miércoles, enero 31, 2007

LA FRONTERA DE LOS NUEVOS DERECHOS

Bruno Trentin


Debemos ajustar las cuentas a un debate mezquino que puede acabar oscureciendo los límites que existen entre una estrategia reformadora de la izquierda y una concepción de la política, referida a la gestión de lo existente y, en buena medida, al transformismo. Esta línea está representada por el lugar que se asigna a los derechos en un proyecto vinculante para la izquierda reformadora. Los derechos existentes y su consumada realización ¿son “el fin del camino” sin poner el problema de cómo gestionar el cambio y las transformaciones ineludibles, incidiendo en su recorrido hacia un horizonte de mayor democracia y nuevos derechos? ¿O, sin embargo, se trata de una “mística” engañosa, el signo de una cerrazón conservadora ante la “modernidad”? ¿o, sobre todo, es una parcialidad corporativa que nunca podrá constituir la identidad de la izquierda?
Creo que estas dos orientaciones están presentes, de hecho, en el debate de la izquierda, aún cuando no se proclaman como tales, y se expresan de manera torticera por la degeneración personalista del debate político. Soy de la opinión que lo segundo es más peligro que lo primero: en nombre de la “realpolitik”, corre el peligro finalmente de señalar una separación, una ruptura con una gran tradición libertaria y democrática en la que se ha reconocido fatigosamente una parte de la izquierda occidental (ex comunista, socialista y verde) volviendo de esta manera a las raíces de la socialdemocracia.
Algunos dicen que la identidad de la izquierda no puede residir en los derechos formales sino en el “cambio” real y en la modernidad. De ello se puede deducir que los derechos reivindicatos en el pasado se han convertido en símbolos de la conservación, en cataplasmas de una historia superada o en la señal de una forma corporativa de autodefensa. Para juzgar el fundamento de esta nueva (y viejísima) ideología, es necesario, ante todo, que nos aclaremos sobre la naturaleza del “cambio” o, en otra versión, del carácter de la “modernidad”.
Ahora, tras dos guerras mundiales, los totalitarismos del siglo XX y del Holocausto, se han acabado los tiempos en que la izquierda podía identificar la modernidad y el cambio con un proceso lineal hacia el progreso. La modernidad estaba y está impregnada tanto de progreso posible como de reacción y regresión. Está abierta a salidas radicalmente distintas que dependen de las luchas civiles de los hombres y mujeres de “carne y hueso” y que, todavía, no están “escritos” completamente en el gran libro de la historia. Por estos motivos, las fuerzas de la democracia siempre han querido señalar y condicionar la modernidad y su misma naturaleza con la afirmación de nuevos derechos como metas a conquistar para afrontar los desafíos del cambio. Así fue desde el “Bill of Rigths” a la Carta de Derechos fundamentales de la Unión Europea. Cieertamente, como fotografía de lo existente y sanción de los derechos adquiridos.
No podemos olvidar la gran lección de los siglos XIX y XX cuando el movimiento obrero combatió el autoritarismo y la reacción, descubriendo la dimensión de los derechos o, en palabras de Amartya Sen, de las libertades. Cierto, en aquellos tiempos se impugnaron los derechos como medio para reducir las desigualdades sociales y las formas de explotación y opresión. Sin embargo, aparecen hoy como las únicas y duraderas conquistas del movimiento obrero en su lucha por la igualdad. No esta última, pero los derechos se revelaron como los fines principales de una política reformadora; una prioridad y una condición para contrarrestar las desigualdades sociales y la exclusión civil de millones de seres humanos que le precedieron y la acompaña.
En efecto, este es el legado duradero del progreso que se afirma en las luchas sociales del siglo XX: la libertad de asociación y de huelga, el sufragio universal, el “welfare state”, la paridad entre hombres y mujeres, la democracia parlamentaria: unos derechos que continuamente ha sido puestos en discusión o, a veces, vaciados de contenido. Y por esta razón (en todas las épocas), la afirmación de determinados derechos, como metas que se deben conquistar en todo momento, se acompañan de intentos de utilizar en los hechos la desreglamentación que suscitan tales cambios y las transformaciones sociales para volver atrás y para hacer valer la reacción de las fuerzas conservadoras con el ánimo de imponer una regresión política y cultural.
Esta ha sido, en los últimos años, la postura de los sectores más conservadores de la patronal y la derecha frente a las nuevas contradicciones que suscitan los procesos de transformación de la empresa y del mercado de trabajo, inseparables de la aparición de las nuevas tecnologías de la información. Por ejemplo, la contradicción existente entre un trabajo de gran responsabilidad y un empleo incierto, precario e inseguro, al menos para ún gran número de personas; en la incapacidad de buscar una solución a esta contradicción --mediante el diálogo e imaginando nuevos derechos: la formación permanente y otros-- ha prevalecido, en suma, en una parte del mundo empresarial (sobre todo, en sus corifeos) un reflejo condicionado: volver a las reacciones autoritarias de la década de los cincuenta.
Primera observación: no se debe extraviar la “modernidad” y no hay que confundir las reacciones de las clases dominantes con el reformismo.
Este fue el error que cometieron, hace ya unos diez años, los adversarios del artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores (Statuto dei lavoratori) no cayendo en la cuenta que esta primera conquista del otoño caliente adquiriría un nuevo valor en el marcado laboral de la flexibilidad y la precariedad, y --de manera particular-- en todas las relaciones de trabajo por tiempo determinado. Y poodía (y puede) abrir la vía para tutelar todas las formas “atípicas” de la relación de trabajo que hacen posible el ejercicio de un derecho. Y este es el error (no sé hasta qué punto irresponsable) de los que quieren ofrecer nuevas razones a la división de los trabajadores y a la campaña contra la tutela individual en la confrontacióin del despido (¿por razones económicas o motivos antisindicales) sin justa causa, apoyando un referéndum para extender la obligación del reintegro que sanciona el artículo 18 en una tienda o en la relación de trabajo personalizado.
Segunda observación: ¿los derechos, también los derechos fundamentales, tienen su propia historia? Es cierto, pero esta historia no es lineal. Algunos derechos acaban por olvidarse; o, porque --aunque plenamente ejercidos en tiempos remotos o al revés-- son completamente superados por las transformaciones de la sociedad. Ciertamente, el contrato de trabajo por tiempo indeterminado es uno de éstos, aunque sobreviva formalmente. Sin embargo, otros derechos conservan una dramática actualidad; por ejemplo, la enseñanza obligatoria, la prohibición del trabajo dependiente a los menores, las tutelas de los jóvenes, las mujeres, las minorías étnicas o religiosas; o como otras discriminaciones, por ejemplo, en el tratamiento salarial. Por no hablar de los inmigrados: ¿acaso se ha olvidado la reciente campaña --con sus correspondientes resonancias en una determinada literatura económica-- planteando la disminución salarial para los inmigrantes recién llegados? En definitiva, otros derechos tienen una evolución y un devenir, como por ejemplo, la transformación en el derecho al estudio (à la Condorcet), el que sitúa nuestra Constitución y, ahora, el derecho a la formación permanente (pendiente de ejercer) tal como plantea la Carta de Derechos fundamentales de la Unión Europea.
Está claro que los derechos fundamentales tienen su propia historia y su propia devenir, que señalan siempre una nueva frontera hacia la cual orientar los confines de la “polis”: de la democracia real. Y que, contrariamente, a un cierto juicio de Marx, denunciado el carácter mistificador de los “derechos formales burgueses” al estar en contradicción con las condiciones “reales” de vida, trabajo y poder de las clases subalternas, estos “derechos formales burgueses” demostraron ser la leva principal para superar estas contradicciones, salvaguardando la democraciua y lsd libertades indificuales que, después, el mismo Marx corrige más tarde en otras partes de su investigación.
¿Nuestra oposición a esta guerra preventiva no saca, quizás, su fuerza de convicciones; por ejemplo, de la susencia de una legitimación de las Naciones Unidas? ¿Y no apunta, ahora, a restituir a la ONU una soberanía efectiva (que es condición de su sucesiva reforma) y su función de fuente principal e ineludible del derecho internacional? No es, hoy, el objetivo principal del movimiento por la paz?
Para una fuerza de la izquierda, las nuevas fronteras de los derechos formales son las nuevas fronteras de la democracia. Pero, incluso a la hora de delinear una nueva frontera de los derechos (hoy ante las transformaciones de la sociedad civil la izquierda y el mismísimo movimiento sindical se resienten de límites defensivos y conservadores. Que se expresan, por ejemplo, en la infravaloración o en la afectación con el que afrontan el derecho al conocimiento y al saber, en su lucha contra la fractura social que se dibuja en el mundo entre quienes possen conocimientos y quienes está excluído de ellos.
Existe un retraso del sindicato en la percepción de la centralidad de una propuesta por el control de las formas de organización del trabajo, capaces de valorar los recursos culturales y profesionales y el deseo de aprender de la persona que trabaja; o en el diseño de una reforma del “welfare state” que responda al reto del envejecimiento de la población; un retraso, también, para reconstruir --en el mundo del trabajo y en la sociedad-- toda una solidaridad entre los diversos en torno a la búsqueda de derechos universales donde todos se puedan reconocer y construir nuevas y más amplias alianzassobre la base de objetivos como éstos.
En resumidas cuentas, la cuestión que se dirime es la actitud de los derechos universales (en los planos nacional e internacional) para construir la solidaridad entre diversas tipologías de ciudadanos, en primer lugar, en el universo de los sectores más débiles, superando toda dimensión corporativa y los privilegios de ciertas capas y corporaciones.
La otra cara, pplenamente actual, de los derechos fundamentales es la que empuja a las fuerzas políticas y sociales, que lo reivindican, a perseguir una acción incesante para dotar, rápidamente, a estos derechos de los recursos materiales y umanos necesarios para llevarlos a la práctica, esto es, a su efectivo ejercicio. En ese sentido, afirman no sólo una perspectiva y un futuro posible sino un vínculo con el presente: el de la coherencia, sin desviaciones, en la intervención para realizarlos “qui et ora”. Un vínculo que permite afirmar una transparencia y una eticidad de la acción política, fuera de un lenguaje propio de iniciados, como es el caso del monopolio de algunas capas que se autodefinen como “destinados” al gobierno, ya sea por nacimiento o por oficio.
Traducción José Luis López Bulla, subvencionada por don Rafael Rodríguez Alconchel
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martes, enero 30, 2007

TRABAJAR, ¿PARA QUÉ? OTRO COLOQUIO DE BRUNO TRENTIN CON ESTUDIANTES

(Traducción a cargo de José Luis López Bulla ex allegato de Rafael Rodríguez Alconchel)


Estudiante. Buenos días. En puertas del siglo XXI y habiendo cambiado la relación entre el hombre y el trabajo ¿no cree que no se va a ningún sitio --y, además, es ilusorio-- que se mantenga la misma relación entre el trabajador y el sindicato?

Trentin. Ciertamente. No puede permanecer invariable porque tiende a cambiar profundamente el trabajo; es necesario, así, disponer de más conocimiento para poder expresarse a través del trabajo. Y teniendo cada vez más necesidad de conocimiento, todas las personas se convierten en individuos con problemas diversos, necesidades distintas y capacidades creativas diferentes. Antes, el sindicato organizaba grandes masas de trabajadores intentando representar todo lo que tenían de idéntico. Hoy, el sindicato -si quiere representar de verdad, no sólo a las masas, sino a las personas, cada una con sus propios deseos e identidades- tiene que saber repensarse a sí mismo completamente; debe dar la palabra a todas las figuras diversas que están emergiendo en la sociedad y, sobre todo, a los jóvenes.

Una estudiante. Dispense, profesor. En nuestros días (en el mundo de la globalización donde las grandes empresas sortean con facilidad las huelgas y las protestas) ¿qué deben hacer los sindicatos de todos los sitios para no perder su poder contractual?

Trentin. Claro, es verdad que, en parte, es posible sortear una huelga en las grandes multinacionales ya que pueden trasladar el trabajo de un país a otro. Y también es cierto lo contrario: que la globalización ha comportado el desarrollo de centros autónomos de decisión en cada unidad de producción, investigación y distribución. De manera que no es preciso imaginar la globalización como si fuera una sanguijuela con su cabeza, por ejemplo, en Nueva York. siendo el resto unos tentáculos no inteligentes. Mire, en la más pequeña sucursal de una multinacional hay un centro de investigación, existe un laboratorio, gente que trabaja y piensa, convirtiéndose en insubstituible. De manera que la huelga pesa e incide todavía en ese mecanismo que es la empresa moderna, una empresa que tiene cerebros distribuidos por todo el mundo. Así, pues, si uno de esos cerebros se bloquea, se paraliza todo el resto. Aunque esto no quiere decir que no haya que buscar nuevas formas de coordinación entre los trabajadores y los sindicatos en todas las partes del mundo.

Joven. Oiga, profesor. Hoy se habla mucho de movilidad, como si fuera el recurso para derrotar el desempleo. Pero también es verdad que, por otra parte, la movilidad generará sobre todo precariedad y despidos. Oiga, ¿no cree que los sindicatos deberían oponerse más tenazmente a esta perspectiva con más fuerza que lo que han hecho hasta el momento? ¿Y no piensa que deberían luchar, todavía más, para salvaguardar los derechos adquiridos de los trabajadores de más edad, pues son los que se arriesgan a encontrarse de improviso y sin cobijo alguno?

Trentin. Usted me hace muchas preguntas seguidas… Hay una movilidad que viene inevitablemente de las nuevas tecnologías. La movilidad, en principio, es necesaria porque toda una serie de nuevas tecnologías envejecen en un espacio de tiempo de, a veces, hasta seis meses. Por ejemplo, en el software tenemos innovaciones cada año. Ello quiere decir que con la obsolescencia de las tecnologías, envejecen también las profesiones, las tareas y los cometidos. Es necesario cambiar.
Las nuevas tecnologías, por su propia naturaleza, son extremadamente flexibles y adaptables. Y pueden producir pequeñas y pequeñísimas series para una clientela concreta. Acabada aquella tarea, se cambia y, con ello, a menudo desaparece una fábrica. De modo que se trata de una movilidad de las personas que, en cierta medida, es fisiológica, obligada ante estos cambios tan gigantescos.

El mismo joven. La movilidad es un dato es ciertamente verificable. Sin embargo, yo creo que hasta cierto punto si lo que se quiere es fortalecer un determinado modelo de sociedad neoliberal, donde los despidos se conviertan en moneda corriente ¿no piensa que se deben garantizar también los nuevos puestos de trabajo? ¿y dónde se pueden emplear aquellas personas afectadas por la movilidad?

Trentin. Estos puestos de trabajo pueden encontrarse de dos modos.
El primero, garantizando ciertamente la posibilidad de un desarrollo cada vez mayor, mediante grandes innovaciones frecuentes y sobre todo con la renovación de los productos. Siempre ha sido así a lo largo de la historia de la humanidad. De ahí que sea innecesario pensar que las nuevas tecnologías destruyen el trabajo, como frecuentemente escriben muchos escritores, más de ciencia ficción que de economía. Desde el momento en que se introdujo la turbina eléctrica hasta la invención de los electrodomésticos y sus derivados pasaron cincuenta años, y se ha ido creando empleo.
El segundo modo se relaciona con el conocimiento. Una persona no puede aspirar, hoy, a estar empleada en el mismo puesto de trabajo durante toda su vida. Pero sí puede aspirar en tener una profesionalidad segura. Lo que quiere decir que la profesionalidad cambia continuamente, siendo necesaria una permanente puesta al día de los propios conocimientos. O sea, cambiará de trabajo, pero no de capacidad profesional; no perderá en el mercado laboral, será siempre empleable…

Sigue el mismo estudiante. Sí, comprendo. Pero, sinceramente, me parece que los sindicatos se están acomodando a esa perspectiva. Es decir, no me parece que haya grandes luchas contractuales de los sindicatos contra los empresarios con el ánimo de defender más a los trabajadores que corren el peligro de caer en la movilidad. Vamos a ver, ¿qué están haciendo concretamente los sindicatos para darle una orientación segura a la movilidad, capaz de favorecer a los trabajadores? ¿qué estrategia tienen los sindicatos?

Trentin. Los sindicatos tienen, ciertamente, muchos límites, y en muchas ocasiones llegan con retraso a estas transformaciones. Es algo que no quiero negar en absoluto. Pero el problema de los sindicatos no es, y no puede ser, la resistencia. Resistir y después perder la batalla no puede ser el cometido de los sindicatos ante estos cambios de una naturaleza tan profunda. El problema es el de gobernar este cambio en la dirección más útil para los trabajadores. Por ejemplo, me refiero a negociar el derecho de información en el puesto de trabajo, de manera que un trabajador que cambia de empleo pueda salir de ella con mejores conocimientos y más fuerte en el mercado laboral que cuando entró. Esta es la batalla que es preciso dar.

Otro estudiante. Perdone. Intervengo, especialmente, para apoyar el discurso de éste…, de mi compañero. Le quiero preguntar: aquí tengo el periódico de ayer, Liberazione. Informa de algunas cosas que usted dijo en el seminario sobre “Horario y condiciones de empleo”. Leo lo que dice: “Para Trentin el horario de trabajo corre el riesgo de acabar bajo el control unilateral de la dirección de la empresa”. Así es que ¿cómo es posible que, ante el problema de las 35 horas, el sindicato no se bata verdaderamente? ¿Cree usted posible que se pueda conseguir la semana de 35 horas mediante la negociación? ¿No es mejor buscar también el choque de muro contro muro,[1] y no intentando dar pequeños pasos como hacen ustedes? ¿no es mejor imponerla por ley? Porque todo indica que los sindicatos han renunciado a imponer a los empresarios la ley de las 35 horas.

Trentin. Creo que la idea de imponer una ley (cuando no se consigue imponerla con la lucha y la negociación sindical) es una reacción de debilidad y no de fuerza. Si no consigo conquistar un determinado con el consenso de la gente y recurro a la ley, no es un acto de fuerza.

El estudiante anterior. Pero… ¿con quién entiende usted que se ha de establecer el consenso? ¿Con el consenso de los empresarios? No se dará nunca.

Trentin. No, no, no. Con el consenso de los trabajadores.

El mismo de antes. Pero si se han producido diversas huelgas de los trabajadores en las fábricas, en exigencia de la reducción a las 35 horas...

Trentin. ¿De verdad? Cíteme una porque tengo curiosidad de saberlo.

El estudiante. ¿No hay una manifestación convocada para el 21 de marzo, a nivel nacional?

Trentin. Sí: una manifestación nacional; ya veremos cómo se desarrollará. Pero usted hablaba de huelgas de los trabajadores por las 35 horas. Tiene que citarme una.

El mismo. ¿Ehhh? Estaba hablando de manifestaciones, no de huelgas…

Trentin. Vale. Pero si queremos ser concretos, aquí tenemos un problema. Es preciso hablar del país real, para que podamos ir adelante. Este país real es fruto de una multiplicidad de situaciones. Yo no he dicho que las empresas controlan los horarios, sino que las empresas controlan el tiempo, que es una cosa mucho más complicada. Y, en efecto, el gran problema que advierten todos los trabajadores de las más diversas categorías y profesionalidades es el de gobernar su propio tiempo. No es mediante una receta única como se resuelve este gran problema de libertad. Que no… que no puede ser con una receta única.
Si usted le dice a una persona que trabaja 32 horas o 30 horas (hay casos de éstos, hay no pocos convenios con esta cláusula) las 35 horas serán otra cosa para él. Para esta persona, el problema serán las pausas y descansos frente a un trabajo estresante o tener la posibilidad de tener formación con la reducción de la jornada.

Un joven. Dispense, oiga. Usted ha dicho que la imposición por ley es cosa de débiles. Hay algunos sindicalistas que se vanaglorian de llevar estas luchas que vienen desde 1978… Pero, me parece que solamente con la imposición de una fuerza política se puede llegar… se puede llegar a hablar concretamente de las 35 horas. Vamos a ver, ¿qué han hecho durante veinte años, de verdad, los sindicatos para empezar a hablar concretamente de las 35 horas? Lo comprendo: la imposición por ley será cosa de los débiles, pero hasta un cierto punto es, tal vez, el único modo de imponer eso a los empresarios, Estos sólo piensan en disminuir el coste del trabajo. Y seguramente con las 35 horas el coste del trabajo no disminuirá.

Trentin. No. Pero con las 35 horas --si usted conoce un poco cómo está la reglamentación de las horas extra en Italia--, éstas, las horas extras, cuestan mucho menos que la hora normal de trabajo: un cuarenta por ciento menos. Contrariamente a lo que gritan los empresarios, yo no estoy convencido que sea un gran drama. No es un gran drama para ellos tener una ley que contemple las 35 horas para todos porque, a continuación, pueden obligar a realizar las horas extras sin limitación. Por cierto, las propuestas de ley de 35 horas dejan sin resolver esta cuestión.
Yo estoy en condiciones de decir que el sindicato, en estos últimos años, a pesar de las dificultades (el desempleo no es cosa que ayude a la batalla por la reducción de los horarios) digo, a pesar de las dificultades, hemos conseguido no ya las 35 horas, sino 34, 32, 30… Conozco perfectamente empresas textiles que trabajan 30 horas. Y, ¡oído!: he descubierto que, en algunos sitios con 30 horas semanales, la condición de trabajo ha empeorado.

Estudiante. Digo yo que serán casos límite…

Trentin. ¿Casos límite, dice? El 28 por ciento de la población trabajadora tiene una alta… una altísima profesionalidad. Hay un millón y medio de técnicos jóvenes, trabajadores subordinados con contratos “en misión”. El problema del tiempo se presenta para esta juventud de una manera diferente a la “solución guillotina”. Quiero decir lo siguiente: el problema es reducir el horario efectivo, no el horario legal, consintiendo a la gente que gobierne su propio tiempo.

Una joven. El sistema de producción fordista-taylorista ha caído definitivamente. Quiero preguntarle si el nuevo modo de producir se reoganizará en base a las nuevas exigencias del mercado ¿O será sin una posterior formación de esquemas?

Trentin. Un momento… Podemos hablar de la crisis del modelo fordista porque, de manera particular, las nuevas tecnologías de la informática han puesto en crisis la producción en masa estandarizada y repetitiva. Pero yo sería más prudente con relación al taylorismo ya que, en todos los países, las direcciones de las empresas se resisten a abandonar el sistema jerárquico y opresivo de la organización del trabajo. Estamos, por lo que se ve, en una fase abierta que no tiene un nuevo modelo. Estamos, sí, ante unas tentativas: unas veces con fuerzas innovadoras y, en otras ocasiones, con vueltas al pasado. El problema del sindicato y de los trabajadores es el de moverse en esa dirección con sus propias propuestas.

La misma joven. Pero… ustedes cree que, a pesar de la actividad sindical, en este modo de producir seguirá existiendo una jerarquía…

Trentin. Siempre habrá una jerarquía mínima… Cuando trabajan juntas tres o cuatro personas, siempre hay una división de los objetivos y de las tareas. El problema es que esta división no sea siempre fija; que no mantenga al de arriba siempre arriba y al de abajo siempre abajo, manteniendo siempre en el mismo sitio al que gobierna y al gobernado. Más todavía, todos deben tener la posibilidad de participar en las decisiones. Ese es el gran objetivo que se propone en todas las luchas sindicales de estos años, tanto en Europa como en otros lugares del mundo. Y se están dando los primeros pasos.
Creo que, en todas las industrias modernas, el número de los niveles jerárquicos ha disminuido, aunque todavía son pocos los casos donde exista el trabajo en grupo, donde se permita que todos expresen sus capacidades creativas.

Otra chica. Oiga, dispense. ¿Cuál puede ser la tutela sindical para aquellos trabajadores que hacen su cometido en red? Porque allí no hay unidad de espacio y de tiempo y trabajan a distancia. A ver, ¿cómo puede existir la tutela sindical, cómo se puede controlar esta unidad espacio-tiempo que va un tanto a uñas de caballo?

Trentin. Bueno, hay diversas formas de trabajo en red. Por ejemplo, el teletrabajo. El sindicato tiene que acercarse a todas estas realidades fragmentadas, representando los intereses de la gente. Y no sólo con objetivos del pasado, porque si se planteara las 35 horas para todos o aumentos de salario iguales para todos (como si todos tuvieran las mismas condiciones, o sea, la situación de hace treinta años) probablemente nos equivocaríamos. Pero existen problemas idénticos: problemas de libertad, de derechos, de igualdad de oportunidades, de gobierno del tiempo, de autonomía en las decisiones… El sindicato tendrá que representar a la nueva clase trabajadora con relación a estos problemas. Nadie movería un dedo en este país si yo dijera las mismas cosas que expresaba hace treinta años cuando dirigía a los metalúrgicos, es decir, cuando planteaba un aumento de cien mil liras iguales para todos.

Estudiante. Oiga, ¿en este momento qué línea económica sigue su sindicato?

Trentin. ¿Qué quiere decir con eso de “línea económica”?

El mismo estudiante. Me refiero a la línea que quiere imponer el gobierno…

Trentin. El sindicato debe representar o intentar representar al mundo del trabajo. El sindicato no representa al gobierno, ni a ninguna autoridad, no es una ramificación del gobierno. La línea de política económica del sindicato es lo que vengo explicando: nuevas ocasiones de trabajo que no sean precarias y no descualificadas, no provisionales y siempre basadas en la posibilidad de aumentar el conocimiento y la profesionalidad. Este es el futuro del trabajo.
El futuro del trabajo es ser, cada vez más, una mercancía insustituible. Hoy la competencia a escala mundial no se desarrolla esencialmente sobre los capitales o sobre los inventos porque todo ello circula con la velocidad del ordenador a través de internet. Lo único que permanece menos móvil, relativamente menos móvil, son las personas: las personas que piensan y que pueden resolver problemas. La competencia se desarrollará, cada vez más, con el mayor número de cerebros en los puestos de trabajo resolviendo problemas, siendo capaces de no repetir continuamente la misma carrocería; no insistiendo en el error y en el defecto anteriores… Porque hoy se exige al trabajador que responda justamente a una función; que haga una pieza y, al mismo tiempo, que sepa corregirla, verificar, ver cómo funciona y si se adapta a otra pieza o no se adapta. Antes, estas cosas eran auténticas obras maestras, y yo lo he visto hacer con aleaciones pequeñísimas y muy refinadas. Era el trabajo semiartesanal que hacía un obrero de tantos hace muchos años. Este tipo de obra maestra en la industria artesanal desapareció hace unos cuarenta y cinco años.
Después se pidió a la gente que hiciera una sola operación (la misma, repetida miles de veces) en condiciones frecuentemente desagradables. Tengan en cuenta que el cacharro se montaba, durante ocho horas diarias, con las manos arriba. Con esa postura nadie podía preocuparse de saber si había defectos o no. Ahora, todo eso está cambiando. Todo está cambiando y, naturalmente, los trabajadores --las personas de carne y hueso-- las chicas y los chicos que entran ahora en la fábrica moderna, bueno, frente a estos cambios exigen más. Quieren disponer de más conocimientos, piden poder decidir cómo se hacen las cosas y no solamente trabajar más durante un determinado tiempo. Ahí debe intervenir el sindicato para afirmar y liberar los grandes deseos de libertad y de orgullo de auto-realización de la persona en el trabajo.

Una joven. Profesor, usted dijo antes que en la industria, aunque había ritmos agobiantes, se tenía la posibilidad de competir: existía la competencia entre trabajadores. Ahora, con el teletrabajo falta esta dimensión humana y social. ¿No es un paso atrás que falte un derecho ya conquistado?

Trentin. Alto ahí, yo no he dicho que hubiera la posibilidad de competir entre los trabajadores. Porque también el sindicato se batió para impedirlo.

La misma joven. Tal vez más que competencia había la comparación.

Trentin. Sí, pero sobre todo, he dicho que la competencia entre las empresas se realiza mediante la capacidad creativa del trabajo. Así de claro. El trabajo ha sido siempre un momento de vida en común, de colaboración, no de competición entre diferentes personas. Ahora se corre el riesgo de que eso se pierda cuando uno se encuentra, por ejemplo, en la soldad del teletrabajo. Pero, también es verdad que esa soledad es un espacio de libertad, y un joven que trabaje de esa manera no renunciará fácilmente a ese espacio de libertad de poder gobernar su propio tiempo.
Hay que encontrar el modo que este operador del teletrabajo, ese joven, pueda reunirse con el resto que hace el mismo cometido y ver con ellos qué debe reivindicarse conjuntamente, no solamente qué retribuciones; sobre todo deben ver qué posibilidades tienen de enriquecer sus conocimientos. Un sindicato moderno debe preocuparse de estas cosas. Es decir, reunir todas esas personas, esos diversos individuos.
Ustedes habrán notado que siempre hablo de personas y poco de masas. Lo hago porque el gran asunto de este siglo, en el que ustedes han entrado, es que la gente emerge con su propia personalidad y no acepta de estar encasillado junto al resto; cada cual quiere hacer sentir su aspiración y sus prioridades. Es un derecho que debe defenderse. Que hay que defender, naturalmente, de modo colectivo.

Otra joven. Profesor, pero ¿por qué motivo se continúa luchando más sobre la cantidad de trabajo y no sobre la calidad del trabajo? ¿Por qué no se intenta sistematizar mejor las condiciones de este trabajo y no solamente sobre las horas de trabajo?

Trentin. Se pueden vincular las dos cosas. Porque si consigo trabajar menos, estoy hablando de trabajo efectivo; y si consigo estudiar más, puedo trabajador mejor y ser dueño de mi propio trabajo.

La misma joven. Claro, pero por condición yo entiendo en la fábrica, por ejemplo, donde no se dan buenas condiciones. Por ejemplo, hay fábricas donde existe un trabajo estresante por la cantidad de horas de trabajo, claro, pero también porque las condiciones son pésimas. No son buenas fábricas. Por ejemplo, sabemos de muchas fábricas donde hay mucha mano de obra sumergida[2]: muchas chicas que están en el trabajo sumergido. ¿No se podría mejorar esta situación en vez de intervenir sólo en las horas de trabajo?

Trentin. Bueno, no conviene infravalorar eso de reducir las horas de trabajo. Tengan en cuenta que, en los entresuelos de Nápoles o de Puglia, hay muchas niñas que hacen pantis de mujer y trabajan más de doce horas. Para esta juventud, trabajador menos sería algo extraordinario. Son, además, horas mal pagadas y en unas condiciones nocivas. Lo sé perfectamente: los productos que se utilizan para fabricar los pantis son peligrosos, y se respiran ácidos que dañan peligrosamente la salud. Trabajar así durante doce horas es acortar la vida.
Entonces, reducir las horas y mejorar las condiciones de trabajo no están en contradicción. Hay una batalla fundamental por la salud, por el gobierno del tiempo de cada cual y para obtener las remuneraciones por aquello que realmente se hace. Se trata de chicas infra remuneradas, explotadas en todos los aspectos. Y aquí volvemos a encontrarnos con un problema de falta de libertad porque se trata de medio esclavas en muchos sitios. No sólo en el Sur, también en la Emilia Romagna con, por ejemplo, los pakistaníes o en el Véneto, con gentes que viven en un infierno. Francamente, aquello parece la Edad Media en pleno siglo XX. Por lo tanto, en estos casos estamos ante un problema de liberación del trabajo. Debemos abordar los problemas de las personas: su derecho a la vida, a estudiar…

Otra joven. Buenos días, Profesor. Estaba yo informándome sobre estos problemas de la revolución del trabajo y he encontrado en internet la web de Ricardo Bellofiore. Este señor explica las consecuencias de la revolución fordista y habla de “trabajo vivo” y “trabajo muerto”. Mi pregunta es si todavía podemos seguir utilizando esas categorías conceptuales de las diferencias entre “trabajo vivo” y “trabajo muerto”, según aquellos cánones.

Trentin. Claro que sí. Siempre podremos hablar de trabajo vivo y trabajo muerto. Se trata de un término marxista, pero que antes lo utilizaron los economistas clásicos. El trabajo vivo es el trabajo que producen las personas; el trabajo muerto es el trabajo que se ha incorporado a la máquina. De eso se habla en El Capital.
Pues sí, podemos decir que siempre habrá un trabajo vivo y un trabajo muerto. Pero yo pienso que el fordismo se ha identificado mucho más con otro concepto: el trabajo abstracto. El trabajo abstracto es aquel que podía parcelarse en una determinada cantidad de unidades elementales y, diría, que es un trabajo sin calidad. Por ejemplo, la cadena de montaje: efectivamente, no había diferencia, para hacer una carrocería, entre el trabajo de uno y el de otro. Ese trabajo se podía subdividir en muchísimas pequeñas operaciones y la retribución era igual para todos. Ese es el trabajo abstracto que estaba al margen de la persona concreta, de su conocimiento y de su personalidad: sus capacidades creativas no interesaban. En la producción fordista el dogma era: “no tenéis que pensar, sino ejecutar; nosotros pensaremos por vosotros”. Este era el evangelio de la fábrica, de la fábrica fordista.

Un estudiante Quisiera volver a un tema de palpitante actualidad: el de los ferrocarriles. ¿Cómo se sitúa su sindicato frente a esta crisis que está afectando a uno de los últimos servicios públicos que nos quedan en nuestro país?

Trentin. ¿Qué cómo se sitúa? En primer lugar se trata de liquidar la burocracia que, durante años, se ha desarrollado en ese sistema y no ha sido capaz de renovarlo. Tenemos, hoy, unas estructuras profundamente envejecidas, a pesar de que los ferrocarriles nos han costado un ojo de la cara; es un dineral que se lo ha comido una enorme maquinaria burocrática. En segundo lugar, defendiendo a los trabajadores, y me permito añadir la solidaridad entre los trabajadores. Porque hay grupos corporativos, también en los ferrocarriles, que se han consolidado y han roto la solidaridad.

El mismo estudiante Pero sí existe solidaridad porque contra los despidos de estos días se ha movilizado casi toda la empresa. Ahora quiero preguntarle otra cosa: ¿piensa el sindicato que la solución es la privatización?

Trentin. Bueno, no es ahora este el problema. La solución nunca es blanca o negra. Lo que interesa saber es si una empresa está bien gestionada, si los trabajadores tienen el derecho de participar en sus decisiones que se refieren al trabajo. Da igual que la empresa sea pública o privada porque siempre permanece el mismo problema. Hemos tenido empresas nacionalizadas en la Unión Soviética donde existía la mayor opresión a los trabajadores. El problema no está en la solución mítica de la propiedad; el problema es la libertad de las personas en el trabajo. Esto es lo que nosotros defendemos, también en los ferrocarriles: la posibilidad que ejerzan bien su profesión y en solidaridad con los demás.

Estudiante. Claro, pero si la empresa de los ferrocarriles hubiera sido privada, estos despidos hubieran pasado con sordina; pero como es pública, el asunto ha dado mucho ruido y han habido muchas huelgas…

Trentin. Permítame. El problema no está en los despidos. El problema es el despido justo.
En una empresa privada, donde hemos conquistado un estatuto de derechos laborales, no se puede despedir a un trabajador sin justa causa, que tiene que demostrarse en los tribunales. Pero en la Administración pública era diferente: hicieras lo que hicieras nunca te podían despedir. Nosotros hemos luchado para romper esa situación con el ánimo de que todos tengan iguales derechos. Y, ciertamente, ahora en la Administración pública está el derecho a la justa causa. Pero esto nace del Estatuto de los Trabajadores y no del empleo público.

Otro estudiante Dispense, profesor. En estos días, además de los ferrocarriles, ha estallado el escándalo de los llamados esclavos del nordeste, es decir, personas que vienen de países extranjeros y trabajan 350 horas al mes en Porto Marghera (Venecia) y se les paga poquísimo. Pero lo más escandaloso es que aquello forme parte de un proyecto europeo. ¿No le parece absurdo esto? ¿No le parece absurdo? Y, sobre todo, ¿cómo es posible evitar que los intereses de las multinacionales, quiero decir, que la legalización de los intereses de las multinacionales se convierta en la regla?

Trentin. Vamos a ver. No está escrito en ninguna parte que eso se convierta en la regla. Si existe la financiación de un proyecto de la Comunidad (conozco el caso de Porto Marghera) se trata, en primer lugar, de una burla a la Comunidad y de una violación de las leyes más elementales que hay en ese sentido.

Estudiante. Vale. Pero ¿cómo es posible que haya sucedido, y cómo es posible que también haya sido legalizado?

Trentin. Sí, ha sucedido. Pero no…, repito: no ha sido legalizado. Se trata de una violación de la ley, y se trata de demostrar dicha violación mediante la lucha. De momento se han cerrado esas carracas donde se explotaba al personal. Hay que tener un gran coraje para cerrar aquellas carracas… Y esta es una batalla que probablemente deberemos dar en otros sitios, allá donde se considera que es normal que se explote a una persona de otro color u otro país. Estoy por decir que esto se resuelve con la lucha, con la lucha… “con la guerra en el interior del pueblo”, como se decía hace muchos años.

Una chica. Profesor, usted afirma en un libro suyo que los sindicatos deben abandonar la lógica del muro contro muro con los empresarios y, por otra parte, plantea que los sindicatos se comprometan en la dirección de las empresas. Ahora bien, de esa manera tendrían que apoyar situaciones poco favorables como puede ser, en este periodo, la movilidad. ¿No cree que de esa forma se apoya a las empresas y a los empresarios?

Trentin. Lo que pasa es que yo nunca he dicho, así, lo de muro contro muro. Hay veces en que te encuentras con lo de muro contro muro. Porque cuando están en juego cuestiones fundamentales (como el derecho de las personas, como eran los casos de los que hablábamos antes) estamos en el muro contro muro. O sea, no se puede ceder, no puede haber compromisos de cualquier naturaleza. Ahora, si usted me cita el caso de la movilidad… Pues bien, hay una movilidad que es inaceptable porque entran en la lógica empresarial del usar y tirar la mano de obra a poco precio.
Y hay casos de movilidad que son inevitables, dados los cambios de las tecnologías. En este caso, es un error hablar de resistir, combatir y después registrar el disparate, incluso cuando se hace con el apoyo de los trabajadores como a un servidor me ha pasado muchas veces. Así es que es necesario tener un sindicato capaz de proponer. Capaz de proponer alternativas. Siempre hay alternativas a las propuestas de los empresarios. Tenemos que orientarnos a decir menos “que no” y más a decir “que sí”. Cierto, no al sí de los empresarios, sino al de los trabajadores.

Muchacha. Pero, ¿realmente qué papel desarrolla el sindicato tutelando los derechos de los extracomunitarios que, a menudo, llegan a Italia, que continuamente llegan a Italia a realizar trabajos humildes? ¿De qué manera el sindicato defiende y tutela los derechos de los extracomunitarios?

Trentin. Bien, en la medida que son trabajadores como el resto y deben ser protegidos desde todos los puntos de vista. Ahora bien, hay muchas situaciones en las que se crea una terrible complicidad entre el trabajador y el empresario. No siempre y no sólo el trabajador extracomunitario, también casos como el de aquellas chicas italianas que trabajan en la economía sumergida. Se renuncia, así, a una serie de derechos (por ejemplo, a la Seguridad social) porque el patrón les dice: “De esta manera te doy más; y si no lo quieres, te despido”. Se crea, pues, una situación de complicidad entre el negrero --porque eso es lo que son: negreros—y el trabajador, sobre todo el extracomunitario. Hemos dado importantes batallas en no pocos sitios. En una de ellas la mafia mató a un compañero nuestro, muy valiente, que representaba a sus compañeros nigerianos.

Una estudiante Oiga, ¿no se corre el riesgo de que la movilidad provoque una pérdida de identidad en el individuo?

Trentin. Muy cierto, existe ese peligro. Pero el antídoto está en que las personas consigan acumular una mayor preparación que les permita mantener su propia identidad aunque cambie el puesto de trabajo. He dicho el puesto de trabajo, no el tipo de trabajo.

Otra estudiante. Mire, ayer, con otro experto, estuvimos hablando del bien común y del bienestar, es decir, de cosas que puede tener el pueblo y den una completa confianza en el Estado. Y este experto ponía el ejemplo de Rousseau que hablaba de la voluntad común y del bienestar que podía conllevar… ¿Cómo piensa usted que podemos conciliar nosotros, en nuestros tiempos de ahora, estas dos ideas: la que exalta la individualidad de una sola persona y esta especie de bienestar común que debería crearse dándole confianza al Estado y, digamos, reuniendo muchas individualidades para poder tener un bien común?

Trentin. Rousseau no tenía confianza en el Estado.

La misma estudiante. No. No la tenía. Pero decía que debería existir una voluntad común que debía venir del Estado.

Trentin. Ciertamente. Pero la voluntad común se expresa mediante valores que cambian con los tiempos. El mismo Rousseau pensaba que la voluntad común aspiraba a cierto grado de felicidad. Bien, yo creo que las cosas han cambiado. Quizás me equivoque --vosotros lo juzgaréis-- yo lucho, también, por el derecho a ser infeliz: por escoger mi felicidad o mi infelicidad.

La misma de antes. Claro, esto es lógico porque siempre está lo que quiere cada individuo concreto.

Trentin. Y lucho sobre todo por mi libertad, por la posibilidad de expresarme. Y aquí busco un grado enorme de solidaridad con tantos de mis iguales: los que tienen el problema de ser unos solitarios, de ser libres, de ser ellos mismos. Y en este sistema, el modo de producción es quien niega este derecho, el derecho a la auto-realización. Porque un derecho fundamental es lo que construye la civilización. Yo no creo que lo que estoy diciendo sea el repliegue hacia el individualismo. Estoy hablando de la valoración de las personas, de la riqueza que tienen en su interior: es una gran batalla de libertad y de progreso.
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[1] Muro contro muro es un ideolecto que utilizan algunos sectores de la izquierda italiana. Quiere decir, chispa más o menos, nosotros contra ellos y, en términos menos jergales, sería clase contra clase. (JLLB)

[2] La joven utiliza la expresión “lavoro nero”. Para evitar confusiones al lector de hoy, utilizo la expresión “trabajo sumergido”. (JLLB)

lunes, enero 01, 2007

PIETRO INGRAO RECOMIENDA UN LIBRO DE BRUNO TRENTIN

Ha aparecido durante el otoño en Italia un hermoso libro de Bruno Trentin [Se refiere al libro La città del lavoro. Sinistra e crisi del fordismo, Feltrinelli, Milano, 1997], sobre el cual sería fecundo, a mi juicio, abrir una larga discusión, casi de masas. Trentin, recorriendo la historia del movimiento obrero posterior a Marx (pero también anterior) hasta este fin de siglo, elabora una crítica dura y fecunda del "estatalismo" que vence (con Lassalle, con Engels, con Lenin) en el movimiento obrero al final del pasado siglo, y que confía, en suma, a una elite ilustrada (y a un poder "armado", añado yo) un camino de liberación del trabajo que en cambio sólo puede brotar de un largo y difícil proceso de autonomía, construído desde abajo: principalmente (pero no sólo) allí donde el acto productivo se cumple y cambia en los contenidos, en las formas, en los tiempos, hasta los masivos procesos de globalización hoy desplegados.
Vale, hasta aquí la opinión de uno de los grandes padres nobles de la izquierda. La cofradía santaferina "Con el maestro Bruno Trentin", preguntamos: ¿cómo es posible que nadie ha osado intentar la publicación de una obra tan sugerente como ésta? Querida editorial Trotta: te hacemos de gañote la traducción. Así lo hemos acordado en sesión plenaria bajo la presidencia de nuestro amado dirigente Rafael Rodríguez Alconchel; a su esposa le deseamos que se reponga rápidamente de sus achaquillos.

miércoles, julio 26, 2006

TRENTIN, DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE VENECIA


Señor Rector Magnífico. Señor Decano de la Facultad de Economía y Comercio. Señores miembros del Consejo de Facultad: doctores Beggio y Malgara. Señoras y Señores. Queridos amigos.
Pueden ustedes comprender mi emoción, en este momento, no sólo por el honor que impropiamente me hacen con este doctorado, sino por la iniciativa que han tenido celebrando este acto en el aula que lleva el nombre de mi padre. Siempre he sido reacio a hablar públicamente de él, dado el respecto y reconocimiento que le debo: hoy no cambiaré este comportamiento. Tan sólo quiero testimoniar que lo poco de válido y de útil que he producido en el curso de mi larga vida, lo debo por entero a su enseñanza y ejemplo; a su radical incapacidad de separar la ética de la política con relación a la moral cotidiana, y por ello pagó con sus propias convicciones.
El tema de esta intervención es la relación entre el trabajo y el conocimiento. Lo he escogido porque me parece que en esta extraordinaria trama que puede llevar al trabajo a convertirse cada vez más en conocimiento y capacidad de iniciativa --y, a partir de ahí, en creatividad y libertad, incluso si se trata de solamente de una potencialidad, de una salida posible, pero no cierta de las transformaciones en curso en la economía y las sociedades contemporáneas-- está el mayor desafío que tenemos en los inicios de este siglo. Es un reto que puede conducir a la eliminación de viejas y nuevas desigualdades y de las diversas formas de miseria que vienen, sobre todo, de la exclusión de miles y miles de personas de una misma comunidad.

TRABAJO Y CONOCIMIENTO

1. Sin embargo, no se puede decir que la gran transformación del trabajo y del mercado laboral --cuyo arranque es el salto de cualidad operado en la década de los setenta y ochenta, con la revolución de las tecnologías de la información y de las comunicaciones y de los procesos de mundialización de los intercambios, saberes y conocimientos-- haya tenido, desde sus inicios, una puntual interpretación en la literatura económica y social.
Pocos han sido los observadores que entendieron, como Robert Reich, que nos encontramos frente a un proceso que, con sus contradicciones y desigualdades a escala nacional y mundial, comportaba igualmente la caída de los modelos fordistas de producción rígida y de masa, además de un cambio en la aportación que construía la riqueza de las naciones. No obstante, fueron muchos los apologetas acríticos de una sociedad posmoderna. Y también fueron muchos los profetas de la desventura. En efecto, hizo fortuna, en Europa e Italia (como ocurrió en la segunda posguerra frente a los procesos de automoción y producción en masa), una literatura catastrofista y liquidacionista que ha tenido un fuerte peso en la opinión pública y en la cultura política de aquellos entonces. La década de los ochenta y noventa fueron unos años en los que tuvieron un insólito éxito ciertos “best sellers” como El fin del trabajo de Jeremy Rifkin. El trabajo, un valor en vía de desaparición, de Dominique Meda o, para el gran público, El horror económico, de la novelista Viviane Forrester. Estos textos y otros tantos subproductos parecían dictar los contenidos y las formas del fin de la historia, y para las fuerzas socialistas y los sindicatos, el final de todo proyecto de sociedad que tuviese como uno de sus sujetos el mundo del trabajo: las clases trabajadoras. Fue el éxito de esta literatura una de las señales más manifiestas del retraso con el que una gran parte de la cultura política europea percibió la cualidad del gran cambio que significó el final de la era fordista en la segunda mitad del siglo pasado.
No se trataba del fin del trabajo. Pero, paradójicamente, estábamos en una la fase donde se sucedían procesos de reestructuración y de despidos en masa con un crecimiento a escala mundial de todas las formas de trabajo, empezado por las subordinadas y asalariadas; y ello con un ritmo como nunca había sucedido en el pasado. No era el fin del trabajo como entidad y valor. Pero sí estábamos ante un cambio del trabajo y de las relaciones de trabajo, y también del papel que el trabajo tenía en la economía y en las sociedades de los países afectados por los procesos de mundialización. Era un cambio del trabajo que apuntaba, ciertamente, sobre todo a una minoría, aunque con un fuerte incremento de los que prestan su mano de obra; pero cuyas consecuencias afectaban a los menos profesionalizados: se volvía a proponer el trabajo como factor de identidad a un número creciente de mujeres y hombres. Cierto, como uno de los factores de la identidad de la persona humana.
2. En efecto, la cualidad y creatividad del trabajo se volvieron a proponer no solo como la condición de la riqueza de las naciones (como sostenía Robert Reich) sino como factor insustituible de la competitividad de las empresas.
Pues bien. Cada vez más son más desacertadas aquellas estrategias de la empresa que apuntan, no a la valoración del trabajo sino a su desvalorización, a la pura y simple reducción de los costes con los objetivos de: competir con las economías menos protegidas del planeta, la ratificación el carácter del trabajo asalariado que sólo debe ejecutar, salvaguardando así el mito del trabajo como ciego apéndice de una clase managerial pensante.
El uso flexible de las nuevas tecnologías, el cambio que provocan en las relaciones entre producción y mercado, la frecuencia de la tasa de innovación y el rápido envejecimiento de las tecnologías y las destrezas, la necesidad de compensarlas con la innovación y el conocimiento, la responsabilización del trabajo ejecutante como garante de la calidad de los resultados… harán efectivamente del trabajo (al menos en las actividades más innovadas) el primer factor de competitividad de la empresa. Son unos elementos que confirman el ocaso del concepto mismo de “trabajo abstracto”, sin calidad, --como denunciaba Marx, pero que fue el parámetro del fordismo-- y hacen del trabajo concreto (el trabajo pensado), que es el de la persona que trabaja, el punto de referencia de una nueva división del trabajo y de una nueva organización de la propia empresa. Esta es la tendencia cada vez más influyente que, de alguna manera, unifica dadas las nuevas necesidades de seguridad que reclaman las transformaciones en curso) un mundo del trabajo que está cada vez más desarticulado en sus formas contractuales e incluso en sus culturas; un mundo del trabajo que, cada vez más, vive un proceso de contagio entre los vínculos de un trabajo subordinado y los espacios de libertad de un trabajo con autonomía.
Está claro que estamos hablando de una tendencia que parece destinada a prevalecer. Pero que, a su vez, choca con las fuertes contradicciones presentes en la gestión de la empresa. Ésta, la empresa, permanece anclada, en casos muy numerosos, en una organización de trabajo de tipo taylorista, incapaz de socializar un proceso de conocimiento y aprendizaje. El fordismo ha muerto; no así el taylorismo.
Pero en las empresas tecnológicamente avanzadas y con una organización adecuada al uso flexible de las nuevas tecnologías, el trabajo que cambia (es decir, el trabajo concreto con sus espacios de autonomía, de creatividad y con su incesante capacidad de aprender) se convierte en la vara de medir la competitividad de la empresa. En esos casos, la flexibilidad se entrelaza con un proceso de socialización de los conocimientos y con un continuo enriquecimiento de las habilidades de las personas.
3. Pero es preciso distinguir bien la flexibilidad como ideología y la flexibilidad como realidad.
La introducción de las nuevas tecnologías de la informática y las comunicaciones con los cambios de las relaciones entre demanda y oferta (que se derivan de uso cada vez más flexible y adaptable, de la rapidez y frecuencia de los procesos de innovación con la consiguiente obsolescencia de los conocimientos y la profesionalidad) impone sin ningún género de dudas --como imperativo ligado a la eficiencia de la empresa-- un uso flexible de las fuerzas de trabajo y una gran adaptabilidad del trabajo a los incesantes procesos de reestructuración que tienden a convertirse, no ya en una patología sino en una fisiología de la empresa moderna.
Esta adaptabilidad puede realizarse de dos maneras: o con un enriquecimiento y una recualificación constante del trabajo y una movilidad sostenida mediante un fuerte patrimonio profesional. O, en dirección contraria, con un recambio cada vez más frecuente de la mano de obra ocupada y de la que no ha tenido ninguna oportunidad de ponerse al día y cualificarse. En la mayoría de los casos, al menos en Italia, lo habitual es esta segunda opción, con este tipo de flexibilidad… Y en esta situación tan corriente (¡entiéndase bien!) la flexibilidad del trabajo no deja de ser un imperativo para la empresa. Pero lo habitual es que va acompañada de: un enorme despilfarro de recursos humanos y profesionales acumulados en el tiempo, que no han tenido la oportunidad de ponerse al día; un empleo precario al que corresponde una regresión de la profesionalidad; la creación de un segundo mercado de trabajo, o sea, los “poor works”.
No hay problema cuando los “poor works” coinciden con la primera fase de la vida laboral y se entrelaza (como es el caso de muchos estudiantes) con la continuidad de sus estudios y la adquisición de nuevas aptitudes. El problema existe para toda la sociedad, y para la cohesión de la misma sociedad entorno a valores compartidos cuando estos “poor works” coinciden con la formación de un ghetto al que se ven relegados los trabajadores precarios, estacionales y parados estructurales a quienes se les niega la movilidad e, incluso, actividades subordinadas o autónomas con mayores contenidos profesionales y, por ello, con más espacios de autonomía en sus decisiones. Por este motivo, con el objetivo de ocultar el problema, se ha puesto en marcha una vasta literatura que ha hecho de comparsa en los últimos años, asociando la flexibilidad, especialmente la de “salida” con la creación de puestos de trabajo y, más aún, con la tendencia al pleno empleo; una literatura que ignoraba años de verificación que demuestran que la flexibilidad del trabajo es neutra respecto al volumen general del empleo y que, incluso sus efectos pueden hacerse sentir con carencias de mano de obra disponible para empleos cualificados.
En mi modesta opinión, esta ideología de la flexibilidad sólamente ha contribuido a consolidar las resistencias en el trabajo que cambia y a esconder la enorme cuestión que surge en la era de las transformaciones tecnológicas de la información. Esta enorme cuestión, que decimos, es la socialización del conocimiento, que tiene como objetivo impedir --mediante la “fractura digital”-- la creación de una fosa cada vez más profunda entre quien está incluido de un proceso de aprendizaje a lo largo de toda su vida laboral y quien brutalmente está excluido del control de dicho proceso. Y es fácil ver que esto se convierte en un problema más para el futuro de la democracia.
En realidad, se trata de situar --frente a estos desafíos y contra la amenaza de una profunda fractura social entre quien tiene saberes y los que están excluidos-- los contenidos de un nuevo contrato social, de un nuevo estatuto de bases para todas las tipologías del trabajo subordinado, heterodirecto o autónomo, partiendo de la idea que, para un número creciente de trabajadores, el viejo contrato social está superado.
4. Tal como figura en el código civil, el viejo contrato social preveía substancialmente un intercambio equo entre un salario y una cantidad (de tiempo) de trabajo (abstracto y sin calidad) sobre la base de dos presupuestos fundamentales que formalmente no figuraban en el pacto:
n La disponibilidad pasiva de la persona que trabaja, no contemplada formalmente en el pacto porque hubiera supuesto un intercambio monetario con una “parte” de dicha persona;
n La duración indeterminada de la relación de trabajo, salvo eventuales ocasiones o graves culpas del trabajador, y el premio a la fidelidad y antigüedad en el trabajo para desincentivar la movilidad de un empleo a otro.
¿Qué emerge de la relación social que, en cierta medida, se desprende de las transformaciones tecnológicas y organizativas de las empresas?
Primero, que el tiempo es cada vez menos la medida del salario. La calidad de la prestación del trabajo y la intervención del trabajador son fisiológicamente diferentes en una u otra porción del tiempo. Es el fin del trabajo abstracto.
Segundo, que la creciente importancia de la calidad y autonomía del trabajo (capacidad de seleccionar las informaciones y, por ello, de tomar decisiones) comporta, también para los trabajadores “de ejecución”, una responsabilidad ante el resultado que recae en el trabajador, y no tanto en su disponibilidad de erogar ocho horas diarias de trabajo, dejando al empresario el uso efectivo de tales horas y la oportunidad de prerrimar esta fidelidad.
Tercero, que cada vez es menor --como equivalente de un salario y de una disponibilidad pasiva de la persona-- la perspectiva de un empleo estable y, en todo caso, de una relación de trabajo estable. La flexibilidad hace que, tendencialmente, desaparezca esta certeza.
5. No es ocioso proponer un nuevo tipo de contrato de trabajo que englobe en sus principios fundamentales todas las formas del trabajo subordinado o heterodirecto y toda esa jungla que se extiende con la desregulación salvaje del mercado laboral.
Frente a la caída de la estabilidad en el puesto de trabajo y el final del contrato por tiempo indeterminado (que era el que tenían, en tiempos pasados, la mayoría de los trabajadores), se puede pensar en un intercambio entre un salario ligado a un empleo flexible --ya sea en el interior de una empresa que, fuera de ella, en el mercado de trabajo-- y el acceso del trabajador a una empleabilidad. Se trataría de una empleabilidad que se concreta en una inversión por parte de la empresa, del trabajador y de la comunidad en un proceso de formación permanente y en una política de recualificación, capaz de garantizar, en vez del puesto de trabajo fijo, una ocasión de movilidad profesional en el interior de la empresa; y, en todo caso, una nueva seguridad que acompañe al trabajador, quien --después de una experiencia laboral determinada-- pueda afrontar el mercado de trabajo en mejores condiciones y con una mayor fuerza contractual. Y también se puede pensar en la manera de reconocer a la persona concreta (que deviene un sujeto responsable y activo y no pasivo en la relación de trabajo) un derecho a la información, consulta y control del objeto de trabajo: el producto, la organización del trabajo, el tiempo de trabajo, el tiempo de formación y el disponible para su vida privada; de ello, dicha persona debe responder con una actividad que ya no será ciega e irresponsable.
¿No constituiría este tipo de participación de cada cual o de los grupos colectivos un modo de extender las formas horizontales y multidisciplinares en la organización del trabajo, mediante la participación formada e informada de un creciente número de operadores?
En fin, se puede pensar en la necesidad de garantizar a todos los sujetos un contrato de trabajo y particularmente a los que recurren a la miríada de contratos por tiempo determinado o a contratos de colaboración coordinada y continua (siempre por tiempo determinado) el principio de la certidumbre del contrato. O sea, el contrato no puede ser revocado unilateralmente por parte del dador de trabajo; tan sólo podrá rescindirse cuando se haya demostrado que el trabajador ha cometido una falta muy grave. En las prestaciones más cualificadas, se puede pensar incluso en que este derecho a la certidumbre del contrato englobe a ambos sujetos de la relación de trabajo.
6. Un nuevo contrato social, inclusivo, en un welfare efectivamente universal, es algo imperativo ante las desigualdades que señalan (en primer lugar, en términos de oportunidad) el acceso a los servicios sociales fundamentales, empezando por la enseñanza y la formación. Pero aquí nos encontramos frente a otro reto que pone cuestiona la relación entre trabajo y conocimiento.
Veamos. La población envejece rápidamente en Europa y particularmente en Italia. En el 2004 el grupo etario de entre los 55 a 65 años superará, en cantidad, a los jóvenes de edades comprendidas entre los 15 y 25 años. Y empiezan a ponerse encima de la mesa problemas relevantes, ya sea para garantizar la salud y la asistencia a las personas más longevas, ya sea para que los pensionistas tengan una renta decorosa. La única solución que hasta ahora los gobiernos han tomado en consideración ha sido la de garantizar una pensión mínima, en el límite de la supervivencia, con carácter universal; y, por otra parte, permitir a los más afortunados (los que no tienen interrupciones significativas de la relación de trabajo) el recurso a los fondos de pensiones privados.
La reducción de la seguridad en la asistencia sanitaria y en el régimen de pensiones no parece que sea una solución sostenible a medio plazo, como no sea partiendo en dos el mercado de trabajo y provocar un aumento, insostenible a la larga, de la exclusión social y de la pobreza. El único camino, difícil pero factible, para conjurar una perspectiva de ese tipo es, no obstante, el incremento de la población activa, con vistas a financiar el Estado de bienestar. Dicha población activa es, en Italia, el cincuenta por ciento de la población, mientras que en los países nórdicos está entre el 72 y el 75%. Un esfuerzo de esa envergadura comporta ciertamente un aumento de la ocupación femenina y el incremento de una inmigración cada vez más cualificada. Ahora bien, parece ineludible la promoción de un envejecimiento activo de la población, con el aumento voluntario, pero incentivado, del empleo de los trabajadores de más edad y en edad pensionista.
Sin embargo, desde ese punto de vista, hoy, la situación es dramática para los trabajadores de más edad --de más de cuarenta y cinco años-- que son los primeros en ser despedidos y cuya pérdida del empleo coincide, en la gran mayoría de los casos, con la desocupación estructural en el periodo comprendido entre los cuarenta y cinco a los sesenta años, en puertas de la pensión de jubilación. Esta es la perspectiva con la progresiva desaparición de la pensión de ancianidad. Hasta la presente, los trabajadores italianos de más de cincuenta y cinco años que traban representan tan sólo el 35 por ciento frente al 70 por ciento en los países escandinavos.
El incremento de la población activa (también para los trabajadores veteranos) aparece como la única alternativa a la reducción de la tutela de la pensión universal. No obstante, hacer frente a este reto --y, al mismo tiempo, garantizar una efectiva relación entre una población más longeva y la vida social de la comunidad en un proceso de inclusión en la vida civil y política del país-- comporta un esfuerzo extraordinario en el campo de la formación y recualificación del trabajo; un esfuerzo que implica, en muchos casos, (por ejemplo, los inmigrados y las personas mayores) la reconstrucción de un mínimo de cultura de base. Se trata, pues, de imaginar una política de la formación a lo largo de toda la vida laboral, que vaya más allá de la obligación formativa hasta los dieciocho años, capaz de modular las técnicas de formación y aprendizaje en razón a la edad, del origen, la cultura de base y del saber hacer de los trabajadores y las trabajadoras. Efectivamente, se trata de personalizar, cada vez más, las prácticas formativas para eliminar unas deficiencias tan numerosas.
7. La realización del objetivo que fijó la Unión Europea en la Cumbre de Lisboa (2001) fue: elevar en diez años al setenta por ciento el nivel medio de ocupación de la población total de la Unión; incentivar el envejecimiento activo y la recualificación de los trabajadores de más edad; favorecer para todos una mayor profesionalidad hacia arriba durante toda la vida laboral… Bien, estos objetivos presuponen un cambio radical en la estructura del gasto público y en la organización del sistema formativo en todos los países de la Unión. Y particularmente en Italia que, salvo algunas excepciones, sigue siendo el farolillo rojo en el campo de las inversiones (que son inseparables las unas de las otras) en la investigación y para la formación, muy por detrás no sólo de los Estados Unidos y de la mayor parte de algunos países europeos sino, incluso, de algunos de los del sudeste asiático.
En primer lugar, un radical cambio en las prioridades del gasto público y en las formas de incentivar las inversiones privadas, destinadas a la formación y la investigación. Lo que comporta un relevante aumento de los gastos destinados a la formación e investigación en los centros de enseñanza media y en las universidades, y al mismo tiempo una consistente incentivación de las inversiones por parte de las empresas, acompañada de controles y sanciones en aquellos casos de utilización impropia de las finanzas públicas. Efectivamente, se trata de superar la renuencia de la mayor parte de las empresas (sobre todo, de las innovadas) de invertir en el factor humano, precisamente cuando una parte importante de la mano de obra tiene un empleo precario y temporal. Y, con esta finalidad, parece inevitable prever para los programas de formación, de puesta al día o de recualificación --con independencia de la intervención de las instituciones públicas nacionales y locales-- una participación de los trabajadores en su financiación y una posterior legitimación de su derecho de propuesta y control de sus programas formativos. Esto significa que la contratación del salario y del horario de trabajo deberá tener en cuenta (como una forma de “salario en especie” o de “seguro para la movilidad profesional”) el concurso de los trabajadores en la financiación y en el ejercicio de las actividades formativas que interesan a la empresa, tanto a nivel nacional como en el territorio en el caso de las pequeñas empresas
También la Unión europea podrá participar, en estas condiciones, en la financiación de las actividades formativas y de investigación, conformando todas las sinergias que puedan realizarse con otras instituciones académicas y otras empresas europeas.
Sin embargo, en lo referente a la organización del sistema formativo parece que será de fundamental importancia las relaciones transparentes entre las instituciones de la enseñanza media, las universitarias y las empresas, salvando cada cual su propia autonomía. Y no me refiero solamente a la formación profesional. En buena medida se trata de de experimentar sistemáticamente la práctica de los “stages” tanto para los estudiantes como para el profesorado. Ahora bien, la enseñanza no pretende remediar los problemas del envejecimiento y la obsolescencia.
Se trata de abrir la enseñanza secundaria y las universidades a la participación periódica de aquellos docentes que provienen del mundo de la empresa.
Y se trata, también, de dotar a la Universidad de medios y organismos adecuados para poder desarrollar en el territorio una acción de promoción de experimentos empresariales, en los que la investigación y la formación de alta cualificación puedan desarrollar un papel de impulso que sea decisivo. En esto, esta Universidad, Ca´ Foscari está dando un ejemplo de autonomía capaz de aprehender importantes experiencias que abren una nueva dimensión en el trabajo de investigación y formación en el mundo universitario.
8. No obstante, es fácil comprender que, teniendo como objetivo los acuerdos de Lisboa, la construcción de una sociedad del conocimiento no quede reducida a una cuestión de dinero u organizativa. Se trata, realmente, de poner en marcha una especie de revolución cultural que supere --con la iniciativa política y social-- tantísimas inercias que interfieren su consecución.
Inercias de las fuerzas políticas que intentan concretar en un Estado de bienestar centrado en la formación las prioridad de las prioridades en una política económica y de pleno empleo, pero que prefieren recurrir a la moda de una indiscriminada reducción de la presión fiscal, inevitablemente acompañada, además, por un recorte de los recursos para la enseñanza, la formación y la investigación.
Inercias de muchas realidades empresariales que privilegian la flexibilidad “de salida” de su mano de obra respecto a las inversiones, a medio plazo, que asegure un mayor uso de la flexibilidad del trabajo en el interior del centro de trabajo y, en todo caso, una mayor ocasión de empleabilidad y reocupación de los trabajadores.
Inercia también en la psicología de muchos trabajadores que ven, incluso con aversión, el esfuerzo en una actividad formativa solamente en los años de juventud.
Inercia en algunos sectores de la enseñanza frente a la necesidad de experimentar nuevas formas de autonomía y de poner en entredicho viejas certezas.
Y, por último, inercia también en muchos comportamientos sindicales que se retrasan en poner en el centro de la negociación colectiva la conquista de un sistema de formación para toda la vida laboral.
Así pues, podríamos ser escépticos sobre la posibilidad de realizar las estrategias de Lisboa y la posibilidad de superar (aunque sea gradualmente) el retraso de dieciocho años que se ha ido acumulando, durante la década de los ochenta, en competitividad de la economía europea con relación a la norteamericana.
Ahora bien, podemos consolarnos con dos convicciones. La primera consiste en el fracaso incontrovertible de aquellas políticas de empleo que no pasan por la promoción de una actividad formativa del hacer y saber hacer: completando y valorando la formación y la enseñanza. Y la contraprueba está representada en el sistema de aprendizaje en Alemania que ha reducido en los últimos años al mínimo el desempleo juvenil de larga duración. Vayamos, pues, en esa dirección. La segunda viene de la experiencia que viví en la década de los setenta, cuando se trató de experimentar en el mundo del trabajo asalariado y en la escuela, el acuerdo sindical de las “150 horas” de formación a cargo de la empresa por 300 horas de formación efectiva. Con todos sus límites, errores y sus rebabas, aquella experiencia liberó tales energías en el mundo de la enseñanza y en el de los trabajadores menos cualificados, consintiendo situar una nueva pedagogía para la formación de adultos y dejó huellas profundas y muchos cuadros sindicales. Esta experiencia está, hoy, dispersa en gran medida. ¡Pero fue posible!
¿Es hoy posible liberar --como si se tratase de una aventura europea-- energías, iniciativas, acciones políticas y sociales, parecidas a las de los años setenta, responsables y fuertes para nuestra economía y nuestra sociedad? A pesar de todo, estoy convencido de ello.
Muchas gracias a todos ustedes por haberme ofrecido una oportunidad para decir estas cosas.


Nota. El acto tuvo lugar el 3 de setiembre de 2002.

Traducción: José Luís López Bulla

¿POR QUÉ SE HA ABANDONADO EL PRO0YECTO DE BRUNO TRENTIN?

Mauro Beschi, Sergio Ferrari, Renzo Penna

Partito unico e una sinistra senza identità Prodi coerente, non D’Alema, nel volere la nascita del partito democratico, considerando superata l’esperienza socialista in Europa. Ciò in contrasto con i movimenti nella società. Perché si è lasciato cadere il progetto di Trentin

Romano Prodi lavora da anni alla costruzione di un soggetto politico unitario del centrosinistra che esula dalla tradizione socialista e socialdemocratica della sinistra italiana ed europea. La proposta che ha di recente avanzato di una lista unitaria delle forze dell’Ulivo alle elezioni europee del 2004 è, in questo disegno, la precondizione necessaria alla realizzazione del partito democratico. L’Internazionale Socialista, ha sostenuto Prodi, rappresenta un contenitore, un ‘otre’, vecchio, mentre il nuovo partito e i suoi rappresentanti devono collocarsi “oltre i recinti ideologici della vecchia Europa”. Posizione non nuova e coerente. Nel giugno del ’97, nella sua veste di Presidente del Consiglio, ad una delegazione di parlamentari socialisti, appartenenti ai gruppi della sinistra democratica (PDS) che lo aveva incontrato per una valutazione sulle prospettive politiche, senza molti giri di parole affermò che in Europa la fase socialdemocratica si era conclusa e non esistevano valide prospettive per i partiti socialisti. Un convincimento che riecheggiava quello di Ralph Dahrendorf il quale, con analoghi intenti, qualche tempo prima aveva parlato e scritto sulla “fine del secolo socialdemocratico”. L’affermazione suscitò nei presenti qualche imbarazzo, ma fu presto accantonata, sotto l’incalzare degli accadimenti politici che si muovevano in una direzione opposta a quella indicata da Prodi. Da noi, in Italia, erano in corso i lavori del Forum della Sinistra per il progetto della ‘Cosa 2’ e si stavano preparando gli Stati Generali della Sinistra (Firenze febbraio ’98). In Europa, nei mesi che seguirono quell’incontro, i partiti socialisti vincevano le elezioni e tornavano al governo, in Francia con Jospin, in Germania con Schroeder, mentre in Inghilterra trionfavano i laburisti di Tony Blair.
Sul perché oggi, alla vigilia di una stagione politica decisiva per le forze che si oppongono al governo Berlusconi, Prodi riproponga con forza il suo progetto, non vi è molto da discutere, se non prendere atto che, pur in una diversa situazione e rivestendo ruoli differenti, tale disegno ha continuato a vivere ed è stato portato avanti. Sia nei confronti dei partiti del centro dell’Ulivo, con la nascita, prima, dell’Asinello ed in seguito della Margherita, sia verso la sinistra con l’invito rivolto da Arturo Parisi ai Democratici di Sinistra a sciogliersi, proprio alla vigilia del loro primo Congresso (Torino, gennaio 2000). E’ essenziale, invece, per la sinistra, cercare di comprendere le ragioni delle difficoltà e delle incertezze dei DS a confrontarsi oggi con questa impostazione, e capire i motivi che hanno indotto importanti dirigenti, ad iniziare dal Presidente del Partito, a cambiare radicalmente opinione. Massimo D’Alema, nel suo ascoltato intervento al Congresso di Torino, aveva in maniera inequivoca collocato e ancorato i DS tra i partiti socialisti: “Noi siamo un partito del socialismo europeo…questo non è un tratto accessorio ma il cuore della nostra identità…Non riesco a concepire la sinistra al di fuori dell’Internazionale Socialista”. Così come netto era stato nel riconoscere chi aveva avuto ragione nel lungo duello tra le idee del socialismo democratico e l’esperienza totalitaria del comunismo: “E’ quella del socialismo democratico la parte che ha avuto ragione”. E, di conseguenza “…avremmo fatto un errore se fossimo usciti dalla esperienza del Partito Comunista Italiano per fondare un nuovo partito senza una precisa identità”. Parole importanti, pronunciate rivestendo anche il ruolo di capo del governo, che avevano il merito di prendere con nettezza le distanze dalle posizioni di coloro che, nel realizzare la svolta che portò alla nascita del PDS, avevano messo sullo stesso piano la crisi e il crollo del comunismo con quella della socialdemocrazia. Affermazioni precise, anche se venute dopo undici anni dalla caduta del muro e senza che le resistenze ad inserire la parola “socialista” nel nome del partito, già presenti alla nascita del PDS, come riferisce Fassino nel suo libro, fossero superate. E nonostante che l’“impaccio” della presenza in Italia di un altro significativo partito socialista, nel frattempo, fosse venuta meno. Quelle resistenze non esprimevano, naturalmente, solo difficoltà di carattere terminologico, ma celavano un dissenso politico e il permanere di ambiguità su una questione fondamentale: l’identità presente e futura del partito dei Democratici di Sinistra. Dissenso mai del tutto superato e che ritroviamo, ad esempio, in recenti scritti di Reichlin (Riformismo e capitalismo globale, 2003) nei quali si continua a legare l’esaurimento del comunismo a quello del socialismo e addirittura si afferma che occorre “prendere atto che la parola stessa ‘socialismo’ non si capisce bene cosa significhi”.
Risulta veramente poco comprensibile come, in una fase nella quale, grazie al protagonismo di grandi soggetti sociali e dei movimenti, e mentre stava emergendo nella coscienza degli elettori del centrosinistra la necessità di tenere insieme profilo programmatico ed azione politica, si proponga, nei fatti, di accantonare il carattere costitutivo l'identità dei DS, senza un minimo di riflessione teorica e, ancor di più, senza una grande ed appassionata discussione di massa che ne faccia comprendere la necessità. Posizioni che rappresentano comunque la spia delle difficoltà e delle incertezze dei DS a confrontarsi con la vera sfida politica riproposta con nettezza da Prodi. Non si comprende cosa spinge oggi il gruppo dirigente del partito a giustificare la nascita di un indistinto “partito riformista europeo” o, per citare le preoccupazioni di un D’Alema insolitamente autocritico (3 ottobre 2001), “…a far sì che si compia l’aspirazione di una parte del centrosinistra – ulivista e centrista – a rendere subalterna la sinistra riformista di radice socialista”. Va anche detto che questa ‘aspirazione’ è stata resa più agevole proprio dalla proposta che, da ultimo e contraddicendo precedenti affermazioni, Giuliano Amato e Massimo D’Alema hanno espresso, con l’intento di superare l’esperienza socialdemocratica e l’Internazionale socialista, per dare vita ad una sorta d’Internazionale democratica. Proposito che, per dirla con Massimo Salvadori: “rappresenta l’ennesima variante della tradizionale velleità della sinistra italiana di mascherare le proprie debolezze”.
Si impongono pertanto una serie di domande alle quali occorre rispondere, prima di procedere oltre. Un tale disegno non è forse in contraddizione con le indicazioni e le sollecitazioni venute in questi mesi dalla parte più attiva della società civile e del mondo del lavoro che certo non hanno richiesto all’opposizione e, in particolare, alla sinistra uno spostamento del proprio agire in senso più moderato o centrista? E ancora, non rappresenta, forse, una precipitosa e poco motivata fuga in avanti del ceto politico dalle vere priorità sulle quali tutto il centrosinistra dovrebbe essere impegnato: in primo luogo la definizione del programma per le prossime elezioni e la costruzione, attorno a questo, di una coalizione più ampia dell’attuale Ulivo, comprensiva di Associazioni, Movimenti e con un’intesa politica di legislatura con il partito di Bertinotti? Quale cambiamento si è prodotto, in questo breve tempo, nella società e nella politica italiana tale da determinare un mutamento così radicale nelle prospettive dei DS e da giustificare la rinuncia ad un’autonoma istanza della sinistra?. E’ proprio così difficile per i DS sostenere con il massimo di lealtà un’alleanza tra il riformismo socialista e gli altri riformismi, e non essere invece così disponibili all’assimilazione del primo ai secondi come, inevitabilmente, capiterebbe con la costituzione di un’indistinta formazione democratica? Come si pensa di rappresentare la sinistra senza un soggetto, una politica, una costruzione intellettuale, o questo è l’approdo cui si mirava già da tempo? Una sinistra che perde la sua ispirazione socialista, venendo meno alle sue idealità, ai suoi valori e ai suoi fini, non cessa anche di essere di sinistra, creando sconcerto, disagio e divisione in una parte significativa dei militanti e del proprio elettorato? Su questo punto appare senza dubbio condivisibile la tesi sostenuta da Salvadori: “Il riformismo della sinistra, che continuo a vedere legato primariamente al socialismo, deve avere una sua autonomia, i suoi referenti sociali privilegiati, e ha bisogno di uno specifico soggetto che se ne faccia rappresentante…”.
Va per altro ricordato che, in quest’ultimo anno e mezzo, quanti si sono mossi e hanno manifestato, non l’hanno fatto solo per difendere la democrazia e la Costituzione dagli assalti del governo, o richiedere all’opposizione maggiore unità, ma anche per affermare il valore di una ‘democrazia partecipata’ che non intende più delegare senza riscontri e, nello stesso tempo, per segnalare i difetti di crescente autoreferenzialità e chiusura al rinnovamento di una parte non piccola della classe politica del centrosinistra. Sottovalutare nelle future decisioni e comportamenti questo comune sentire di tante persone, rischia di essere pagato in minore entusiasmo e ridotta partecipazione nei futuri decisivi appuntamenti elettorali. Rischi e difficoltà che il gruppo dirigente dei DS sembrava aver capito, specie dopo aver prodotto, con la regia di Bruno Trentin, e approvato in occasione della Convenzione per il programma di Milano (aprile 2003), un impegnativo aggiornamento dei contenuti e della propria strategia. Ed allora perché non si è riflettuto sulle ragioni di fondo per le quali i risultati elettorali hanno premiato, non chi, come Rifondazione, tendeva a farsi rappresentante esclusivo della protesta sociale, ma un progetto che si veniva delineando da una esigenza di trasformazione (socialista) necessariamente gradualista (riformista), un progetto che conteneva in sé la rappresentanza di valori e di esigenze poco avvertite nella pratica politica degli ultimi anni? In questo contesto è stato comunque importante che il Segretario abbia evitato, nelle fasi più complicate della polemica interna, di seguire chi gli indicava la strada sbrigativa del procedere solo con “chi ci stava”, e operato per tenere aperto il dialogo e il confronto, sia all’interno del partito che nei confronti degli interlocutori esterni. Dialogo, confronto, pratica democratica e rispetto delle diverse posizioni che adesso, per la portata delle opzioni poste e le decisioni da assumere, risultano indispensabili ed è anzi necessario chiedere e fare molto di più.
Associazione LABOUR “Riccardo Lombardi”

lunes, julio 10, 2006

Se recomienda la lectura y el estudio de esta entrevista que se le hizo a Bruno Trentin. No tiene desperdicio.
Es un consejo de Rafael Rodríguez Alconchel.


http:// www2.trainingvillage.gr/downhoad/journal/bull-2/2_es_inter.pdf

miércoles, julio 05, 2006

DESDE BRASIL: GRAMSCI Y TRENTIN

(A propósito del libro de BT "La città del lavoro")



Eduardo Magrone



O ano gramsciano de 1997 se fechou, no Brasil, pouco antes do início do verão. O cenário foi a cidade de Juiz de Fora, Minas Gerais. Aí, na Faculdade de Educação da Universidade Federal (UFJF), o Núcleo de Estudos Sociais do Conhecimento e da Educação promoveu, entre 26 e 28 de novembro, o seminário internacional "Gramsci, 60 anos depois", com o objetivo de discutir o pensamento daquele marxista, "responsável por alguns dos principais estudos sobre a estrutura das sociedades de capitalismo avançado" [*].
O seminário de Juiz de Fora retomou, assim, o propósito de um outro evento acadêmico realizado na cidade de Franca, em São Paulo, onde a Faculdade de História, Direito e Serviço Social da Universidade Estadual de São Paulo (Unesp) organizou, nos dias 19-22 de maio, o seminário "Gramsci: a vitalidade de um pensamento". Na mesma direção, mas com objetivos mais modestos, trabalhou o Grupo de Teoria Política do Instituto de Estudos Avançados da Universidade de São Paulo (USP), com a reunião "Gramsci revisitado: Estado, política, hegemonia e poder", nos dias 25-26 de setembro.
Os três eventos evidenciaram que Gramsci continua a ser, no Brasil, um pensador capaz de seduzir, de apaixonar, de provocar os diferentes ambientes intelectuais, sobretudo os jovens (o seminário de Franca foi assistido por mais de 400 estudantes; o de Juiz de Fora, por mais de 150). Como se sabe, Gramsci tem uma interessante fortuna no Brasil, país onde a publicação dos Cadernos temáticos foi iniciada nos anos 60 e onde, sobretudo a partir da metade dos anos 70, o pensamento de Gramsci adquiriu ampla difusão, em meio à crise da duríssima ditadura, ao início da progressiva democratização e ao sucesso mundial do eurocomunismo.
Gramsci funcionou como inspirador de importantes debates dentro da esquerda brasileira, então à procura de uma revisão de seu patrimônio teórico e percurso político, foi utilizado por muitos intelectuais de orientação liberal ou social-democrata, consumido por áreas católicas e usado com grande liberdade em inúmeros ambientes acadêmicos especializados (pedagogia, sociologia, ciência política, antropologia, história). Parte importante do léxico gramsciano (sociedade civil, hegemonia, intelectual orgânico, bloco histórico) foi incorporada à linguagem corrente, tornando-se mesmo uma "moda". Tudo isto indica, entre outras coisas, que no Brasil é bastante grande sua capacidade de "dialogar" com interlocutores diferentes.
Nos três seminários, intervieram, ao lado de alguns dos principais estudiosos da obra de Gramsci no Brasil (Carlos Nelson Coutinho, Luiz Werneck Vianna, Marco Aurélio Nogueira, Oliveiros Ferreira, Ivete Simionatto, Paolo Nosella), diversos intelectuais mais ou menos especializados (filósofos, historiadores, pedagogos, sociólogos, cientistas políticos), evidenciando a presença de Gramsci nas várias áreas científicas. Em Juiz de Fora, onde se realizou o único encontro internacional, estiveram presentes dois italianos (Guido Liguori e Roberto Finelli), demonstrando a disposição dos pesquisadores brasileiros de estimular o intercâmbio com gramscianos de outros países. Os temas escolhidos para os debates (globalização, sociedade civil, revolução passiva, marxismo, política, democracia, crise) focalizaram o centro da atual discussão sobre Gramsci no Brasil: fazer um balanço de sua presença na cultura política brasileira e examinar a atualidade da teoria gramsciana diante de um mundo que adquire cada vez mais novas características.
Já na conferência de abertura do encontro de Juiz de Fora, Liguori perguntava: se a globalização é um "fato inédito e original", um fenômeno autenticamente "novo", que conseqüências é preciso tirar daí? "Como recolocar o pensamento de Gramsci neste novo cenário e qual interpretação do pensamento de Gramsci se fortalece e se impõe neste contexto?". Polemizando com diversos intérpretes de Gramsci, mas sobretudo com o último livro de Bruno Trentin (A cidade do trabalho. Esquerda e crise do fordismo. Milão, Feltrinelli, 1997) e todos aqueles que "lêem" Gramsci com lentes liberais, Liguori ofereceu uma importante contribuição para o debate sobre a herança de Gramsci e a disputa, ainda viva, em torno do "verdadeiro" Gramsci. "Podemos, se acreditarmos nisto -- afirmou Liguori --, dizer que Gramsci foi um grande, mas que agora pensamos de um modo profundamente diverso. Não podemos atribuir-lhe a aceitação de um sistema socioeconômico que ele abomina".
Este foi o diapasão de inúmeras outras intervenções nos diferentes seminários. Não casualmente repontou com vigor o debate sobre o problema da "sociedade civil", ou seja, o problema da visão dicotômica e não-dialética que pensa a sociedade civil como o oposto mecânico do Estado e da economia, um "outro" nível da realidade completamente separado do mundo dos interesses materiais e mesmo do mundo da política. Foi este um dos temas principais da intervenção, entre outras, de Finelli em Juiz de Fora, dedicada à discussão das "contradições da subjetividade".
Também no Brasil, a categoria de sociedade civil se tornou o pilar da maré neoliberal e invadiu até o universo cultural da esquerda, bastante fascinada em nossos dias pelo tema dos "direitos de cidadania". Em Gramsci, como se sabe, há sempre a defesa da dialética de unidade/distinção entre estrutura e superestrutura, economia, política e cultura, sociedade civil e Estado. Somente neste sentido se pode afirmar o primado da sociedade civil, isto é, o primado daquele âmbito societal que surge como o locus em que se organiza a subjetividade e se dá o choque de hegemonias ideológicas, aquele âmbito que expressa uma dada economia, que é parte integrante do processo global de produção/reprodução das relações de classe. Por isto, os sujeitos sociais se candidatam ao domínio e à hegemonia na medida em que "se tornam Estado". Sem Estado (sem uma ligação com o Estado e sem uma perspectiva de Estado), não há sociedade civil digna de atenção, menos ainda associada ao universo gramsciano: sem Estado não pode haver hegemonia.
Nada há de mais estranho a Gramsci (pode dizer-se: ao marxismo) do que uma concepção de "sociedade civil" maniqueisticamente pensada como o oposto virtuoso do Estado, como o reino vazio de política, em que os interesses (os movimentos sociais, as associações, as lutas pelos direitos) vivem em completa liberdade e em completa liberdade conseguem subverter o sistema da ordem. Uma sociedade civil sem Estado é uma verdadeira "selva" em que coexistem interesses fechados em si, não "comunicantes" e refratários aos "controles" da comunidade política (situação na qual se prolongaria imensamente a não-resolução do problema de saber quem equilibra os interesses, protege os mais fracos e garante direitos e conquistas; situação em que já não mais existe a possibilidade de uma nova hegemonia, em que "público" é somente a soma de direitos individuais/grupais categoricamente afirmados, vale dizer, afirmados sem a recíproca afirmação dos deveres).
Os três encontros fizeram mais do que registrar em grande estilo o ano gramsciano no Brasil. Deixaram patente que a esquerda brasileira pode achar em Gramsci não só um marxista "clássico" e pleno de sugestões teóricas, mas sobretudo um pensador que nos ajuda a compreender nosso tempo e nos oferece uma perspectiva. Noutras palavras, nos oferece precisamente o elemento decisivo não só para estarmos presentes na "grande transformação" de nossos dias, mas para dirigi-la para fins mais justos e generosos, mantendo viva a grande utopia gramsciana de passar de uma sociedade de governantes e governados para uma sociedade de governados que governam. __________________ Para adquirir o número especial da revista Educação em Foco, da Faculdade de Educação da Universidade Federal de Juiz de Fora, com as intervenções feitas neste seminário, pode-se escrever para Eduardo Magrone, organizador do evento. __________________




Guido Liguori


Gramsci e o taylorismoTambém no debate recente da esquerda italiana se impôs o tema da “crise do político” e do retorno a uma estratégia baseada no “social”. Os processos de globalização e de crise do modelo fordista, no dizer de alguns, teriam diminuído fortemente a importância do Estado e dos Estados nacionais em favor da sociedade civil e das forças econômicas; seja como for, em favor das forças pré-estatais ou não-estatais que na sociedade civil agem e parecem haver conquistado -- sobretudo após o colapso do “socialismo real” e a crise dos vários modelos de welfare de matriz keynesiana -- uma nova centralidade tanto na realidade factual quanto, por reflexo, no “dever ser” da esquerda. A partir deste pressuposto podem se originar hipóteses estratégicas diversíssimas, como aquelas contidas -- mais ou menos implicitamente -- em dois importantes livros recentes: o já citado A esquerda social. Além da civilização do trabalho, de Marco Revelli, e A cidade do trabalho. Esquerda e crise do fordismo, de Bruno Trentin. Por uma parte, Revelli, com efeito, dá por terminada a possibilidade de fundar no trabalho os processos de identidade social, individual e coletiva; por outra, Trentin ainda indica no trabalho o centro dos processos de identidade e de estratégia política, ainda que num panorama nitidamente pós-fordista. Ao lado dessa divergência fundamental, no entanto, é possível divisar também uma convergência importante: ambos os autores -- com percursos biográficos, análises e propostas políticas diferentes -- concordam em que a esquerda deve rever-se radicalmente a si mesma a partir da crítica/superação daquele que foi até aqui o seu comportamento diante da política e do Estado. Nesse texto me interessa, sobretudo, seguir o raciocínio elaborado por Trentin, porque ele se funda em grande medida no “corpo a corpo” teórico-político que o autor empreende com Antonio Gramsci. Trentin, efetivamente, em suas tentativas de repensar em profundidade as perspectivas estratégicas da esquerda, relê com simpatia diversos autores historicamente minoritários da esquerda do século XX, todos reunidos por uma acentuada vocação antiestatal e antiinstitucional, tais como Luxemburg e Korsch, Bauer e Weil; no entanto, é com o autor dos Cadernos que ele debate mais em profundidade e mais amplamente, através de uma complexa leitura plena de luzes e de sombras. Trentin usa Gramsci, nesse livro, de dois modos -- um mais evidente, outro menos. No tocante ao primeiro modo, me refiro à segunda parte do volume, intitulada “Gramsci e a esquerda européia diante do ‘fordismo’ no primeiro pós-guerra”. O outro caso se relaciona, ao contrário, a um uso mais discreto de Gramsci, mas igualmente importante ou talvez até mais importante no âmbito do discurso geral do livro; um uso que liga Gramsci ao conceito de sociedade civil, que consideramos central em todo o volume. O Gramsci que Trentin toma como alvo na segunda parte de seu livro é o Gramsci tanto de Ordine Nuovo quanto de “Americanismo e fordismo”, o Gramsci -- sublinha o autor -- que teria “suposto como racionais e, portanto, imutáveis, as formas históricas de organização e de subordinação do trabalho humano”. Embora Trentin reconheça a Gramsci ter sido menos produtivista do que Lênin, de um modo ou de outro o considera subalterno ao fascínio do modo de produção burguês. Ou seja, considera-o inteiramente dentro daquela cultura terceiro-internacionalista (e não só) pela qual o processo produtivo, a organização científica do trabalho deviam ser transportados do capitalismo ao socialismo sem serem submetidos a crítica. É o Gramsci de Ordine Nuovo quem convidava os operários a substituírem-se aos patrões, mas sem mudar, sem transformar a fábrica, antes e junto com a sociedade e o Estado. Seria justa essa crítica de Trentin a Gramsci? Parece-me que não é destituída de fundamento: também em Ordine Nuovo existe o tema (amplamente presente na cultura comunista do tempo) da necessidade prioritária de preservar e aumentar a disciplina do trabalho e a produção depois da revolução, atribuindo a “culpa” da escassa produtividade operária apenas à presença do capitalista e, desse modo, sustentando que, eliminado o capitalista, também se elimina o problema: O mundo tem necessidade de produção multiplicada, de trabalho intenso e febril; os operários e camponeses somente vão descobrir a capacidade e a vontade de trabalho quando a pessoa do capitalista for eliminada da indústria, quando o produtor tiver conquistado sua autonomia econômica na fábrica e no campo e sua autonomia política no Estado dos Conselhos de delegados dos operários e camponeses. E também existe, além disso, a ilusão (de derivação leniniana) da possibilidade de um uso não taylorista do taylorismo de uma “forma de ‘americanismo’ aceitável para as massas operárias” , como o próprio Gramsci recorda nos Cadernos, falando de Ordine Nuovo. De resto, a tese defendida por Trentin não é nova. E mesmo quem investigou, com resultados interessantes, o tema específico da atitude de Gramsci diante da organização da produção, desde o “biênio vermelho” até os Cadernos, sustentando em geral (com razão) a tese da irredutibilidade de Gramsci à cultura industrialista e produtivista da Terceira Internacional, teve de reconhecer que “falta efetivamente em Gramsci uma reflexão precisa sobre as contradições peculiares ligadas ao taylorismo”. Dito isto, também deve se lembrar que a fábrica diante da qual se encontra Gramsci é, em grandíssima medida, uma fábrica pré-fordista: fordismo e taylorismo se afirmarão plenamente na Itália somente muito mais tarde, e certamente não é casual que uma nova sensibilidade para a organização do trabalho, por parte do movimento operário, só surgirá na Itália com o “segundo biênio vermelho”, em 1968-1969. Deve se lembrar que a peculiar estratégia de conselhos de Ordine Nuovo, original inclusive em relação à soviética, porque tendia a relacionar fortemente Estado e fábrica, política e lugar/sujeito da produção, já representa em si um obstáculo objetivo, uma insubordinação implícita em face da “organização científica do trabalho”. Deve se lembrar que Gramsci sente, e em alguma medida vive, o conjunto dos produtores, operários e técnicos, da fábrica como uma comunidade, um corpo coletivo, o que a meu ver tem implicações na direção de revalorizar o sujeito operário, de não considerá-lo sob aquele aspecto puramente quantitativo que Trentin estigmatiza com razão. E um outro aspecto dos anos de Ordine Nuovo Trentin – do seu ponto de vista -- poderia ter valorizado muito mais: a construção teórica, em Gramsci, de um modelo de Estado não fundado no cidadão, mas no produtor, ou seja, um modelo no qual se tenta uma recomposição de citoyen e bourgeouis, uma vez que Gramsci aceita plenamente o conhecido argumento marxiano, denunciando justamente o caráter abstrato da categoria de “cidadão”. É uma temática que também fala a nosso presente teórico: o horizonte da cidadania -- às vezes se lamenta -- não vai além dos portões da fábrica. E me parece que não possa ir além deles, porque essa categoria teórica é constitutivamente estranha ao discurso das classes e da divisão de classes, que encontra na fábrica sua evidência mais macroscópica. A não ser que se entenda com o termo “direitos” -- sempre relacionado, contraditoriamente, ao tema “cidadania” -- aquilo que na realidade a classe operária consegue arrancar no terreno da luta de classes. Como também a história desses anos nos ensina, que quando mudam as relações de força, os supostos “direitos” desaparecem. Os poderes privados, na realidade, não encontram no direito nenhuma limitação. De resto, o fato de a cultura de esquerda ter substituído, já na passagem decisiva dos anos setenta para os anos oitenta, a leitura da realidade baseada na divisão da sociedade em classes e na relação entre as classes por uma leitura baseada no tema da cidadania e dos direitos, foi e é, de per si, homólogo (e propedêutico) ao triunfo atual da “sociedade civil”: nesse processo, aliás, se efetiva em boa parte aquele “triunfo do neoliberismo” que mencionei acima. 4. O mito da sociedade civilO segundo uso de Gramsci feito por Trentin, igualmente importante, ou talvez mais importante, no âmbito de sua argumentação de conjunto, liga Gramsci ao conceito de sociedade civil. Se, por uma parte, Trentin critica Gramsci a propósito dos temas da fábrica e da organização do trabalho, por outra mostra querer aceitar substancialmente sua lição no tocante ao primado da “sociedade civil”. Só que, a meu ver, aquilo que Trentin acredita ser as teses de Gramsci sobre a sociedade civil é, na realidade, a interpretação, ainda que importante, que do conceito de sociedade civil em Gramsci propôs Norberto Bobbio em sua célebre intervenção no encontro de Cagliari de 1967 e, em seguida, muitas vezes reeditada em livro: provavelmente o escrito sobre Gramsci que (a partir do final dos anos sessenta) teve maior influência e repercussão em toda a já imensa literatura sobre o argumento. Ainda que sem defender o alheamento de Gramsci em face da tradição marxista, o estudioso turinense sublinhava fortemente seus motivos de autonomia (que muitos leriam depois como “afastamento” e “inversão”) diante daquela tradição, determinados justamente a partir de uma concepção particular do conceito de sociedade civil. Esquematicamente, o argumento de Bobbio é o seguinte: tanto para Marx quanto para Gramsci a sociedade civil é o verdadeiro “teatro da história”. Mas para o primeiro ela faz parte do momento estrutural e para o segundo, do superestrutural; para Marx o “teatro da história” era a estrutura, a economia, e para Gramsci, a superestrutura, a cultura, o mundo das idéias. Para Bobbio, Gramsci era, sobretudo o teórico das superestruturas, no sentido de que o momento ético-político tinha em seu sistema teórico um lugar de fundação inédito em relação a Marx e ao marxismo. A antiga proclamação de Benedetto Croce diante das Cartas do cárcere -- “como homem de pensamento, ele foi um dos nossos” -- era repetida incansavelmente por Bobbio, que podia assim inserir Gramsci, líder comunista e teórico marxista, ainda que aberto e inovador, na grande tradição do pensamento liberal. Ou seja, repetia-se uma interpretação através da qual a cultura liberal buscava reabsorver Gramsci, dele fazendo um seu autor. Mas, para construir sua tese, Bobbio devia assumir e dar como suposta uma leitura mecanicista da relação estrutura-superestrutura, na qual a determinação em última instância de um dos dois termos se tornava determinação forte e imediata do altro nível da realidade: “teatro de toda a história”. Isto é, a estrutura ou a superestrutura, segundo o termo considerado mais importante (em Marx ou em Gramsci), parecia determinar completamente o outro. Parecia não haver mais momentos ao mesmo tempo de unidade e de autonomia, e de ação recíproca, entre os diversos níveis da realidade, momentos próprios de toda concepção dialética, como é indiscutivelmente a concepção de Gramsci. Já Togliatti, em 1958, falando da relação entre Estado e sociedade civil nos Cadernos, tinha sublinhado a natureza metódica e não orgânica dessa distinção, sobre a qual, de resto, Gramsci chamara a atenção inclusive ao propor o conceito de “bloco histórico”. Estrutura e superestrutura, economia, política e cultura são para Gramsci esferas unidas e ao mesmo tempo autônomas da realidade. Um dos pontos centrais do marxismo de Gramsci é não poder nem querer separar de modo hipostasiado nenhum aspecto do real (economia, sociedade, Estado, cultura). É indiscutível que em Gramsci haja o primado da subjetividade, da política, mas num sentido diverso daquele registrado por Bobbio. Sua tentativa de construir uma teoria da política e das formas ideológicas se dava invariavelmente a partir de Marx. Além disso, no marxismo de Gramsci irrompiam as novidades registradas na relação entre economia e política neste século, a ampliação da intervenção estatal na esfera da produção, a obra de organização e racionalização com que o político se refere à sociedade e em alguma medida a produz. Eram justamente os processos que -- a partir da fábrica fordista -- se haviam imposto nas sociedades capitalistas avançadas, e que Gramsci, por muito tempo único entre os marxistas, havia colhido em primeiro lugar. E se aqui havia uma novidade em relação a Marx, isso se devia ao fato de que se produzira uma novidade na história real que Bobbio não via devido à formalização idealista de seu discurso, que sempre vai de teoria a teoria, sem que nessa história das idéias jamais entre a história efetiva, sem que jamais apareça o referente real; nesse caso, as sociedades sobre as quais Marx e Gramsci refletem. A tradição liberal-democrata buscava mais uma vez assimilar Gramsci aos muitos intelectuais que o haviam precedido, dissolvendo os contornos reais de sua figura histórica, aquele nexo de teoria e prática que era a chave para compreender o que verdadeiramente dizia o autor dos Cadernos. Por que exatamente essa leitura de Bobbio tem um papel central na construção teórica de Trentin? Não seria, também isso, um dos tantos sinais do fato de que muitos intérpretes da esquerda estão hoje lendo o mundo pós-89 com as categorias centrais do pensamento liberal e, portanto, com o risco de uma forte subestimação do papel da política em favor da categoria de “sociedade civil”, quase por um processo, obviamente inconsciente, de “revolução passiva”? Evidentemente, o colapso dos socialismos reais e os limites manifestados pelo welfare não podem deixar de produzir perguntas, críticas e autocríticas, assim como a história soviética deste século também leva a refletir sobre a validade de alguns enunciados da teoria liberal no tocante aos limites do poder. O livro de Trentin é um ato de acusação argumentado e fascinante contra um certo marxismo excessivamente politicista e estatista. Resta o fato de que o “retorno à sociedade civil” foi a palavra de ordem do neoliberismo dos anos oitenta: chega de Estado -- em primeiro lugar, obviamente, o Estado social --, que a sociedade faça! Chega de política, chega de políticos profissionais, que ajam os representantes da sociedade civil! Naturalmente, existem duas versões desse “retorno à sociedade”, ambas centradas na crítica do político e ambas reforçadas pelo leitmotiv da globalização. A versão de direita, neoliberista em sentido estrito, que põe no centro do próprio universo os “espíritos animais do capitalismo”. E uma versão de esquerda, que pretende garantir os direitos e ampliar a cidadania, mas que -- justamente no momento em que põe como centrais tais categorias -- adere (às vezes inconscientemente) a uma visão propriamente liberal (e de fato também liberista). Ou seja, um tal horizonte teórico tem em sua base, de um modo ou de outro, uma concepção antropológica do sujeito inevitavelmente liberal: o indivíduo como prius, como o que vem antes de seu ser em sociedade, e por isto é portador de direitos. Ao passo que o marxismo, e Gramsci tem uma outra concepção do indivíduo, fundamentalmente relacional. Obviamente, existem concepções diversas da sociedade civil. Em Marx ela é o conjunto das relações pré-estatais, tendo ao centro as de tipo econômico. Em Gramsci (no rastro de um certo Hegel, como o próprio Bobbio especifica), ela compreende seja as relações pré-estatais seja sua regulamentação por parte do Estado: mais uma vez um pensamento dialético que não separa os diversos aspectos do real. No entanto, Bobbio, cuja teoria política é fortemente dicotômica e procede por pares opositivos, põe a dicotomia Estado-sociedade civil também no centro do pensamento de Gramsci, negando assim justamente aquilo que em Gramsci é mais importante: a não separação, a unidade dialética entre política e sociedade, entre economia e Estado. No rastro de Bobbio, não é, portanto casual que Trentin leia em Gramsci uma contradição entre centralidade do social e papel de legitimação do Estado. Partindo de Bobbio, ele subestima, a meu ver, o fato de que Gramsci atribui grande importância político-cognoscitiva aos sujeitos sociais e às formas de sua oposição e de sua relação (temática da hegemonia) e, ao mesmo tempo, põe no centro de sua reflexão o Estado: uma aproximação, essa entre hegemonia e Estado, por certo não-casual. ________________________








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