yo lo he visto hacer con aleaciones pequeñísimas y muy refinadas. Era el trabajo semiartesanal que hacía un obrero de tantos hace muchos años. Este tipo de obra maestra en la industria artesanal desapareció hace unos cuarenta y cinco años.
Después se pidió a la gente que hiciera una sola operación (la misma, repetida miles de veces) en condiciones frecuentemente desagradables. Tengan en cuenta que el cacharro se montaba, durante ocho horas diarias, con las manos arriba. Con esa postura nadie podía preocuparse de saber si había defectos o no. Ahora, todo eso está cambiando. Todo está cambiando y, naturalmente, los trabajadores --las personas de carne y hueso-- las chicas y los chicos que entran ahora en la fábrica moderna, bueno, frente a estos cambios exigen más. Quieren disponer de más conocimientos, piden poder decidir cómo se hacen las cosas y no solamente trabajar más durante un determinado tiempo. Ahí debe intervenir el sindicato para afirmar y liberar los grandes deseos de libertad y de orgullo de auto-realización de la persona en el trabajo.

Una joven. Profesor, usted dijo antes que en la industria, aunque había ritmos agobiantes, se tenía la posibilidad de competir: existía la competencia entre trabajadores. Ahora, con el teletrabajo falta esta dimensión humana y social. ¿No es un paso atrás que falte un derecho ya conquistado?

Trentin. Alto ahí, yo no he dicho que hubiera la posibilidad de competir entre los trabajadores. Porque también el sindicato se batió para impedirlo.

La misma joven. Tal vez más que competencia había la comparación.

Trentin. Sí, pero sobre todo, he dicho que la competencia entre las empresas se realiza mediante la capacidad creativa del trabajo. Así de claro. El trabajo ha sido siempre un momento de vida en común, de colaboración, no de competición entre diferentes personas. Ahora se corre el riesgo de que eso se pierda cuando uno se encuentra, por ejemplo, en la soldad del teletrabajo. Pero, también es verdad que esa soledad es un espacio de libertad, y un joven que trabaje de esa manera no renunciará fácilmente a ese espacio de libertad de poder gobernar su propio tiempo.
Hay que encontrar el modo que este operador del teletrabajo, ese joven, pueda reunirse con el resto que hace el mismo cometido y ver con ellos qué debe reivindicarse conjuntamente, no solamente qué retribuciones; sobre todo deben ver qué posibilidades tienen de enriquecer sus conocimientos. Un sindicato moderno debe preocuparse de estas cosas. Es decir, reunir todas esas personas, esos diversos individuos.
Ustedes habrán notado que siempre hablo de personas y poco de masas. Lo hago porque el gran asunto de este siglo, en el que ustedes han entrado, es que la gente emerge con su propia personalidad y no acepta de estar encasillado junto al resto; cada cual quiere hacer sentir su aspiración y sus prioridades. Es un derecho que debe defenderse. Que hay que defender, naturalmente, de modo colectivo.

Otra joven. Profesor, pero ¿por qué motivo se continúa luchando más sobre la cantidad de trabajo y no sobre la calidad del trabajo? ¿Por qué no se intenta sistematizar mejor las condiciones de este trabajo y no solamente sobre las horas de trabajo?

Trentin. Se pueden vincular las dos cosas. Porque si consigo trabajar menos, estoy hablando de trabajo efectivo; y si consigo estudiar más, puedo trabajador mejor y ser dueño de mi propio trabajo.

La misma joven. Claro, pero por condición yo entiendo en la fábrica, por ejemplo, donde no se dan buenas condiciones. Por ejemplo, hay fábricas donde existe un trabajo estresante por la cantidad de horas de trabajo, claro, pero también porque las condiciones son pésimas. No son buenas fábricas. Por ejemplo, sabemos de muchas fábricas donde hay mucha mano de obra sumergida[2]: muchas chicas que están en el trabajo sumergido. ¿No se podría mejorar esta situación en vez de intervenir sólo en las horas de trabajo?

Trentin. Bueno, no conviene infravalorar eso de reducir las horas de trabajo. Tengan en cuenta que, en los entresuelos de Nápoles o de Puglia, hay muchas niñas que hacen pantis de mujer y trabajan más de doce horas. Para esta juventud, trabajador menos sería algo extraordinario. Son, además, horas mal pagadas y en unas condiciones nocivas. Lo sé perfectamente: los productos que se utilizan para fabricar los pantis son peligrosos, y se respiran ácidos que dañan peligrosamente la salud. Trabajar así durante doce horas es acortar la vida.
Entonces, reducir las horas y mejorar las condiciones de trabajo no están en contradicción. Hay una batalla fundamental por la salud, por el gobierno del tiempo de cada cual y para obtener las remuneraciones por aquello que realmente se hace. Se trata de chicas infra remuneradas, explotadas en todos los aspectos. Y aquí volvemos a encontrarnos con un problema de falta de libertad porque se trata de medio esclavas en muchos sitios. No sólo en el Sur, también en la Emilia Romagna con, por ejemplo, los pakistaníes o en el Véneto, con gentes que viven en un infierno. Francamente, aquello parece la Edad Media en pleno siglo XX. Por lo tanto, en estos casos estamos ante un problema de liberación del trabajo. Debemos abordar los problemas de las personas: su derecho a la vida, a estudiar…

Otra joven. Buenos días, Profesor. Estaba yo informándome sobre estos problemas de la revolución del trabajo y he encontrado en internet la web de Ricardo Bellofiore. Este señor explica las consecuencias de la revolución fordista y habla de “trabajo vivo” y “trabajo muerto”. Mi pregunta es si todavía podemos seguir utilizando esas categorías conceptuales de las diferencias entre “trabajo vivo” y “trabajo muerto”, según aquellos cánones.

Trentin. Claro que sí. Siempre podremos hablar de trabajo vivo y trabajo muerto. Se trata de un término marxista, pero que antes lo utilizaron los economistas clásicos. El trabajo vivo es el trabajo que producen las personas; el trabajo muerto es el trabajo que se ha incorporado a la máquina. De eso se habla en El Capital.
Pues sí, podemos decir que siempre habrá un trabajo vivo y un trabajo muerto. Pero yo pienso que el fordismo se ha identificado mucho más con otro concepto: el trabajo abstracto. El trabajo abstracto es aquel que podía parcelarse en una determinada cantidad de unidades elementales y, diría, que es un trabajo sin calidad. Por ejemplo, la cadena de montaje: efectivamente, no había diferencia, para hacer una carrocería, entre el trabajo de uno y el de otro. Ese trabajo se podía subdividir en muchísimas pequeñas operaciones y la retribución era igual para todos. Ese es el trabajo abstracto que estaba al margen de la persona concreta, de su conocimiento y de su personalidad: sus capacidades creativas no interesaban. En la producción fordista el dogma era: “no tenéis que pensar, sino ejecutar; nosotros pensaremos por vosotros”. Este era el evangelio de la fábrica, de la fábrica fordista.

Un estudiante Quisiera volver a un tema de palpitante actualidad: el de los ferrocarriles. ¿Cómo se sitúa su sindicato frente a esta crisis que está afectando a uno de los últimos servicios públicos que nos quedan en nuestro país?

Trentin. ¿Qué cómo se sitúa? En primer lugar se trata de liquidar la burocracia que, durante años, se ha desarrollado en ese sistema y no ha sido capaz de renovarlo. Tenemos, hoy, unas estructuras profundamente envejecidas, a pesar de que los ferrocarriles nos han costado un ojo de la cara; es un dineral que se lo ha comido una enorme maquinaria burocrática. En segundo lugar, defendiendo a los trabajadores, y me permito añadir la solidaridad entre los trabajadores. Porque hay grupos corporativos, también en los ferrocarriles, que se han consolidado y han roto la solidaridad.

El mismo estudiante Pero sí existe solidaridad porque contra los despidos de estos días se ha movilizado casi toda la empresa. Ahora quiero preguntarle otra cosa: ¿piensa el sindicato que la solución es la privatización?

Trentin. Bueno, no es ahora este el problema. La solución nunca es blanca o negra. Lo que interesa saber es si una empresa está bien gestionada, si los trabajadores tienen el derecho de participar en sus decisiones que se refieren al trabajo. Da igual que la empresa sea pública o privada porque siempre permanece el mismo problema. Hemos tenido empresas nacionalizadas en la Unión Soviética donde existía la mayor opresión a los trabajadores. El problema no está en la solución mítica de la propiedad; el problema es la libertad de las personas en el trabajo. Esto es lo que nosotros defendemos, también en los ferrocarriles: la posibilidad que ejerzan bien su profesión y en solidaridad con los demás.

Estudiante. Claro, pero si la empresa de los ferrocarriles hubiera sido privada, estos despidos hubieran pasado con sordina; pero como es pública, el asunto ha dado mucho ruido y han habido muchas huelgas…

Trentin. Permítame. El problema no está en los despidos. El problema es el despido justo.
En una empresa privada, donde hemos conquistado un estatuto de derechos laborales, no se puede despedir a un trabajador sin justa causa, que tiene que demostrarse en los tribunales. Pero en la Administración pública era diferente: hicieras lo que hicieras nunca te podían despedir. Nosotros hemos luchado para romper esa situación con el ánimo de que todos tengan iguales derechos. Y, ciertamente, ahora en la Administración pública está el derecho a la justa causa. Pero esto nace del Estatuto de los Trabajadores y no del empleo público.

Otro estudiante Dispense, profesor. En estos días, además de los ferrocarriles, ha estallado el escándalo de los llamados esclavos del nordeste, es decir, personas que vienen de países extranjeros y trabajan 350 horas al mes en Porto Marghera (Venecia) y se les paga poquísimo. Pero lo más escandaloso es que aquello forme parte de un proyecto europeo. ¿No le parece absurdo esto? ¿No le parece absurdo? Y, sobre todo, ¿cómo es posible evitar que los intereses de las multinacionales, quiero decir, que la legalización de los intereses de las multinacionales se convierta en la regla?

Trentin. Vamos a ver. No está escrito en ninguna parte que eso se convierta en la regla. Si existe la financiación de un proyecto de la Comunidad (conozco el caso de Porto Marghera) se trata, en primer lugar, de una burla a la Comunidad y de una violación de las leyes más elementales que hay en ese sentido.

Estudiante. Vale. Pero ¿cómo es posible que haya sucedido, y cómo es posible que también haya sido legalizado?

Trentin. Sí, ha sucedido. Pero no…, repito: no ha sido legalizado. Se trata de una violación de la ley, y se trata de demostrar dicha violación mediante la lucha. De momento se han cerrado esas carracas donde se explotaba al personal. Hay que tener un gran coraje para cerrar aquellas carracas… Y esta es una batalla que probablemente deberemos dar en otros sitios, allá donde se considera que es normal que se explote a una persona de otro color u otro país. Estoy por decir que esto se resuelve con la lucha, con la lucha… “con la guerra en el interior del pueblo”, como se decía hace muchos años.

Una chica. Profesor, usted afirma en un libro suyo que los sindicatos deben abandonar la lógica del muro contro muro con los empresarios y, por otra parte, plantea que los sindicatos se comprometan en la dirección de las empresas. Ahora bien, de esa manera tendrían que apoyar situaciones poco favorables como puede ser, en este periodo, la movilidad. ¿No cree que de esa forma se apoya a las empresas y a los empresarios?

Trentin. Lo que pasa es que yo nunca he dicho, así, lo de muro contro muro. Hay veces en que te encuentras con lo de muro contro muro. Porque cuando están en juego cuestiones fundamentales (como el derecho de las personas, como eran los casos de los que hablábamos antes) estamos en el muro contro muro. O sea, no se puede ceder, no puede haber compromisos de cualquier naturaleza. Ahora, si usted me cita el caso de la movilidad… Pues bien, hay una movilidad que es inaceptable porque entran en la lógica empresarial del usar y tirar la mano de obra a poco precio.
Y hay casos de movilidad que son inevitables, dados los cambios de las tecnologías. En este caso, es un error hablar de resistir, combatir y después registrar el disparate, incluso cuando se hace con el apoyo de los trabajadores como a un servidor me ha pasado muchas veces. Así es que es necesario tener un sindicato capaz de proponer. Capaz de proponer alternativas. Siempre hay alternativas a las propuestas de los empresarios. Tenemos que orientarnos a decir menos “que no” y más a decir “que sí”. Cierto, no al sí de los empresarios, sino al de los trabajadores.

Muchacha. Pero, ¿realmente qué papel desarrolla el sindicato tutelando los derechos de los extracomunitarios que, a menudo, llegan a Italia, que continuamente llegan a Italia a realizar trabajos humildes? ¿De qué manera el sindicato defiende y tutela los derechos de los extracomunitarios?

Trentin. Bien, en la medida que son trabajadores como el resto y deben ser protegidos desde todos los puntos de vista. Ahora bien, hay muchas situaciones en las que se crea una terrible complicidad entre el trabajador y el empresario. No siempre y no sólo el trabajador extracomunitario, también casos como el de aquellas chicas italianas que trabajan en la economía sumergida. Se renuncia, así, a una serie de derechos (por ejemplo, a la Seguridad social) porque el patrón les dice: “De esta manera te doy más; y si no lo quieres, te despido”. Se crea, pues, una situación de complicidad entre el negrero --porque eso es lo que son: negreros—y el trabajador, sobre todo el extracomunitario. Hemos dado importantes batallas en no pocos sitios. En una de ellas la mafia mató a un compañero nuestro, muy valiente, que representaba a sus compañeros nigerianos.

Una estudiante Oiga, ¿no se corre el riesgo de que la movilidad provoque una pérdida de identidad en el individuo?

Trentin. Muy cierto, existe ese peligro. Pero el antídoto está en que las personas consigan acumular una mayor preparación que les permita mantener su propia identidad aunque cambie el puesto de trabajo. He dicho el puesto de trabajo, no el tipo de trabajo.

Otra estudiante. Mire, ayer, con otro experto, estuvimos hablando del bien común y del bienestar, es decir, de cosas que puede tener el pueblo y den una completa confianza en el Estado. Y este experto ponía el ejemplo de Rousseau que hablaba de la voluntad común y del bienestar que podía conllevar… ¿Cómo piensa usted que podemos conciliar nosotros, en nuestros tiempos de ahora, estas dos ideas: la que exalta la individualidad de una sola persona y esta especie de bienestar común que debería crearse dándole confianza al Estado y, digamos, reuniendo muchas individualidades para poder tener un bien común?

Trentin. Rousseau no tenía confianza en el Estado.

La misma estudiante. No. No la tenía. Pero decía que debería existir una voluntad común que debía venir del Estado.

Trentin. Ciertamente. Pero la voluntad común se expresa mediante valores que cambian con los tiempos. El mismo Rousseau pensaba que la voluntad común aspiraba a cierto grado de felicidad. Bien, yo creo que las cosas han cambiado. Quizás me equivoque --vosotros lo juzgaréis-- yo lucho, también, por el derecho a ser infeliz: por escoger mi felicidad o mi infelicidad.

La misma de antes. Claro, esto es lógico porque siempre está lo que quiere cada individuo concreto.

Trentin. Y lucho sobre todo por mi libertad, por la posibilidad de expresarme. Y aquí busco un grado enorme de solidaridad con tantos de mis iguales: los que tienen el problema de ser unos solitarios, de ser libres, de ser ellos mismos. Y en este sistema, el modo de producción es quien niega este derecho, el derecho a la auto-realización. Porque un derecho fundamental es lo que construye la civilización. Yo no creo que lo que estoy diciendo sea el repliegue hacia el individualismo. Estoy hablando de la valoración de las personas, de la riqueza que tienen en su interior: es una gran batalla de libertad y de progreso.
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[1] Muro contro muro es un ideolecto que utilizan algunos sectores de la izquierda italiana. Quiere decir, chispa más o menos, nosotros contra ellos y, en términos menos jergales, sería clase contra clase. (JLLB)

[2] La joven utiliza la expresión “lavoro nero”. Para evitar confusiones al lector de hoy, utilizo la expresión “trabajo sumergido”. (JLLB)

lunes, enero 01, 2007

PIETRO INGRAO RECOMIENDA UN LIBRO DE BRUNO TRENTIN

Ha aparecido durante el otoño en Italia un hermoso libro de Bruno Trentin [Se refiere al libro La città del lavoro. Sinistra e crisi del fordismo, Feltrinelli, Milano, 1997], sobre el cual sería fecundo, a mi juicio, abrir una larga discusión, casi de masas. Trentin, recorriendo la historia del movimiento obrero posterior a Marx (pero también anterior) hasta este fin de siglo, elabora una crítica dura y fecunda del "estatalismo" que vence (con Lassalle, con Engels, con Lenin) en el movimiento obrero al final del pasado siglo, y que confía, en suma, a una elite ilustrada (y a un poder "armado", añado yo) un camino de liberación del trabajo que en cambio sólo puede brotar de un largo y difícil proceso de autonomía, construído desde abajo: principalmente (pero no sólo) allí donde el acto productivo se cumple y cambia en los contenidos, en las formas, en los tiempos, hasta los masivos procesos de globalización hoy desplegados.
Vale, hasta aquí la opinión de uno de los grandes padres nobles de la izquierda. La cofradía santaferina "Con el maestro Bruno Trentin", preguntamos: ¿cómo es posible que nadie ha osado intentar la publicación de una obra tan sugerente como ésta? Querida editorial Trotta: te hacemos de gañote la traducción. Así lo hemos acordado en sesión plenaria bajo la presidencia de nuestro amado dirigente Rafael Rodríguez Alconchel; a su esposa le deseamos que se reponga rápidamente de sus achaquillos.

miércoles, julio 26, 2006

TRENTIN, DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE VENECIA


Señor Rector Magnífico. Señor Decano de la Facultad de Economía y Comercio. Señores miembros del Consejo de Facultad: doctores Beggio y Malgara. Señoras y Señores. Queridos amigos.
Pueden ustedes comprender mi emoción, en este momento, no sólo por el honor que impropiamente me hacen con este doctorado, sino por la iniciativa que han tenido celebrando este acto en el aula que lleva el nombre de mi padre. Siempre he sido reacio ha hablar públicamente de él, dado el respecto y reconocimiento que le debo: hoy no cambiaré este comportamiento. Tan sólo quiero testimoniar que lo poco de válido y de útil que he producido en el curso de mi larga vida, lo debo por entero a su enseñanza y ejemplo; a su radical incapacidad de separar la ética de la política con relación a la moral cotidiana, y por ello pagó con sus propias convicciones.
El tema de esta intervención es la relación entre el trabajo y el conocimiento. Lo he escogido porque me parece que en esta extraordinaria trama que puede llevar al trabajo a convertirse cada vez más en conocimiento y capacidad de iniciativa --y, a partir de ahí, en creatividad y libertad, incluso si se trata de solamente de una potencialidad, de una salida posible, pero no cierta de las transformaciones en curso en la economía y las sociedades contemporáneas-- está el mayor desafío que tenemos en los inicios de este siglo. Es un reto que puede conducir a la eliminación de viejas y nuevas desigualdades y de las diversas formas de miseria que vienen, sobre todo, de la exclusión de miles y miles de personas de una misma comunidad.
TRABAJO Y CONOCIMIENTO
1. Sin embargo, no se puede decir que la gran transformación del trabajo y del mercado laboral --cuyo arranque es el salto de cualidad operado en la década de los setenta y ochenta, con la revolución de las tecnologías de la información y de las comunicaciones y de los procesos de mundialización de los intercambios, saberes y conocimientos-- haya tenido, desde sus inicios, una puntual interpretación en la literatura económica y social.
Pocos han sido los observadores que entendieron, como Robert Reich, que nos encontramos frente a un proceso que, con sus contradicciones y desigualdades a escala nacional y mundial, comportaba igualmente la caída de los modelos fordistas de producción rígida y de masa, además de un cambio en la aportación que construía la riqueza de las naciones. No obstante, fueron muchos los apologetas acríticos de una sociedad posmoderna. Y también fueron muchos los profetas de la desventura. En efecto, hizo fortuna, en Europa e Italia (como ocurrió en la segunda posguerra frente a los procesos de automoción y producción en masa), una literatura catastrofista y liquidacionista que ha tenido un fuerte peso en la opinión pública y en la cultura política de aquellos entonces. La década de los ochenta y noventa fueron unos años en los que tuvieron un insólito éxito ciertos “best sellers” como El fin del trabajo de Jeremy Rifkin. El trabajo, un valor en vía de desaparición, de Dominique Meda o, para el gran público, El horror económico, de la novelista Viviane Forrester. Estos textos y otros tantos subproductos parecían dictar los contenidos y las formas del fin de la historia, y para las fuerzas socialistas y los sindicatos, el final de todo proyecto de sociedad que tuviese como uno de sus sujetos el mundo del trabajo: las clases trabajadoras. Fue el éxito de esta literatura una de las señales más manifiestas del retraso con el que una gran parte de la cultura política europea percibió la cualidad del gran cambio que significó el final de la era fordista en la segunda mitad del siglo pasado.
No se trataba del fin del trabajo. Pero, paradójicamente, estábamos en una la fase donde se sucedían procesos de reestructuración y de despidos en masa con un crecimiento a escala mundial de todas las formas de trabajo, empezado por las subordinadas y asalariadas; y ello con un ritmo como nunca había sucedido en el pasado. No era el fin del trabajo como entidad y valor. Pero sí estábamos ante un cambio del trabajo y de las relaciones de trabajo, y también del papel que el trabajo tenía en la economía y en las sociedades de los países afectados por los procesos de mundialización. Era un cambio del trabajo que apuntaba, ciertamente, sobre todo a una minoría, aunque con un fuerte incremento de los que prestan su mano de obra; pero cuyas consecuencias afectaban a los menos profesionalizados: se volvía a proponer el trabajo como factor de identidad a un número creciente de mujeres y hombres. Cierto, como uno de los factores de la identidad de la persona humana.
2. En efecto, la cualidad y creatividad del trabajo se volvieron a proponer no solo como la condición de la riqueza de las naciones (como sostenía Robert Reich) sino como factor insustituible de la competitividad de las empresas.
Pues bien. Cada vez más son más desacertadas aquellas estrategias de la empresa que apuntan, no a la valoración del trabajo sino a su desvalorización, a la pura y simple reducción de los costes con los objetivos de: competir con las economías menos protegidas del planeta, la ratificación el carácter del trabajo asalariado que sólo debe ejecutar, salvaguardando así el mito del trabajo como ciego apéndice de una clase managerial pensante.
El uso flexible de las nuevas tecnologías, el cambio que provocan en las relaciones entre producción y mercado, la frecuencia de la tasa de innovación y el rápido envejecimiento de las tecnologías y las destrezas, la necesidad de compensarlas con la innovación y el conocimiento, la responsabilización del trabajo ejecutante como garante de la calidad de los resultados… harán efectivamente del trabajo (al menos en las actividades más innovadas) el primer factor de competitividad de la empresa. Son unos elementos que confirman el ocaso del concepto mismo de “trabajo abstracto”, sin calidad, --como denunciaba Marx, pero que fue el parámetro del fordismo-- y hacen del trabajo concreto (el trabajo pensado), que es el de la persona que trabaja, el punto de referencia de una nueva división del trabajo y de una nueva organización de la propia empresa. Esta es la tendencia cada vez más influyente que, de alguna manera, unifica dadas las nuevas necesidades de seguridad que reclaman las transformaciones en curso) un mundo del trabajo que está cada vez más desarticulado en sus formas contractuales e incluso en sus culturas; un mundo del trabajo que, cada vez más, vive un proceso de contagio entre los vínculos de un trabajo subordinado y los espacios de libertad de un trabajo con autonomía.
Está claro que estamos hablando de una tendencia que parece destinada a prevalecer. Pero que, a su vez, choca con las fuertes contradicciones presentes en la gestión de la empresa. Ésta, la empresa, permanece anclada, en casos muy numerosos, en una organización de trabajo de tipo taylorista, incapaz de socializar un proceso de conocimiento y aprendizaje. El fordismo ha muerto; no así el taylorismo.
Pero en las empresas tecnológicamente avanzadas y con una organización adecuada al uso flexible de las nuevas tecnologías, el trabajo que cambia (es decir, el trabajo concreto con sus espacios de autonomía, de creatividad y con su incesante capacidad de aprender) se convierte en la vara de medir la competitividad de la empresa. En esos casos, la flexibilidad se entrelaza con un proceso de socialización de los conocimientos y con un continuo enriquecimiento de las habilidades de las personas.
3. Pero es preciso distinguir bien la flexibilidad como ideología y la flexibilidad como realidad.
La introducción de las nuevas tecnologías de la informática y las comunicaciones con los cambios de las relaciones entre demanda y oferta (que se derivan de uso cada vez más flexible y adaptable, de la rapidez y frecuencia de los procesos de innovación con la consiguiente obsolescencia de los conocimientos y la profesionalidad) impone sin ningún género de dudas --como imperativo ligado a la eficiencia de la empresa-- un uso flexible de las fuerzas de trabajo y una gran adaptabilidad del trabajo a los incesantes procesos de reestructuración que tienden a convertirse, no ya en una patología sino en una fisiología de la empresa moderna.
Esta adaptabilidad puede realizarse de dos maneras: o con un enriquecimiento y una recualificación constante del trabajo y una movilidad sostenida mediante un fuerte patrimonio profesional. O, en dirección contraria, con un recambio cada vez más frecuente de la mano de obra ocupada y de la que no ha tenido ninguna oportunidad de ponerse al día y cualificarse. En la mayoría de los casos, al menos en Italia, lo habitual es esta segunda opción, con este tipo de flexibilidad… Y en esta situación tan corriente (¡entiéndase bien!) la flexibilidad del trabajo no deja de ser un imperativo para la empresa. Pero lo habitual es que va acompañada de: un enorme despilfarro de recursos humanos y profesionales acumulados en el tiempo, que no han tenido la oportunidad de ponerse al día; un empleo precario al que corresponde una regresión de la profesionalidad; la creación de un segundo mercado de trabajo, o sea, los “poor works”.
No hay problema cuando los “poor works” coinciden con la primera fase de la vida laboral y se entrelaza (como es el caso de muchos estudiantes) con la continuidad de sus estudios y la adquisición de nuevas aptitudes. El problema existe para toda la sociedad, y para la cohesión de la misma sociedad entorno a valores compartidos cuando estos “poor works” coinciden con la formación de un ghetto al que se ven relegados los trabajadores precarios, estacionales y parados estructurales a quienes se les niega la movilidad e, incluso, actividades subordinadas o autónomas con mayores contenidos profesionales y, por ello, con más espacios de autonomía en sus decisiones. Por este motivo, con el objetivo de ocultar el problema, se ha puesto en marcha una vasta literatura que ha hecho de comparsa en los últimos años, asociando la flexibilidad, especialmente la de “salida” con la creación de puestos de trabajo y, más aún, con la tendencia al pleno empleo; una literatura que ignoraba años de verificación que demuestran que la flexibilidad del trabajo es neutra respecto al volumen general del empleo y que, incluso sus efectos pueden hacerse sentir con carencias de mano de obra disponible para empleos cualificados.
En mi modesta opinión, esta ideología de la flexibilidad sólamente ha contribuido a consolidar las resistencias en el trabajo que cambia y a esconder la enorme cuestión que surge en la era de las transformaciones tecnológicas de la información. Esta enorme cuestión, que decimos, es la socialización del conocimiento, que tiene como objetivo impedir --mediante la “fractura digital”-- la creación de una fosa cada vez más profunda entre quien está incluido de un proceso de aprendizaje a lo largo de toda su vida laboral y quien brutalmente está excluido del control de dicho proceso. Y es fácil ver que esto se convierte en un problema más para el futuro de la democracia.
En realidad, se trata de situar --frente a estos desafíos y contra la amenaza de una profunda fractura social entre quien tiene saberes y los que están excluidos-- los contenidos de un nuevo contrato social, de un nuevo estatuto de bases para todas las tipologías del trabajo subordinado, heterodirecto o autónomo, partiendo de la idea que, para un número creciente de trabajadores, el viejo contrato social está superado.
4. Tal como figura en el código civil, el viejo contrato social preveía substancialmente un intercambio equo entre un salario y una cantidad (de tiempo) de trabajo (abstracto y sin calidad) sobre la base de dos presupuestos fundamentales que formalmente no figuraban en el pacto:
n La disponibilidad pasiva de la persona que trabaja, no contemplada formalmente en el pacto porque hubiera supuesto un intercambio monetario con una “parte” de dicha persona;
n La duración indeterminada de la relación de trabajo, salvo eventuales ocasiones o graves culpas del trabajador, y el premio a la fidelidad y antigüedad en el trabajo para desincentivar la movilidad de un empleo a otro.
¿Qué emerge de la relación social que, en cierta medida, se desprende de las transformaciones tecnológicas y organizativas de las empresas?
Primero, que el tiempo es cada vez menos la medida del salario. La calidad de la prestación del trabajo y la intervención del trabajador son fisiológicamente diferentes en una u otra porción del tiempo. Es el fin del trabajo abstracto.
Segundo, que la creciente importancia de la calidad y autonomía del trabajo (capacidad de seleccionar las informaciones y, por ello, de tomar decisiones) comporta, también para los trabajadores “de ejecución”, una responsabilidad ante el resultado que recae en el trabajador, y no tanto en su disponibilidad de erogar ocho horas diarias de trabajo, dejando al empresario el uso efectivo de tales horas y la oportunidad de prerrimar esta fidelidad.
Tercero, que cada vez es menor --como equivalente de un salario y de una disponibilidad pasiva de la persona-- la perspectiva de un empleo estable y, en todo caso, de una relación de trabajo estable. La flexibilidad hace que, tendencialmente, desaparezca esta certeza.
5. No es ocioso proponer un nuevo tipo de contrato de trabajo que englobe en sus principios fundamentales todas las formas del trabajo subordinado o heterodirecto y toda esa jungla que se extiende con la desregulación salvaje del mercado laboral.
Frente a la caída de la estabilidad en el puesto de trabajo y el final del contrato por tiempo indeterminado (que era el que tenían, en tiempos pasados, la mayoría de los trabajadores), se puede pensar en un intercambio entre un salario ligado a un empleo flexible --ya sea en el interior de una empresa que, fuera de ella, en el mercado de trabajo-- y el acceso del trabajador a una empleabilidad. Se trataría de una empleabilidad que se concreta en una inversión por parte de la empresa, del trabajador y de la comunidad en un proceso de formación permanente y en una política de recualificación, capaz de garantizar, en vez del puesto de trabajo fijo, una ocasión de movilidad profesional en el interior de la empresa; y, en todo caso, una nueva seguridad que acompañe al trabajador, quien --después de una experiencia laboral determinada-- pueda afrontar el mercado de trabajo en mejores condiciones y con una mayor fuerza contractual. Y también se puede pensar en la manera de reconocer a la persona concreta (que deviene un sujeto responsable y activo y no pasivo en la relación de trabajo) un derecho a la información, consulta y control del objeto de trabajo: el producto, la organización del trabajo, el tiempo de trabajo, el tiempo de formación y el disponible para su vida privada; de ello, dicha persona debe responder con una actividad que ya no será ciega e irresponsable.
¿No constituiría este tipo de participación de cada cual o de los grupos colectivos un modo de extender las formas horizontales y multidisciplinares en la organización del trabajo, mediante la participación formada e informada de un creciente número de operadores?
En fin, se puede pensar en la necesidad de garantizar a todos los sujetos un contrato de trabajo y particularmente a los que recurren a la miríada de contratos por tiempo determinado o a contratos de colaboración coordinada y continua (siempre por tiempo determinado) el principio de la certidumbre del contrato. O sea, el contrato no puede ser revocado unilateralmente por parte del dador de trabajo; tan sólo podrá rescindirse cuando se haya demostrado que el trabajador ha cometido una falta muy grave. En las prestaciones más cualificadas, se puede pensar incluso en que este derecho a la certidumbre del contrato englobe a ambos sujetos de la relación de trabajo.
6. Un nuevo contrato social, inclusivo, en un welfare efectivamente universal, es algo imperativo ante las desigualdades que señalan (en primer lugar, en términos de oportunidad) el acceso a los servicios sociales fundamentales, empezando por la enseñanza y la formación. Pero aquí nos encontramos frente a otro reto que pone cuestiona la relación entre trabajo y conocimiento.
Veamos. La población envejece rápidamente en Europa y particularmente en Italia. En el 2004 el grupo etario de entre los 55 a 65 años superará, en cantidad, a los jóvenes de edades comprendidas entre los 15 y 25 años. Y empiezan a ponerse encima de la mesa problemas relevantes, ya sea para garantizar la salud y la asistencia a las personas más longevas, ya sea para que los pensionistas tengan una renta decorosa. La única solución que hasta ahora los gobiernos han tomado en consideración ha sido la de garantizar una pensión mínima, en el límite de la supervivencia, con carácter universal; y, por otra parte, permitir a los más afortunados (los que no tienen interrupciones significativas de la relación de trabajo) el recurso a los fondos de pensiones privados.
La reducción de la seguridad en la asistencia sanitaria y en el régimen de pensiones no parece que sea una solución sostenible a medio plazo, como no sea partiendo en dos el mercado de trabajo y provocar un aumento, insostenible a la larga, de la exclusión social y de la pobreza. El único camino, difícil pero factible, para conjurar una perspectiva de ese tipo es, no obstante, el incremento de la población activa, con vistas a financiar el Estado de bienestar. Dicha población activa es, en Italia, el cincuenta por ciento de la población, mientras que en los países nórdicos está entre el 72 y el 75%. Un esfuerzo de esa envergadura comporta ciertamente un aumento de la ocupación femenina y el incremento de una inmigración cada vez más cualificada. Ahora bien, parece ineludible la promoción de un envejecimiento activo de la población, con el aumento voluntario, pero incentivado, del empleo de los trabajadores de más edad y en edad pensionista.
Sin embargo, desde ese punto de vista, hoy, la situación es dramática para los trabajadores de más edad --de más de cuarenta y cinco años-- que son los primeros en ser despedidos y cuya pérdida del empleo coincide, en la gran mayoría de los casos, con la desocupación estructural en el periodo comprendido entre los cuarenta y cinco a los sesenta años, en puertas de la pensión de jubilación. Esta es la perspectiva con la progresiva desaparición de la pensión de ancianidad. Hasta la presente, los trabajadores italianos de más de cincuenta y cinco años que traban representan tan sólo el 35 por ciento frente al 70 por ciento en los países escandinavos.
El incremento de la población activa (también para los trabajadores veteranos) aparece como la única alternativa a la reducción de la tutela de la pensión universal. No obstante, hacer frente a este reto --y, al mismo tiempo, garantizar una efectiva relación entre una población más longeva y la vida social de la comunidad en un proceso de inclusión en la vida civil y política del país-- comporta un esfuerzo extraordinario en el campo de la formación y recualificación del trabajo; un esfuerzo que implica, en muchos casos, (por ejemplo, los inmigrados y las personas mayores) la reconstrucción de un mínimo de cultura de base. Se trata, pues, de imaginar una política de la formación a lo largo de toda la vida laboral, que vaya más allá de la obligación formativa hasta los dieciocho años, capaz de modular las técnicas de formación y aprendizaje en razón a la edad, del origen, la cultura de base y del saber hacer de los trabajadores y las trabajadoras. Efectivamente, se trata de personalizar, cada vez más, las prácticas formativas para eliminar unas deficiencias tan numerosas.
7. La realización del objetivo que fijó la Unión Europea en la Cumbre de Lisboa (2001) fue: elevar en diez años al setenta por ciento el nivel medio de ocupación de la población total de la Unión; incentivar el envejecimiento activo y la recualificación de los trabajadores de más edad; favorecer para todos una mayor profesionalidad hacia arriba durante toda la vida laboral… Bien, estos objetivos presuponen un cambio radical en la estructura del gasto público y en la organización del sistema formativo en todos los países de la Unión. Y particularmente en Italia que, salvo algunas excepciones, sigue siendo el farolillo rojo en el campo de las inversiones (que son inseparables las unas de las otras) en la investigación y para la formación, muy por detrás no sólo de los Estados Unidos y de la mayor parte de algunos países europeos sino, incluso, de algunos de los del sudeste asiático.
En primer lugar, un radical cambio en las prioridades del gasto público y en las formas de incentivar las inversiones privadas, destinadas a la formación y la investigación. Lo que comporta un relevante aumento de los gastos destinados a la formación e investigación en los centros de enseñanza media y en las universidades, y al mismo tiempo una consistente incentivación de las inversiones por parte de las empresas, acompañada de controles y sanciones en aquellos casos de utilización impropia de las finanzas públicas. Efectivamente, se trata de superar la renuencia de la mayor parte de las empresas (sobre todo, de las innovadas) de invertir en el factor humano, precisamente cuando una parte importante de la mano de obra tiene un empleo precario y temporal. Y, con esta finalidad, parece inevitable prever para los programas de formación, de puesta al día o de recualificación --con independencia de la intervención de las instituciones públicas nacionales y locales-- una participación de los trabajadores en su financiación y una posterior legitimación de su derecho de propuesta y control de sus programas formativos. Esto significa que la contratación del salario y del horario de trabajo deberá tener en cuenta (como una forma de “salario en especie” o de “seguro para la movilidad profesional”) el concurso de los trabajadores en la financiación y en el ejercicio de las actividades formativas que interesan a la empresa, tanto a nivel nacional como en el territorio en el caso de las pequeñas empresas
También la Unión europea podrá participar, en estas condiciones, en la financiación de las actividades formativas y de investigación, conformando todas las sinergias que puedan realizarse con otras instituciones académicas y otras empresas europeas.
Sin embargo, en lo referente a la organización del sistema formativo parece que será de fundamental importancia las relaciones transparentes entre las instituciones de la enseñanza media, las universitarias y las empresas, salvando cada cual su propia autonomía. Y no me refiero solamente a la formación profesional. En buena medida se trata de de experimentar sistemáticamente la práctica de los “stages” tanto para los estudiantes como para el profesorado. Ahora bien, la enseñanza no pretende remediar los problemas del envejecimiento y la obsolescencia.
Se trata de abrir la enseñanza secundaria y las universidades a la participación periódica de aquellos docentes que provienen del mundo de la empresa.
Y se trata, también, de dotar a la Universidad de medios y organismos adecuados para poder desarrollar en el territorio una acción de promoción de experimentos empresariales, en los que la investigación y la formación de alta cualificación puedan desarrollar un papel de impulso que sea decisivo. En esto, esta Universidad, Ca´ Foscari está dando un ejemplo de autonomía capaz de aprehender importantes experiencias que abren una nueva dimensión en el trabajo de investigación y formación en el mundo universitario.
8. No obstante, es fácil comprender que, teniendo como objetivo los acuerdos de Lisboa, la construcción de una sociedad del conocimiento no quede reducida a una cuestión de dinero u organizativa. Se trata, realmente, de poner en marcha una especie de revolución cultural que supere --con la iniciativa política y social-- tantísimas inercias que interfieren su consecución.
Inercias de las fuerzas políticas que intentan concretar en un Estado de bienestar centrado en la formación las prioridad de las prioridades en una política económica y de pleno empleo, pero que prefieren recurrir a la moda de una indiscriminada reducción de la presión fiscal, inevitablemente acompañada, además, por un recorte de los recursos para la enseñanza, la formación y la investigación.
Inercias de muchas realidades empresariales que privilegian la flexibilidad “de salida” de su mano de obra respecto a las inversiones, a medio plazo, que asegure un mayor uso de la flexibilidad del trabajo en el interior del centro de trabajo y, en todo caso, una mayor ocasión de empleabilidad y reocupación de los trabajadores.
Inercia también en la psicología de muchos trabajadores que ven, incluso con aversión, el esfuerzo en una actividad formativa solamente en los años de juventud.
Inercia en algunos sectores de la enseñanza frente a la necesidad de experimentar nuevas formas de autonomía y de poner en entredicho viejas certezas.
Y, por último, inercia también en muchos comportamientos sindicales que se retrasan en poner en el centro de la negociación colectiva la conquista de un sistema de formación para toda la vida laboral.
Así pues, podríamos ser escépticos sobre la posibilidad de realizar las estrategias de Lisboa y la posibilidad de superar (aunque sea gradualmente) el retraso de dieciocho años que se ha ido acumulando, durante la década de los ochenta, en competitividad de la economía europea con relación a la norteamericana.
Ahora bien, podemos consolarnos con dos convicciones. La primera consiste en el fracaso incontrovertible de aquellas políticas de empleo que no pasan por la promoción de una actividad formativa del hacer y saber hacer: completando y valorando la formación y la enseñanza. Y la contraprueba está representada en el sistema de aprendizaje en Alemania que ha reducido en los últimos años al mínimo el desempleo juvenil de larga duración. Vayamos, pues, en esa dirección. La segunda viene de la experiencia que viví en la década de los setenta, cuando se trató de experimentar en el mundo del trabajo asalariado y en la escuela, el acuerdo sindical de las “150 horas” de formación a cargo de la empresa por 300 horas de formación efectiva. Con todos sus límites, errores y sus rebabas, aquella experiencia liberó tales energías en el mundo de la enseñanza y en el de los trabajadores menos cualificados, consintiendo situar una nueva pedagogía para la formación de adultos y dejó huellas profundas y muchos cuadros sindicales. Esta experiencia está, hoy, dispersa en gran medida. ¡Pero fue posible!
¿Es hoy posible liberar --como si se tratase de una aventura europea-- energías, iniciativas, acciones políticas y sociales, parecidas a las de los años setenta, responsables y fuertes para nuestra economía y nuestra sociedad? A pesar de todo, estoy convencido de ello.
Muchas gracias a todos ustedes por haberme ofrecido una oportunidad para decir estas cosas.

Traducción: José Luís López Bulla

¿POR QUÉ SE HA ABANDONADO EL PRO0YECTO DE BRUNO TRENTIN?

Mauro Beschi, Sergio Ferrari, Renzo Penna

Partito unico e una sinistra senza identità Prodi coerente, non D’Alema, nel volere la nascita del partito democratico, considerando superata l’esperienza socialista in Europa. Ciò in contrasto con i movimenti nella società. Perché si è lasciato cadere il progetto di Trentin

Romano Prodi lavora da anni alla costruzione di un soggetto politico unitario del centrosinistra che esula dalla tradizione socialista e socialdemocratica della sinistra italiana ed europea. La proposta che ha di recente avanzato di una lista unitaria delle forze dell’Ulivo alle elezioni europee del 2004 è, in questo disegno, la precondizione necessaria alla realizzazione del partito democratico. L’Internazionale Socialista, ha sostenuto Prodi, rappresenta un contenitore, un ‘otre’, vecchio, mentre il nuovo partito e i suoi rappresentanti devono collocarsi “oltre i recinti ideologici della vecchia Europa”. Posizione non nuova e coerente. Nel giugno del ’97, nella sua veste di Presidente del Consiglio, ad una delegazione di parlamentari socialisti, appartenenti ai gruppi della sinistra democratica (PDS) che lo aveva incontrato per una valutazione sulle prospettive politiche, senza molti giri di parole affermò che in Europa la fase socialdemocratica si era conclusa e non esistevano valide prospettive per i partiti socialisti. Un convincimento che riecheggiava quello di Ralph Dahrendorf il quale, con analoghi intenti, qualche tempo prima aveva parlato e scritto sulla “fine del secolo socialdemocratico”. L’affermazione suscitò nei presenti qualche imbarazzo, ma fu presto accantonata, sotto l’incalzare degli accadimenti politici che si muovevano in una direzione opposta a quella indicata da Prodi. Da noi, in Italia, erano in corso i lavori del Forum della Sinistra per il progetto della ‘Cosa 2’ e si stavano preparando gli Stati Generali della Sinistra (Firenze febbraio ’98). In Europa, nei mesi che seguirono quell’incontro, i partiti socialisti vincevano le elezioni e tornavano al governo, in Francia con Jospin, in Germania con Schroeder, mentre in Inghilterra trionfavano i laburisti di Tony Blair.
Sul perché oggi, alla vigilia di una stagione politica decisiva per le forze che si oppongono al governo Berlusconi, Prodi riproponga con forza il suo progetto, non vi è molto da discutere, se non prendere atto che, pur in una diversa situazione e rivestendo ruoli differenti, tale disegno ha continuato a vivere ed è stato portato avanti. Sia nei confronti dei partiti del centro dell’Ulivo, con la nascita, prima, dell’Asinello ed in seguito della Margherita, sia verso la sinistra con l’invito rivolto da Arturo Parisi ai Democratici di Sinistra a sciogliersi, proprio alla vigilia del loro primo Congresso (Torino, gennaio 2000). E’ essenziale, invece, per la sinistra, cercare di comprendere le ragioni delle difficoltà e delle incertezze dei DS a confrontarsi oggi con questa impostazione, e capire i motivi che hanno indotto importanti dirigenti, ad iniziare dal Presidente del Partito, a cambiare radicalmente opinione. Massimo D’Alema, nel suo ascoltato intervento al Congresso di Torino, aveva in maniera inequivoca collocato e ancorato i DS tra i partiti socialisti: “Noi siamo un partito del socialismo europeo…questo non è un tratto accessorio ma il cuore della nostra identità…Non riesco a concepire la sinistra al di fuori dell’Internazionale Socialista”. Così come netto era stato nel riconoscere chi aveva avuto ragione nel lungo duello tra le idee del socialismo democratico e l’esperienza totalitaria del comunismo: “E’ quella del socialismo democratico la parte che ha avuto ragione”. E, di conseguenza “…avremmo fatto un errore se fossimo usciti dalla esperienza del Partito Comunista Italiano per fondare un nuovo partito senza una precisa identità”. Parole importanti, pronunciate rivestendo anche il ruolo di capo del governo, che avevano il merito di prendere con nettezza le distanze dalle posizioni di coloro che, nel realizzare la svolta che portò alla nascita del PDS, avevano messo sullo stesso piano la crisi e il crollo del comunismo con quella della socialdemocrazia. Affermazioni precise, anche se venute dopo undici anni dalla caduta del muro e senza che le resistenze ad inserire la parola “socialista” nel nome del partito, già presenti alla nascita del PDS, come riferisce Fassino nel suo libro, fossero superate. E nonostante che l’“impaccio” della presenza in Italia di un altro significativo partito socialista, nel frattempo, fosse venuta meno. Quelle resistenze non esprimevano, naturalmente, solo difficoltà di carattere terminologico, ma celavano un dissenso politico e il permanere di ambiguità su una questione fondamentale: l’identità presente e futura del partito dei Democratici di Sinistra. Dissenso mai del tutto superato e che ritroviamo, ad esempio, in recenti scritti di Reichlin (Riformismo e capitalismo globale, 2003) nei quali si continua a legare l’esaurimento del comunismo a quello del socialismo e addirittura si afferma che occorre “prendere atto che la parola stessa ‘socialismo’ non si capisce bene cosa significhi”.
Risulta veramente poco comprensibile come, in una fase nella quale, grazie al protagonismo di grandi soggetti sociali e dei movimenti, e mentre stava emergendo nella coscienza degli elettori del centrosinistra la necessità di tenere insieme profilo programmatico ed azione politica, si proponga, nei fatti, di accantonare il carattere costitutivo l'identità dei DS, senza un minimo di riflessione teorica e, ancor di più, senza una grande ed appassionata discussione di massa che ne faccia comprendere la necessità. Posizioni che rappresentano comunque la spia delle difficoltà e delle incertezze dei DS a confrontarsi con la vera sfida politica riproposta con nettezza da Prodi. Non si comprende cosa spinge oggi il gruppo dirigente del partito a giustificare la nascita di un indistinto “partito riformista europeo” o, per citare le preoccupazioni di un D’Alema insolitamente autocritico (3 ottobre 2001), “…a far sì che si compia l’aspirazione di una parte del centrosinistra – ulivista e centrista – a rendere subalterna la sinistra riformista di radice socialista”. Va anche detto che questa ‘aspirazione’ è stata resa più agevole proprio dalla proposta che, da ultimo e contraddicendo precedenti affermazioni, Giuliano Amato e Massimo D’Alema hanno espresso, con l’intento di superare l’esperienza socialdemocratica e l’Internazionale socialista, per dare vita ad una sorta d’Internazionale democratica. Proposito che, per dirla con Massimo Salvadori: “rappresenta l’ennesima variante della tradizionale velleità della sinistra italiana di mascherare le proprie debolezze”.
Si impongono pertanto una serie di domande alle quali occorre rispondere, prima di procedere oltre. Un tale disegno non è forse in contraddizione con le indicazioni e le sollecitazioni venute in questi mesi dalla parte più attiva della società civile e del mondo del lavoro che certo non hanno richiesto all’opposizione e, in particolare, alla sinistra uno spostamento del proprio agire in senso più moderato o centrista? E ancora, non rappresenta, forse, una precipitosa e poco motivata fuga in avanti del ceto politico dalle vere priorità sulle quali tutto il centrosinistra dovrebbe essere impegnato: in primo luogo la definizione del programma per le prossime elezioni e la costruzione, attorno a questo, di una coalizione più ampia dell’attuale Ulivo, comprensiva di Associazioni, Movimenti e con un’intesa politica di legislatura con il partito di Bertinotti? Quale cambiamento si è prodotto, in questo breve tempo, nella società e nella politica italiana tale da determinare un mutamento così radicale nelle prospettive dei DS e da giustificare la rinuncia ad un’autonoma istanza della sinistra?. E’ proprio così difficile per i DS sostenere con il massimo di lealtà un’alleanza tra il riformismo socialista e gli altri riformismi, e non essere invece così disponibili all’assimilazione del primo ai secondi come, inevitabilmente, capiterebbe con la costituzione di un’indistinta formazione democratica? Come si pensa di rappresentare la sinistra senza un soggetto, una politica, una costruzione intellettuale, o questo è l’approdo cui si mirava già da tempo? Una sinistra che perde la sua ispirazione socialista, venendo meno alle sue idealità, ai suoi valori e ai suoi fini, non cessa anche di essere di sinistra, creando sconcerto, disagio e divisione in una parte significativa dei militanti e del proprio elettorato? Su questo punto appare senza dubbio condivisibile la tesi sostenuta da Salvadori: “Il riformismo della sinistra, che continuo a vedere legato primariamente al socialismo, deve avere una sua autonomia, i suoi referenti sociali privilegiati, e ha bisogno di uno specifico soggetto che se ne faccia rappresentante…”.
Va per altro ricordato che, in quest’ultimo anno e mezzo, quanti si sono mossi e hanno manifestato, non l’hanno fatto solo per difendere la democrazia e la Costituzione dagli assalti del governo, o richiedere all’opposizione maggiore unità, ma anche per affermare il valore di una ‘democrazia partecipata’ che non intende più delegare senza riscontri e, nello stesso tempo, per segnalare i difetti di crescente autoreferenzialità e chiusura al rinnovamento di una parte non piccola della classe politica del centrosinistra. Sottovalutare nelle future decisioni e comportamenti questo comune sentire di tante persone, rischia di essere pagato in minore entusiasmo e ridotta partecipazione nei futuri decisivi appuntamenti elettorali. Rischi e difficoltà che il gruppo dirigente dei DS sembrava aver capito, specie dopo aver prodotto, con la regia di Bruno Trentin, e approvato in occasione della Convenzione per il programma di Milano (aprile 2003), un impegnativo aggiornamento dei contenuti e della propria strategia. Ed allora perché non si è riflettuto sulle ragioni di fondo per le quali i risultati elettorali hanno premiato, non chi, come Rifondazione, tendeva a farsi rappresentante esclusivo della protesta sociale, ma un progetto che si veniva delineando da una esigenza di trasformazione (socialista) necessariamente gradualista (riformista), un progetto che conteneva in sé la rappresentanza di valori e di esigenze poco avvertite nella pratica politica degli ultimi anni? In questo contesto è stato comunque importante che il Segretario abbia evitato, nelle fasi più complicate della polemica interna, di seguire chi gli indicava la strada sbrigativa del procedere solo con “chi ci stava”, e operato per tenere aperto il dialogo e il confronto, sia all’interno del partito che nei confronti degli interlocutori esterni. Dialogo, confronto, pratica democratica e rispetto delle diverse posizioni che adesso, per la portata delle opzioni poste e le decisioni da assumere, risultano indispensabili ed è anzi necessario chiedere e fare molto di più.
Associazione LABOUR “Riccardo Lombardi”

lunes, julio 10, 2006

Se recomienda la lectura y el estudio de esta entrevista que se le hizo a Bruno Trentin. No tiene desperdicio.
Es un consejo de Rafael Rodríguez Alconchel.


http:// www2.trainingvillage.gr/downhoad/journal/bull-2/2_es_inter.pdf

miércoles, julio 05, 2006

DESDE BRASIL: GRAMSCI Y TRENTIN

(A propósito del libro de BT "La città del lavoro")



Eduardo Magrone



O ano gramsciano de 1997 se fechou, no Brasil, pouco antes do início do verão. O cenário foi a cidade de Juiz de Fora, Minas Gerais. Aí, na Faculdade de Educação da Universidade Federal (UFJF), o Núcleo de Estudos Sociais do Conhecimento e da Educação promoveu, entre 26 e 28 de novembro, o seminário internacional "Gramsci, 60 anos depois", com o objetivo de discutir o pensamento daquele marxista, "responsável por alguns dos principais estudos sobre a estrutura das sociedades de capitalismo avançado" [*].
O seminário de Juiz de Fora retomou, assim, o propósito de um outro evento acadêmico realizado na cidade de Franca, em São Paulo, onde a Faculdade de História, Direito e Serviço Social da Universidade Estadual de São Paulo (Unesp) organizou, nos dias 19-22 de maio, o seminário "Gramsci: a vitalidade de um pensamento". Na mesma direção, mas com objetivos mais modestos, trabalhou o Grupo de Teoria Política do Instituto de Estudos Avançados da Universidade de São Paulo (USP), com a reunião "Gramsci revisitado: Estado, política, hegemonia e poder", nos dias 25-26 de setembro.
Os três eventos evidenciaram que Gramsci continua a ser, no Brasil, um pensador capaz de seduzir, de apaixonar, de provocar os diferentes ambientes intelectuais, sobretudo os jovens (o seminário de Franca foi assistido por mais de 400 estudantes; o de Juiz de Fora, por mais de 150). Como se sabe, Gramsci tem uma interessante fortuna no Brasil, país onde a publicação dos Cadernos temáticos foi iniciada nos anos 60 e onde, sobretudo a partir da metade dos anos 70, o pensamento de Gramsci adquiriu ampla difusão, em meio à crise da duríssima ditadura, ao início da progressiva democratização e ao sucesso mundial do eurocomunismo.
Gramsci funcionou como inspirador de importantes debates dentro da esquerda brasileira, então à procura de uma revisão de seu patrimônio teórico e percurso político, foi utilizado por muitos intelectuais de orientação liberal ou social-democrata, consumido por áreas católicas e usado com grande liberdade em inúmeros ambientes acadêmicos especializados (pedagogia, sociologia, ciência política, antropologia, história). Parte importante do léxico gramsciano (sociedade civil, hegemonia, intelectual orgânico, bloco histórico) foi incorporada à linguagem corrente, tornando-se mesmo uma "moda". Tudo isto indica, entre outras coisas, que no Brasil é bastante grande sua capacidade de "dialogar" com interlocutores diferentes.
Nos três seminários, intervieram, ao lado de alguns dos principais estudiosos da obra de Gramsci no Brasil (Carlos Nelson Coutinho, Luiz Werneck Vianna, Marco Aurélio Nogueira, Oliveiros Ferreira, Ivete Simionatto, Paolo Nosella), diversos intelectuais mais ou menos especializados (filósofos, historiadores, pedagogos, sociólogos, cientistas políticos), evidenciando a presença de Gramsci nas várias áreas científicas. Em Juiz de Fora, onde se realizou o único encontro internacional, estiveram presentes dois italianos (Guido Liguori e Roberto Finelli), demonstrando a disposição dos pesquisadores brasileiros de estimular o intercâmbio com gramscianos de outros países. Os temas escolhidos para os debates (globalização, sociedade civil, revolução passiva, marxismo, política, democracia, crise) focalizaram o centro da atual discussão sobre Gramsci no Brasil: fazer um balanço de sua presença na cultura política brasileira e examinar a atualidade da teoria gramsciana diante de um mundo que adquire cada vez mais novas características.
Já na conferência de abertura do encontro de Juiz de Fora, Liguori perguntava: se a globalização é um "fato inédito e original", um fenômeno autenticamente "novo", que conseqüências é preciso tirar daí? "Como recolocar o pensamento de Gramsci neste novo cenário e qual interpretação do pensamento de Gramsci se fortalece e se impõe neste contexto?". Polemizando com diversos intérpretes de Gramsci, mas sobretudo com o último livro de Bruno Trentin (A cidade do trabalho. Esquerda e crise do fordismo. Milão, Feltrinelli, 1997) e todos aqueles que "lêem" Gramsci com lentes liberais, Liguori ofereceu uma importante contribuição para o debate sobre a herança de Gramsci e a disputa, ainda viva, em torno do "verdadeiro" Gramsci. "Podemos, se acreditarmos nisto -- afirmou Liguori --, dizer que Gramsci foi um grande, mas que agora pensamos de um modo profundamente diverso. Não podemos atribuir-lhe a aceitação de um sistema socioeconômico que ele abomina".
Este foi o diapasão de inúmeras outras intervenções nos diferentes seminários. Não casualmente repontou com vigor o debate sobre o problema da "sociedade civil", ou seja, o problema da visão dicotômica e não-dialética que pensa a sociedade civil como o oposto mecânico do Estado e da economia, um "outro" nível da realidade completamente separado do mundo dos interesses materiais e mesmo do mundo da política. Foi este um dos temas principais da intervenção, entre outras, de Finelli em Juiz de Fora, dedicada à discussão das "contradições da subjetividade".
Também no Brasil, a categoria de sociedade civil se tornou o pilar da maré neoliberal e invadiu até o universo cultural da esquerda, bastante fascinada em nossos dias pelo tema dos "direitos de cidadania". Em Gramsci, como se sabe, há sempre a defesa da dialética de unidade/distinção entre estrutura e superestrutura, economia, política e cultura, sociedade civil e Estado. Somente neste sentido se pode afirmar o primado da sociedade civil, isto é, o primado daquele âmbito societal que surge como o locus em que se organiza a subjetividade e se dá o choque de hegemonias ideológicas, aquele âmbito que expressa uma dada economia, que é parte integrante do processo global de produção/reprodução das relações de classe. Por isto, os sujeitos sociais se candidatam ao domínio e à hegemonia na medida em que "se tornam Estado". Sem Estado (sem uma ligação com o Estado e sem uma perspectiva de Estado), não há sociedade civil digna de atenção, menos ainda associada ao universo gramsciano: sem Estado não pode haver hegemonia.
Nada há de mais estranho a Gramsci (pode dizer-se: ao marxismo) do que uma concepção de "sociedade civil" maniqueisticamente pensada como o oposto virtuoso do Estado, como o reino vazio de política, em que os interesses (os movimentos sociais, as associações, as lutas pelos direitos) vivem em completa liberdade e em completa liberdade conseguem subverter o sistema da ordem. Uma sociedade civil sem Estado é uma verdadeira "selva" em que coexistem interesses fechados em si, não "comunicantes" e refratários aos "controles" da comunidade política (situação na qual se prolongaria imensamente a não-resolução do problema de saber quem equilibra os interesses, protege os mais fracos e garante direitos e conquistas; situação em que já não mais existe a possibilidade de uma nova hegemonia, em que "público" é somente a soma de direitos individuais/grupais categoricamente afirmados, vale dizer, afirmados sem a recíproca afirmação dos deveres).
Os três encontros fizeram mais do que registrar em grande estilo o ano gramsciano no Brasil. Deixaram patente que a esquerda brasileira pode achar em Gramsci não só um marxista "clássico" e pleno de sugestões teóricas, mas sobretudo um pensador que nos ajuda a compreender nosso tempo e nos oferece uma perspectiva. Noutras palavras, nos oferece precisamente o elemento decisivo não só para estarmos presentes na "grande transformação" de nossos dias, mas para dirigi-la para fins mais justos e generosos, mantendo viva a grande utopia gramsciana de passar de uma sociedade de governantes e governados para uma sociedade de governados que governam. __________________ Para adquirir o número especial da revista Educação em Foco, da Faculdade de Educação da Universidade Federal de Juiz de Fora, com as intervenções feitas neste seminário, pode-se escrever para Eduardo Magrone, organizador do evento. __________________




Guido Liguori


Gramsci e o taylorismoTambém no debate recente da esquerda italiana se impôs o tema da “crise do político” e do retorno a uma estratégia baseada no “social”. Os processos de globalização e de crise do modelo fordista, no dizer de alguns, teriam diminuído fortemente a importância do Estado e dos Estados nacionais em favor da sociedade civil e das forças econômicas; seja como for, em favor das forças pré-estatais ou não-estatais que na sociedade civil agem e parecem haver conquistado -- sobretudo após o colapso do “socialismo real” e a crise dos vários modelos de welfare de matriz keynesiana -- uma nova centralidade tanto na realidade factual quanto, por reflexo, no “dever ser” da esquerda. A partir deste pressuposto podem se originar hipóteses estratégicas diversíssimas, como aquelas contidas -- mais ou menos implicitamente -- em dois importantes livros recentes: o já citado A esquerda social. Além da civilização do trabalho, de Marco Revelli, e A cidade do trabalho. Esquerda e crise do fordismo, de Bruno Trentin. Por uma parte, Revelli, com efeito, dá por terminada a possibilidade de fundar no trabalho os processos de identidade social, individual e coletiva; por outra, Trentin ainda indica no trabalho o centro dos processos de identidade e de estratégia política, ainda que num panorama nitidamente pós-fordista. Ao lado dessa divergência fundamental, no entanto, é possível divisar também uma convergência importante: ambos os autores -- com percursos biográficos, análises e propostas políticas diferentes -- concordam em que a esquerda deve rever-se radicalmente a si mesma a partir da crítica/superação daquele que foi até aqui o seu comportamento diante da política e do Estado. Nesse texto me interessa, sobretudo, seguir o raciocínio elaborado por Trentin, porque ele se funda em grande medida no “corpo a corpo” teórico-político que o autor empreende com Antonio Gramsci. Trentin, efetivamente, em suas tentativas de repensar em profundidade as perspectivas estratégicas da esquerda, relê com simpatia diversos autores historicamente minoritários da esquerda do século XX, todos reunidos por uma acentuada vocação antiestatal e antiinstitucional, tais como Luxemburg e Korsch, Bauer e Weil; no entanto, é com o autor dos Cadernos que ele debate mais em profundidade e mais amplamente, através de uma complexa leitura plena de luzes e de sombras. Trentin usa Gramsci, nesse livro, de dois modos -- um mais evidente, outro menos. No tocante ao primeiro modo, me refiro à segunda parte do volume, intitulada “Gramsci e a esquerda européia diante do ‘fordismo’ no primeiro pós-guerra”. O outro caso se relaciona, ao contrário, a um uso mais discreto de Gramsci, mas igualmente importante ou talvez até mais importante no âmbito do discurso geral do livro; um uso que liga Gramsci ao conceito de sociedade civil, que consideramos central em todo o volume. O Gramsci que Trentin toma como alvo na segunda parte de seu livro é o Gramsci tanto de Ordine Nuovo quanto de “Americanismo e fordismo”, o Gramsci -- sublinha o autor -- que teria “suposto como racionais e, portanto, imutáveis, as formas históricas de organização e de subordinação do trabalho humano”. Embora Trentin reconheça a Gramsci ter sido menos produtivista do que Lênin, de um modo ou de outro o considera subalterno ao fascínio do modo de produção burguês. Ou seja, considera-o inteiramente dentro daquela cultura terceiro-internacionalista (e não só) pela qual o processo produtivo, a organização científica do trabalho deviam ser transportados do capitalismo ao socialismo sem serem submetidos a crítica. É o Gramsci de Ordine Nuovo quem convidava os operários a substituírem-se aos patrões, mas sem mudar, sem transformar a fábrica, antes e junto com a sociedade e o Estado. Seria justa essa crítica de Trentin a Gramsci? Parece-me que não é destituída de fundamento: também em Ordine Nuovo existe o tema (amplamente presente na cultura comunista do tempo) da necessidade prioritária de preservar e aumentar a disciplina do trabalho e a produção depois da revolução, atribuindo a “culpa” da escassa produtividade operária apenas à presença do capitalista e, desse modo, sustentando que, eliminado o capitalista, também se elimina o problema: O mundo tem necessidade de produção multiplicada, de trabalho intenso e febril; os operários e camponeses somente vão descobrir a capacidade e a vontade de trabalho quando a pessoa do capitalista for eliminada da indústria, quando o produtor tiver conquistado sua autonomia econômica na fábrica e no campo e sua autonomia política no Estado dos Conselhos de delegados dos operários e camponeses. E também existe, além disso, a ilusão (de derivação leniniana) da possibilidade de um uso não taylorista do taylorismo de uma “forma de ‘americanismo’ aceitável para as massas operárias” , como o próprio Gramsci recorda nos Cadernos, falando de Ordine Nuovo. De resto, a tese defendida por Trentin não é nova. E mesmo quem investigou, com resultados interessantes, o tema específico da atitude de Gramsci diante da organização da produção, desde o “biênio vermelho” até os Cadernos, sustentando em geral (com razão) a tese da irredutibilidade de Gramsci à cultura industrialista e produtivista da Terceira Internacional, teve de reconhecer que “falta efetivamente em Gramsci uma reflexão precisa sobre as contradições peculiares ligadas ao taylorismo”. Dito isto, também deve se lembrar que a fábrica diante da qual se encontra Gramsci é, em grandíssima medida, uma fábrica pré-fordista: fordismo e taylorismo se afirmarão plenamente na Itália somente muito mais tarde, e certamente não é casual que uma nova sensibilidade para a organização do trabalho, por parte do movimento operário, só surgirá na Itália com o “segundo biênio vermelho”, em 1968-1969. Deve se lembrar que a peculiar estratégia de conselhos de Ordine Nuovo, original inclusive em relação à soviética, porque tendia a relacionar fortemente Estado e fábrica, política e lugar/sujeito da produção, já representa em si um obstáculo objetivo, uma insubordinação implícita em face da “organização científica do trabalho”. Deve se lembrar que Gramsci sente, e em alguma medida vive, o conjunto dos produtores, operários e técnicos, da fábrica como uma comunidade, um corpo coletivo, o que a meu ver tem implicações na direção de revalorizar o sujeito operário, de não considerá-lo sob aquele aspecto puramente quantitativo que Trentin estigmatiza com razão. E um outro aspecto dos anos de Ordine Nuovo Trentin – do seu ponto de vista -- poderia ter valorizado muito mais: a construção teórica, em Gramsci, de um modelo de Estado não fundado no cidadão, mas no produtor, ou seja, um modelo no qual se tenta uma recomposição de citoyen e bourgeouis, uma vez que Gramsci aceita plenamente o conhecido argumento marxiano, denunciando justamente o caráter abstrato da categoria de “cidadão”. É uma temática que também fala a nosso presente teórico: o horizonte da cidadania -- às vezes se lamenta -- não vai além dos portões da fábrica. E me parece que não possa ir além deles, porque essa categoria teórica é constitutivamente estranha ao discurso das classes e da divisão de classes, que encontra na fábrica sua evidência mais macroscópica. A não ser que se entenda com o termo “direitos” -- sempre relacionado, contraditoriamente, ao tema “cidadania” -- aquilo que na realidade a classe operária consegue arrancar no terreno da luta de classes. Como também a história desses anos nos ensina, que quando mudam as relações de força, os supostos “direitos” desaparecem. Os poderes privados, na realidade, não encontram no direito nenhuma limitação. De resto, o fato de a cultura de esquerda ter substituído, já na passagem decisiva dos anos setenta para os anos oitenta, a leitura da realidade baseada na divisão da sociedade em classes e na relação entre as classes por uma leitura baseada no tema da cidadania e dos direitos, foi e é, de per si, homólogo (e propedêutico) ao triunfo atual da “sociedade civil”: nesse processo, aliás, se efetiva em boa parte aquele “triunfo do neoliberismo” que mencionei acima. 4. O mito da sociedade civilO segundo uso de Gramsci feito por Trentin, igualmente importante, ou talvez mais importante, no âmbito de sua argumentação de conjunto, liga Gramsci ao conceito de sociedade civil. Se, por uma parte, Trentin critica Gramsci a propósito dos temas da fábrica e da organização do trabalho, por outra mostra querer aceitar substancialmente sua lição no tocante ao primado da “sociedade civil”. Só que, a meu ver, aquilo que Trentin acredita ser as teses de Gramsci sobre a sociedade civil é, na realidade, a interpretação, ainda que importante, que do conceito de sociedade civil em Gramsci propôs Norberto Bobbio em sua célebre intervenção no encontro de Cagliari de 1967 e, em seguida, muitas vezes reeditada em livro: provavelmente o escrito sobre Gramsci que (a partir do final dos anos sessenta) teve maior influência e repercussão em toda a já imensa literatura sobre o argumento. Ainda que sem defender o alheamento de Gramsci em face da tradição marxista, o estudioso turinense sublinhava fortemente seus motivos de autonomia (que muitos leriam depois como “afastamento” e “inversão”) diante daquela tradição, determinados justamente a partir de uma concepção particular do conceito de sociedade civil. Esquematicamente, o argumento de Bobbio é o seguinte: tanto para Marx quanto para Gramsci a sociedade civil é o verdadeiro “teatro da história”. Mas para o primeiro ela faz parte do momento estrutural e para o segundo, do superestrutural; para Marx o “teatro da história” era a estrutura, a economia, e para Gramsci, a superestrutura, a cultura, o mundo das idéias. Para Bobbio, Gramsci era, sobretudo o teórico das superestruturas, no sentido de que o momento ético-político tinha em seu sistema teórico um lugar de fundação inédito em relação a Marx e ao marxismo. A antiga proclamação de Benedetto Croce diante das Cartas do cárcere -- “como homem de pensamento, ele foi um dos nossos” -- era repetida incansavelmente por Bobbio, que podia assim inserir Gramsci, líder comunista e teórico marxista, ainda que aberto e inovador, na grande tradição do pensamento liberal. Ou seja, repetia-se uma interpretação através da qual a cultura liberal buscava reabsorver Gramsci, dele fazendo um seu autor. Mas, para construir sua tese, Bobbio devia assumir e dar como suposta uma leitura mecanicista da relação estrutura-superestrutura, na qual a determinação em última instância de um dos dois termos se tornava determinação forte e imediata do altro nível da realidade: “teatro de toda a história”. Isto é, a estrutura ou a superestrutura, segundo o termo considerado mais importante (em Marx ou em Gramsci), parecia determinar completamente o outro. Parecia não haver mais momentos ao mesmo tempo de unidade e de autonomia, e de ação recíproca, entre os diversos níveis da realidade, momentos próprios de toda concepção dialética, como é indiscutivelmente a concepção de Gramsci. Já Togliatti, em 1958, falando da relação entre Estado e sociedade civil nos Cadernos, tinha sublinhado a natureza metódica e não orgânica dessa distinção, sobre a qual, de resto, Gramsci chamara a atenção inclusive ao propor o conceito de “bloco histórico”. Estrutura e superestrutura, economia, política e cultura são para Gramsci esferas unidas e ao mesmo tempo autônomas da realidade. Um dos pontos centrais do marxismo de Gramsci é não poder nem querer separar de modo hipostasiado nenhum aspecto do real (economia, sociedade, Estado, cultura). É indiscutível que em Gramsci haja o primado da subjetividade, da política, mas num sentido diverso daquele registrado por Bobbio. Sua tentativa de construir uma teoria da política e das formas ideológicas se dava invariavelmente a partir de Marx. Além disso, no marxismo de Gramsci irrompiam as novidades registradas na relação entre economia e política neste século, a ampliação da intervenção estatal na esfera da produção, a obra de organização e racionalização com que o político se refere à sociedade e em alguma medida a produz. Eram justamente os processos que -- a partir da fábrica fordista -- se haviam imposto nas sociedades capitalistas avançadas, e que Gramsci, por muito tempo único entre os marxistas, havia colhido em primeiro lugar. E se aqui havia uma novidade em relação a Marx, isso se devia ao fato de que se produzira uma novidade na história real que Bobbio não via devido à formalização idealista de seu discurso, que sempre vai de teoria a teoria, sem que nessa história das idéias jamais entre a história efetiva, sem que jamais apareça o referente real; nesse caso, as sociedades sobre as quais Marx e Gramsci refletem. A tradição liberal-democrata buscava mais uma vez assimilar Gramsci aos muitos intelectuais que o haviam precedido, dissolvendo os contornos reais de sua figura histórica, aquele nexo de teoria e prática que era a chave para compreender o que verdadeiramente dizia o autor dos Cadernos. Por que exatamente essa leitura de Bobbio tem um papel central na construção teórica de Trentin? Não seria, também isso, um dos tantos sinais do fato de que muitos intérpretes da esquerda estão hoje lendo o mundo pós-89 com as categorias centrais do pensamento liberal e, portanto, com o risco de uma forte subestimação do papel da política em favor da categoria de “sociedade civil”, quase por um processo, obviamente inconsciente, de “revolução passiva”? Evidentemente, o colapso dos socialismos reais e os limites manifestados pelo welfare não podem deixar de produzir perguntas, críticas e autocríticas, assim como a história soviética deste século também leva a refletir sobre a validade de alguns enunciados da teoria liberal no tocante aos limites do poder. O livro de Trentin é um ato de acusação argumentado e fascinante contra um certo marxismo excessivamente politicista e estatista. Resta o fato de que o “retorno à sociedade civil” foi a palavra de ordem do neoliberismo dos anos oitenta: chega de Estado -- em primeiro lugar, obviamente, o Estado social --, que a sociedade faça! Chega de política, chega de políticos profissionais, que ajam os representantes da sociedade civil! Naturalmente, existem duas versões desse “retorno à sociedade”, ambas centradas na crítica do político e ambas reforçadas pelo leitmotiv da globalização. A versão de direita, neoliberista em sentido estrito, que põe no centro do próprio universo os “espíritos animais do capitalismo”. E uma versão de esquerda, que pretende garantir os direitos e ampliar a cidadania, mas que -- justamente no momento em que põe como centrais tais categorias -- adere (às vezes inconscientemente) a uma visão propriamente liberal (e de fato também liberista). Ou seja, um tal horizonte teórico tem em sua base, de um modo ou de outro, uma concepção antropológica do sujeito inevitavelmente liberal: o indivíduo como prius, como o que vem antes de seu ser em sociedade, e por isto é portador de direitos. Ao passo que o marxismo, e Gramsci tem uma outra concepção do indivíduo, fundamentalmente relacional. Obviamente, existem concepções diversas da sociedade civil. Em Marx ela é o conjunto das relações pré-estatais, tendo ao centro as de tipo econômico. Em Gramsci (no rastro de um certo Hegel, como o próprio Bobbio especifica), ela compreende seja as relações pré-estatais seja sua regulamentação por parte do Estado: mais uma vez um pensamento dialético que não separa os diversos aspectos do real. No entanto, Bobbio, cuja teoria política é fortemente dicotômica e procede por pares opositivos, põe a dicotomia Estado-sociedade civil também no centro do pensamento de Gramsci, negando assim justamente aquilo que em Gramsci é mais importante: a não separação, a unidade dialética entre política e sociedade, entre economia e Estado. No rastro de Bobbio, não é, portanto casual que Trentin leia em Gramsci uma contradição entre centralidade do social e papel de legitimação do Estado. Partindo de Bobbio, ele subestima, a meu ver, o fato de que Gramsci atribui grande importância político-cognoscitiva aos sujeitos sociais e às formas de sua oposição e de sua relação (temática da hegemonia) e, ao mesmo tempo, põe no centro de sua reflexão o Estado: uma aproximação, essa entre hegemonia e Estado, por certo não-casual. ________________________








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lunes, julio 03, 2006

LA LIBERTA VIENE PRIMA: UN LIBRO DE TRENTIN

Esta recensión la ha hecho Mario Dellacqua. Nosotros recomendamos la lectura de este libro. Los pedidos pueden hacerse a gianmario.gillio@editoririuniti.it Debe quedar claro que Rafael Rodríguez Alconchel (ni nadie) cobra comisión por recomendar este u otros libros. Sólo vale 12 euros: más barato que dos cuba-libres.


Mario Dellacqua

Che strano, a volte. Ti giri da una parte e vedi un'Italia che tira il fiato per lo scampato pericolo. "Il rischio della democrazia italiana, privata di televisioni e intimidita gravemente nei giornali, era rappresentato da una persona sola", dal "potere troppo grande, troppo arbitrario, troppo circondato di silenzio, di Silvio Berlusconi". Ora, per fortuna, "il predominio e la prepotenza di un uomo solo" senza del quale "a destra non c'è niente di cui vale la pena occuparsi" sta per finire e "la missione è compiuta".C'è da augurarsi che l'ottimismo di Furio Colombo, straripante dalle colonne de L'Unità del 17 aprile, sia fondato. Ma se ti giri dall'altra parte, non sei più così sicuro che esista "un solo grande problema".
Se si legge la raccolta di scritti che Bruno Trentin ha da poco consegnato agli Editori Riuniti con l'inquietante titolo "La libertà viene prima", ci troviamo di fronte ad un'altra Italia. Il Paese che l'ex-direttore dell'Unità vede liberato grazie al tracollo irreversibile della leadership di Berlusconi, per l'ex-segretario generale della Cgil è invece pieno di problemi fin sopra i capelli. E il centro-sinistra ha poco da stare allegro e molte ragioni per rimboccarsi le maniche d'urgenza.
Trentin forza una porta per troppi anni rimasta blindata, quando spiega che per più di un secolo il movimento operaio ha affidato al conflitto distributivo per una migliore ripartizione della ricchezza il potere automatico di rispondere nella fabbrica socialista alle aspirazioni di libertà della persona umana. Già questo è un bel filo da torcere per una generazioni di intellettuali, di ricercatori, di militanti e di dirigenti politici che abbiano la testa sul collo e sappiano tenerla alta indipendentemente dall'uditorio che incrociano.

Ma Trentin non si accontenta di discutere l'argomento con Pino Ferraris e di esaminare le tormentate risposte che il movimento sindacale ha cercato di offrire all'antico problema della partecipazione dei lavoratori alla gestione delle aziende: consigli di gestione nella tradizione socialista e comunista, azionariato popolare nel pensiero cattolico o diritti di informazione alla scuola della Flm nei contratti nazionali del 1976? Per l'oggi, egli denuncia "l'assenza di un progetto" e, aprendo una porta sfondata, lo afferma anche a costo di vestire i panni del dirigente di prestigio ieri riverito e oggi studiosamente emarginato dagli stati maggiori.
In effetti, il dente è avvelenato. Ce n'è un po' per tutti. Per quattro volte, prima il Pds e poi i Ds hanno tentato di formulare documenti programmatici, ma poi hanno praticamente lasciato morire il cimento perché non vogliono lasciarsi imprigionare preventivamente in un trasparente patto con gli elettori. Preferiscono decidere sentendo l'aria che tira. Recitano a soggetto e rifiutano di volare alto. Sono provinciali perché mostrano "flebile interesse per qualche proposta di riforma" solo se costituisce "il pretesto per parlare dei conflitti tra i leader e decifrare" ciò che ci sta dietro. Rivelano di dipendere ancora troppo da una cultura del trasformismo che riconosce come un valore e non come una necessità la capacità di adattamento mimetico della politica alle circostanze. Di qui a sommare per ragioni puramente elettorali delle priorità tra loro contraddittorie, il passo è breve.
Trentin ha il dente avvelenato con Michele Salvati, perché dice di non aver "trovato nulla" nel "Manifesto per l'Italia" elaborato dalla Convenzione programmatica organizzata dai Ds a Milano. Poi non perdona l'esercito degli ideologi che hanno visto la "fine del lavoro" nelle grandi trasformazioni subite dagli assetti produttivi con il crollo del fordismo. Al contrario, si trattava di un'espansione su scala mondiale di tutte le forme di lavoro che fanno della persona che lavora pensando una tendenza che unifica un mondo disarticolato dal proliferare di nuove figure sociali, di cento condizioni contrattuali, di sfuggenti soggettività culturali.
Con la variopinta area del massimalismo, Trentin affonda la motosega e non il coltello nella ferita. Gli intellettuali d'assalto che contavano di dare una spallata al sistema con il "più uno!" delle rivendicazioni salariali hanno fatto una brutta fine e non ne prendono ancora atto. Continuano ad agitare le bandiere della protesta e ad impiegare linguaggi intransigenti, ma sono ridotti a fiancheggiare l'opera difensiva di quanti cercano nelle pieghe del welfare il risarcimento di poteri ormai travolti all'interno delle imprese. Con proterva superficialità - e senza uno straccio di successiva riflessione - sono state allegramente archiviate dai loro stessi sostenitori le 35 ore per via legislativa. Senza alcuna popolarità e senza una sola ora di sciopero erano come gli aumenti uguali per tutti che Trentin osteggiò e accettò a malincuore persino alla vigilia dell'autunno caldo quando era segretario generale della Fiom. Quella cultura dura a morire nega le trasformazioni e rifiuta di governarle per non sporcarsi le mani. Al massimo (che poi è il minimo) aspetta che esplodano nella speranza di guadagnare la liberazione di energie antagonistiche da spendere non si sa bene dove e come.
Infine Trentin critica quella sinistra succube dell'egemonia neoliberale che propone senza ritegno per l'oggi la riduzione del salario contrattuale ai nuovi assunti e per il domani la riduzione dei trattamenti pensionistici. L'ex leader della Cgil polemizza anche con Rosy Bindi, Tiziano Treu e Francesco Rutelli. Egli sostiene che la salute dei conti dell'INPS presuppone l'aumento della popolazione attiva e, necessariamente, passa attraverso il prolungamento incentivato dell'attività lavorativa: una strada già battuta con successo nei paesi scandinavi dove lavora il 70 per cento degli ultra55enni, mentre in Italia siamo fermi al 30 per cento.
Ma per fare ciò occorre una politica della formazione e dell'aggiornamento professionale capace di investire tutto l'arco della vita, di riqualificare i lavoratori anziani e di tutelarli con la mobilità verso altri impieghi quando le aziende ristrutturano, ridimensionano gli organici o addirittura chiudono. Insomma, è vero che l'istruzione costa cara, ma un paese moderno che vuole affrontare le sfide dell'economia globalizzata sa che quanto si risparmia con la diffusione sociale dell'ignoranza porta prima al degrado e poi alla rovina.
Può darsi che le elaborazioni di Trentin facciano venire l'orticaria come è successo a qualche esponente diessino turbato dalle invettive di Furio Colombo contro "il regime" berlusconiano. Non c'è dubbio, però, che i suoi interrogativi pretendono una risposta d'urgenza, non perché ce lo chiede Trentin, ma perché la grande domanda di unità che ha animato i primi passi della federazione dell'Ulivo e i recenti successi dell'Unione sono anche domande di coerenza. Meglio prenderle sul serio per evitare l'orticaria e qualche altra più grave malattia.

Editori Riunitipp.

jueves, junio 29, 2006

LAS TRANSFORMACIONES POSIBLES DE LOS SISTEMAS DE RELACIONES INDUSTRIALES



Bruno Trentin

Las nuevas tecnologías tienden a suscitar permanentes modificaciones en la organización de la empresa, en la organización del trabajo y en la composición profesional porque su utilización óptima presupone un alto grado de flexibilidad --tanto en la cantidad como en la calidad de la producción de los bienes y servicios en relación a los cambios del mercado-- y en la medida en que su frecuente tasa de innovación comporta un envejecimiento rápido de muchas de las habilidades adquiridas; a su vez, solicita un continuo adaptamiento profesional de la mano de obra o, alternativamente, una enorme movilidad del trabajo. En estas condiciones, los procesos de reestructuración y descentralización productivos tienden a convertirse en una señal permanente de la gestión de la empresa. Y, de igual manera, ahí están sus efectos sobre los niveles de empleo y la composición profesional de los oficios que tienden a presentarse de manera recurrente como un modo fisiológico y no excepcional de adaptación de las empresas a los cambios impuestos por las nuevas tecnologías. Más todavía, los tiempos de los procesos de reestructuración ya no coinciden con los ritmos del ciclo económico. Lo cual comporta una modificación cualitativa de los sistemas de relaciones industriales: no sólo porque asumen una nueva importancia los ámbitos de la negociación colectiva en la empresa y en el territorio, sino porque sus mismos contenidos requieren nuevas prioridades que primen la contractualidad tradicional en factores tales como el salario y el horario de trabajo. Y cuestiones como la definición de los niveles de empleo, la gestión de los procesos de movilidad del trabajo, la recualificación de los trabajadores, la determinación de nuevas formas de organización del trabajo y la ordenación del tiempo de trabajo... se convierten en temas centrales (y, ahora, no excepcionales) de la negociación colectiva, influenciando los mismos contenidos de las reivindicaciones de, por ejemplo, los salarios y los horarios.
En efecto, tienden a cambiar los contenidos de la relación de trabajo para todas las formas de trabajo subordinado, parasubordinado o semiautónomo (por ejemplo, el trabajo a domicilio) ya que el intercambio que sanciona el contrato no se hace, ahora, entre una cierta cantidad de tiempo y una determinada cantidad de salario en el caso de una estabilidad en el empleo (salvo casos excepcionales) tal como sucedía en el contrato fordista. En nuestros días, el intercambio se da entre: de una parte, la disponibilidad de la persona para hacer un trabajo determinado o un objetivo concreto, sobre la base de determinadas habilidades, respondiendo de los resultados de dicho trabajo, incluso con la inseguridad de la duración de la relación de trabajo, y, de otra parte, un cierto salario y un horario concreto que se miden por las aptitudes demostradas y los resultados cualitativos y cuantitativos obtenidos.
Ahora, este tipo de intercambio se presenta de modo desigual y contradictorio porque la responsabilidad de los resultados de la actividad laboral coexiste, por un lado, con el mantenimiento de un poder unilateral de las decisiones de la empresa de las modalidades de las actividades productivas, y, de otro lado, con el también poder unilateral de dicha empresa de la duración de la relación laboral. Así las cosas, la empresa detenta la potestad de prolongar o no prolongar una relación de trabajo por tiempo determinado y proceder o no proceder a despidos individuales sin ningún tipo de sanciones duras. En esta desigualdad reside la razón de la debilidad del poder contractual del trabajador y de su ejercicio del derecho de huelga. Por otra parte, sería ilusorio pensar que el desequilibrio de este intercambio --en un contexto económico que ha cambiado radicalmente-- se pueda superar manteniendo las viejas reglas de la relación de trabajo. Aunque es posible que la primera reacción de los sindicatos y los trabajadores sea el mantenimiento de las viejas reglas.
Las vías pra reconstruir un contrato de trabajo, que no esté marcado por tales contradicciones y desigualdades, parecen ser otras; y eso queda demostrado por la experiencia, aunque ésta afecte de momento a una élite de los asalariados que tienen una alta cualificación. Estoy hablando de unas vías que llevan a un nuevo tipo de intercambio, capaz de garantizar a todo el universo del trabajo subordinado y parasubordinado, más allá de sus adscripciones en diversas situaciones de contrato de trabajo.
En primer lugar, se trata de de un nuevo equilibrio entre el recurso a la flexibilidad y movilidad del trabajo; y, como contrapartida a ello, la adquisición de una empleabilidad del trabajador, mediante políticas de formación, puesta al día y recualificación profesional. De este modo se establecerá lo contrario de una precariedad que se traduce inevitablemente en la marginación de los más débiles y los trabajadores de más edad. En segundo lugar, se trata de establecer un nuevo equilibrio entre la responsabilidad exigida al trabajador cuando se le piden cuentas de su actividad y la garantía de su control y participación en las decisiones sobre las modalidades de la actividad laboral y el gobierno del tiempo de trabajo, entendido éste como tiempo de trabajo, como tiempo que se dedica a la formación y como tiempo “de vida”. En tercer lugar, se trata de garantizar a los aslariados (y particularmente a los que trabajan por tiempo determinado, con independencia de las diversas normativas) la certeza del contrato: este no puede ser rescindido arbitrariamente --hecha la excepción de despidos colectivos por razones económicas--, a menos que el trabajador haya cometido una falta grave. Y en cuarto lugar se trata de redefinir las reglas generales de un welfare state descentralizado en el territorio, que tutele, en igual medida, todas las formas del trabajo subordinado y parasubordinado, a través de un uso coordinado de las formas de intervención y servicio; con políticas formativas (también para los parados) y de previsión social, sanitarias y de empleo.

Pero estos cuatro derechos fundamentales no protegen, ni de lejos, a la gran mayoría de trabajadores subordinados y parasubordinados. La explicación viene dada por la fuerza de la resistencia inercial de las asociaciones patronales en asumir, por ejemplo, el coste de una política de formación durante toda la vida y las tendencias de muchas empresas en hacer convivir la superación del modelo de producción fordista con el mantenimiento de formas tayloristas de organización del trabajo y dirección del trabajo manual. Ahora bien, aquellos cuatro derechos fundamentales podrían constituir las nuevas prioridades de la acción reivindicativa de los sindicatos con el objetivo de ofrecer representación y tutela a todo el universo del mundo del trabajo que hoy está tan fragmentado. En el casos de que ello fuera la nueva opción de los sindicatos, la formación a lo largo de toda la vida sería el primer objetivo de la negociación colectiva, haciendo compatible las reivindicaciones salariales y las reducciones de los horarios de trabajo. Pero téngase en cuenta que el control de las políticas formativas, orientadas a la consecución de objetivos específicos (formación para los jóvenes, trabajadores inmigrantes, de adaptación de los trabajadores adultos y recualificación de los que tienen más edad) no es imaginable sin un fuerte sostén, no sólo financiero, del Estado, las empresas y los mismos trabajadores, también con la idea de legitimar su participación en la dirección y programación de los procesos formativos.
Pero tal salida --que implica el encauzamiento de importantes recursos hacia inversiones de alto riesgo y efectos diferidos en el tiempo-- presupone la superación de fuertes resistencias, tanto de las instituciones públicas como de las mismas empresas, tanto de los propios enseñantes y formadores como de los trabajadores-usuarios de dicha formación.
El segundo objetivo sería, ineluctablemente, el gobierno de los procesos de reestructuración de la empresa, de la movilidad del trabajo en el territorio y de movilidad profesional en el centro de trabajo; también aquí mediante la negociación de programas orientados a la formación en el territorio y en la empresa.
El tercer objetivo, estrechamente vinculado al segundo, contemplaría necesariamente la participación en las decisiones que afectan a la empresa: la organización del trabajo y el régimen de horarios. Ciertamente, habría que establecer la conexión con la negociación --en el territorio y, sobre todo, en la ciudad-- de la reordenación de los tiempos, conciliando el funcionamiento de los servicios de interés colectivo con la actividad laboral y la vida privada.
El cuarto objetivo se dirigiría, probablemente, a las políticas del welfare y a la formación a lo largo de toda la vida, a afrontar el envejecimiento de la población con un incremento de la población activa y la prolongación con carácter voluntario de la actvidad laboral, estimulada con un política de incentivos y penalizaciones, discutidas tanto con los trabajadores como con las empresas. Es decir, se trata de crear las bases de una política de envejecimiento activo, conjurando los riesgos de una reducción de las tutelas tanto las contributivas como las asistenciales.

Una reforma de este alcance de la negociación colectiva implicaría la entrada en escena de nuevos sujetos y nuevas formas de representación. En primer lugar, de los trabajadores parasubordinados y semiautónomos que, hoy por hoy, sólo tienen contratos individuales. Pero también me estoy refiriendo a los trabajadores “en movilidad”, de los parados en busca de su primer empleo o que intentan recolocarse: habitualmente no se encuentran representados, en tanto que tales, en las organizaciones sindicales ni en las negociaciones sobre políticas activas de trabajo. Estos sujetos se adherirán difícilmente a un sindicato, si no han participado en una negociación o en una acción colectiva que se refiera directamente a su tutela. Así pues, el camino a recorrer será, en muchos casos, complicado y tortuoso para los sindicatos, y deberá consistir en la promoción de asociaciones profesionales, generales o de sector. Lo importante es que, mediante el asociacionismo, los trabajadores atípicos y los parados puedan participar, junto al sindicato, en formas de negociación colectiva para definir (a modo de acuerdos-marco) las reglas, los derechos y las responsabilidades propias de la relación de trabajo convenida con su debida protección. Y, por otra parte, definir en el sector o en el territorio las formas esxpecíficas de un convenio colectivo. Estos acuerdos-marco podrían, andando el tiempo, ser sustituidos por la negociación colectiva europea de sector, fijando, claro que sí, las líneas maestras de aplicación de la negociación en la empresa y en elsector.
Pero la evolución del conflicto social y su radicalización en los servicios públicos comportan la entrada de nuevos sujetos cuya intervención puede influir en la modalidad y contenidos de la negociación colectiva. En efecto, el papel que asumen los medios a la hora de informar de los aspectos más estridentes del conflicto social, tiende a introducir --tanto en las asociaciones de trabajadores como en ciertos grupos de asalariados-- la búsqueda de formas de presión distintas de la huelga: secuestros de dirigentes de empresa, ocupación de la fábrica, interrupción de las vías de comunicación, etcétera. Con la intervención de los media, los que utilizan ese tipo de acciones intentan sorprender a la opinión pública y a los diferentes intereses de la contraparte: la organización patronal o a la empresa en cuestión. Estas formas de radicalización conllevan, frecuentemente, la lesión de los intereses de los diversos sujetos que no tienen relación con los directamente implicados en dicho conflicto: otros trabajadores de la misma empresa y del mismo sector, otros grupos de trabajadores y otros ciudadanos, especialmente los usuarios de los servicios públicos: los medios de transporte y comunicación, la sanidad y la distribución de bienes de consumo, los centros que prestan servicios financieros a grupos de trabajadores y pensionistas...
Tales sujetos pueden desarrollar, involuntariamente, una función de presión para solucionar el conflicto o, al revés, orientarse hacia posturas de hostilidad y rechazo hacia este conflicto, facilitando así, primero, su aislamiento y, después, la derrota. De manera que mucho dependerá del comportamiento de las asociaciones de trabajadores que la acción vaya en una u otra dirección. Porque depende cómo se hagan las cosas, el asunto se orienta hacia una radicalización del conflicto y, en consecuencia, a una desarticulación corporativa del sistema de relaciones industriales, con independencia de la solución favorable o no del conflicto de marras. Pero si el tratamiento se orienta en otra dirección, los no directamente implicados puede hacer suyas las reivindicaciones de los huelguistas.
Esto último es lo más apropiado, y se pueden plantear incluso ciertos códigos de comportamiento en el ejercicio del conflicto (como es el caso italiano) donde intervienen directa o indirectamente los terceros en discordia (los no implicados en el conflicto) a través de la organización sindical u otras asociaciones. Estos códigos de comportamiento (de autoregulación) pueden salvaguardar los servicios esenciales durante una huelga; la reducción de la producción sin llegar a la paralización de algunas estructuras costosas que deben ser mantenidas permanentemente (por ejemplo, los altos hornos en la siderurgia); la exclusión de de la huelga en determinadas franjas horarias que se corresponden con la mayor utilización de los servicios, por ejemplo: la ida al trabajo o el regreso a casa de la gente; la información de preaviso de una huelga; la exclusión del ejercicio de la huelga en determinadas temporadas del año, por ejemplo, durante las fiestas o la ida y vuelta de vacaciones... Estos códigos u otras formas de entendimiento con los usuarios pueden ser objeto de acuerdo entre las partes sociales o, incluso, de medidas legislativas una vez que hayan sido aprobadas por los trabajadores interesados, mediante un referéndum, como sucede en Italia.
Pero las mismas materias que, a este respecto, constituirían los contenidos de la negociación colectiva comportan un salto cualitativo en la misma forma de la negociación. De un lado, por la frecuente entrada en la escena de una pluralidad de sujetos contractuales; de otro lado, porque el respeto a lo acordado se confía en, al menos, por una parte de aquellos, a verificaciones y controles sucesivos. Este es el caso de cuestiones como la realización de programas de formación profesional, la experimentación de nuevas formas de organización del trabajo o la gestión de los procesos de movilidad y la promoción de las políticas de sourcing. Porque estamos en el contexto de una transformación en marcha que comporta --ante diversas materias salariales o aspectos parciales de éstas-- la consolidación de una negociación in progress sujeta a las verificaciones y adaptamientos continuos que los agentes sociales deben reseguir, comprobando los acuerdos asumidos con las formas concretamente posibles de su realización.
Se puede afirmar, pues, que en casos cada vez más numerosos, la negociación colectiva tiende a ser, al menos en parte, algo más que un intercamnbio de certidumbres: un intercambio entre la voluntad de lo pactado y la verificación de su puesta en marcha. Tanto es así que, en los últimos años, en algunos países de la Unión Europea se ha dado vida a auténticas formas de negociación que se distinguen con facilidad de los procesos tradicionales. No sólo por la existencia de una pluralidad de sujetos o por un intercambio como el mencionado anteriormente, no siempre reducible a cantidades determinadas (políticas de rentas, contención de la inflación, políticas industriales, de empleo o de reforma de las reglas del mercado laboral) sino porque el respeto de los acuerdos tomados por los diferentes sujetos, cuando son instituciones públicas depende, en última instancia, de lo aprobado por los representantes de la soberanía popular.
Otra característica de la concertación viene de su forma de negociar que asume una dimensión horizontal, en el sentido de que corresponsabilizar una pluralidad de sectores, de sujetos contractuales y de contratos de trabajo. Este parece ser el caso de para las formas de concertación con los gobiernos nacionales o para el diálogo social que se efectúa entre las asociaciones europeas de trabajadores y las patronales, con el impulso y la iniciativa de la Comisión ejecutiva de la Unión; y esta parece ser la forma de las negociaciones que se hacen en el territorio.
Estas últimas, en efecto, parecen destinadas a asumir una importancia creciente en relación a los cambios de los contenidos de la misma negociación colectiva. Piénsese en la negociación sobre políticas de industrialización, formación profesional, movilidad intersectorial de la mano de obra tras los procesos de reestructuración o reconversión de una gran empresa o de un grupo de empresas. O también en la actuación de los programas de formación profesional para los trabajadores de las pequeñas o medianas empresas que no puedan asegurar la formación en el puesto de trabajo. Por no hablar de experimentos como los contratos-programa que se realizan en algunas regiones que afectan, además de las asociaciones de trabajadores y patronales, a las diversas administraciones públicas, los institutos de crédito, los centros de formación profesional, las escuelas secundarias y las universidades.
Más en general, parece que las transformaciones del welfare state (con el papel central que tiende a tener la formación a lo largo de toda la vida) en conexión con las políticas de protección social y asistencial y las políticas activas de trabajo, conducirán a una valorización de la dimensión territorial y horizontal como lugar donde es posible un gobierno coordinado de los diversos instrumentos de la política social.

En fin, tomamos nota de la importancia de la dimensión europea, para poder valorar las repercusiones que puede tener la creación de un mercado único y, más todavía, de la moneda única, sobre los sistemas de relaciones industriales vigentes en los diversos países de la Unión. A tal fin, se debe observar, ante todo, que la diversidad de estos sistemas, país por país y de sector a sector, constituye un obstáculo no ligero para la conformación de un modelo europeo al que son hostiles las asociaciones patronales que se orientan hacia una despotenciación de la negociación colectiva fuera de la empresa tanto si es europea como nacional, confederal o sectorial. Y, efectivamente, el diálogo social, a nivel europeo, no ha conocido progresos significativos tras la constitución del mercado único, sobre todo por la hostilidad de las organizaciones empresariales.
De esta manera, la negociación colectiva europea --aunque sea fijando sólo las líneas-fuerza para los convenios nacionales o de empresa-- le cuesta consolidarse, salvo pocas excepociones, en el plano sectorial. Mientras tanto, en el ámbito nacional las organizaciones patronales parecen orientarse a poner en entredicho el doble modelo de negociación (sectorial y en la empresa) con la mirada puesta en conjugarlo con el modelo dual del mercado de trabajo: el de la grande y mediana empresa en las que sobreviviría una cierta manera de negociación colectiva y el de las pequeñas empresas y los contratos atípicos. Para estos últimos seguiría en vigor, junto a los contratos individuales, una legislación nacional o formas de negociación a nivel general, esto es, interconfederal. Así pues, el conflicto para mantener el doble nivel de negociación colectiva (sectorial y de empresa) parece destinado a convertirse en crucial en los próximos años. Sin embargo, la actuación concreta de la unión monetaria parece orientada a influenciar la evolución futura de los sistemas de relaciones industriales hacia una armonización de las estructuras de la negociación colectiva.

La entrada en vigor de la moneda única y el hecho de que nos acerquemos a la fase conclusiva del proceso de ampliación de la Unión Europea (al menos para un primer grupo de países) ternderá, en efecto, a acentuar algunas evoluciones que ya se perciben en el comportamiento de las empresas, de las asociaciones sindicales y patronales. De un lado, la moneda única europea ofrecerá la ocasión (todavía más que en el pasado) de proceder a un examen comparado no sólo de los costes del trabajo sino también de las dinámicas sociales y de los elementos que componen el salario y el coste del trabajo, dando lugar a lo que ciertos estudiosos llaman la comparación coercitiva (coercitive comparison), acentuando los esfuerzos hacia una coordinación de las políticas reivindicativas sobre el plano sectorial y en las compañías multinacionales (mediante los works councils). De otro lado, se acentuarán las tendencias hacia una orientación de separación de las inversiones en dos direcciones. 1) Hacia los países de bajo coste del trabajo --particularmente hacia la Europa central y oriental-- para los sectores productivos de mano de obra intensiva; con ello surgirán nuevas formas de coordinación de las políticas reivindicativas para los trabajadores que son “víctimas” o “beneficiarios” de los procesos de reestructuración y de reconversión. 2) Pero también hacia países y territorios donde existen salarios altos, para los que la capacidad competitiva depende, en gran medida, de la presencia de infraestructuras y de servicios y de la puesta en marcha de políticas de formación y recualificación de los trabajadores en aquellas empresas cuyo coste del trabajo representa una pequeña parte de los costes totales, acentuándose en estos casos las tendencias a coordinar las reivindicaciones en materia de formación permanente y armonización de los sistemas de welfare.
Estas tendencias tienen, todavía, dificultad de producir efectos significativos en el diálogo social y en las formas de negociación sectorial a nivel europeo. Los acuerdos que se han pactado hasta la presente han abordado los permisos parentales y la igualdad de tratamiento para los trabajadores a tiempo parcial y con contrato por tiempo determinado. Mientras tanto, permanece la fuerte resistencia de las organizaciones patronales a la experimentación de un sistema de negociación sectorial a nivel europeo. Ahora bien, ya son numerosos los casos en los que se procede a una coordinación de hecho de las políticas salariales, ya sea por los sindicatos o por las organizaciones patronales.
En lo referente a los sindicatos se pueden citar, como ejemplos, la coordinación cada vez más frecuente (en el área del marco) entre los sindicatos metalúrgicos de Bélgica, Holanda y Luxemburgo con el IG Metall del Land del Norte de Ranania-Westfalia. O la reforma contractual de 1996 en Bélgica donde se previó explicitamente la negociación de acuerdos de sector, teniendo en cuenta las dinámicas salariales en Francia, Alemania y Holanda. Y una tendencia más pronunciada hacia la coordinación de las políticas salariales y los estándares de rendimiento y de “performance” del trabajo, pero ello se confronta con las compañías trasnacionales: en muchos casos esta confrontación es de hecho y en otros casos lo es en el seno de los mismos Works Councils , porque esta es la orientación que autónomamente en el seno de las empresas ha adoptado el management. A tal fin se pueden citar las experiencias contractuales sobre políticas salariales de la General Motors en Europa en empresas y sindicatos del Reino Unido, Bélgica, Alemania (para el grupo Opel), y el acuerdo realizado con la participación del Work Council de la Volkswagen y SEAT, estando implicados los sindicatos españoles y alemanes. En todo caso, se puede pensar que la afirmación de un sistema de relaciones industriales en la Unión Monetaria dependerá, en gran manera, de las formas que asuma la aplicación del capítulo social de las cláusulas de Maastrich que se adoptaron en el tratado de Amsterdan, en 1997.

Hemos dibujado algunas evoluciones posibles de los sistemas de relaciones industriales en el plano nacional y europeo. Nadie puede afirmar, todavía, qué tendencias serán las prevalentes en la negociación colectiva. Son demasiados los presupuestos que deben asumir los agentes sociales a la hora de confrontarse en los contenidos de sus políticas reivindicativas, de las formas con las que aborden los problemas de la representación, de su capacidad de ampliar las tutelas y los intereses de los que son portadores. Ahora bien, en el caso que los diversos sujetos (los actuales o los potenciales) de los sistemas de relaciones industriales no estén en condiciones de intervenir en los cambios estratégicos que las transformaciones de la economía y las sociedades nacionales pueden llevar a la práctica (y son oportunas) es posible que el proceso de transformación y globalización de los sitemas económicos y de las relaciones de trabajo desemboque en una desarticulación y una regresión corporativa del conflicto social; una desarticulación y una regresión que afectará a las categorías que tengan, por razones objetivas, un mayor poder contractual (particularmente en los servicios públicos, allá donde es más estable el empleo) en un contexto de sectores de de trabajadores y trabajadoras sin representación, en un número cada vez más grande, cuya única tutela estaría confiada a la intervención de las instituciones públicas.
De ahí que hayamos evidenciado la posibilidad de plantear un escenario capaz de garantizar, en una situación de profundos cambios, un mayor grado de cohesión social y representación de un área del mercado de trabajo que está privada de protección, derechos y tutelas. Pero se trata solamente de una posibilidad; no es una certeza escrita en la historia.
(Traducción de José Luis López Bulla ex allegato Rafael Rodríguez Alconchel. Existe una versión catalana en el libro "Canvis i transformacions", Col.lecció Llibres del Ctesc)
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miércoles, junio 28, 2006

TRENTIN: LA DEMOCRACIA ECONOMICA

Traducción y Notas: José Luis López Bulla

El papel de los trabajadores[1]

Creo que, al recurrir a este término ambiguo (democracia económica) que se utiliza con cierta frecuencia para diversas formas de governance de la empresa, es necesario distinguir netamente (o en gran medida) entre democraica de los accionistas y la democracia de los productores, los stakeholders[2], como hoy se llaman. Aunque exista una larga experiencia, madurada desde el inicio del siglo pasado cuando se difundieron las ideologías del “capitalismo popular”, se ha demostrado que la vía del accionariado difuso no ha comportado nunca un condicionamiento del control de la empresa capaz de plasmar los intereses de los asalariados en términos de empleo y condiciones de trabajo.
La “democracia de los accionistas” es ciertamente una vía que se puede impulsar --con medidas legislativas, también-- para garantizar, ante todo, una información sistemática a los accionistas y la transparencia y el alcance de los preocesos de decisión; una información frente a las desviaciones derivadas de los procesos de financiarización, en un proceso de decisión que tendría que reflejar (sobre todo en una public company) la voluntad de la mayoría de los stockholders[3]. Me refiero a la adopción en el ámbito europeo de procedimientos de información periódica vinculante, con el ánimo de crear sucesivamente una valoración consolidada de la situación de la empresa y la formación de los balances; con la atribución de los poderes de control obligatorio de la situación financiera de la compañía a las agencias de consulting integrando así el poder de los órganos de control y auditoría; la transparencia de cómo la propiedad decide la concesión de las stock options a favor del management; reforzando los poderes de control de las autoridades públicas sobre los mercados bursátiles, sobre todo con la adquisición de informaciones rápidas de los cambios (aunque sean limitados) de la composición de la empresa, cuando se trata de inversiones de alto riesgo (edge funds)
Pero la democracia de los stockholders y una estrategia del desarrollo y del empleo --que debería ser la finalidad de la democracia de aquéllos. especialmente de los sindicatos, los mánagers y las instituciones públicas locales-- no parecen destinadas a coincidir, sobre todo en una fase como la actual, caracterizada por la innovación incesante y por el carácter prioritario que deberían tener las inversiones en el factor humano. Estas inversiones en el factor humano, la investigación, la formación a lo largo de toda la vida y la salvaguarda o la reconstrucción de los equilibrios ambientales constituyen, efectivamente, la primera condición para que un sistema productivo (revolucionado por la tecnología de la informática y las comunicaciones) pueda crecer con rapidez en un contexto cada vez más rico en innovaciones. Pero estas innovaciones consiguen sus efectos sólamente a medio y largo plazo y tienen, por otra parte, una alta alícuota de riesgo. Ahora bien, en esta fase presidida por las rápidas oscilaciones de los beneficios financieros, el interés del accionista es la obtención de resultados muy rápidos, con el apoyo de una coyuntura muy dinámica. De otra parte, paradójicamente, una inversión empresarial en investigación, formación y ecología, acaba desanimándose por la extrema flexibilidad de los mercados laborales, en especial por los más ricos en conocimientos.
Así las cosas, resurge el conflicto que citaban Schumpeter y Veblen entre el empresario innovador y el rentista; pero con la diferencia de que hoy el empresario-mánager puede coincidir con el rentista, cuando (mediante el ejercicio cada vez más extendido de las stock options) aumenta sin ningún género de dudas (también el mánager) la preferencia por la obtención de beneficios inmediatos en los mercados financieros. Por otra parte, las pequeñas empresas --que representan la parte substancial de nuestro “modelo”-- tienen muchas dificultades, sin embargo, a la hora de acumular capitales consistentes para hacer las inversiones con una renta muy diferida. En muchos casos, estamos, de un lado, frente a un verdadero y concreto “fallo del mercado”, pues repropone el papel insustituible de la granempresa, capaz de vincularse a estrategias industriales de amplio respiro; y --en otro orden de cosas-- está la intervención pública, la negociación colectiva y la concertación en el territorio, sobre todo en lo referente a la empresa difusa.
Esta tendencia contradictoria no se debilita sino que se acentúa, si los trabajadores-ahorradores (idealizando las doctrinas del capitalismo popular) orientan sus fondos de inversiones, comprendidos los destinados a garantizar las pensiones contributivas. Estos fondos podrían ayudar a imponer, ciertamente, una mayor democracia y transparencia en las relaciones entre shareholders[4] y management y también con el objetivo de garantizar las más rápidas ganancias a favor del rendimiento de las pensiones, pues este es el cometido de los fondos. De ahí que, junto a la necesidad de códigos éticos para tutelar los más elementales derechos humanos que algunos fondos de inversiones han conseguido promocionar en la empresa multinacional, no se pueda esperar de estos fondos la claridad de miras capaz de invertir masivamente en el factor humano.
La democracia de los stakholders se confronta, por otra parte, con el siguiente desafío: saber conjugar innovación con ocupación y calidad del trabajo, haciendo firme esta conexión en la gestión a medio plazo de la compatibilidad de estos dos objetivos fundamentales. Aunque en esta ocasión no sea mediante la propiedad sino a través de incentivos y víncolos que se pueden introducir en la legislación y en la governance mientras duran las fases de transición que sucede a todo proceso de reestructuración. Esta, en otro sentido, tienen a devenir un esfuerzo cotidiano, en la memdida que las reestructuraciones no son ya eventos excepcionales sino que forman parte de la fisiología de la empresa, de su modo de existir y transformarse.
El mismo Plan Meidner[5] (es necesario recordarlo siempre) no mezclaba nunca el objetivo de conseguir gradualmente la mayoría del capital de la empresa, favorable a los trabajadores, con la necesidad de mantener (especialmente en las discusiones en las multinacionales) un sistema fuerte de democracia industrial, capaz de incidir en la orientación de las inversiones de las empresas para asegurar su coherencia con los intereses de largo periodo de los trabajadores.
La democracia industrial de los stakeholders se confronta, hoy, con la necesidad de hacer frente a dos exigencias fundamentales. De un lado, el restablelcimiento de una conexión, transparente y negociada, entre innovación y organización del trabajo, utilizando todas las potencialidades que ofrecen el uso flexible de las nuevas tecnologías y del mismo trabajo; para ello, es preciso promover el trabajo en grupo, la organización “que aprende”, el gobierno del tiempo, la cualificación del trabajo y la certificación de las capacidades. Y, de otro lado, la redefinición de una estrategia industrial a corto plazo, mediante una concertación que prevea y prevenga las peligrosas fracturas sociales que se puedan derivar de una reestructuración mal gestionada. Previendo, además, los efectos inmediatos y a medio plazo sobre el empleo y programando su redistribución en el territorio; previendo y anticipándose al detgerioro de las más variadas formas de cualificación del trabajo; conjugando, en primer lugar, la flelxibilidad con empleabilidad con movilidad “hacia arriba” (los ascensos) de los trabajadores; vinculando flexibilidad con seguridad.
Para incentivar esta capacidad de previsión y prevención de la concertación en el territorio, bajo las orientaciones del “Libro Verde” de la Comisión ejecutiva de la Unión Europea, se ha puesto en marcha en muchos países una legislación sobre “la responsabilidad social de la empresa”. ¿Por qué no la tenemos nosotros?
Una última cuestión referida a los sujetos de la concertación en el territorio sobre las políticas de innovación y sus repercusiones en el empleo (inmediato y futuro) y a su actitud como representantes de una democracia de los stakeholders. Estamos aquí ante un gran problema de representación y democracia sindical al englobar todas las articulaciones del mercado de trabajo en la concertación. Y está el problema de ampliar la representación de los sujetos, públicos y privados que están objetivamente implicados en una política de programación en el territorio: los sindicatos, las asociaciones impresariales, el mundo de la enseñanza, las instituciones públicas (nacionales y locales), las organizaciones no gubernamentales, las variadas formas del voluntariado y, particularmente, el tercer sector.
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[1] Ensayo publicado por la revista “Argomenti Umani” (7 de julio de 2004)
[2] Los stakeholders son , grosso modo, aquellos grupos o individuos que pueden afectar o ser afectado por el logro de los objetivos de una organización: accionistas, directores, gerentes, empleados, acreedores, cleintes, competidores...
[3] Los stockholoders son los accionistas de una corporación.
[4] Los shareholders son, en este caso, los que han invertido en fondos de pensiones.
[5] El Plan Meidner fue el buque insignia de la socialdemocracia sueca. Su autor fue Rudolf Meidner, lo propueso a mediados de los años setenta y es coocido popularmente como el “modelo sueco”.

martes, junio 27, 2006

TRENTIN: NUEVOS TRABAJOS Y NUEVOS DERECHOS

Pino Ferraris entrevista a Bruno Trentin[1]

Pino Ferraris.-- En su libro, La città del lavoro, defines la política de izquierdas como un diseño de trasformación social, enraizado en las condiciones históricas del trabajo subordinado. De igual modo, me parece que relacionas la crisis de identidad de la izquierda sobre todo con la ruptura de la relación entre política y sociedad del trabajo. E intentas buscar las razones de dicha crisis: no sólo las más inmediatas, que vienen del hundimiento del comunismo o del agotamiento de la experiencia socialdemócrata, sino investigando las causas más lejanas.
La pregunta que te hago se refiere al por qué de esta larga crisis, que tú achacas substancialmente a la total subalternidad de la izquierda en la lógica de fondo del fordismo que hoy tiene una dimensión tan costosa y radical. La realidad actual se encuentra bajo la acción de un doble movimiento: de un lado, por la agitación del sistema político, tras el fin del partido burocrático de masas de tipo michelsiano[2]; y, de otro lado, por una profunda perturbación de la sociedad del trabajo, inmersa en la crisis del fordismo y la aceleración de los radicales procesos de la innovación tecnológica.
¿Por qué estas dos dinámicas que desordenan la política y el trabajo, en vez de generar impulsos capaces de confluir en la búsqueda de una redefinición de la relación entre trabajo y política, parecen divergir hacia la ruptura (o incluso) hasta la desaparición de una idea enraizada en el trabajo subordinado?

Bruno Trentin.- Debemos hace una diferencia entre fenómenos objetivos y hechos culturales. En primer lugar, yo pienso que la crisis de la relación tradicional de la izquierda entre política y sociedad tiene una explicación mucho más lejana. En cierta medida, empieza con lo que se llamó la crisis del marxismo a finales del siglo XIX. La izquierda buscó, de diversas maneras, encontrar una solución al fracaso de la hipótesis -- determinista, podríamos decir-- del salto revolucionario. Es una hipótesis que, en parte, está en Marx, y confiaba en una contradicción “irreversible” que maduraba en la sociedad civil, mediante el empobrecimiento absoluto de las masas trabajadoras y la proletarización de las capas medias, creándose así las condiciones de una ruptura revolucionaria. Esta manera mecanicista de violentar el historicismo marxiano fue una profecía completamente equivocada, y se basaba en un intento de interpretación de las transformaciones de la sociedad civil que se habían dado en la primera gran revolución industrial.
La vía de salida que intentó la izquierda socialdemócrata a principios del siglo XX señaló, sin embargo, una primera separación entre política y sociedad civil porque situó el partido (y no la “clase”) como el nuevo agente histórico, una manera distinta a la de Marx; ni más ni menos que el partido michelsiano en todas sus posibles articulaciones: Lasalle y Kaustky hasta Lenin. En todas estas diferentes versiones del partido de vanguardia, el partido se transforma: de instrumento transitorio de análisis y mediación de las transformaciones de la sociedad civil pasa a ser un agente histórico autónomo, capaz de forzar el curso de la historia, mediante la conquista del Estado, saltándose a la torera las etapas y anticipando un futuro que se consideraba como un dato cierto. Creo que en este “giro”, la influencia de un hombre como Ferdinand Lassalle fue paulatinamente cada vez más importante. Muchos años después, la crítica feroz de Marx en los debates del “bisckmarckismo” de Lassalle, y muchos años después de la muerte de Marx, un gran jurista social como Hans Kelsen, podrá reivindicar, contra Marx, la herencia de Lassalle y construir su teoría del derecho, fundándola sobre un Estado que crea y ordena la sociedad civil.
Esta separación de la política con relación a las vicisitudes del trabajo asalariado madura en años muy lejanos y configura un partido guía e intérprete de la “clase” con todos los nuevos dogmas que consiguientemente se derivan: la división de tareas entre partido y sindicato, la naturaleza fatalmente corporativa y sin salida política posible del conflicto social, el deseo de la aportación prometéica y liberadora que vienen “del exterior”, de la élite política. Allí se inició un camino que ha conducido, de un lado, a una concepción del partido político como entidad autoreferencial y, de otro lado, en definitiva, a un progresivo desinterés de la cultura de la izquierda en los debates sobre la morfología del conflicto social y sus evoluciones.

Ferraris.- Que durante tanto tiempo nos ha pillado desprevenidos...

Trentin.- No es eso. Para muchos se ha convertido en una costumbre la sustitución del análisis de los contenidos específicos del conflicto social por los signos exteriores y las manifestaciones más llamativas del conflicto. Un ejemplo muy elocuente de esta lectura del conflicto social, que incluye las diversas expresiones de las culturas de la izquierda (incluso las más radicales) es la referencia al “movimiento” como palabra simbólica y mítica que debería asumir el carácter antagonista del conflicto social. En el lenguaje de la política, el “movimiento” se ha convertido en una palabra mágica que reasume cualquier tipo de inquietud social, susceptible de ser interpretada e invocada por la “vanguardia política” con la idea de legitimar su propia estrategia, aunque ésta no tenga nada que ver con las razones de dicha inquietud. Lo que me ha sorprendido y escandalizado como sindicalista es que muchos, tras esta palabra mágica (o, con otros términos exorcísticos, la “huelga general”), tienden a legitimar y asumir cualquier tipo de conflicto: desde las huelgas corporativas más miopes a la defensa de los privilegios que dividen a la clase trabajadora, desde las luchas para conseguir derechos universales para los trabajadores a la conquista efectiva de un control efectivo de los tiempos y las condiciones de trabajo. Para los demás, la vara de medir los conflictos sociales ha sido, desde hace muchos años, la cantidad de salario exigida y conseguida. Pero los exegetas del “movimiento” descuidan asuntos de tanta relevancia como, por ejemplo: el incremento del coste del trabajo, los ascensos por antigüedad o el derecho a la seguridad en el trabajo, la reducción del horario efectivo de trabajo o la conquista del derecho a la formación continua.
Ahí se inicia el profundo divorcio cultural entre la política y las transformaciones de la sociedad civil. Lo que cuenta en una cultura política ortodoxa es el malestar como síntoma de una insatisfacción de fondo que, posteriormente, será interpretada por la clase política de manera autoreferencial, pero los contenidos específicos de dicho malestar tienen una importancia totalmente secundaria. Es algo que viene de lejos: pero que hoy se acentúa normalmente en los momentos de reflujo del conflicto social. Por ejemplo, nos referiremos a una época más cercana: tras los años 68, 69 y primeros de los setenta, la autoreferencialidad de la política italiana se caracterizó por formas claras de este tipo de cosas. No por casualidad (incluso en los momentos de reflujo del conflicto social) es cuando se toma nota de que la clase obrera, a través de sus luchas sociales, no lleva al partido de la élite a las puertas del poder; entonces es cuando las formas autoreferenciales de la política, como grupo separado, se convierten en paroxísticas[3].
A mitad de los setenta, por ejemplo, una parte de la izquierda abandona la apología indiscriminada de la jacquerie obrera, antes asumida como el ruiseñor para desestabilizar el sistema[4]. Y, tras dicho abandono, vuelven a descubrir a Schmitt, Hobbes y la autonomía de la política con relación a la sociedad. En esa concepción, es la política quien crea la sociedad. Lo que me sorprende es, por ejemplo, el éxito de los escritos de un estudioso conservador (y bastante mediocre) como Gaetano Mosca que primero fue vilipendiado por la izquierda, dado su ideología favorable a las clases dominantes, y ahora tácitamente recuperado por una amplia parte de la cultura de la izquierda. ¿En qué quedamos? ¿No formamos todos nosotros parte de la “clase dirigente”? ¿No nos hemos convertido, también nosotros, en la “clase política” de Mosca?
¿Cuál es la paradoja? La paradoja es que --a pesar de todas las tendencias que lo ponen de manifiesto-- también en este siglo la sociedad civil ha sido quien ha impuesto también sus propias condiciones a la política y también los contenidos concretos de la política.
Hablamos con mucha frecuencia del fordismo. Pero el fordismo ha sido especialmente una revolución que viene “de abajo”. Es una revolución que ha surgido de la sociedad, de las grandes empresas, y ha plasmado en definitiva una concepción de la política: el “Estado plano”, que ha dominado también una cultura de la izquierda durante cincuenta años. Hoy corremos el riesgo de sufrir una segunda “revolución pasiva” frente a la crisis de las relaciones de trabajo que viene de la crisis del fordismo.
En efecto, existe una transformación del trabajo y una crisis de las viejas identidades del trabajo. Pero, soy de la opinión, que no es, en absoluto, el “fin del trabajo”, ni el fin del trabajo como valor. Más todavía, tal vez el trabajo con su crisis de identidad esté volviendo a conseguir un valor (un valor en el sentido social) como nunca lo tuvo en la historia. Esta transformación del trabajo ha puesto en evidencia las viejas formas de representación. En primer lugar, la del partido de masas, tal como antes se concebía: o sea, el partido que se decía intérprete de una clase, reduciendo esa clase a masa; un partido que prescindía de todas las articulaciones (incluso de las subjetivas) existentes en la sociedad civil y en el mundo del trabajo. Se trata, claro, de una crisis de los partidos; y crisis, también, de las formas de representación del sindicato. Una y otra vienen de la profunda transformación de la sociedad civil que, una vez más, dicta sus propias “leyes”.
Frente a estas transformaciones, la cultura política de los partidos parece reaccionar acelerando un proceso de autodefensa y enroque y, así, se va convirtiendo en la cultura de una capa separada. Y la búsqueda estratégica de las fuerzas políticas parece que, cada vez, está más inserta en esa lógica autoreferencial: la política de alianzas se refiere, hoy, sólo a alianzas de fuerzas preexistentes. “Ir al centro” se convierte curiosamente en la vocación de la izquierda, cuando el centro es siempre el resultado y nunca un punto de partida. El “centro” es siempre el resultado de un conflicto entre fuerzas que se posicionan a la izquierda y a la derecha. Sin embargo, hoy se le ve como un presupuesto real y se afirma que es preciso ocupar el centro antes que otra cosa. Parece una caricatura de la filosofía política.
Todo ello significa que estamos ante un recorrido que separa la cultura política y las trasformaciones de la sociedad civil; pero, se trata de una separación entre culturas. Sí, nos encontramos ante una cultura de una capa política cada vez más separada. Y también hay culturas que nacen en el universo del trabajo, en el mundo de la empresa y en el universo de los trabajadores: son culturas profundamente diversas de aquellas que, sin embargo, dictan todavía las “leyes” a lo que ya se ha convertido en una clase política separada. La dificultad es que las transformaciones de la sociedad nunca son neutras ni unívocas. Y si la izquierda no construye su cultura política en la interpretación y mediación de estas transformaciones, será la extrema derecha quién se hará portavoz de un populismo reaccionario que puede triunfar.

Ferraris.-- Me parece que la izquierda se crea un problema particularmente dramático si no pone en marcha un proceso de búsqueda recíproca entre expresión de las nuevas culturas del trabajo y la naturaleza de la política de izquierdas.

Trentin.-- Absolutamente…

Ferraris.-- Quisiera poner de manifiesto una tesis del “revisionismo” bastante radical de la historia de la izquierda que está presente en tu libro. Cuando hablas de una primera “revolución pasiva” te refieres al hecho que la cultura y la política de la izquierda del siglo XX se han caracterizado por algo así como una competición subalterna con relación al fordismo. En esta subalternidad al fordismo (si lo he comprendido bien) la izquierda, en tu opinión, ha perdido sobre todo sensibilidad cultural hacia el lado de la libertad, poniendo en el centro los problemas de la igualdad.
La “primera revolución pasiva” ha sido la aceptación sustancial por parte de la izquierda de la hegemonía del sistema taylorista-fordista. Creo que se puede decir, hechas algunas excepciones, que la limitación de sindicalismo del siglo XX se caracteriza por una sustancial aceptación de lo que le es extraño y de la rígida subordinación del trabajo obrero, recompensado todo ello con mayores salarios por parte de la empresa y de la seguridad que venía del Estado.
Cierto, no se trata solamente de eso. Pero creo que tu tiendes a poner en evidencia que la lógica compensatoria de las rentas, el salario y el consumo se convierten en una especie de resarcimiento por la pérdida de autonomía, por el hecho de aceptar la heterodirección dentro del trabajo, generando una tensión que opone la igualdad a la libertad.
Quisiera citarte una frase de la Condizione operaia de Simona Weil sobre este tema[5]. “Así como la esclavitud y la libertad son meras ideas y lo que hace sufrir son las cosas, lo particular de la vida cotidiana, donde se refleja la pobreza a la que están condenados, hace mal no en tanto que pobreza sino por la esclavitud... Así como dañan todas las imágenes del bienestar del que están privados, cuando se presentan recordándonos que estamos excluidos, porque dicho bienestar implica también libertad”.
¿Piensas que tales palabras de Simone Weil están desfasadas, y que en una sociedad “no pobre”, pero consumista, los términos de la dialéctica bienestar-libertad e colocan de manera diferente?

Trentin.-- No. No creo que estén desfasadas. Por lo menos, yo no lo entiendo de ese modo. Más todavía, sobre todo hoy, las entiendo como muy verdaderas. Y se confirma por el hecho que, en los momentos más cruciales del conflicto, en la consciencia de los trabajadores asalariados, está el problema del poder y la libertad, por encima de la igualdad. En todos los momentos más agudos del conflicto social, aunque se inicie con una reivindicación salarial, el salario se convierte rápidamente en un elemento secundario respecto a la cuestión emergente de la afirmación del poder, la dignidad y la libertad. Así ocurrió cuando las luchas del Frente Popular en Francia o a finales de los años sesenta y en las grandes ocasiones del conflicto social.
Lo que yo contesto no es esta tensión permanente entre una libertad conculcada y un deseo de igualdad material respecto a un estado de cosas que expresa la esclavitud en las condiciones de vida sino la manera en que la izquierda ha interpretado estas tensiones. La ha interpretado sistematizándola exactamente igual como lo dictaba la cultura de las clases dominantes. Como si la libertad sólo pudiera ser reconquistada en un futuro muy lejano y sólo con el afán de aliviar los sufrimientos para que éstos no se convirtieran en insoportables e “ingobernables”. Yo insisto mucho en mi libro en que los padres de la lógica redistributiva (incluso los padres del welfare) fueron los conservadores ilustrados: las primeras leyes del trabajo en las fábricas nacieron con los tories y no de los whigs, sin olvidar a Bismarck[6].
¿Se trata, tal vez, de algo distinto, respecto a la lógica dominante, aquel slogan de “que el progreso social se corresponda con el progreso económico”, una formulación por la que yo también luché y respecto a la iniciativa de Ford que aumentó los salarios y redujo los horarios cuando, mediante la innovación taylorista, incrementaba vertiginosamente la productividad? ¿Hay algo profundamente innovador con relación a esta ideología del resarcimiento que ponía entre paréntesis los derechos y las libertades en las respuestas de Lenin y Gramsci a la perspectiva taylorista?[7] No. Esta perspectiva es considerada como un destino inevitable y substancialmente deseable. De manera que la lógica del resarcimiento forma parte de la cultura dominante de la izquierda.
Una lógica de resarcimiento acaba, hoy, conduciendo a la derrota, incluso a las batallas por la igualdad, y esto es otro drama. Si miras las luchas sociales y políticas del siglo XX, bajo la silueta de la igualdad de resultados, te encontrarás con un balance de derrotas. No hay dudas: las desigualdades han aumentado, y en el mundo del trabajo lo han hecho, incluso, desmesuradamente. Podríamos hacer unos cálculos muy sencillos: la distancia entre las rentas se han multiplicado, aunque el nivel de vida ha aumentado generalmente. La gran paradoja es que, no obstante, bien o mal, las conquistas de libertad y de poder que deberían haber sido un “medio” provisional se han convertido en un hijo “bastardo” y vital, aunque no programado por las luchas obreras.

Ferraris.-- Cuando hablas de derrotas de una política orientada a la “igualdad de resultados”, si he comprendido bien, Bruno, pones el acento en una igualdad de las oportunidades, construida y ampliada por derechos que liberen a los sujetos de vínculos adscritos en unas condiciones dadas. Y, en ese contexto, revalorizas el protagonismo de la persona. ¿Los derechos, la igualdad de las oportunidades y la persona son la alternativa a una espera ilusoria de una igualdad de resultados estatalista, pasiva y homologadora?

Trentin.-- Igualdad de oportunidades es como decir solidaridad…

Ferraris.-- En mi opinión, la solidaridad significa, en ese caso, también la apertura de espacios donde la persona --no como individuo atomizado sino como sujeto relacionado, como el yo en el nosotros-- encuentra la manera de realizarse a sí misma en un contexto de respeto y reciprocidad con los otros, y esto podría representar una alternativa a delegar en el “resarcimiento” que se espera de las grandes burocracias y de los aparatos, conduciéndola hacia la reconstrucción de un nuevo equilibrio entre igualdad y libertad…

Trentin.-- Me parece muy correcto lo que has dicho y es lo que yo pienso. Es ésta concretamente la lección de este siglo que está a punto de cerrarse. También porque la herencia de esta cultura redistributiva y de resarcimiento nos lleva a descubrir que ella, no sólo ha padecido el aumento de la desigualdad sino que paradójicamente ha contribuido a crear nuevas desigualdades, dadas las transformaciones de la sociedad. Ahora descubrimos que el Estado de bienestar (tal como lo hemos construido) cuya tarea debería haber sido el resarcir a los excluidos, según una lógica abstracta de igualdad y corrigiendo de alguna manera las desigualdades creadas por la distribución de la propiedad de los medios de producción, dicho Estado de bienestar está, sin embargo, creando nuevas desigualdades.
Esto sucede porque opera según una regla que presupone que todos somos iguales ante los riesgos del desempleo, de la enfermedad, de la muerte precoz y sobre todo de la exclusión de los saberes. Y porque opera sólo en el momento final: cuando se producen tales peligros. De esa manera no hace otra cosa que acentuar las desigualdades reales. No es casual que el Estado de bienestar se fundó --y sigue de igual modo-- sobre el principio asegurador, presuponiendo que todos tenemos el mismo riesgo de enfermar, tener un accidente, ir al paro o morir antes de tiempo. Sin embargo, los más desventajados (llamados a paradójicamente a contribuir de manera igual a la protección social de la colectividad) son, incluso, los más perjudicados por estas medidas abstractamente igualitarias que, de ese modo, se transforman en medidas de exclusión.

Ferraris.-- En realidad, el solidarismo mutualista no se basaba sólo en el principio asegurador, pues el cálculo actuarial se casa poco con la solidaridad.

Trentin.-- La verdad es que es muy difícil hacer ese análisis. No es casual que la izquierda (y la italiana en particular) donde este trayecto de divergencia entre sociedad del trabajo y “política” es particularmente pronunciado, imagina ahora una reforma del Estado de bienestar en un sentido puramente asegurador. La construcción de un sistema de pensiones, que pierde ahora referencia, aunque sea mínima, con el tratamiento salarial que se ha tenido durante toda la vida, se convierte en una tragedia. Es el pago de la suma de las cuotas contributivas con independencia de la renta efectiva que se ha percibido, independientemente de si has estado parado o empleado, con independencia de la duración de tu desempleo o de tu empleo precario.
Así, en este aspecto, ya verás como algunos pondrán el problema (dentro de algún tiempo) si no conviene más a los trabajadores de un mercado laboral cada vez más flexible concertar un seguro privado, con una cotización en bolsa que tiene --junto a muchos riesgos-- una mayor posibilidad de garantizar al final un rendimiento de su ahorro un poco superior al que le pudiera corresponder a través del puro y simple cálculo actuarial.

Ferraris.-- Bruno, hablas en tu libro de otra izquierda, que siempre fue minoritaria. Una izquierda que, con relación al proyecto redistributivo, ha subrayado, no obstante, la prioridad de la exigencia de libertad. Me pregunto si este filón, que podríamos denominar socialismo libertario, no tenga hoy mayores puntos de referencia social y más apoyos en una cultura difusa que no en el pasado fordista.
Me explico: en la relación de trabajo (y no sólo ahí) juega siempre un particular declive histórico del binomio vínculo y autonomía, subalternidad y espacios de iniciativa. El trabajo fordista acentuaba en gran medida el momento del vínculo: de la heterodirección y la pasividad del trabajador. Ahora, la crisis del fordismo parece abrir una diversa configuración del binomio vínculo y autonomía, acentuándose el elemento de autonomía con relación en el interior de la dependencia. Pienso en la fábrica integrada donde se exige responsabilidad e iniciativa en el trabajo en medio de una paradoja exigencia de “autonomía de la línea jerárquica”. Pero pienso también en la nueva articulación del mercado laboral, sobre todo el de los jóvenes. Ahí existen elementos muy duros de inseguridad, de riesgo y de regresión. Pero donde también hay momentos de iniciativa y autonomía de los sujetos.
Con la caída de las sociedades tradicionales, el trabajo se convirtió en libre, la libre mercancía-trabajo, los trabajadores se sintieron arruinados por una competición salvaje con enormes riesgos de pobreza; se vieron en medio de de unas condiciones de tal precariedad que pudo hacer pensar que podían implorar a sus antiguos señores la protección que antes tenían los antiguos siervos[8]. Pero, ya que no se puede volver atrás, el movimiento obrero dio una respuesta hacia la libertad liberal, creando la gran operación creativa del asociacionismo: desde los socorros mutuos al sindicato, desde el cooperativismo al partido de masas. Me pregunto, ahora, si la nueva situación con la crisis del fordismo, con su encrucijada entre autonomía y dependencia, entre riesgo y libertad, no sea un terreno ambivalente, lleno de insidias regresivas, pero también abierto a conquistas de nuevas libertades personales y sociales.

Trentin.-- Aquí se vuelve a proponer el problema de la relación “trabajo y libertad”. No hay duda de que puedan reabrirse las espirales de una conquista de nuevos derechos y una batalla por la libertad en la relación de trabajo. Pero con la condición, otra vez, de que la cultura de la izquierda sepa ocupar los espacios que ha abierto la crisis del fordismo, forzando las contradicciones que la acompañan. Lo que está sucediendo ahora --y se verá si se mira bien lo que ocurre en la fábrica integrada-- es lo que sucede en todo el mundo del trabajo asalariado y para subordinado: que está en crisis lo que, en su día, era una íntima coherencia del fordismo. Esto es, un trabajo repetitivo aunque heterodirecto; un trabajo al que no se le exigía responsabilidad alguna: “no penséis, ya lo haremos por vosotros”.
Ahora la crisis del sistema, desde el punto de vista de los sujetos, ha hecho que el trabajo (subordinado o parasubordinado) se cargue con nuevas responsabilidades, pero sin reconocerles a las personas que trabajan los derechos que se generan por tales responsabilidades. Antes, la empresa pensaba en todo, porque no había ni derechos ni responsabilidades; ahora, incluso el trabajador de la cadena de montaje tiene a su cargo unas responsabilidades absolutamente nuevas. Es la producción ágil, y el trabajador no puede, por ejemplo, dejar pasar una pieza defectuosa y enviarla al almacén; tiene que intervenir y solucionarlo, incluso desde el punto de vista cualitativo. Y no hablemos del muchacho con un contrato de colaboración coordinada que tiene bajo sus espaldas toda la responsabilidad de su trabajo y de su tarea, y no dispone de derechos de ninguna clase. No tiene el derecho a discutir sobre su trabajo, no digo ya a decidir sino sólo de discutir. Ni siquiera tiene el derecho de reapropiarse de aquel trozo de conocimientos que le sirven para continuar su trabajo, incluso con otro cliente. Estas personas están en una dramática situación: no están protegidos si se accidentan y han de pagarse de su propio bolsillo un curso de reciclaje. Sin embargo, no intentan perder el espacio por pequeño que sea de su autonomía personal; es más, lo quieren ampliar.
Yo he trabajado mucho en estos sectores. He hecho muchas asambleas y reuniones con estos chavales que trabajan en las editoriales y en la informática, incluso en los campos de carreras y en las discotecas. Si nosotros les dijéramos a estos chicos (como a veces lo hacemos por pereza y dogmatismo) que realmente son subordinados, que les han engañado, que les llaman trabajadores autónomos, pero que no lo son y que deben luchar para ser asalariados… si les dijéramos eso, la respuesta de ellos sería claramente negativa. Lo que impresiona es cuando oigo decir a estos chavales (que tienen tareas poco cualificadas y trabajos pobres): “Nosotros no queremos volver a ser asalariados”. Y atribuyen a su autonomía de decisión una importancia enorme, aunque su trabajo esté lleno de profundas injusticias.
La cultura de la izquierda tiene un enorme retraso en comprender la vertiente de estos problemas: que a mayor responsabilidad del trabajo, deben corresponder nuevos derechos. No estamos todavía en la fórmula de Martelli que tuvo un éxito tan inmerecido en la izquierda italiana: “reconocer los méritos y corresponder a los deseos”. Que implicaba una visión paternalista. Yo juzgo los “méritos”; otra cosa es tu derecho a la cualificación y al conocimiento. Y yo juzgo también los “deseos” y busco, proveer como Estado o empresa “ilustrada” y después Dios dirá.

Ferraris.-- Me parece que cuando se interrumpe un periodo escolar donde ha prevalecido una dura pedagogía del trabajo -- vista como disciplina pasiva y de ejecución ciega-- y se pasa a exigir responsabilidad al trabajo, iniciativa autónoma, capacidad para aprender y responsabilidad, se exige una corresponsabilidad de la subjetividad en el trabajo que inicia un cambio de rumbo. Creo que el punto de la nueva contradicción consiste en que se exige movilizar la subjetividad. Pero es una subjetividad que está, simultáneamente, mutilada en sus valores más profundos e íntimos: una paradójica exigencia de autonomía sin libertad o --como tu afirmas-- una responsabilidad sin derechos.

Trentin.-- La reconquista de una relación con los demás de un dominio (parcial, si se quiere) sobre el propio trabajo y su tiempo concreto y también sobre su vida global: esto es el socialismo.

Ferraris.-- ¿Cómo se relaciona con esta temática su crítica a la idea de la transición?

Trentin.-- Se relaciona en el sentido de que con ella y con la asunción de la historia con un fin predeterminado, se acaba con la legitimación de un permanente envío[9]

Ferraris.-- Paradójicamente en esta estrategia del “envío” se reexpedían aquellos elementos cualitativos que llamaré de “mejoramiento de las libertades” (migliorismo delle libertà) en nombre de una más confortable mejora cuantitativa, economicista.
Quisiera hacerte una última pregunta. En los últimos treinta años, especialmente en los países occidentales, la “cuestión social” parecía que había desaparecido, decían que sólo se trataba de disfunciones sociales que había que revolver técnicamente. La aparición de trastornos y desestabilizaciones en la sociedad del trabajo con nuevos problemas (la ecología, los desequilibrios territoriales, la agresividad tecnológica y el respeto a la vida y a la naturaleza) parece volver a proponer el hilo unificador de una “nueva cuestión social”, mucho más compleja que la “cuestión obrera”. Se acostumbraba a decir que la emancipación de la clase obrera llevaba consigo la emancipación de todos y para todos.
Gnocchi-Viani[10], el fundador de las Camere del Lavoro, tenía una visión mucho más global de la cuestión social, no estrechamente “obrerista” que comprendía el trabajo precario, el subproletariado marginado, los campesinos, los “proletarios de blusa negra”, los trabajadores “improductivos” e, incluso y sobre todo, la gran cuestión de la liberación de la mujer, afirmando sobre esto que debía ser obra de las mismas mujeres. En las Camere del Lavoro había una relación entre ámbitos de trabajo y espacios de vida. Da la impresión que toda esta complejidad de la “cuestión social” se ha perdido y que sería cosa de recuperar. ¿Qué opinas?

Trentin.-- La creación de las Camere del Lavoro ha sido la gran intuición de que las personas se asociaran en torno a diversas cuestiones, comprendidas las cuestiones de género y la diferencia de sexo, la relación de falta de libertad y de opresión. Esto explica la rapidez que tuvo en Italia la formación del sindicato de industria, saltándose las etapas de las corporaciones y oficios. Este es un hecho que debe hacernos reflexionar. En Inglaterra fueron necesarios más de cuarenta años que aquí para fundar la federación de los metalúrgicos.

Ferraris.-- Se debería conservar en Italia un equilibrio entre sindicalismo de ramo y confederalidad territorial…

Trentin.-- Las razones de todo esto se encuentran allí: en el hecho de que las Camere del Lavoro estaba el jornalero del campo que después se convertía en peón de albañil; estaba la mujer que era jornalera o payesa y, a la par, cosía y tejía; estaba el parado que podía hacer de vendedor ambulante. Eso fue lo que puso en crisis el oficio corporativo que existía: el sastre, el calderero…
Los sindicatos de industria nacieron con una enorme rapidez en Italia porque ya existían las Camere del Lavoro. Pero ¿por qué aquí tuvieron un papel tan grande? Porque existía una cultura de la cuestión social donde las personas (y no sólo en sus categorías profesionales) tenían un pleno derecho de ciudadanía. Estaba quien trabajaba, hoy, de buhonero y al día siguiente lo hacía en la construcción, pero tenía una familia numerosa con enfermos en casa y estaba la mutua quien se hacía cargo. Las personas que tenían esos problemas, aquella forma de vida y de trabajo no se asimilaba a otra. Ahí está la gran cultura de la diferencia y de la solidaridad. Que es necesario volver a descubrir.
[1] Publicada en el reciente libro de Bruno Trentin “La libertad viene prima” (Riuniti, 2004)
[2] Se refiere a Robert Michels, sociólogo y politólogo. Tiene una concepción de las organizaciones de carácter verticalista y autoritario. Junto a su amigo Pareto inspiró una buena parte de la ideología mussoliniana.
[3] Y algo más: afirmaron que el sindicalismo y sus luchas no era capaz de ser el granero de votos para el partido-amigo. De es manera se ponía de manifiesto que el objetivo último del conflicto social era servir de almacén electoral, y no la defensa de los intereses del conjunto asalariado.
[4] La jacquerie fue una revuelta campesina en la Francia de 1358.
[5] Pregunto a quien lo sepa: ¿hay traducción al castellano de este libro de la Weil? Parece que Nova Terra lo editó, pero ¿quién sabe dónde estará el fondo de tales libros? En italiano fue publicada por Comunità que se transformó después en Mondadori.
[6] Para mayor abundamiento de lo que expone el autor, véase “La metamorfosis del trabajo asalariado” (Robert Castel), “La democracia industrial” (Beatrice y Sidney Web) y “Ensayos fabianos”, estas dos últimas obras las ha editado el Ministerio de Trabajo.
[7] Ver “Americanismo y fordismo” en Antología de Gramsci, a cargo de Manuel Sacristán.
[8] Ver “La gran transformación”, de Karl Polanyi.
[9] Como se habrá observado, la conversación está alcanzando unos ciertos niveles de abstracción. El “permanente envío” al que se refiere Trentin es al hecho de que no pocas cosas (en la manera de pensar de antaño) re-expedían a la sociedad socialista la solución de determinados problemas. ¿La humanización del trabajo? En el socialismo. ¿La emancipación de la mujer? Lo arreglará la sociedad socialista. ¿El hombre nuevo? La sociedad socialista. Aquí, entre nosotros, también se abusó de ello.
[10] Osvaldo Gnocchi-Viani (1837 – 1917) Licenciado en Derecho. Fundador de las Camera del Lavoro y miembro activo del partido socialista. Destacado publicista y escritor prolífico especialmente en los periódicos obreros y populares. Junto a los llamados socialistas “intransigentes” por su oposición a la guerra del 14 hizo una activa campaña contra el conflicto.

JUAN ORTIZ: Recensión sobre "Canvis i transformacions" de Bruno Trentin


"Canvis i transformacions"
Col·lecció Llibres del CTESC (núm. 6)

A mitjans dels anys 70, un jove comunista, i a més militant de CC.OO tenia com a parada obligatòria la cultura d´esquerres italiana. També a la Universitat. La tradició d´anàlisi de matriu italiana passava per ser el "software" imprescindible per tal de transformar i organitzar les forces socials de progrés. En el camp universitari ho trobem a través de les traduccions i interpretacions de Jordi Solé Tura i la seva recuperació per a la historiografia d´esquerres de Maquiavelo, en la tradició gramsciana. També Manuel Sacristán va fer les seves incursions, i també Francisco Fernández Buey amb Bordiga, etc... Nicolás Sartorius, en aquella edició divulgativa de la Editorial Laia, "Qué es el sindicalisme", ens parlava dels consells de fàbrica i en una institució meravellosa de com es gestiona la majoria i la minoria en la síntesi final: el que Bruno Trentin anomena "el centre", però no d´entrada, sinó de síntesi creativa.La pregunta ara és: Què ha passat perquè la pista italiana hagi desaparegut? Dic això perquè l´empresa i obsessió de José Luis López Bulla és i ha estat aquesta. Aquesta vinculació entre intel·lectuals i sindicalistes la vaig poder tastar en primera persona, com a membre de la Comissió de Formació Sindical de CC.OO de Mataró, quan JLLB em va presentar a tot un tòtem per a mi, Manuel Sacristán. Per a un jove gairebé adolescent va ser un record insubstituïble. Em recordava aquella famosa frase de Marx: la teoria en determinades cruïlles és la locomotora de la història.Com és possible que pensadors de la talla de Bruno Trentin hagin estat ignorats en el nostre sindicalisme i en la nostra esquerra, o almenys no gaire divulgats?... Probablement després de la recuperació de la memòria als morts del franquisme, calgui també revisar els errors de l´esquerra de després de la transició i del bipartidisme imperfecte espanyol. En aquest aspecte estic molt d´acord amb el professor Vicenç Navarro.2. El Socialisme LlibertariLa primera vegada que vaig sentir a dir aquesta expressió va ser a Josep Solé Barberà, advocat i després parlamentari del PSUC, acompanyant jo a un jove i prometedor "cap amb potes", anomenat Salvador Milà, a Calella, a un míting del partit. Em va estranyar aquesta expressió, així com quan ens deia que a ell ningú no li passava per l´esquerra. Ell podia dir-ho, perquè provenia del POUM.... I dic això perquè el que més m´ha sobtat de l´obra recollida de Bruno Trentin, és aquesta centralitat de la llibertat. Combina la triada parisina de la revolució, però dóna primacia a la llibertat, si això és possible. Hi ha una eix que travessa aquesta antologia: Si aspirem a transformar el model capitalista de matriu taylorista, l´instrument més valuós serà el de la llibertat. Trentin dóna la batalla al neoliberalisme en el seu propi territori. Però no ja en el sentit de l´individualisme possessiu made en Hobbes i Mandeville, sinó en el de la creativitat i la humanització. Els Manuscrits de París de Marx són revitalitzats i actualitzats en una conjuntura realment difícil per a l´esquerra i el sindicalisme confederal. La centralitat de la llibertat i la centralitat del treball, ambdós aspectes units. Perquè si el segle XX ha donat una lliçó, a banda de les carnisseries, ha estat el de posar com a prioritat la individualitat com a valor absolut en el seu reconeixement innegociable.3. Per què és millor per les persones ser lliures que no ser-ne?Sembla de perogrullo, oi! Aquesta pregunta és un "remake" de la famosa frase de Sòcrates a "la República" de Plató: "per què per a un home sempre és millor ser just que injust?"Finalment, per deformació professional, no he pogut resistir la temptació de fer una lleu comparació amb "La República", un dels grans llibres d´ètica i política de la cultura occidental. "La República" tracta de la justícia i de l´educació. I es tracta d´això en un moment en plena "globalització" d´aquella època i d´aquell racó de la Mediterrània, del pas de la polis a la posterior cosmòpolis alexandrina. En aquest diàleg, Plató que utilitza a Sòcrates com a protagonista, aplega amics i familiars, homes d´elevat estatus social d´Atenes, i a un sofista, Trasímac, retratat desfavorablement. Trasímac, un sofista sense escrúpols, al que podríem comparar si fa no fa, amb un neoliberal amant de la competència a tot preu, ens diu, "Just és allò que redunda en l´interès del partit més poderós. El governant, el partit més poderós, fa les lleis en busca dels seus propis interessos; en canvi, per als seus súbdits, el partit més dèbil, allò just és obeir aquestes lleis". Però Sòcrates demostra amb facilitat que la funció d´un governant no consisteix en servir els seus interessos particulars, sinó els del poble al que governa. De la mateixa forma que la funció pròpia d´un metge és guarir els seus pacients, tot i que cobri un salari per fer-ho. El propòsit de governar és governar, és a dir, vetllar pel benestar dels súbdits..Sòcrates creu que la Justícia és bona de la mateixa forma que el coneixement i la salut són bons. Però Glaucó, germà de Plató, diu que molts discreparan d´això i afirmarien que la justícia és bona només de la mateixa manera en que ho són les coses com ara el treball dur i el tractament mèdic, és a dir, com a instruments per assolir un objectiu.És a dir, Sòcrates/Plató creu que existeixen els valors absoluts enfront dels sofistes, que consideren que els valors són relatius i són només instruments per aconseguir alguna cosa, una finalitat, uns beneficis privats.I això m´ha fet recordar Bruno Trentin. Tinc la impressió que BT ens està dient que l´autonomia del pensament transformador passa per no ser subalterns de la retòrica i pràctiques neoliberals, i també tinc la impressió que això passa per l´ancoratge en determinats valors, valors ètics absoluts, que no poden ser negociables: la individualitat de la persona, de la seva llibertat, la humanització del treball que dóna sentit a la nostra vida. No hi haurà alleugeriment de les injustícies del ser humà sinó hi ha llibertat. La llibertat com a via per aconseguir més cotes d´igualtat i solidaritat. Aquesta és l´autèntica deconstrucció del discurs neoliberal. Aquesta és la revolució copernicana que he trobat en Bruno Trentin. No es pot comparar amb aquella frase atribuïda a Fernando de los Ríos en visitar Lenin, "Libertad para qué?" que tant li va decebre del líder bolxevic. Ni tampoc davant la grollera afirmació del populista Felipe González: "Liberatd para ser libres". La llibertat en sí mateixa és un valor a preservar, abans que res. Com el Sòcrates/Plató, que creu que la Justícia és un fi en si mateix, basat en el coneixement del Bé (els interessos dels súbdits) de "la República", perquè, atesa la nova naturalesa del treball, insubstituïble, pot trencar amb el corsé taylorista de la discrecionalitat, i de la subsidiarietat. En d´altres temps diríem l´esclavitud del treball, tal com analitzà Marx en els Manuscrits de l´alienació. Per tant, el discurs de B.T. és un discurs i una proposta universalista, per a la humanitat, en el sentit més kantià del terme.Perquè el discurs de la igualtat, una igualtat amputada, de la reivindicació centrada en el salari, ens ha portat a la descomposició i la disgregació perquè els empresaris han trobat la manera per trencar la solidaritat. La llibertat no és de dretes ni la igualtat és d´esquerres; podríem dir que la llibertat ens pot emancipar més que no pas el discurs sobre la igualtat centrat en l´economicisme, centrat en la monetarització del treball.Llibertat + Coneixement = Igualtat + solidaritat. = Humanització.4. El sentit de la vida. L´areté anthropine socràticaContinuant amb el mateix fil conductor de l´apartat anterior, voldria trobar també un complement al que he dit abans sobre els valors ètics absoluts dels qual el sindicat ha de ser portador. Diuen els estudiosos que hi ha una connexió entre el vell Sòcrates atenès, tàvec inquisitiu i provocador de la democràcia de partits corruptes a l´Atenes en vigílies de la seva derrota amb Esparta, i el cristianisme. Tenen com a nexe d´unió la noció de virtut, que en grec antic es deia "areté". El nom areté té una història llarga que va mudant de pell a mida que passem d´una hegemonia aristocràtica, de la noblesa militarista, a la democràtica, dels oficis, dels artesans atenesos. En un principi consistia en aquella excel·lència que només és a l´abast dels ben nascuts "aristos", s´assoleix per naixement, per sang, per herència familiar. Més endavant passa a designar l´habilitat que es té en una determinada professió o ofici. I l´ofici més valuós en una democràcia és la techné de l´assemblea, la retòrica per persuadir i guanyar les majories en les decisions legislatives i de govern. Però en Sòcrates el terme areté pren un gir "humanitzador", podríem dir universal i igualitari, que si no s´interpreta de forma conservadora i reaccionària (com va fer el seu deixeble Plató), pot valer a tall del que ens planteja Bruno Trentin. És l´"areté anthropine", és a dir, la virtut humana, l´habilitat per a la vida, el sentit per a la vida. Només exercirem bé l´ofici de viure si sabem en què consisteix, quin sentit té la nostra vida. En BT trobem expressions continuades d´humanització del treball, de temps de vida, tot recollint la tradició de les 8 hores, temps per treballar, temps per formar-te, temps per descansar... El sentit socràtic és gairebé religiós. I BT ho adapta en sentit absolut: la llibertat per decidir de les persones, allò que han de fer en el seu temps, fora de la discrecionalitat del patró, aquella porositat que abans sí que es podria donar en les fàbriques fordistes, però que en el capitalisme flexible ja no és possible. La llibertat, la llibertat abans que res, fins i tot per decidir sobre la nostra infelicitat.5. Temps de treball, temps de vidaLa relació entre temps de treball i temps de vida, de conquesta d´identitat és present i ha estat present en molts productes, des de la cançó fins a al setè art. La meravellosa "Amanda" de Víctor Jara i la més emotiva per a mi adaptació de Raimon, n´és una mostra. L´amor, entre ell i ella, els cinc minuts de descans de la fàbrica per enamorar-se i sentir la joia de la felicitat, etc... A la pel·lícula "Princesas" a la que auguro èxits, la protagonista, prostituta, calibra la felicitat en tant que hi hagi algú que et vingui a recollir a la porta de la "feina".... En fi, el treball com a complement i acompanyant de la vida amb els altres, amb la família, amb els teus, ha estat i és un tema recurrent. Les aportacions de B.T. em fan recordar i encaixar els resultats d´un treball de recerca d´una alumna de segon de Batxillerat, Laura P.,del qual vaig fer un seguiment a distància . L´objecte d´aquest treball era analitzar les vivències respecte del sindicat i del sindicalisme de dues generacions, la veterana que ronda els 50 anys i la dels joves, entre 20 i 30 anys. Les conclusions a les que arriba, després d´haver enregistrat més d´una vintena d´entrevistes de gent veterana i jove, era força desalentadora, però també alliçonadora de com cada generació viu o ha viscut el fet sindical i també de les relacions laborals en l´empresa. La generació que rondava els cinquanta té un record gairebé idíl·lic de l´empresa, la relació amb els companys, la relació i adhesió al sindicat; probablement, podríem dir, les evocacions a la seva joventut sempre són agradables. Bé, però el cas, és que en relació a la situació actual -no companyerisme, individualisme ferotge, sentiment d´abandó per part dels sindicats, etc...- els records són positius, i podríem dir que "feliços" si se´m permet la ingenuïtat. Val a dir que molts treballadors d´aquesta generació i del tèxtil han canviat d´empresa, o bé són autònoms, o bé han canviat de feina. La generació jove té un registre molt diferent i ja no té aquells records de l´empresa diguem-ne "fordista". No hi ha un espai emocional per a l´empresa en el sentit que he esmentat abans.Quan li vaig referir aquestes dades a un mestre meu, el coordinador de CC.OO del Maresme, em confirmà aquest punt de vista. Ell rememorava que en una empresa tèxtil de Mataró, Can Torrellas, que als inicis dels setanta comptava amb centenars de treballadors, hi havia gent que en l´empresa va conèixer la seva parella, i no eren casos aïllats, que en determinades dates es celebrava dins l´empresa, amb els seus rituals gremials, festes i aniversaris; que en sortir de la fàbrica anaven a ballar o quedaven per al cap de setmana. És a dir, l´empresa era l´eix on es vertebrava un conjunt de relacions socials del que seria més endavant l´ecosistema afectiu de moltes persones. Amb Bruno Trentin m´he sentit identificat amb aquestes percepcions subjectives que, al cap i a la fi, són les que determinen i donen sentit a la nostra existència. Quan parla de porositat en la feina, de temps de vida, també en la feina, jo he entès en part això. Com a addicte a la televisió he pogut analitzar de forma amateur, com és un discurs recurrent que impregna implícitament moltes sèries de ficció, sobretot les professions "públiques": policies, metges, advocats o periodistes. Si comparem les sèries de matriu nordamericana, veurem com els policies, metges o periodistes gairebé estan absorbits per la feina, estressats, no tenen gaire vida familiar. Si ho comparem amb la vida dels protagonistes de sèries franceses, per exemple, no succeeix això. Passa el mateix amb la novel·la negra europea de matriu llatina: Els Izzo, Camillieri, Markaris, Leon, creen personatges on hi ha aquesta interrelació entre ecosistema relacional familiar, d´amics, d´aficions, paral·lelament al de la feina: no són realitats excloents. En canvi, Mankell, Rankin, etc ancoren els seus personatges en un pou de dedicació obsessiva realment malaltissa. El treball que acompanya o el treball que anul·la.

*Juan Ortiz és professor d´Història de l´Institut Damià Campeny (Mataró)







BRUNO TRENTIN: CON LOS ESTUDIANTES DEL INSTITUTO SOCRATES DE ROMA

Traducción. José Luis López Bulla



Trentin.- Me llamo Bruno Trentin. He trabajado toda mi vida en el sindicato. Gracias a ello he tenido la posibilidad de participar en innumerables luchas contra la injusticia, no sólo en Italia sino en todo el mundo a través de mi relación con los sindicatos europeos y los del llamado Tercer Mundo. Quizás por eso tengo algo que decir en este coloquio sobre lo Justo y lo Injusto. Pero antes de empezar nuestra conversación, vamos a ver este pequeño reportaje que nos han preparado los organizadores de este encuentro.

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Una voz.-- Los más ambiciosos son los franceses y los americanos que, en sus respectivas Constituciones, han sancionado el derecho de todos los ciudadanos a la felicidad. La observación es un poco genérica, ya que garantizar la felicidad es algo muy complicado. Con todo, las modernas democracias establecen (además de las libertades individuales de opinión, fe religiosa, prensa y asociación) una serie de derechos que, como la felicidad, tienen mucho que ver con los derechos sociales, es decir, la garantía de las condiciones esenciales para el desarrollo personal y la plena valoración del individuo.
Pero muchas de estas garantías sólo están sobre el papel. Piénsese, por ejemplo, en el derecho al trabajo, en el derecho a la salud, en el derecho a la enseñanza… La respuesta a estos problemas está en una diferente distribución de los recursos. Habrá que hacerla de tal manera que favorezca el desarrollo y con el ánimo de superar las brechas entre las personas y entre las zonas geográficas…

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Una muchacha. Buenos días. El filósofo Paul Ricoeur habla de propiedad privada y de una justicia que no considera la igualdad de todos los ciudadanos. Pero que, digamos, está en relación a cuánto se tiene y a lo que se es en la sociedad. Querría saber cuál es el límite entre justicia, digamos “proporcional” (entre comillas, ¿eh?) y justicia social.

Trentin. Bien. En el origen de la injusticia --que surge de una diferente distribución de la propiedad-- encontraremos siempre un problema de poder y de libertad. Por otra parte, la propiedad no nació mediante un contrato social o a través de un acuerdo. Surgió cuando los primeros se apropiaron de ella. Así es que el sistema de la propiedad tuvo desde sus orígenes una relación de autoridad: entre quienes detentaban el poder y sus instrumentos (por ejemplo, las armas) y los que estaban excluidos. Sin estas relaciones entre los que tienen el poder y los de abajo, los sistemas sociales, basados en la injusticia, no habrían podido convertirse en estas formas intolerables. Por eso, yo insisto mucho en ese elemento. En el origen de las desigualdades más horribles siempre ha habido un problema: la negación de la libertad a las personas que han sido excluidas del reparto de los recursos. Y ello ha sido muchas veces mediante el uso de la fuerza, negándoseles el derecho a la palabra, a organizarse y a asociarse, como formas de hacer valer las razones propias.

Muchacha. Digamos, entonces, que, mientras tanto, la diferencia social está de justificada de alguna manera. Es decir, en el sentido de ser una consecuencia, pero al mismo tiempo las diferencias sociales determinan la injusticia. ¿Es eso?

Trentin. La injusticia social viene siempre --cuando resulta intolerable y se convierte en permanente-- de la limitación de los derechos de las personas excluidas. Esta es la cuestión esencial. Sin estas limitaciones, con la fuerza, con las leyes a menudo equivocadas y, por tanto, injustas y sin estas limitaciones, no existirían en el mundo estas enormes desigualdades.

Muchacho. ¿Pero usted no cree que establecer a toda costa una igualdad entre todos los hombres --que efectivamente no existe-- pueda limitar, sin embargo, la libertad de los hombres?

Trentin. ¡Eh! El problema no está en construir una igualdad en el sentido de que todos tengan la misma renta o las mismas condiciones de vida. Ello es el resultado de capacidades diferentes y profesiones distintas. Y es justo que sean reconocidas estas diversidades. El problema no consiste en restablecer continuamente ¿cómo lo diría? una igualdad a pesar de la renta, sino en asegurar a todos los misma oportunidad de expresarse, de auto-realizarse y de acceso al conocimiento.
Explicaré dos ejemplos. Uno es el de los brioches en Francia, que son algo parecidos a los cruasanes; justo en el inicio de la Revolución francesa se hicieron las primeras manifestaciones del pueblo ante el Palacio de Versalles; la gente gritaba ¡pan!, pero exigiendo pan, estaba pidiendo los derechos de libertad, a no ser vejado, a no ser tratado injustamente y, así pues, disponer de las mínimas posibilidades de vida. La Reina de Francia respondió: “Bah, ¿qué piden esos? ¿Pan? Que les den brioches”. Toda una frase simbólica. El otro ejemplo es el de las ataduras. Como esa gente pedía pan, lo que realmente exigía era la posibilidad de hacer sentir su propia voz, de existir, de tener su propio peso… Y de allí nació… de aquellos movimientos nació la Revolución francesa. Eran las ataduras las que impedían que se tuviera pan. Esto lo encontramos, también hoy, en todas las partes del mundo.
Allá donde existe mayor miseria e injusticia, nos encontramos con la negación de la libertad. Libertad no es sólo poder pasear por la calle sin que intervenga la policía. La libertad es tener los mínimos instrumentos para poder conocer, estudiar y expresarse. La libertad quiere decir, hoy, poder usar el ordenador y superar el riesgo de un nuevo analfabetismo. La libertad es una gran batalla, muy difícil… pero es la batalla decisiva. Y no se puede contestar ahora con aquello de “que les den brioches”. Aunque hoy responderían: “Que les den una indemnización”. Pero esto no resuelve el problema de fondo.

Una joven. Disculpe, ¿dar las mismas oportunidades “de salida” no querría decir ofrecer unos dineros a quienes no lo tienen para poder crear una situación de igualdad, dando a todos la oportunidad de emerger? Pero, en la práctica ¿qué quiere decir eso, visto que ahora existe la desigualdad de hecho?

Trentin. Bien, no quiere decir dar dineros a todos de manera igual. Quiere decir en algunos casos, también, dar medios materiales, Porque es justo que así sea allá donde hay un problema de supervivencia; ya que donde no hay oportunidades posibles, uno se muere de hambre. En algunos casos sucede, pero sobre todo quiere decir que se ofrezca a todos los servicios que la comunidad tiene el deber de dar. Por ejemplo, la primera cosa es la información. Yo aconsejo el libro La libertad individual como esfuerzo social, de Amartya Sun. Este señor es profesor de universidades inglesas y americanas. En dicho libro se citan los casos más estridentes de carestía, tanto en India como en la China. Faltaban los sistemas de comunicación. Y en muchas ocasiones faltaban porque había un régimen opresivo que impedía que se conociera la existencia de una carestía en una zona concreta. Vamos, que habían inmensos recursos alimentarios a cincuenta kilómetros de donde la gente se moría de hambre.
Hoy existe una separación en el mundo entre la gente que todavía es analfabeta y la que usa el ordenador. Ello quiere decir que quien sigue siendo analfabeto tiene un…, tiene un hándicap insuperable para poder realizarse personalmente, porque no ha tenido los medios “de partida” ni las mismas oportunidades desde niño, mientras que en otros países dialogan a través de internet. Esto es una injusticia mucho más grande que calcular en dinero la diferencia de rentas entre unos y otros. Porque cuando a una persona se le niega estos medios elementales, no tiene ninguna posibilidad de auto-realizarse y de salir de su estado de miseria. Y lo mismo vale para los derechos fundamentales de las personas que están represaliadas en aquellos países donde existe mayor miseria. Los derechos de asociación y de expresión, de palabra y de huelga --negados en no pocos lugares-- son los primeros medios esenciales para poder expresarse y combatir la injusticia.
Como decía al principio, están las relaciones de propiedad, hay diversas fuentes de riqueza. Pero siempre en el origen hay una relación de poder: de ahí que acaparo determinados recursos y te impido que hagas valer tus derechos. La primera batalla contra la injusticia no es garantizar a todos la felicidad, sino iguales derechos para conseguir lo que cada cual entiende que es su idea de felicidad. Cada cual tiene su propia idea de qué entiende por felicidad, pero debemos tener los mismos derechos para poder perseguirla.

Una joven. Vale… pero ¿qué debemos hacer para llenar esas lagunas? Me refiero en términos prácticos a qué debemos hacer en una situación cuyo desnivel está presente para dar una oportunidad a quien está completamente excluido de la sociedad aquí entre nosotros. Porque no hay necesidad de ir a la India… Aquí --donde están garantizadas las libertades fundamentales-- hay individuos completamente marginados…

Trentin. Pero no se trata de nivelar; siempre insisto en ello.

La misma joven. ¿Pero de dónde se parte?

Trentin. No. Se trata de saber de qué manera se reconstruye la igualdad de oportunidades. Aunque si una persona tiene hambre no hay más remedio que ayudarla, no tengo dudas sobre ello. Si uno tiene hambre, evidentemente no tiene deseo de estudiar y conocer.
Y esto ¿que tiene que ver con nuestro país? Quiere decir que es necesario invertir en la enseñanza y en la formación. Es decir, que se deben poner los recursos para permitir a la gente el acceso a un empleo, al trabajo que ofrece unas posibilidades de auto-realización. Yo no tengo nada contra los chavales que, al principio, van a trabajar a un Mac Donald, siempre y cuando esta sea una etapa que pueda ayudarle a ir adelante en la vida y pueda hacer un trabajo que le proporcione una cierta auto-realización.
Entonces… esto quiere decir que hay que dar la posibilidad (no sólo a los jóvenes) de estudiar; de estudiar, prepararse y ponerse al día durante toda la vida. De modo que concentrar los recursos de un país en esta dirección es ya una opción política muy, pero que muy importante. Y conviene garantizar de verdad la igualdad de derechos: el derecho al trabajo. Si no existe igualdad de oportunidades, la cosa se convierte en una tomadura de pelo. Haya que ver la cantidad de veces que nos encontramos con que, para ocupar un puesto en la administración pública, en una industria privada o en la actividad comercial, existen pocas ofertas de empleo que, finalmente, son cubiertas mediante “enchufe” u otras formas de nepotismo. Y también son los padres los que intentan colocar a sus hijos en la misma empresa, excluyendo a otro chaval que tiene los mismos derechos de partida. Así pues, en el acceso al trabajo hay grandes desigualdades que se derivan de una violación de la igualdad de derechos.
De la misma forma, la gran desigualdad de este siglo (de este fin de siglo y del futuro) está --no me importa repetirlo-- en el divorcio entre quien puede estar informado y quien no; entre quien tiene el conocimiento y puede dialogar por internet y quien, sin embargo, no sabe todavía leer ni escribir. De modo que invertir en esa dirección es fundamental para garantizar a todos la posibilidad de hablar y expresarse, de tener voz propia. O sea, lo que es fundamental para ser un ciudadano activo.

Un joven. Pues, me parece que, en estos últimos años, el papel del sindicato, como organización para llevar adelante estos derechos, ha sido un poco efímero con relación a los puestos de trabajo en la administración pública. Lo digo porque mis padres han estado siempre afiliados al sindicato, y han tenido últimamente varias desilusiones, incluso en la manera de interpretar estos derechos en el interior de tales puestos de trabajo. Me parece que al sindicato le falta esto: que falla en su principal cometido, precisamente en el momento en que es más necesario. ¿El mundo del trabajo cómo podría salir de esta crisis?

Trentin. Como dijo aquel: nadie es perfecto. No hay duda de que el sindicato tiene mucha culpa y mucha responsabilidad porque el mundo cambia de prisa y las tendencias de todas las organizaciones es un poco a la conservación de lo existente. Por ejemplo, la figura tradicional que defendía el sindicato era el obrero de fábrica, aquel que tenía la posibilidad de trabajar toda su vida; pues bien, esta figura se está reduciendo y se empequeñecerá cada vez más: se convertirá paulatinamente en un grupo mucho más restringido. Ahora, el mundo está lleno de gente que trabaja, incluso con periodos mucho más breves, y está expuesto a movilidades salvajes sin controles, de jóvenes en paro que querrían un trabajo correspondiente a sus aspiraciones, no un trabajo cualquiera.
Bueno. El sindicato tiene muchas dificultades en conocer estas nuevas realidades e, incluso, en lograr las formas de solidaridad entre todas estas figuras; por ejemplo, entre un joven que trabaja a part-time para poder pagarse los estudios y uno que sigue siendo un obrero a la vieja usanza o un empleado de la administración pública que ve que ya no tiene seguro su puesto de trabajo para toda su vida. Hay que encontrar los puntos comunes entre todos ellos. Hay que impedir, además, que se desencadene el peligro, en todos los países avanzados, de una guerra entre quien tiene y quien no tiene, donde se defienden las posiciones de los más fuertes en perjuicio de los más débiles. Es muy complicado. De verdad no lo digo como excusa. Pero creo que el sindicato tiene grandes responsabilidades en este retraso, en la comprensión de que ha cambiado el mundo, y que se debe representar a todos, también a los parados. Y de encontrar un terreno común.
Ahora bien, ¿el terreno común puede ser el de unos aumentos salariales, iguales para todos, como podía ser hace veinte o treinta años? No. No creo que nadie lucharía por un objetivo de esa naturaleza. La razón es que un investigador, un funcionario de la administración pública y un chico que trabaja en una empresa de limpieza tienen diferencias muy profundas; son realidades bien diferentes y, a menudo, tienen distintos contratos. En esas condiciones, nadie se reconocería en una reivindicación como la de los aumentos salariales, iguales para todos. Pero sí que compartirían la reivindicación de la conquista de la igualdad de derechos. A partir de aquí podría encontrarse el camino de la solidaridad que hoy tiene el peligro de disgregarse.

Una chica. Disculpe: ¿no cree usted que en este momento vamos en una dirección opuesta? Quiero decir… todo esto de hablar de…, de flexibilidad, también de ese trabajo precario que continúa existiendo… ¿No cree usted que, en cierta forma, nos estamos alejando de cosas muy… muy concretas para garantizar la igualdad de derechos? Y, también, quiero hacerle una segunda pregunta: los países desarrollados tienden a seguir generalmente el modelo norteamericano, donde los servicios sociales no están garantizados para todos… ¿Piensa usted que es peligrosa esa forma de querer modernizarse, siguiendo el modelo estadounidense?

Trentin. Tengo la impresión que, aunque hay fuerzas que empujan en esa dirección, ni en Italia ni en Europa estamos yendo hacia el modelo norteamericano. Tenemos nuestra tradición, una historia diferente que no abandonarán los movimientos sociales y los sindicatos, ni tampoco los actuales gobiernos europeos. También porque --usted hablaba de la asistencia sanitaria, por ejemplo-- en el caso americano no todo hay que tirarlo por la ventana, aunque ciertamente allí tenemos un ejemplo clarísimo de lo que significa eliminar el Estado de bienestar.
En los Estados Unidos, la asistencia sanitaria está enteramente privatizada. Hay, sin embargo, ciertas excepciones: algunos hospitales que pertenecen, por lo general, al Ejército y la Marina y a la Aviación. Pero millones de americanos están excluidos de una asistencia sanitaria, digna de ese nombre. La asistencia sanitaria privatizada cuesta allí proporcionalmente el doble de lo que cuesta aquí, y ofrece resultados absolutamente deplorables. Este es un camino ruinoso desde el punto de vista económico, desde el punto de vista de la justicia social y desde la más elemental eficiencia. En América, las ambulancias privadas se hacen la competencia en las carreteras para recoger a los heridos; cuando te llevan al hospital concertado con las ambulancias, te piden que pagues allí mismo: si no lo haces, te dejan a la buena de Dios. Esto lo hacen antes de que te curen. En el caso europeo no se trata de seguir la vía americana; el problema es garantizar a todos la igualdad de derechos.
Usted se refería al trabajo precario y a la flexibilidad. Pues bien, una parte de la flexibilidad o de la movilidad del trabajo es prácticamente inevitable. Y ahora mismo explicaré por qué. Porque las nuevas tecnologías --las informáticas y las de telecomunicaciones, que se mueven con una extrema rapidez y que renuevan constantemente las profesiones, los conocimientos--se renuevan y envejecen con una velocidad extrema. Hoy, un programador informático si no se pone al día, se arriesga a perder el empleo y, al salir del mercado de trabajo, no le queda otro remedio que hacerse autónomo. Así las cosas, una determinada flexibilidad está en la naturaleza de las cosas en este mundo de las nuevas tecnologías.
¿Cuál es el gran problema? En que no existen reglas; en que no hay nuevos derechos que puedan garantizar la protección de estas personas ante estos cambios constantes, construyendo contrapartidas auténticas a esta movilidad a la que están sometidos. ¿De qué contrapartidas se trata? De adquirir continuamente conocimientos que permitan permanecer en el mercado laboral, encontrar un empleo, ir para adelante y no retroceder. Este es el gran problema. O sea: transformar el trabajo precario, los contratos precarios en unos contratos que tengan garantías de encontrar una recolocación en mejores condiciones.

Un estudiante. Perdone, pero en la Constitución italiana se garantiza en potencia a todo ciudadano el derecho de tener las mismas oportunidades. ¿Por qué no se respeta de hecho?

Trentin. No se respeta porque ningún derecho escrito será respetado si no existe acción y la lucha colectiva para conquistar los recursos que permiten respetar lo que expresa un derecho. Lo que describe la Constitución es una ley, y yo pienso que es muy importante afirmar ese principio. Pero su realización implica la lucha cotidiana.

Otro estudiante. Pero… ¿cómo es posible que, después de cincuenta años, no se ha pasado del dicho al hecho?

Trentin. Bueno, bueno… En cincuenta años se han dado pasos adelante. Y no pequeños, y no pequeños. Y mucho queda por hacer, y ello también porque el ese periodo de tiempo el mundo ha cambiado y disponer de las mismas oportunidades, hoy, no representa las mismas cosas de hace veinte o treinta años cuando se redactó la Constitución. Ahora, tener las mismas oportunidades quiere decir superar la barrera del nuevo analfabetismo: el no poder usar los modernos medios de comunicación, diálogo y relación que ofrece la informática. Uno que no… uno que no… que no tiene estas posibilidades se encuentra fuera de grandes oportunidades. Es una batalla de…, de todos los días. Esta es la historia de la humanidad: afirmar los derechos y luchar para hacer efectivos tales derechos.

Una chica. Quisiera plantearle una pregunta. ¿Cómo justifica, entonces, el hecho de que el gobierno quiera financiar la escuela privada en detrimento de la enseñanza pública que, como hemos visto en el reportaje (y es cosa que sabemos todos) tiene tantas deficiencias? ¿Qué piensa de esa situación?

Trentin. Es preciso ver antes qué se quiere decir. Si estamos ante una financiación de la enseñanza privada, prohibida por la Constitución, o si se trata de garantizar a todos los jóvenes que van a la escuela algunos derechos mínimos iguales para todos. Por ejemplo, la adquisición de libros de texto que, en todo caso --también e independientemente de este problema de la relación entre escuela privada y escuela pública-- en mi opinión se trata de un problema de iguales derechos. Por ejemplo, no es posible que la escuela pública reconozca un mínimo de pluralismo de ideas y cultura a los docentes y a los estudiantes y que, en algunas escuelas privadas, un enseñante que expresa una tesis sobre religión o de otras materias (aunque sea discutible) sea expulsado a la calle; o que un profesor que quiere divorciarse sea despedido del puesto de trabajo. Alto ahí: estamos ante una disparidad de derechos que, pienso, no puede tolerar un estado de derecho. Pero, más en general, esta es la respuesta que se nos da: la escuela se encuentra todavía en un estado desastroso porque durante muchos años se pensó que servía para enjuagar a los jóvenes sin empleo. Se trata de una forma moderna que se parece un poco a los brioches de Maria Antonieta. En vez de concentrar todos los recursos, o los principales recursos, hacia la enseñanza y la formación, dando la posibilidad a todos de poder expresarse y conquistar un puesto de trabajo.
En Europa son un millón doscientos mil puestos de trabajo sin cubrir en los campos de la informática y las telecomunicaciones. Esto es ya una señal del fracaso de la enseñanza. Bien, hay que invertir los recursos en la dirección de impedir que uno encuentre un empleo para que no ocurra que después de uno, dos o tres años vea que ese trabajo se ha esfumado porque no ha tenido la posibilidad de ponerse al día.
Ustedes son muy jóvenes, pero yo me preocupo también de los cuarentones. Quien tiene cuarenta y cinco años se encuentra con un cambio tecnológico, se encuentra estupefacto ante un aparato que no ha usado nunca. Ello afecta al trabajo, pero comporta el peligro de un desempleo sin retorno. ¿Eh? Veamos, salvo pocas excepciones, un cuarentón no cambia de vida. ¡Vamos!, que no se pone a estudiar y a prepararse.

Una joven Lo que yo quería decir es que, a pesar de ser cierto que la enseñanza tiene necesidad de notables transformaciones, no todo se puede hacer desde ella. Porque en el momento en que yo acabe una escuela superior o una futura universidad, en el instante en que empiece a trabajar--y necesite estar en vanguardia, yendo al paso de la tecnología-- también la sociedad (en todo lo referente al trabajo) debe incentivar la mejora de esta sociedad. O sea, que esta mejora incumbe más o menos a la escuela y al campo del trabajo.

Trentin. Claro que sí. Pero, primero, tenemos que aclarar qué quiere decir eso de la escuela. La escuela no puede querer decir solamente un edificio como el de la enseñanza pública. No puede equivaler a lo que son los institutos técnicos profesionales, donde se registra, incluso en los mejores, un gran retraso; un retraso que viene por los motivos que recordaba anteriormente: la rapidísima innovación de las tecnologías, un gran retraso en los conocimientos y saberes que maduran en el centro de trabajo. A veces se trata de un retraso o desfase de unos cinco años entre quien enseña en la escuela y los saberes, el saber hacer, que se precisa en el centro de trabajo.
Yo imagino, entonces, una política de la formación capaz de construir nuevas relaciones entre la escuela y la vida real. Por ejemplo, antes de hacer la entrega de diplomas podría se pensar en un paso previo, un stage en un puesto de trabajo: de este modo se construyen no sólo títulos sino aptitudes. Un razonamiento que también vale para el profesorado. Creo que los docentes deberían tener la obligación --y no sólo la posibilidad-- de reciclarse, de aprender permanentemente, también mediante stages en los centros de trabajo.

Un estudiante En los años setenta y ochenta estaban los piquetes. Cuando había una huelga que impedían entrar al trabajo a los esquiroles. Pero ahora, con motivo de los graves inconvenientes que causan los sindicatos minoritarios, ¿se está pensando en limitar el derecho de huelga?

Trentin. Mire, pues no. Posiblemente sean otros los que piensan en la limitación del derecho de huelga.

El mismo estudiante Es que yo he oído en el Telediario… He oído a Cofferati, creo que era Cofferati, decir algo parecido…

Trentin No, Le digo que no. Cofferati no hace más que repetir lo que, para algunos sindicatos (como en el que yo milito, la CGIL), es parte de su historia y de la forma de concebir la lucha del trabajo. Cuando la huelga y el derecho de huelga es un derecho fundamental e inalienable, se ejerce en un servicio fundamental de interés público, el problema esencial de una organización que representa y pretende representar a todos los trabajadores (y no a un grupo reducido), el problema fundamental, digo, es el de tener en cuanta los derechos y oportunidades de todos.
Cofferati no ha hecho más que repetir lo que la organización está diciendo desde hace treinta o cuarenta años sobre la manera de ejercer el derecho de huelga, por ejemplo, en un hospital. Aquí nosotros salvaguardamos los servicios esenciales. Esta es una manera cívica de dirigir y realizar una huelga.
Otro ejemplo: ¿una huelga en los transportes? Pues bien, siempre hemos intentado salvaguardar los intereses de de la gente que va a trabajar: sería profundamente injusto que no hubieran encontrado el tren, el tranvía o el autobús y perdieran una jornada de trabajo. Es una tradición en nuestro sindicato hacer la huelga en determinadas horas y no en otras y, así, se garantiza el derecho de los usuarios. Nuestro esfuerzo se orienta a la auto-regulación de la huelga en los servicios públicos; impedimos también la huelga en ciertos casos: cuando las madres van al hospital a dar a luz o cuando los inmigrantes vuelven a su país de vacaciones… Vale, nosotros defendemos esas reglas que nosotros mismos hemos construido y que los propios trabajadores interesados (los huelguistas potenciales) han votado. Ciertos sindicatos (los autónomos) infringen esas normas. Por cierto, son grupos que defienden o quieren mejorar determinados privilegios respecto a otros, dañando al conjunto de la población. Pues sí, eso crea un problema de derechos. Pero no afecta al derecho de huelga. Se trata de saber si uno que viola estas leyes, después de haberlas aprobado, debe ser sancionado o no. Por ejemplo, un huelguista que deja tirado en la calle a alguien que va al hospital debe ser sancionado por la comunidad. Eso es lo que pienso. Y eso forma parte de la gran tradición obrera de nuestro país.

Una joven Profesor: según usted ¿cuál es el modelo --aunque no exista-- de un Estado que garantice la justicia social? Es decir, quiero saber si la paridad de derechos es suficiente para garantizar la justicia social o, sin embargo, es algo más a situar para conseguir la justicia social.

Trentin Vale. Dicho de esa manera, la justicia social se parece un poco a la felicidad que deseaban conseguir las primeras constituciones. Repito, la felicidad es una cosa diferente para cada cual. Es una cosa distinta para usted, no sólo porque es mujer y porque es joven. Y para un servidor es un tanto diverso porque soy hombre y viejo. Aquí el problema está en consentir para todos la misma posibilidad de alcanzar su propia idea de felicidad. Por ello, la justicia social (entendida como la oportunidad de que todos tengan las mismas cosas) es probablemente un mito inalcanzable y seguramente no es un objetivo justo. Se trata de dar a todos la posibilidad de probarse a sí mismos. Si después no quieren hacerlo, no pasa nada; aunque millones de personas estén excluidos de dicha posibilidad. Esta me parece el camino más difícil, pero es el más seguro para reducir las injusticias sociales.

Una estudiante ¿Qué significa ser felices? ¿Qué representa que un Estado, a nivel social, garantice que seamos felices?

Trentin En mi opinión, significa poco. Yo tendría miedo de un Estado que garantice la felicidad a todos, porque ello querría decir que la felicidad que cada cual quiere para sí mismo, la pretende imponer a todos los demás. Yo quiero un Estado que garantice a todo el mundo la misma libertad de ser felices y, como decía antes, sus correspondientes derechos.
En este periodo, el derecho fundamental para conseguir una mayor libertad es el derecho al conocimiento, al estudio, etcétera: tener la posibilidad de expresarse. ¡Cuántos derechos se han conculcado en el pasado porque no se podía dialogar o porque se negaba la palabra (es decir, las ataduras de las que hablaba antes) o porque no sabía expresarse, no se tenía voz propia, como dicen los americanos, ni la posibilidad de que se contara con uno! En todos los sitios de la vida (de la vida social y de la vida pública, en el Estado y en Parlamento, por no decir también en el sindicato) ¿cuántos están excluidos de hecho --repito, también en el sindicato y que no tienen la posibilidad de hacerse oír? Creo que esta batalla es la fundamental para combatir la injusticia.

Un estudiante Disculpe, profesor. Le quiero hacer una pregunta con relación de una web que he encontrado en internet, el de la Rai Educational de Il Grillo. Vale, le aclaro: nuestra sociedad está basada en los intereses personales, es decir, en los intereses de las multinacionales. Quiero saber: ¿según usted es posible que el interés y la justicia coincidan siempre?

Trentin No. No, porque el interés puede estar dictado simplemente por una situación anterior, por la voluntad de mantener una situación adquirida y que cuando cambian las cosas, si se mantiene aquella situación quiere decir que va en perjuicio de otros.

Estudiante Por ejemplo, por poner un ejemplo concreto: ¿Cómo juzga usted… cómo juzga usted, digamos, algunos problemas de la producción… me refiero al caso concreto de los fabricantes de balones que explotan a los niños… o sea, el trabajo de los menores?

Trentin Es necesario que se combatan estas cosas, que las combatamos. Pienso en los casos de Nike y Benetton. Ahora se ha descubierto que en Turquía, sus empresas subsidiarias obligaban a trabajar a niños de trece y catorce años… En este caso, esto no es sólo cosa de la intervención dura del sindicato, sino que, en un país moderno, es también cosa de la policía. Pero también, en nuestro país, ocurren casos de este tipo. Y ahora no se trata de saber si es o no justo. No, aquí estamos ante una violación de los derechos esenciales de la persona. Es decir, un chaval o un niño que, en vez de ir a la escuela es enviado (incluso por su familia) a trabajar, por ejemplo, en Nápoles… Hay que defender a todos por igual, incluso cuando ataca ciertos intereses. Y digo más: en muchas ocasiones, los intereses pueden estar cobijados en grupos de trabajadores en perjuicio de los intereses de todos. A eso me refería cuando hablaba anteriormente de los padres que meten a sus hijos en las empresas de aquellos. Bien, este es un interés importante del padre, pero que niega el igual derecho de otros (de aquellos que no tienen a su padre en la empresa) y que aspira con mayores méritos a encontrar un puesto de trabajo. Aquí estamos ante un conflicto, claro que sí, entre intereses y derechos.

El moderador Bien, bien. Si os parece acabamos este encuentro, y agradecemos a Bruno Trentin que haya estado departiendo con nosotros.

(Aplausos)

lunes, junio 26, 2006

LA LIBERTAD. LA APUESTA DEL CONFLICTO SOCIAL

Bruno Trentin [1]




La libertad ha sido la apuesta en la historia del llamado conflicto distributivo. Es este dato (la rediscusión de la remuneración del trabajo, mediante la acción colectiva organizada y la respuesta del indivisible principio de autoridad, como prerrogativa del derecho de propiedad) lo que no han comprendido no sólo enteras generaciones de filántropos sino también muchos observadores y actores sociales y reformadores. Todos ellos pensaron que la mejor distribución de la renta, a través de algún “resarcimiento” externo al centro de trabajo, era lo mejor, aunque a cambio de negar las libertades primordiales como posible respuesta a las decisiones de quien dispone tanto de la autoridad como del monopolio de la formación y del conocimiento[2].
Verdaderamente, ya en los orígenes del conflicto social organizado, el movimiento obrero y los legisladores (primero liberales y después socialistas) buscaron, ante todo, redefinir y ampliar los derechos de ciudadanía de los trabajadores subordinados. Las leyes sobre el trabajo nocturno, sobre el trabajo de las mujeres y los niños, el reconocimiento del derecho de coalición (el sindicato) y de huelga… hasta la conquista gradual del sufragio universal, han contribuido de manera determinante a extender los espacios de libertad en las sociedades modernas. Y, con esta, también han contribuido los derechos de ciudadanía de los trabajadores (ante todo, en el diálogo con el Gobierno) como, por ejemplo, el derecho a la instrucción pública y a la protección en caso de desempleo y enfermedad que, de alguna manera, han reequilibrado los términos del conflicto social en los mismos centros de trabajo. Aunque sin oscurecer el principio de propiedad-autoridad que, en el interior de la empresa, regulaba las formas de prestación del trabajo asalariado.
Estos datos --y, más en general, la expansión de la democracia y de los poderes reconocidos a los ciudadanos fuera de los centros de trabajo-- han construido la historia y las conquistas del movimiento obrero con más fuerza que la reducción substancial de las desigualdades, no sólo entre propietarios sino entre los que detentan la autoridad en cualquier tipo de empresa y el trabajo subordinado.
Entre estas conquistas, (la difusión en la Europa occidental de los sistemas de welfare, entendidas originariamente, al menos en Inglaterra, como instrumentos de un desarrollo más general y como “vía” al pleno empleo) representaron en el tejido de nuestras sociedades un medio fundamental de expansión de la democracia, rompiendo todos los obstáculos que pudieran impedir la plena participación de todos los ciudadanos en la escuela, en la asistencia sanitaria, en la seguridad social o en el caso de los accidentes laborales. Ello explica a las claras por qué los fautores de los poderes indivisos del mercado y de la empresa, en la fase actual, hayan hecho de este fundamental instrumento de la democracia el blanco principal de sus ataques al ordenamiento democrático. La idea es clara: sustituir los servicios públicos de carácter universal por el mercado, restableciendo de esa manera las primitivas desigualdades.
Pero, a pesar de los grandes progresos de la democracia y de los “espacios de libertad”, conquistados por la sociedad civil y frente al Estado, la empresa moderna (no me limito a usar el término capitalista) permanece substancialmente cerrada a toda forma de democracia y a todo espacio de libertad. La conquista de importantes derechos de los trabajadores, que se ponen en entredicho de manera recurrente, no parece incidir sustancialmente en la autoridad de la empresa. Ello se concreta en campos decisivos como los derechos a la información, el conocimiento y la igualdad de oportunidades entre los sujetos y los géneros del mundo del trabajo. Vamos a ver si nos entendemos: un gobierno eficiente de la empresa (de cualquier tipo de empresa, también las cooperativas) que sea compatible con algunas libertades fundamentales de la persona --por ejemplo, el derecho a la información y al conocimiento-- constituye un problema de dimensiones reales.
Este problema había sido eliminado por las teorías de la autogestión y, más en general, por las teorías socialistas que creían haber resuelto el nudo del poder, de la dignidad y la libertad de las personas mediante la socialización de los medios de producción, con la fábrica socialista. Con la ilusión de que la fábrica socialista o, incluso, la de tipo autogestionada habría representado el fin no sólo de la expropiación de la plusvalía sino de la mismísima relación de opresión, y no como sin embargo sucede con su exasperación: con el conflicto “estatalizado” entre el manager del partido-estado o, en su caso, el Consejo de autogestión y los propietarios “formales” de la empresa.
El gobierno de la empresa, capaz de hacer frente a la competencia a escala mundial y crear beneficios, tomando rápidas decisiones, no se concibe mediante formas asambleístas de democracia o confiando la propiedad y la gestión a los trabajadores como un todo indistinto. Algunos intentos de esta naturaleza se han convertido en la legitimación de las más duras formas de autoritarismo, atentando contra la libertad de los trabajadores en los pocos espacios privados que existían fuera de los centros de trabajo.
Debe reconocerse que el último poder de decisión está en manos del propietario o del manager de la empresa, según las reglas que haya entre uno y otro, so pena de la parálisis o quiebra de la empresa. Sin embargo, este poder de “última y rápida decisión” no excluye --ésta es la cuestión crucial que sitúo-- formas de control, apoyadas por un sistema de información rápida, ni elimina tampoco formas de participación consultiva en las decisiones, acompañadas por el derecho de propuesta de soluciones alternativas a las adoptadas por la empresa, y también al derecho al ejercicio del conflicto, en el caso de divergencias radicales.
En la fase actual (en la que los procesos de reestructuración de la empresa moderna y de su cambio de localización o de una parte de ella, que se dan continuamente) será cada vez más decisiva la constante actitud de los sindicatos y de las fuerzas de los diversos gobiernos, nacionales y locales, mediante su intervención con un nuevo y fuerte bagaje de conocimientos. Y también será decisiva la capacidad del sindicato a la hora de definir los grandes fundamentos del contrato de trabajo con el objetivo de reunificar, en el cuadro de los derechos, las barrocas dislocaciones contractuales que ha creado la legislación reaccionaria del gobierno de Berlusconi para vaciar de contenido la negociación colectiva, desarticulando el mercado de trabajo y de esa manera marginar el papel del sindicato “general”.
Hablo de un nuevo contrato de trabajo que garantice el derecho al conocimiento y a la formación permanente ante la mayor flexibilidad de las prestaciones de la mano de obra; el derecho a la información preventiva y el control de la organización del trabajo y del tiempo de trabajo ante la mayor responsabilidad que tienen dichas prestaciones de la mano de obra; el derecho, cada vez más pisoteado en estos tiempos, a la igualdad de tratamiento salarial y normativo para quien realiza la misma tarea u otra profesionalmente análoga; el derecho al mantenimiento del empleo de cada concreto trabajador, que es despedido sin justa causa, cualquiera que sea la naturaleza de su actividad. Por esa vía se podrá experimentar una forma de participación en las decisiones de la empresa, que no sustituye las opciones que, en última instancia, le corresponden al manager-empresario, sin afectar al sindicato en una peligrosa confusión de papeles y en una deriva corporativa de su función; la tarea del sindicato siempre encuentra su punto de partida en la mejora de las condiciones de trabajo, de la organización del trabajo y del tiempo de trabajo, y en primer lugar de los espacios de autonomía y libertad de cada trabajador en concreto.
El gobierno del tiempo y de su uso --para el trabajo, el estudio, vacaciones y la vida privada-- se está convirtiendo, en esta época de producción y trabajo flexibles, un terreno fundamental de iniciativa para el sindicato, si es que quiere recuperar mediante su programación negociada un espacio de libertad, dentro o fuera del trabajo.
Toda revolución industrial (la primera, a finales del siglo XVIII; la segunda con la afirmación del modelo fordista; y la tercera con la informática y las telecomunicaciones, en un contexto de globalización de los mercados y los capitales) ha comportado, en primer lugar, así en la empresa como en las unidades de trabajo, tanto en la organización de la producción como en la organización del trabajo, una puesta en cuestión de los anteriores equilibrios de poder y de los precedentes relaciones de subordinación. En otras palabras, una redistribución de los poderes y de la libertad.
La primera revolución industrial tuvo el impulso coercitivo del trabajo asalariado, mediante la tradicional secuencia, primero, del desarraigo y, después, de la exclusión, y la instauración de una relación de dominio sobre las personas, no sólo del trabajo. Fue con las leyes contra los vagabundos y de los pobres con el objetivo de someter la fuerza del trabajo a los empresarios; la fuerza de trabajo, efectivamente, que expulsaban la agricultura y el artesanado y que a veces estaba presto a destruir las máquinas para conservar, con el monopolio de su saber hacer, su autonomía profesional y una cierta libertad de elección[3].
La segunda revolución industrial significó la expropiación fordista del saber y del saber hacer de la mayoría de los trabajadores, reducida a un ciego apéndice de las decisiones del manager.
La tercera, la de la informática, que expropia tendencialmente, al mayor número de personas, el control de un conocimiento en constante evolución, aunque exige contrariamente al trabajador (a todos los trabajadores) una responsabilidad de los resultados por sus intervenciones conscientes en la producción; de esa manera se extiende la inseguridad y la precariedad en el empleo, mediante los incesantes procesos de reestructuración y deslocalización que son ya fisiológicos y, por añadidura, un signo de vitalidad de la empresa moderna.
Frente a esas tres revoluciones, fracasadas las formas primitivas de revuelta o de defensa obstinada de una imposible inmovilidad del empleo en la empresa moderna (el último ejemplo ha sido el intento, puramente verbal, de reducir simultáneamente el horario de las 35 horas para todos los trabajadores); derrota por las recurrentes venganzas del sistema; la ilusión de algún que otro intelectual extremista que quería subvertir el mismísimo corazón de la máquina capitalista con una movilización, referida sólo a los salarios, sin ningún tipo de compatibilidades con las otras variables de la economía… el movimiento socialista y el sindicato se replegaron, primero hacia posiciones de resistencia, con la idea de reducir por lo menos la entidad de los despidos que se han producido en estas revoluciones, sin que nunca se produjeran incrementos salariales; y después del repliegue, el sindicato se puso a la búsqueda de un reequilibrio en la sociedad de los poderes que no se tenían en la empresa. La intervención pública ha tenido y conserva esta función, bajo las luchas del movimiento obrero y el pensamiento liberal, hasta la consecución del sufragio universal.
No sólo la conformación del welfare state en la Europa occidental ha tenido un papel relevante en la nueva forma de poner en marcha la política económica y la lucha contra el paro, una función compensatoria con resarcimientos con relación a los fallos de los mercados al tomar como objetivo el enriquecimiento intelectual de la persona humana; también las necesarias políticas redistributivas y la legislación social, orientadas a promover la actividad sindical y la negociación colectiva, sancionando el derecho de huelga, han desarrollado una función esencial de contrapeso ante el monopolio del poder que conserva el empresario capitalista: algo que no cambia con la nacionalización de una empresa, tal como se creía hace años.
El movimiento socialista y el sindicato no han conseguido, sin embargo, reequilibrar los poderes en el interior de la empresa ni tampoco lograron, hasta la presente, sólo en pequeñas dosis y en casos relativamente pequeños, limitar (por ejemplo, los intentos efímeros de la SPD de Brandt de asumir como objetivo general, en su programa fundamental, la humanización del trabajo o algunas iniciativas legislativas en los países escandinavos) el monopolio del conocimiento y decisión que tiene la casta de los mánagers, puesta ahora en peligro por un accionariado ávido de beneficios inmediatos.
También se puede afirmar que, a pesar de la existencia de una espesa literatura y de algunas experiencias sobre el terreno y, a pesar del testimonio combativo de amplias minorías, ésta nunca fue la vía principal del movimiento socialista. El objetivo de la igualdad, de la igualdad de los resultados --y no tanto de las oportunidades-- siempre fue marginal en el interior de las empresas: enfrentarse a la opresión, abordando aquí y ahora la libertad y la autodeterminación fueron “las sobras”. De ahí que tengamos que preguntarnos si esta aporía del movimiento socialista y de los sindicatos pueda durar todavía mucho más. No sólo porque la redistribución de los poderes en los centros de trabajo se corresponde a toda fase de desarrollo económico y, por supuesto, la actual. No sólo porque la revolución informática transforma el digital divide en una separación de posiciones, expectativas de empleo e identidades que repercuten en todas las formas de conocimiento, produciendo una verdadera división de clase entre quien sabe y quien no sabe y ya no tiene instrumentos para adquirir conocimientos que maduran en los centros de trabajo, en el corazón de la empresa. Sino porque la evolución cultural de millones de trabajadores, potencialmente capaces de apropiarse de los nuevos conocimientos y, a partir de ahí, disponer de mayor libertad y autonomía para decidir su propio trabajo, les lleva a verse excluidos de esta posibilidad, ya que les es negado el derecho a igual salario por igual trabajo; o simultáneamente para disponer de una movilidad profesional como esperanza de enriquecerse con nuevos conocimientos y nuevas experiencias de trabajo.
Pero, mirando bien las cosas, a partir de esta contradicción irresuelta que pesa en la vida de cada cual, hay una concepción global del progreso y de la modernidad, como sentido común, que necesita una completa revisión: no es concebible ningún progreso ni ninguna modernización si no se toma en cuenta la primacía de la libertad, a través del conocimiento; y definitivamente hace justicia a todas las ideologías totalitarias, que pretenden que la libertad debe venir después de la “toma” o de la ocupación del poder (en la empresa, en el partido y en el Estado) y que el “bienestar” es la condición preliminar e insustituible para “disfrutar” de la libertad y saber utilizarla. Como diría Amartya Sen, la libertad y el conocimiento son lo primero para estar mejor. Porque la erradicación, la exclusión y la opresión son siempre la causa de la miseria. Y una democracia no podrá llamarse plenamente tal hasta que, en la parte de vida de las personas que dedican al trabajo, no le sea restituida --con sus específicas formas, compatibles con la empresa competitiva-- aquellos espacios de libertad que son esenciales para su progresiva autorrealización.
Hemos sido fáciles profetas en el pasado cuando temíamos que la izquierda italiana (y europea) sufriese sólamente los efectos impetuosos de la tercera revolución industrial, quedando indefensos ante la propagación de las ideologías neoliberales y del nuevo conservadurismo.
La crisis del comunismo y el estallido del socialismo real con el impulso de una revuelta libertaria[4], casi han desarmado a todo el movimiento socialista y ha hecho que hasta la palabra socialismo sea impronunciable. Paradójicamente, en los Estados Unidos se ha manifestado una más lúcida capacidad de análisis y de reflexión crítica en las corrientes “liberales” (ojo, las auténticas), en los verdes y en una parte muy viva de la izquierda democrática.
Pero lo que no era previsible, parafraseando a Gramsci, cuando hemos hablado de una segunda revolución pasiva (sobre todo con relación a la cuestión del trabajo) fue la débâcle del pensamiento crítico y el poder de penetración, en un desierto de reflexión cultural, de las ideologías neoliberales en una parte consistente de la izquierda europea. A veces, esta izquierda repite de manera paroxística el itinerario de los newcons americanos, algunos de los cuales provenían del partido demócrata. Mientras tanto, la parte del movimiento social más expuesta a la desregulación del mercado y a la verdadera y concreta crisis de de la relación de trabajo tradicional se replegaba, como en los años veinte del pasado siglo, a posiciones puramente defensivas, cuando no hacia formas corporativas de representación y conflicto.
La hegemonía neoliberal se hará sentir, en primer lugar, en aquellos exponentes de la izquierda italiana que expresaron su creatividad intelectual “glosando” e, incluso, radicalizando las tesis de la Confindustria de signo puramente autoritario. Que fue lo que ocurrió cuando la campaña por la abolición del artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores. O defendiendo la modernidad de una ley del gobierno de Berlusconi que desestructura el mercado laboral con formas contractuales individuales, rígidamente compartimentadas, agrediendo el papel del sindicato y de la negociación colectiva.
Y también se hizo sentir cuando el gobierno de Blair mantuvo todas las leyes antisindicales de la señora Thatcher. Es más, el gobierno de Tony Blair hizo aprobar una ley sobre el derecho de asociación en los centros de trabajo que negaba a la minoría el derecho a existir: sólo podía negociar aquel sindicato que obtuviera la representación (no ya de los que pueden hacerlo en un sufragio colectivo) sino tan sólo de los empleados con empleo fijo.
Ello se hace sentir en el enfoque de una parte de la izquierda italiana en el problema de las pensiones. En vez de readaptar el sistema a las nuevas características del mercado de trabajo (mayor flexibilidad y movilidad laboral y riesgos crecientes de larga interrupción de la relación de trabajo, sobre todo para los más jóvenes y los trabajadores de más edad) algunos no sienten ningún reparo en proponer la reducción de las pensiones futuras, sosteniendo que de esa manera se defiende mejor los intereses de los más jóvenes. Y también se hace sentir cuando se defiende, también entre personalidades de la izquierda, la fábula de una reducción del salario contractual para los nuevos contratados, sin ninguna obligación de formarlos, con el objeto de facilitar un aumento del empleo de los más jóvenes. Mientras tanto, en la realidad --como, por ejemplo, en una teoría honesta y no improvisada-- la reducción del coste contractual de los más jóvenes, la violación de un principio constitucional (a igual trabajo, igual salario) que tutela a jóvenes y mujeres, además de provocar (como lo estamos viendo en Melfi y Milán) una revuelta de todos ellos, al sentirse humillados y discriminados --incluso con el aval de un sindicato-- tiene el efecto de acelerar la expulsión de la mano de obra más antigua. Y eso ocurre precisamente cuando los mismos propulsores de estas “terapias” autoritarias, propician sin una pizca de vergüenza un aumento de la edad laboral con relación al cobro de las pensiones.


También hemos notado el temor de algunos exponentes de la izquierda afirmando que el rechazo de los infrasalarios para los nuevos contratados habría llevado a muchos jóvenes a romper con desprecio el contrato de trabajo. Y leímos en un documento patrocinado por el gobierno italiano de centroizquierda y por el neolaborista británico, la tesis de un notable experto inglés que plantea la reducción de los salarios en las regiones italianas del Sur en proporción al número de parados. Esta es la vía, benevolentemente indicada, para resolver la cuestión meridional. O sea, como si todavía estuviéramos en una época donde las figuras dominantes de los trabajadores meridionales eran el jornalero o el peón de albañil; y como si fuera posible, mediante un decreto, eliminar el sindicato, dejando que una ley extraña estableciera estos vasos comunicantes: con menos salarios, habrá más empleo. De qué manera explicar, pues, en un contexto similar, el fenómeno de la inmigración y el aumento del desempleo de los trabajadores de más edad (también en las regiones meridionales) eso se lo dejaremos a nuestro experto inglés del new new labour.
El movimiento de los trabajadores, los sindicatos (y, en primer lugar, la CGIL) han desarrollado un papel, probablemente insustituible, de freno --también con su acción de resistencia-- de la degeneración de la política y el dominio de las ideologías neoliberales; una resistencia que rebajó en los centros de trabajo y en las nuevas formas de prestación de la mano de obra (los llamados contratos atípicos) las implicaciones ademocráticas y autoritarias. No se puede desconocer ese dato, a menos que se quiera cometer un grave error de apreciación a la hora de analizar la situación italiana; y también en la situación de otros países europeos, como España, Francia y Alemania.
Nuestro límite ha sido otro: la ausencia de proyecto. Desde ese punto de vista, también aquí, faltó la exigencia de una gran autonomía cultural para valorar los efectos de la tercera revolución industrial, construyendo las condiciones que deberían corresponderse con la nueva etapa de la liberación del trabajo, una vez asumido que éste es el objetivo fundamental del movimiento sindical. De hecho, todo esto ha impedido a las fuerzas de la izquierda tradicional, hasta el día de hoy, ser auténticas interlocutoras de los movimientos de diversa naturaleza que surgían en la sociedad civil, por ejemplo los alterglobalizadores y otros. Ciertamente, todos ellos tienen contradicciones y simplismos en sus consignas, pero representan una exigencia de fuerte cambio, en primer lugar en la sociedad civil.
El movimiento sindical tiene muchas razones que explican su repliegue defensista (ante los incesantes procesos de reestructuración, de “terciarización” y de dislocación de las empresas[5]) y su aceptación de un asistencialismo como última frontera. Este repliegue a una línea de defensa de sólo el salario, en un momento en que Berlusconi cancela los acuerdos de 1993 y rompe la cláusula de revisión sobre la “inflación programada” lleva a un ataque al poder adquisitivo de las retribuciones, con el apoyo activo de la Confindustria, incluso de las Confederaciones de las Cooperativas. Esta situación se dio en un momento en que, en las empresas y en el mercado, dominaba el miedo a los despidos, lo que se refleja en una reacción primordial de autodefensa que se verifica en todos los países industrializados en más de una circunstancia.
El precio ha sido alto porque comportó la renuncia, en muchas ocasiones, al mantenimiento de una política reivindicativa, de rebajas, en el control de las formas tayloristas de organización del trabajo, que sobreviven en la mayoría de las empresas después de la crisis del fordismo; en el gobierno del tiempo, de intervención en las políticas de formación en las empresas y de la movilidad profesional de los trabajadores. Sí. El precio ha sido alto cuando una parte de la izquierda propugnaba la solución centralista y legisladora de la reducción de los horarios en todas las grandes y medianas empresas, excluyendo así a la gran mayoría de los trabajadores[6]. Un planteamiento que no tenía ningún apoyo de masas entre los trabajadores, y que suponía que el sindicato perdiese el control y el gobierno del tiempo de trabajo y de los tiempos extralaborales. De esta manera se concedía a las empresas un instrumento unilateral para condicionar la vida laboral, de los espacios de libertad y certidumbre, conquistados en los últimos cuarenta años. Sobre estas derrotas de la política reivindicativa del sindicato se debe hablar echando cuentas de los cambios que se han operado en las relaciones de fuerza junto a la nueva revolución de la informática; también se debe hablar del repliegue de una parte de la izquierda a posiciones subalternas de las ideologías neoliberales y también del extremismo totalmente verbal (quiero decir, sin una hora de huelga) de otra parte de la izquierda, como lo demuestra el triste epílogo de las 35 horas en Francia. No se puede ignorar tampoco la existencia de otras derivas presentes en el movimiento sindical: el resurgir de una vieja cultura sectaria, inspirada substancialmente en la pura y simple negación de las transformaciones de estos años, ya sean las que se han producido en el sistema-empresa, ya sean las que están presentes en la composición social, cultura y subjetiva de las clases trabajadoras.

El descubrimiento --en los años de la diversificación objetiva y subjetiva del mundo del trabajo-- de una reivindicación típicamente defensiva y “fordista” como la del aumento salarial igual para todos, señala, con una auténtica y concreta regresión cultural, un divorcio radical con la parte nueva del mercado laboral que no está dispuesta a una pura y simple homologación y a una representación que les niegue sus subjetividades y libertades. Por otro lado, el descubrimiento de que la unidad sindical no es ya un valor ni una condición vital para afirmar los derechos de los trabajadores, representa la vuelta a un extremismo verbal, asumida como la excusa de una inevitable derrota.
Todo ello ratifica la inevitable vuelta atrás que sigue a la renuncia de la independencia sindical; a la autonomía cultural que interpreta las transformaciones de la sociedad sin ser los súcubos de las tesis ideológicas de las clases dominantes o de un extremismo que renuncia, de entrada, a gobernar lo que avanza y estando siempre a la espera de que la cosa explote. A la autonomía cultural, capaz de construir --ante todo, con todos los sujetos del mundo del trabajo y de las empresas innovadas-- un proyecto de transformación de la sociedad civil y de la vida cotidiana, dando más libertad, más poderes y mayores posibilidades de participación creativa a las fuerzas sociales subordinadas.

De cómo hacer frente a las grandes contradicciones de este siglo

La intervención militar de los Estados Unidos y del gobierno italiano en Irak ha puesto de manifiesto, al menos al principio, una cierta separación entre una parte de los militantes pacificotas “integrales” y la mayoría de los partidos del centro-izquierda que asumieron como criterio discriminante una acción que consolidara el peso y el prestigio de las instituciones internacionales: la Unión Europea y, sobre todo, Naciones Unidas. Este enfoque es lo que, ante todo, motivó la oposición del centro-izquierda italiano a la intervención americana e inglesa en Irak.
Personalmente estoy de acuerdo con el comportamiento del centro-izquierda italiano en sus diversas fases, antes y después de la intervención. En efecto, tengo para mí que forma parte de las mejores tradiciones del movimiento obrero (como ocurrió cuando la guerra de España) la acción de masas apoyando el recurso a la fuerza para impedir un genocidio, el aplastamiento de un gobierno legítimo o de un movimiento democrático. En nombre de estos principios, los militantes de izquierdas se batieron en Francia y Gran Bretaña contra “las potencias de la no intervención” para impedir la derrota de la República española.
Nuestros errores no están ahí. Sino en el hecho de que, en momentos cruciales como el genocidio en Bosnia, el ataque en Kosovo, la masacre en Ruanda o la represión del pueblo chechenio, la izquierda no consigue a tomar determinadas decisiones o a plantear críticamente cierta ausencia y pasividad mediante un gran movimiento de discusión y asunción popular (no sólo con las manifestaciones) en una auténtica reflexión colectiva. Esta carencia ha pesado, sobre todo, cuando se trataba de reconocer en el terrorismo de Al Qeda, no ya uno de los grupos terroristas nacionalistas que hemos conocido y combatido, también en la Europa de la segunda mitad del siglo XX, sino un sujeto político de dimensión mundial con sus centros, su poder de difusión, con sus mercenarios humillados y conquistados a una religión de caridad, negadora de los valores del Islam y decidida a provocar --con los asesinatos y estragos-- la regresión del mundo árabe hacia una nueva Edad Media, teocrática y tribal, destruyendo con las armas del miedo y la muerte cualquier apariencia de democracia.
Ahora bien, las opciones y orientaciones que cuestionan algunas convicciones y certezas del pasado (cuando no existían ni el terrorismo internacional ni las guerras inter-étnicas) como la no ingerencia en los asuntos “internos” de otro país o el rechazo de cualquier guerra (que no fuera totalmente defensiva en la pugna con otro Estado) como prescribe la Constitución italiana, exigen la repulsa de las decisiones verticistas y reclaman una fase de diálogo y discusión con la masa de militantes, simpatizantes y electores que, no obstante, casi siempre nos ha faltado. Paradójicamente, me acuerdo de que, en los tiempos del partido comunista italiano cuando la represión armada contra la revuelta húngara (un “asunto interno” de la democracia popular) las secciones de aquel partido estaban de bote en bote hasta las tantas de la noche con militantes y simpatizantes que se interrogaban apasionadamente sobre la naturaleza del giro político que se estaba operando en Hungría: ¿era un golpe de Estado del imperialismo o una rebelión obrera y popular? Y también tras las conclusiones del Congreso nacional del Pci que aprobó la intervención soviética, aquel debate dejó profundas huellas en el “corazón” del partido, no sólo entre quienes lo abandonaron en aquella ocasión.


En mi opinión, ahí están las razones de la debilidad y, a veces, de la improvisación de la “política exterior” de la izquierda italiana, que han pesado en algunos momentos en la recíproca incomprensión que tuvo con los movimientos pacificistas y los antiglobalización. Pero éste no ha sido sólamente el límite. Hay que ser rigurosos y consecuentes cuando nos encontramos ante la ardua situación de una posible intervención militar para impedir un genocidio o la represión de un movimiento democrático o para defendernos de un Estado que organiza un ejército de terroristas. No sólo anteponiendo una política de alianzas y de unidad que prevenga y venza al terrorismo, sino combatiendo en todo momento, con medios políticos y pacíficos, con el apoyo de los pueblos que reivindican su independencia o que luchan contra una dictadura; demostrando con los hechos (y no sólo con las palabras) que no puede haber, para la izquierda italiana, ninguna diferencia entre el dictador “enemigo” y el dictador “amigo”. Que nuestra incesante iniciativa se dirija sin ninguna rémora a Bosnia y Chechenia, a Cuba y al Túnez de Ben Alí. Y también a la iniciativa de la Internacional socialista: el terrorismo palestino es el peor enemigo de la OLP y de la independencia palestina o la ocupación militar y la represión sangrienta del gobierno de Sharon en su lucha contra las poblaciones palestinas.
Es preciso que sepamos batirnos para que la Asamblea general de Naciones Unidas condene la represión rusa en Chechenia de la misma manera que condenó el genocidio en Bosnia. Es necesario demostrar con los hechos que la izquierda italiana no tiene “líneas de repuesto” sino un código de honor. Sin embargo, para poder conducir de manera transparente (a la luz del Sol) esta batalla por la defensa de las libertades en el mundo, se requiere conducir con coherencia y continuidad una batalla por la creación de instituciones internacionales que tengan poderes efectivos de decisión, y que sean representativas de todas las áreas de la población mundial. Hablemos de las iniciativas más urgentes: la eliminación del poder de veto en el Consejo de Seguridad, ampliando su representación con un representante de la Unión Europea, es un objetivo de dramática urgencia.
Ahora bien, eso quiere decir que Europa debe ser un sujeto político, haciendo frente a la resistencia del gobierno de Blair. Hay que conferir autoridad y poder a la Unión europea, ante todo, en su política exterior y de tutela de los derechos y libertades, dando vida a una experiencia de cooperación reforzada en la zona de la unión monetaria. También mediante la reforma del pacto de estabilidad, haciéndolo compatible con la consecución de los objetivos de la política de la Cumbre de Lisboa. Así se abrirán más adhesiones a una estrategia que apunte explícitamente, mediante iniciativas de vanguardia, a convertir la Unión Europea en un sujeto político de dimensiones mundiales y un ejemplo para construir otras alianzas y organizaciones regionales, capaces de contener las estrategias imperiales basadas en el unilateralismo.
La izquierda italiana, y en gran medida la izquierda europea, hasta la presente, no ha conseguido dar una batalla por la unión política de Europa: una batalla popular, empujando con todas sus fuerzas, no sólo en Bruselas sino ante todo en Italia para conseguir que la aprobación de la Constitución (a pesar de todos sus límites) se convierta en el objetivo preliminar del surgimiento de una vanguardia entre las naciones más comprometidas en una Unión Europea federalista, so pena de su decadencia, y para afirmar una política social que permita realizar los objetivos de Lisboa y de Göteborg: la formación a lo largo de toda la vida, investigación, inversiones en las grandes infraestructuras europeas y un plan ecológico de dimensión europea… hacia el pleno empleo.
Este es el desafío más grande para los próximos años.
La revolución informática tiende a convertir el trabajo en el factor más “escaso” de una política de desarrollo y expansión de los conocimientos. En la fase actual, de esta ecuación (que pocos niegan) se desprende una concentración de la utilización del ahorro hacia objetivos de valoración del trabajo y sus conocimientos, asumiendo como prioritarios las inversiones en nuevas formas de organización del trabajo, en investigación y formación permanente de los trabajadores: se trata de permitirles a éstos que puedan medirse con un flujo incesante de innovaciones, asumiendo nuevos espacios de responsabilidad, autonomía y libertad para participar en las tareas de la empresa moderna. Sin embargo, en la puesta en marcha de este proceso surgen dos obstáculos por el mercado “auto controlado”.
En primer lugar, el hecho de que la flexibilidad y la movilidad del trabajo, provocadas por la puesta en marcha y la permanente introducción de las nuevas tecnologías, rebajan el interés del mayor número de empresas a invertir en formación a un número de trabajadores y, concretamente, para los que tienen contratos de duración determinada. De esta manera se deja a un mercado sin reglas la opción entre el reciclaje oneroso de una mano de obra poco cualificada o la decisión poco costosa de su progresiva exclusión.
Así pues, la colectividad debe entrar en escena con toda una serie de servicios fundamentales (la enseñanza, la salud y la protección social), con una intervención solidaria en apoyo de todas las figuras del mercado de trabajo --las que tienen empleo y las desempleadas-- implicando a las empresas en esta tarea de valoración del factor humano frente a una concreta quiebra del mercado. La alternativa a esto es un proceso de precarización de amplio alcance y sin instrumentos de recuperación, generando un sector más amplio de desempleo de larga duración.

Otra tendencia del mercado sin ninguna regulación es la de limitar el crecimiento de la población activa, no sólo porque ralentiza el índice de natalidad, el aumento de la longevidad y el envejecimiento de las poblaciones (que son datos objetivos), sino porque las razones “subjetivas” que antes he recordado a propósito de la fallida puesta en marcha, por parte del mercado, de una actividad de formación a lo largo de toda la vida laboral. Aquí interviene otro factor en la política de empleo y formación en la empresa, particularmente en Italia. Se trata de una política que tiende, como hemos visto, a reducir los salarios para los nuevos contratados, transformando el empleo en un interminable periodo de prueba, de opresión y de inseguridad, y acelerando simultáneamente la expulsión de los trabajadores de más edad, sobre todo los de las categorías medias o bajas. También en este caso se impone una intervención de la colectividad que no sea el recorte de las pensiones o el aumento obligatorio de la edad de jubilación. También para los desempleados.
Frente a tales peligros, la única intervención coherente para una política de pleno empleo no es otra que incentivar el aumento voluntario de la edad de jubilación y la puesta en marcha de medidas que desalienten los despidos de trabajadores con más antigüedad (de más de 45 años) y de una política de formación para estos trabajadores que permita experiencias de recolocación, especialmente en el sector de servicios. En particular, apoyando al tercer sector ya transformado --con la participación creciente del voluntariado y el descubrimiento del dono[7], como elemento de solidaridad y cohesión social-- en un contexto de libertad, pero que no puede confiarse solamente a la acción desinteresada de una minoría, aunque sea numerosa.
Otro gran obstáculo para hacer unas inversiones de largo respiro, como lo son las de formación continua --y también para la investigación en nuevos productos, códigos de tutela ambiental y nuevas formas de organización del trabajo-- es el tiempo en que tales inversiones expresan su rendimiento.
El papel del manager con relación a los intereses del accionista siempre fue en el pasado prospectar la conveniencia de estrategias a largo plazo que garantizaran, también en las nuevas condiciones, eficiencia y competitividad a la empresa, sin disipar recursos en inversiones poco innovadoras, garantizando sólo la rentabilidad inmediata. La difusión de las nuevas tecnologías ha contribuido a poner en crisis esta dialéctica entre manager y accionista. No sólo porque un proceso de innovaciones tecnológicas, ecológicas y organizativas incesantes presupone la movilización prioritaria de amplios recursos para la investigación y la formación sino porque, por otra parte, las nuevas tecnologías han introducido una revolución en el funcionamiento de los mercados financieros. La posibilidad de efectuar movimientos rápidos de capitales y transacciones en tiempo real, la rapidez de las operaciones de inversiones orientadas a la rentabilidad inmediata han conducido --si puedo decirlo de esa manera-- a una movilización de los accionistas para reafirmar una concepción de la empresa donde se mide la eficiencia por su capacidad de realizar rendimientos a breve o brevísimo plazo.
Las vicisitudes financieras de muchas grandes empresas italianas en los años noventa han sido una probada demostración de esta carrera por el rendimiento a corto plazo, también por su coincidencia con la caída de las inversiones públicas y privadas en investigación y desarrollo. (Es inútil hablar de la formación permanente ya que los recursos que se han invertido con eso objetivo eran casi cero) Por otra parte, el mismo papel del manager, en un número creciente de casos, ha sido arrastrado a hacer lo mismo que los accionistas: el rendimiento a corto plazo. En efecto, cada vez es más frecuente la participación --a veces, muy relevante-- de los managers en el capital de la empresa (las stocks options) seguida por los “estipendios” impresionantes que les son reconocidos. Ello induce a una parte de ellos a (los que no tienen un proyecto industrial de largo alcance y la fuerza de imponerlo a los accionistas) una política de inversiones, orientada a una rentabilidad inmediata, antes que a proponer una recuperación estructural de la competitividad de la empresa.

He ahí la razón de que asuntos como las inversiones en investigación y formación (o sobre la necesidad de poner en marcha un programa a largo plazo de saneamiento ecológico) nos enfrentamos a los auténticos y concretos “fallos del mercado” y con la consciencia de que el mercado, abandonado a sus propios humores y a sus impulsos espontáneos, nunca podrá hacer frente a los retos de la tercera revolución industrial.
De ahí que una política industrial, digna de ese nombre -- empeñada realmente en el papel que espera el Mezzogiorno, el área mediterránea, el sector de las tecnologías avanzadas y de servicios-- deberá asumir la responsabilidad de definir una intervención pública y la movilización prioritaria de amplios recursos para incentivar las empresas e invertir en formación, investigación, desarrollo y en el saneamiento ecológico del territorio y los centros de trabajo. Y para socializar, a favor de las pequeñas y medianas empresas --principalmente en el Mezzogiorno-- los resultados de un proyecto nacional de investigación. He ahí, además, por qué se debe estimular, en primer lugar, las inversiones en investigación y formación a lo largo de toda la vida laboral, mediante una red de servicios en el territorio donde experimentar nuevas partenership entre la escuela, la universidad y las empresas. Así pues, los programas de formación permanente deber constituir una fundamental prioridad de la negociación colectiva a nivel de empresa y territorio, y la sede donde se defina la contribución de los recursos, partiendo de las inversiones públicas, de las empresas y de los trabajadores en términos de salario y horario.

Repito, las mismas consideraciones valen para las grandes obras en el sector de las comunicaciones y los transportes, destinadas a crear una red de servicios “comunicantes” en toda la Unión Europea. Pero, sobre todo, valen para la ecología y el saneamiento del territorio; se deberá empezar por las inversiones en investigación y en la experimentación programada de áreas que eliminen los daños tóxicos y ambientales, construyendo instalaciones seguras. De este modo, también en el campo de la ecología, se pueden superar --mediante las inversiones públicas y las empresas innovadas con sus propios códigos de conducta—los fallos del mercado que han dejado indefensa a la comunidad ante los riesgos a un retorno del analfabetismo, la precariedad del empleo, los trastornos hidrológicos y la dependencia casi total de toda una serie de países europeos, americanos y asiáticos en materia de innovación. La ecología, el gobierno de la salud de las personas y el saneamiento del territorio no pueden quedar relegados a un capítulo separado de una política social y económica, inscrita en un proyecto de sociedad. Se trata de una cuestión fundamental para la investigación de nuevos productos duraderos y no contaminantes; también para el uso de nuevas formas de energía, compatibles con el medio ambiente. Es, de igual modo, un punto central de la formación a lo largo de toda la vida laboral, en primer lugar como autodefensa del trabajador. De esta manera se inscribe en los criterios adoptados en la definición y realización de las grandes inversiones en las infraestructuras de la comunicación en Europa y en los programas de saneamiento del territorio.
Este es un giro en la cultura de la izquierda, y debe ampliarse.


En este último periodo se habla mucho (después de los impresionantes escándalos financieros en Italia, Europa y los Estados Unidos) de una “democracia económica” que sancione con una legislación apropiada la tutela del ahorrador y del accionista. Esto es un camino obligado en un país como Italia donde sigue vigente una especie de ley de la jungla, especialmente con las fechorías legislativas del gobierno de Berlusconi.

Pero sería un error pensar que es por esta vía --la “democracia económica”, prescindiendo de la formulación original de Karl Korsch-- se puede defender eficazmente los derechos de los trabajadores. Los fondos de pensiones ciertamente se incentivaron a favor de los trabajadores que disponen de un empleo estable. Pero sería ilusorio considerar que, por esa vía, sea posible tutelar los intereses de los trabajadores amenazados de despidos y expuestos a procesos incesantes de reestructuración. Lo que vale para los fondos de pensiones, vale también para otras formas de corresponsabilidad de los trabajadores en el capital de la empresa. En todos estos casos, se trata necesariamente de tutelar los intereses inmediatos del accionista que no siempre coinciden (y, a veces, se contraponen) con una política de inversiones en investigación y formación que contiene un área de riesgo, pues sus resultados se verifican, al contrario que a las especulaciones financieras, en un tiempo diferido.
Un fondo de inversiones, en el mejor de los casos, puede adoptar códigos de conducta contra el trabajo infantil o sobre políticas ambientales, prevención de los daños y defensa de la salud de las personas: es muy importante que los sindicatos luchen por alcanzar, también con medidas legislativas, la configuración de estos códigos. Pero difícilmente pueden adoptar --si no se proponen sus apropiados incentivos y penalizaciones-- un comportamiento distinto del que tienen otras clases de accionistas, los que privilegian la obtención del beneficio inmediato.
Para una izquierda y un sindicato que apuestan por la innovación y la valoración del trabajo no existen, sin embargo, alternativas a una “democracia industrial” que estimule en el manager una política, basada en la innovación, investigación, formación y salvaguarda, a largo plazo, de los intereses ecológicos de los territorios. Los intereses de los stakeholders (o sea, los sindicatos, movimientos ecológicos, instituciones locales, parados) no pueden confundirse con los intereses, a corto plazo, de los shareholders (o séase, los accionistas), si es que se quiere salir de la situación actual de galbana y desorientación de muchos operadores económicos.
Aquí está la valencia estratégica de la opción de la izquierda y del centro-izquierda para apoyar los derechos básicos y, sobre todo, de los nuevos derechos fundamentales de los trabajadores en esta fase de profunda transformación. Porque sobre estos derechos es posible reconstruir la solidaridad allá donde existe fragmentación de los intereses y de la representación, y con estos derechos existe la posibilidad de reconstruir una relación dialéctica entre la política y la sociedad civil. Esta es una relación que se interrumpió en estos últimos años, dado el divorcio entre una política capaz de gobernar (y no de sometimiento a) los procesos constantes de transformación de la economía y del “trabajo de las naciones” y una sociedad civil en crisis de representación. Hablo de los derechos “antiguos” que adquieren una nueva importancia en esta fase de desarticulación del mercado laboral, tales como la tutela del trabajador y su dignidad --en especial para las nuevas figuras sociales-- en los casos de despidos individuales sin “justa causa”. Sobre todo, me refiero a una nueva generación de derechos civiles, capaces de reconstruir solidaridad y cohesión en esta etapa de profunda articulación de la sociedad civil. Hablo, pues, del derecho a la formación a lo largo de todo el arco de la vida y de la seguridad que ella puede garantizar a los jóvenes, mujeres, inmigrados y trabajadores de más edad, en esta fase donde el trabajo tiende a ser cada vez más flexible y móvil; una seguridad para conjurar los riesgos cada vez mayores de precarización del trabajo y destrucción cíclica de un patrimonio de conocimientos, de saber hacer y, en primer lugar, de autonomía y dignidad. En este caso, se trata de un “derecho de libertad”, puesto que no hay libertad sin conocimiento y porque sin conocimiento tendremos una fractura incurable en la sociedad civil; y sin conocimiento, las relaciones entre gobernantes y gobernados, empezando por el puesto de trabajo, son de opresión y subalternidad.
Hago referencia al derecho a participar en el gobierno del tiempo, en el centro de trabajo y en la vida privada y al derecho a un control de de la organización del trabajo, a la definición de nuevos espacios de autonomía del trabajo, porque siempre se exige a los trabajadores nuevas responsabilidades (y no sólo la antigua fidelidad) en la época contemporánea. Hablo del derecho a la tutela medioambiental. Hablo del derecho a la información preventiva ante las transformaciones de la empresa, y a la concertación en los permanentes procesos de reestructuración, en sus repercusiones en el ambiente, en las políticas de movilidad en el territorio, en los procesos de cualificación del trabajo y en las de creación de nuevas oportunidades de empleo en aquellas empresas afectadas por la reestructuración o dislocación de una parte de sus actividades. Cierto, es posible prever y anticipar los procesos de reestructuración mediante una concertación sistemática con los sindicatos y los poderes públicos; y, del mismo modo, es posible prever o, incluso, redimensionar los contragolpes sociales que se derivan de estas situaciones. Prever, prevenir, dirigir: en ello consiste un gobierno del cambio.
Una legislación sobre la responsabilidad social de la empresa, definida en las mismas directivas de la Comisión ejecutiva de la Unión europea, debería ser parte de la política industrial de un gobierno de centro-izquierda.
Naturalmente, no pienso que la temática que he planteado agote los contenidos de un programa de la izquierda y del centro-izquierda; ni tampoco pretendo que sobre estos asuntos mis planteamientos sean los mejores. Sin embargo, creo que son cuestiones ineludibles sobre las que hay que pronunciarse sin equívocos ni afirmaciones genéricas de principio, a veces, unas y otras, contrapuestas por unos comportamientos, dictados por otras prioridades u otra distinta escala de valores. Por ejemplo, se puede contestar que la enseñanza y la formación, la investigación y la ecología son las prioridades inderogables de una política industrial “moderna”. Pero si se está de acuerdo en ello, no se puede sugerir simultáneamente la oportunidad de una reducción de la presión fiscal que no sea directamente proporcional a la realización de estas prioridades.
Y en un país como el nuestro, que tiene un enorme déficit público, tampoco se puede defender la intangibilidad de los servicios públicos fundamentales como el welfare del empleo, la educación, la salud, la protección social, las comunicaciones, el saneamiento del territorio (más allá de su gestión, que puede ser privada, aunque vinculada al respeto de las reglas públicas de un servicio universal) y, al mismo tiempo, permitir que la propuesta de las rentas mínimas garantizadas no esté rigurosamente vinculada a la formación y el empleo de los trabajadores, con severas sanciones en caso de incumplir las obligación de la formación. Si no se cumplen estas condiciones nos deslizamos hacia una deriva puramente asistencialista que es, incluso, discriminatoria y corporativa.
Sólo reconquistando una autonomía cultural y una lectura crítica de las transformaciones sociales que maduran, en primer lugar, en las relaciones de trabajo, será posible salir de la “farsa” de los programas que se suceden para luego morir de manera rápida, mientras todos invocan coralmente, y con alguna hipocresía, la necesidad de un programa que contemple la obligación de los grupos dirigentes de la izquierda y del centro-izquierda.


[1] Traducción y Notas de José Luis López Bulla
[2] Robert Castel en La metamorfosis del trabajo asalariado. Paidós.
[3] Para mayor abundamiento, véase “La gran transformación”, de Karl Polanyi.
[4] La expresión libertaria no tiene en nuestro autor la misma acepción que vulgarmente conocemos nosotros; o sea, no se refiere a lo libertario en clave anarquista sino amante de la libertad plena, tal como originariamente también la utilizaron los anarquistas españoles.
[5] El actual debate sobre las deslocalizaciones de las empresas ha situado otro término: la relocalización. De esta manera se da a entender que existe una des(localización) de salida y una (re)localización de entrada. Bruno Trentin utiliza aquí la expresión dislocación que tiene la ventaja en castellano de afectar a ambos procesos: el de salida y el de entrada.
[6] Fue cuando Fausto Bertinotti (Prc) amenazó con hacer caer el gobierno Prodi, si no se aprobaba la Ley de las 35 horas.
[7] El dono. Lo cierto es que no existe en castellano una palabra que precisa estas relaciones “de dono”: se trata de la reciprocidad en los intercambios, y hace referencia a una red de prestaciones entre los ciudadanos. Tú me arreglas el grifo, yo te cuido los niños...

PREFIERO MORIR SIENDO SOCIALISTA

08 Giugno 2006
Morire socialista
Sezione “politiche
«Comprendo perfettamente la preoccupazione di De Mita di non finire almeno per ora nell’Internazionale socialista. Sono però sicuro che De Mita comprenderà le intenzioni di persone come me di partecipare a questo processo unitario e nello stesso tempo di morire socialista. Comprendo Chiamparino, quando si dichiara il sindaco di tutti e conseguentemente un uomo di centro ma credo che non debba dimenticare che è stato eletto sulla base di un programma anche nazionale che sa distinguere tra operai e banchieri, fra salario, profitto e rendita». Bruno Trentin, una delle menti più lucide della sinistra, alla faccia dell'anagrafe, propone un'alternativa al Partito democratico.
da l'Unità dell8 giugno 2006
Bruno Trentin: «Io voglio morire socialista» di Bruno Ugolini Dall’unificazione dei gruppi parlamentari e consiliari a convenzioni locali e poi nazionali, aperte alla società civile. Così l’Ulivo, guidato dalle direzioni nazionali dei partiti, potrà raggiungere un’unità nell’agire senza perdere l’identità e i valori di ciascuno Bruno Trentin, già segretario generale della Cgil, oggi nel gruppo dirigente dei Ds, è interessato al processo unitario nell’Ulivo. Ma delinea un tragitto complesso, che parta dal basso, fatto d’aggregazioni e convenzioni, su problematiche quali il mondo del lavoro e i diritti delle persone. È d’accordo con l’esigenza espressa, su queste pagine, dall’ex segretario della Cisl Savino Pezzotta, tesa a rispettare il pluralismo culturale presente nel centrosinistra. Polemiche con Salvati e De Mita: «Vorrei poter morire socialista». Meglio guardare subito ad una Federazione piuttosto che ad un indefinito e immaginario partito democratico. Che cosa ha colpito nell’intervista a Savino Pezzotta? «Mi è apparsa un’esposizione piena di saggezza. Soprattutto nelle sue osservazioni da “riformatore”, ricche come sono di un’esperienza sindacale anche illuminante. Mi riferisco ai suoi riferimenti circa le forme possibili d’unità tra le forze che diedero vita al processo dell’Ulivo e dell’Unione. Egli ha sottolineato, infatti, come la mortificazione del pluralismo delle idee e delle culture sia stata la causa principale della mancata unità sindacale». Quali suggerimenti trarre da un tale convincimento? È impossibile una fusione delle idee? «Si tratta di dare respiro, dal basso, come dice Pezzotta, alla volontà di partecipazione e non solo d’unità, delle forze che hanno dato vita, nella straordinaria esperienza delle “primarie” per l’elezione di Prodi. Questo vuol dire aggiungere all’unificazione dei gruppi parlamentari, processi d’unificazione di gruppi consiliari regionali e locali. Penso alla moltiplicazione d’esperienze e decisioni analoghe fra i gruppi dell’Ulivo, ma sempre aperti a nuove e diverse adesioni». Con un ruolo degli organismi nazionali? «Certo, è necessario lo stimolo delle direzioni nazionali dei partiti dell’Ulivo, con l’apertura di un più vasto dibattito con la società civile, nelle regioni e nei territori. Così è possibile coniugare la ricerca di una nuova unità nell’agire, con la salvaguardia del pluralismo dei valori e delle identità di ciascuno. È una ricchezza, questa, non un limite. Una ricchezza che permette anche di superare le ipocrisie e il “non detto”». Quali strumenti si potrebbero adottare e su che problematiche? «Penso a convenzioni locali, aperte sui punti di convergenza possibili e sulle identità e i valori che sono destinati a convivere. Penso a convegni di massa per riflettere, ad esempio, su temi decisivi come quello della centralità del lavoro e dei diritti delle persone, in questa fase di transizione vissuta dalla società italiana. Solo da lì può partire anche una convenzione nazionale che apra un grande dibattito, seguendo il modello della convenzione sulla Costituzione europea, come propone Giorgio Ruffolo. Ogni forza politica, ogni assemblea rappresentativa deve poter partecipare a questo forzo d’elaborazione dei contenuti e delle priorità da rispettare, ossia il cuore di un processo unitario». Come cercare di superare gli ostacoli che si frappongono ad un tale progetto? «È necessario fare giustizia delle riserve, del “non detto” e di concezioni che cercano di annullare velleitariamente il pluralismo delle idee e delle esperienze che concorrono a costituire la ricchezza e, nello stesso tempo, l’apertura verso il futuro che deve caratterizzare questa ricerca collettiva. Penso a posizioni espresse un tempo dal mio amico Michele Salvati, quando proponeva ai dirigenti dei Ds di fare un passo indietro, perché auspicava una scissione liberatoria del “correntone”. Io, d’altro canto, comprendo perfettamente la preoccupazione di De Mita di non finire almeno per ora nell’Internazionale socialista. Sono però sicuro che De Mita comprenderà le intenzioni di persone come me di partecipare a questo processo unitario e nello stesso tempo di morire socialista. Comprendo Chiamparino, quando si dichiara il sindaco di tutti e conseguentemente un uomo di centro ma credo che non debba dimenticare che è stato eletto sulla base di un programma anche nazionale che sa distinguere tra operai e banchieri, fra salario, profitto e rendita». Il tema dell’affiliazione internazionale futura rimane dunque privo di una possibile soluzione? «Sono convinto che l’apertura all’esterno, all’Europa, il rifiuto di una visione autarchica del processo unitario in Italia, debba tener conto delle diverse identità culturali. È possibile immaginare che l’Italia diventi il solo Paese europeo privo di una forza che si richiami al socialismo? Allora credo, con Dario Franceschini, che sia velleitario, nella fase attuale, superare l’adesione dei Ds al Partito socialista europeo o l’adesione della Margherita ai Democratici Liberali o anche ai Popolari. Sono elementi ora non superabili ma che possono coesistere con una disciplina vincolante dei deputati dell’Ulivo al Parlamento europeo, sulle questioni che appaiono di comune interesse». E come potrà essere risolto il problema del gruppo dirigente? «Anche qui il pluralismo delle identità e delle storie culturali e politiche, non consente, anche se potrà essere auspicabilmente superato nel futuro, di pensare realisticamente ad una direzione personale unica di questo processo, dopo la leadership di Romano Prodi. Questa soluzione verrebbe, in un caso o nell’altro, vissuta come un’inaccettabile egemonia (a questa si riferisce Rutelli nella sua recente presa di posizione). Nello stesso tempo io credo che sia velleitario pensare, in questa fase, a decisioni del nuovo soggetto politico prese con la maggioranza semplice. Allora perché non decidere subito che certe ipotesi non sono a portata di mano e che una discussione defatigante sulle forme e sui tempi può anche compromettere gli sviluppi del processo unitario? È un tragitto che ha bisogno d’anni d’esperienze comuni, al basso come in alto, per diventare un fattore di contaminazione fra le diverse culture. E perché non riconoscere, come ha fatto Piero Fassino, una possibile forma federativa di questo nuovo processo, mantenendo il suo riferimento all’Ulivo? Senza inventare, dunque, delle parole “passepartout”, come Partito Democratico o Partito Riformista, che non consegnano più ai cittadini il sentimento che stiamo costruendo un nuovo soggetto, fatto di valori e democrazia interna, assolutamente inediti nella democrazia italiana». È una decisione preliminare? «Occorre riflettere subito, affinché l’obiettivo realistico di una Federazione non sia vissuto poi, rispetto a scenari immaginari, come una soluzione di ripiego».

lunes, mayo 01, 2006

CATALUNYA HOMENAJEA A BRUNO TRENTIN

Los infrascritos queremos celebrar con tiempo el ochenta aniversario de Bruno Trentin: una vida dedicada --desde el sindicalismo-- a la defensa de los trabajadores, la justicia social, la cultura y la democracia; una vida que deseamos siga siendo tan fecunda como siempre.



Joan Rigol i Roig (Ex president del Parlament de Catalunya)

Josep Maria Rañé (Conseller de Treball)

Rafael Hinojosa i Lucena (President del Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya)

Angel Abad Silvestre (Llicenciat en Filosofia)

Jordi Agustí (Magistral Tribunal Superior Justicia de Catalunya)

Joan Agustí (Magistrat)

Adela Alós-Mounier (Manager)

Ramon Alós-Munier (Professor Universitat Autónoma de Bcn)

Josep Maria Alvarez Suárez (S. general de Ugt de Catalunya)

Joaquín Aparicio (Catedràtic Pret del Treball UCLM)

Matilde Aragó (Magistrada)

Manuel Ballvé (Catedràtic Universitat Barcelona)

Santiago Barreras (Manager)

Daniel Bartomeus (Magistrat Tribunal Superior de Justicia de Catalunya)

Enric Bastardes (S.G. Federación española sindicato de Periodistas)

Antonio Baylos Grau (Catedrátic Univ. CLM)

Domènec Benet i Salichs (Llibreter)

Ignasi Blanes i Tort (Advocat. Fedeeració Societats anònimes laborals)

Isidor Boix i Lluch (Enginyer i Llicenciat en Dret)

Carme Bosch (Alpinista)

Marc Antoni Broggi i Trias (Metge)

Adolf Cabruja (Director Centre Integració i Reinserció)

Muriel Casals (Prof. Universitat Autónoma de Barcelona)

Francesc Casares Potau (Advocat iuslaboralista)

Francesc Castellana i Aragall (Dir. General Ocupació)

Manuel Castells (Prof. Universitat Oberta de Catalunya)

Benito Cirotti di Lullo (Manager)

Andreu Claret Serra (Director Institut Europeu Mediterrània)

Antoni Comín i Oliveres (Professor d’ Esade)

Albert Corominas (Catedràtic Universitat Politécnica Catalunya)

Joan Coscubiela Conesa (Secretari general Conc)

Antoni Cuadras Camps (Manager)

Justo Domínguez (ex secret. General Ugt Catalunya)

Michael Donaldson (Fundació Catalunya segle XXI)

Narcis Esteva (Diplomat d’Infermeria)

Miquel Falguera (Magistrat Tribunal Superior de Justicia de Catalunya)

José Manuel Fandiño (Economista)

Josep Ferrer Llop (Rector Universitat Politécnica de Catalunya)

Robert Fishman (Professor Universitat Pompeu Fabra)

Luis Fuertes Fuertes (Fundació Comaposada)

Faustino García (Magistral)

Emilio García (Investigador social)

Silvestre Gelaberte (Coordinador Serveis Municipals)

Dardo Gómez (Presidente del Sindicat de Periodistes de Catalunya)

Manuel Gómez Acosta (Enginyer Industrial)

Jaume González (Magistrat)

Joan Antoni González i Serret (Productor de Cine)

Salvador Goya (Manager)

Antoni Gutiérrez Diaz (Ex vicepresident Parlament europeu)

Ciriaco Hidalgo (Cap de Gabinet Consellería de Treball)

Carlos Jiménez Villarejo (Ex fiscal anticorrupción del Estado)

Pere Jódar (Professor Universitat Pompeu Fabra)

Jacint Jordana (Catedràtic Universitat Pompeu Fabra)

José Luis López Bulla, José Luis (ex secretario general CC.OO de Catalunya))

Juan José López Burniol (Notari)

Julia López y López (Catedrática Universitat Pompeu Fabra)

Josep Llavita (Comisió Ex. Federació Societats anónimes laborals)

Pedro López Provencio (Llicenciat en Dret)

Antonio Martín Artiles (Catedràtic Universitat A. de Barcelona)

Carme Martorell i Balanzó (traductora)

Pilar Maya (Síndica de Greuges de Barcelona)

Andreu Mayayo (profesor Història de la Universitat de Barcelona)

Fausto Miguélez (Ex degà Sociología UAB)

Sergi Mingote (alpinista)

Joan Maria Miró-Sans (Vice rector Univ. Politècnica Catalunya)

Mar Mirón (Magistrada)

Carme Molinero (historiadora)

Josep Morera i Prat (Metge)

Carles Navales Turmos (Director de La factoría)

Vicenç Navarro (Catedràtic Universitat Pompeu Fabra)

Raimon Obiols i Germà (eurodiputat)

Maria Lluïsa Oliveres (presidenta Fundación Alfons C. Comín)

Enric Oltra i Querol (Economista)

Joan Ortiz (Professor d’Historia. Institut Damià Campeny)

Luis Ortiz (Professor de la Universitat Pompeu Fabra)

Agnés Pardell (Rectora de la Universitat de Lleida)

Ramon Plandiura (Advocat iuslaboralista)

Pere Puig i Sern (President Federació Societat anònimes laborals)

Jaume Puig i Terrades (Manager)

Clara Riba Romeva (Professora Universitat Pompeu Fabra)

Ignasi Riera (Escriptor)

Pep Riera (ex dirigent Unió de Pagesos)

Francesc Rodon (Director del Museu Els Monjos)

Francisco Rodríguez de Lecea (traductor)

Albertina Rodríguez Martorell (traductora)

Josep Maria Rodríguez Rovira (Manager)

Eduardo Rojo Torrecillas (Catedràtic Universitat de Girona)

Angel Rozas (President de la Fundació Cipriano García)

Manuel Rubio Marchena (Gerent Federación Societats anónimes laborals)

Fernando Salinas (Consejo General del Poder Judicial)

Esther Sánchez (Professora de Dret, ESADE)

Mercè Saura (Magistrada)

Rafael Senra y Biedma (Advocat iuslaboralista)

María del Mar Serna (Direct. General de Relacions Laborals)

Raquel Serrano (Professora Universitat Pompeu Fabra)

Ascensió Solé (Magistrada Tribunal Superior de Justicia de Catalunya)

Carlota Solé (Decana Facultat Sociologia UAB)

Javier Tébar (Historiador)

Joan Tugores i Ques (Ex Rector Universitat de Barcelona)

Carles Vallejo (técnic)

Armand Vilaplana (Director del C.A. Neta)

Lali Vintró (Catedrática Universitat de Barcelona)

Ángels Vivas i Larruy (Magistrada Tribunal Superior Justicia de Catalunya)

Pere Ysàs, Pere (Historiador)

Barcelona, 20 de Noviembre de 2005
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